Antes de la Tormenta – Capítulo Dos – Orgrimmar

Sylvanas Windrunner, antigua General Forestal de Silvermoon, la Dama Oscura de los renegados y la actual Jefe de Guerra de la grandiosa Horda, había resentido que le dijeran que fuera a Orgrimmar como un perro que debe presentar todos sus trucos. Ella deseaba regresar a Undercity. Echaba de menos sus sombras, su humedad, su apacible quietud. Descansa en paz, pensó con amargura y sintió el tirón de una sonrisa divertida. Se desvaneció casi al instante mientras continuaba paseándose inquieta en la pequeña cámara detrás del trono del Jefe de Guerra en el Fuerte Grommash.

Se detuvo, sus afiladas orejas se alzaron al escuchar unos pasos familiares. La piel curtida que servía como guiño a la privacidad fue corrida hacia un costado y el recién llegado entró.

—Llegas tarde. Otro cuarto de hora y habría tenido que marcharme sin mi campeón a mi lado.

Él hizo una reverencia.

—Discúlpeme, mi reina. Estaba atendiendo sus asuntos y me llevó más tiempo de lo que esperaba.

Ella estaba desarmada, pero él llevaba consigo un arco y cargaba un carcaj lleno de flechas. Era el único humano que se convirtió en un general, era un extraordinario tirador. Había una razón por la que era el mejor guardaespaldas que Sylvanas podría tener. Había otras razones, claro, razones que tenían sus raíces en el pasado distante, cuando los dos estaban conectados bajo un brillante y hermoso sol y luchaban por brillantes y hermosas cosas.

La muerte los había reclamado a ambos por igual, humano y elfa. Ahora era brillante y hermoso, y mucho del pasado que compartieron creció difuso e incierto.

Pero no todo.

Aunque Sylvanas había dejado atrás muchas de sus cálidas emociones en el momento en el que se levantó de entre los muertos como una Alma en Pena, la ira había conservado su calor de alguna forma. Sin embargo, ahora la sentía reducirse a brasas. Pocas veces se mantenía enfadada con Nathanos Marris, ahora conocido como Blightcaller, por mucho tiempo. Y él de hecho se había estado ocupando de sus asuntos, visitando Undercity, mientras ella se había encargado de los deberes que la mantenían ahí en Orgrimmar.

Deseaba alcanzar su mano, pero se contentó con sonreírle de forma benevolente.

—Te perdono —dijo—. Ahora, cuéntame acerca de nuestro hogar.

Sylvanas esperaba una breve declamación de preocupaciones modestas, una reafirmación de la lealtad de los renegados hacia su Dama Oscura. En su lugar, Nathanos frunció el ceño.

—La situación es… complicada, mi reina.

Su sonrisa desapareció. ¿Qué podría ser “complicado” acerca de eso? Undercity pertenecía a los renegados y ellos eran su gente.

—Su presencia se ha extrañado profundamente —dijo—. Mientras que muchos están orgullosos de que por fin la Horda cuente con un renegado como su Jefe de Guerra, hay algunos que sienten que acaso se ha olvidado de aquellos que han sido más leales a usted que cualquier otro.

Ella se rio repentinamente y sin gracia.

—Baine, Saurfang y los otros dicen que no les he estado prestando suficiente atención. Mi gente dice que les he estado dando demasiado. Sin importar lo que haga, alguien objeta. ¿Cómo es que alguien puede gobernar así? —sacudió su pálida cabeza—. Una maldición sobre Vol’jin y sus loas. Debí haber quedado en las sombras, donde podía ser efectiva sin ser interrogada.

Dónde podía ir a dónde de verdad deseara.

Ella nunca quiso esto. En lo absoluto. Como le había dicho antes al troll Vol’jin, durante el juicio del fallecido y gran Garrosh Hellscream, a ella le gusta el poder, el control, de una forma sutil. No obstante, con casi literalmente su último aliento, Vol’jin, el líder de la Horda, había ordenado que ella hiciera lo contrario. Él había alegado que le había sido concedida una visión de los loas que honraba.

Debes salir de las sombras y guiar.

Debes ser Jefe de Guerra.

Vol’jin había sido alguien a quien ella respetaba, aunque habían peleado en varias ocasiones. Él carecía de la brusquedad que tanto caracterizaba al liderazgo de los orcos. Y ella había lamentado genuinamente su pérdida, y no solamente por la responsabilidad que había dejado sobre sus hombros.

Abrió la boca para pedirle a Nathanos que continuase cuando escuchó el golpeteo de la cola de una lanza en el piso de piedra afuera de la pequeña habitación.

Sylvanas cerró sus ojos tratando de reunir paciencia.

—Pasa —gruñó.

Uno de los Kor’kron, la guardia elite de orcos del fuerte, obedeció y puso firme, su rostro verde inescrutable

—Jefe de Guerra —dijo—, llegó la hora. Su gente la espera.

Su gente. No. Su gente estaba en Undercity, extrañándola y sintiéndose menospreciada, ignorando que ella no quería nada más que volver y estar con ellos una vez más.

—Estaré afuera en un momento —dijo Sylvanas, agregando, en caso de que el guardia no hubiera entendido lo que encerraban sus palabras—. Déjanos.

El orco saludó y se marchó, dejando que la piel curtida volviera a su lugar.

—Continuaremos mientras cabalgamos —le dijo a Nathanos—. Y tengo otros asuntos que discutir también contigo.

—Como mi reina desee —respondió Nathanos.

* * *

Unos años antes, Garrosh Hellscream había presionado para tener una celebración masiva en Orgrimmar para conmemorar el fin de la campaña a Northrend. Él no era Jefe de Guerra, no en ese momento. Hubo un desfile de cada veterano que quisiera participar, su camino esparcido con ramas de pino importado y un gigantesco festín los esperaba al final de la ruta.

Había sido extravagante y costoso, y Sylvanas no tenía intención de seguir los pasos de Hellscream, no únicamente en esa situación sino en ninguna. Él había sido arrogante, brutal, impulsivo. Su decisión de atacar Theramore con una devastadora bomba de maná tenía a las razas más sensibles luchando con sus consciencias, a pesar de que lo único que realmente había preocupado a Sylvanas era el cálculo de los orcos. Sylvanas lo aborrecía y había conspirado secretamente, desafortunadamente sin éxito, para matarlo después de que hubiera sido arrestado y culpado con crímenes de guerra. Cuando, inevitablemente, Garrosh fue asesinado, Sylvanas sintió un inmenso placer.

Varok Saurfang, el líder de los orcos, y Baine Bloodhoof, Gran Jefe de los tauren, tampoco tenían cariño alguno por Garrosh. No obstante, habían empujado a Sylvanas a hacer una aparición pública en Orgrimmar y al menos alguna clase de gesto para marcar el final de la guerra. Valientes miembros de ésta Horda han guiado a la pelea y han muerto para asegurarse de que la Legión no destruyera nuestro mundo, como los demonios han hecho con otros tantos, el joven toro había entonado. Había estado a solamente un paso de reprenderla abiertamente.

Sylvanas recordaba la ligeramente disimulada… ¿advertencia? ¿Amenaza? De Saurfang. Eres el líder de toda la Horda. Orcos, taurens, trolls, elfos de sangre, pandaren, goblins, así como de los renegados. Nunca debes olvidarlo, de otro modo ellos lo harán.

Lo que no olvidaré, orco, pensó, la ira apareciendo nuevamente, son esas palabras.

Por lo que ahora, en lugar de volver a casa y atender las preocupaciones de los renegados, Sylvanas estaba sentada a horcajadas en uno de esos huesudos caballos esqueléticos, saludando a la muchedumbre de oficiantes que atiborraban las calles de Orgrimmar. La marcha, se había encargado de que nadie se refiriera a ello como “desfile”, comenzó oficialmente en la entrada a la capital de la Horda. De un lado de las colosales puertas había grupos de elfos de sangre y renegados que habitaban la ciudad.

Los elfos de sangre estaban vestidos de manera espléndida con sus colores predecibles rojo y dorado. A la cabeza estaba Lor’themar Theron. Cabalgaba un halcón zancudo de plumaje rojo y encontró su mirada.

Amigos, eso habían sido. Theron había servido bajo una Sylvanas viviente cuando era una General Forestal de los elfos nobles. Habían sido compañeros de armas, igual que quien cabalgaba junto a ella como su campeón. Pero mientras Nathanos, un humano mortal en años pasados y ahora un renegado, había conservado su inquebrantable lealtad hacía ella, Sylvanas sabía que Theron era para su gente.

Gente que había sido como ella alguna vez.

Solamente ahora ya no eran como ella.

Theron hizo una reverencia. Él serviría, al menos por el momento. No era alguien de discursos, Sylvanas simplemente asintió como respuesta y giró al grupo de renegados.

Esperaron pacientemente, como siempre, y ella estaba orgullosa de ellos por eso. Sin embargo, no podía mostrar favoritismo, no ahí. Así que les saludó de la misma forma que había hecho con Lor’themar y los sin’dorei, después empujar a su corcel para que se moviera a través de la puerta. Los elfos de sangre y los renegados se mantuvieron en formación, cabalgando detrás de ella para no abrumarla. Eso lo había estipulado ella y se había mantenido firme al respecto. Ella quería ser capaz de tener al menos unos momentos de privacidad. Había cosas que solamente debía escuchar su campeón.

—Dime más acerca de lo que piensa mi gente —ordenó.

—Desde su perspectiva —el general oscuro prosiguió —fue una fisura en Undercity. Los hizo, usted trabajó para prolongar su existencia, lo fue todo para ellos. Su ascensión a Jefe de Guerra fue tan imprevista, la amenaza tan grande y tan inmediata, que no dejó a nadie detrás para encargarse de ellos.

Sylvanas asintió. Supuso que podía entenderlo.

—Dejó un gran vacío. Y los agujeros en poder tienden a llenarse.

Sus ojos rojos se abrieron. ¿Estaba hablando de un golpe de estado? La mente de la reina se movió veloz algunos años atrás hasta la traición de Varimathras, un demonio que ella creía iba a obedecerla. Se había unido al malagradecido desgraciado Putress, un boticario renegado que había creado una plaga contra los vivos y los no-muertos y que casi había matado a la misma Sylvanas. Retomar Undercity había sido un maldito esfuerzo. Pero no. Incluso cuando el pensamiento se le ocurrió, supo que su leal campeón no hablaría de una forma tan casual si algo tan terrible estuviera pasando.

Leyendo su expresión perfectamente, como usualmente hacía, Nathanos se apresuró a asegurar.

—Todo está en calma aquí. No obstante, en la ausencia de un único y poderoso líder, los habitantes de su ciudad han formado un órgano rector para atender las necesidades de la población.

—Ah, ya veo. Una organización interna. Eso no es… descabellado.

El camino del Jefe de Guerra a través de la ciudad le había llevado primero a una callejuela alineada con algunas tiendas llamadas La Calle Mayor y después al Valle del Honor. La Calle Mayor alguna vez fue un buen nombre para esa área que colindaba con una pared de cañón en una parte menos que salada de la ciudad antes del Cataclismo. Con ese terrible evento, La Calle Mayor, como gran parte de la asediada Azeroth, cambió físicamente. Al igual que la propia Sylvanas Windrunner, emergió de entre las sombras. La luz del sol ahora iluminaba las sinuosas y sucias calles. Establecimientos más respetados, como las tiendas de ropa o las tiendas de suministro de tinta, parecían florecer también.

—Se llaman así mismos el Consejo Desolado —continuó Nathanos.

—Un nombre bastante autocompasivo —murmuró Sylvanas.

—Tal vez —concedió Nathanos—. Pero es un claro indicador de sus sentimientos.

Echó un vistazo hacia ella mientras cabalgaban.

—Mi reina, hay rumores acerca de cosas que has hecho durante la guerra. Algunos de ellos son verdad.

—¿Qué clase de rumores? —preguntó, tal vez demasiado pronto. Sylvanas tenía planes acerca de planes y se preguntaba cuáles se habían filtrado en el reino de los rumores entre su gente.

—Las noticias los han alcanzado acerca de algunos de tus esfuerzos más extremos para continuar con su existencia —dijo Nathanos.

Ah. Eso.

—Asumo que también les han llegado noticias de que Genn Greymane destruyó su esperanza —Sylvanas respondió amargamente.

Ella había tomado su insignia, el Windrunner, a Stormheim a las Islas Abruptas en búsqueda de más Val’kyr para resucitar a los caídos. Era, hasta ese momento, la única forma que Sylvanas había encontrado para crear más renegados.

—Casi fui capaz de esclavizar a la gran Eyir. Ella me habría dado el Val’kyr para toda la eternidad. Nadie de mi pueblo habría muerto otra vez —hizo una pausa—. Hubiera podido salvarlos.

—Esa es… su preocupación.

—No le des más vueltas, Nathanos. Sé directo.

—No todos desean para ellos lo mismo que tú, mi reina. Muchos en el Concejo Desolado tienen sus reservas —su rostro, aun el de un hombre muerto, pero mejor preservado gracias a un elaborado ritual que ella se ofreció a llevar a cabo, se torció en una sonrisa—. Éste es el riego que corriste cuando decidiste darles libre albedrío. Ahora son libres de discrepar.

Sus cejas pálidas se juntaron en una terrible mueca.

—¿Entonces desean la extinción? —siseó, la ira expandiéndose brillante en su interior— ¿Quieren pudrirse en la tierra?

—No sé lo que quieren —Nathanos respondió con calma—. Ellos desean hablar con usted, no conmigo.

Sylvanas gruñó suavemente por lo bajo. Nathanos, siempre paciente, esperó. Iba a obedecerla de todos modos, ella lo sabía. Ella podía, en ese instante, ordenar a un grupo de cualquier combinación de guerreros no-muertos de la Horda que marcharan a Undercity y buscaran a los miembros de ese concejo de malagradecidos. Sin embargo, a pesar de que tuvo ese pensamiento satisfactorio, sabía que no sería sabio. Necesitaba saber más, mucho más, antes de actuar. Preferiría disuadir renegados, a cualquier renegado, antes que destruirlos.

—Consideraré su petición. Pero por ahora hay algo más que deseo discutir. Necesito aumentar lo que hay en las arcas de la Horda —Sylvanas murmuró tranquilamente a su campeón—. Necesitaremos fondos y los necesitaremos a ellos.

Saludó a una familia de orcos. Tanto el hombre como la mujer tenían cicatrices de batallas, pero estaban ahí sonriendo y la pequeña que levantaban sobre sus cabezas para avistar a su Jefe de Guerra era rolliza y de aspecto saludable. Claramente algunos miembros de la Horda querían a su Jefe de Guerra.

—No estoy seguro de entender, mi reina —dijo Nathanos—. Por supuesto la Horda necesita fondos y miembros.

—No son los miembros quienes me preocupan. Es el ejército. He decidido no disolverlo.

Él giró para mirarla.

—Ellos piensan que han llegado a casa —dijo— ¿No es el caso?

—Lo es, por ahora —dijo—. Las heridas necesitan tiempo para sanar. Los cultivos deben plantarse. Pero pronto llamaré a los valientes luchadores de la Horda para enfrentar otra batalla. La que tú y yo hemos estado esperando.

Nathanos se mantuvo en silencio. Ella no lo tomó como un desacuerdo o desaprobación. Él permanecía callado regularmente. Que él no la presionara a dar más detalles significaba que entendía lo que quería.

Stormwind.

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