Antes de la Tormenta – Capítulo Cuatro – Stormwind

Anduin convocó a sus consejeros para unírsele en la sala del mapa en el Castillo de Stormwind. Inclinaron sus cabezas cuando entró; hacía tiempo les había pedido que no hicieran reverencias.

Por supuesto Greymane y Shaw estaban ahí. También el Profeta Velen, el antiguo draenei que había instruido a Anduin en el camino de la Luz. De todos ellos, podría decir que el Profeta draenei había sufrido la mayor pérdida en esa guerra. Genn había perdido a su hijo contra la violencia en años anterior y, por supuesto, la guerra había reclamado a Varian Wrynn. Sin embargo, Velen no solamente había presenciado la muerte de su hijo, sino también de su mundo entero, casi literalmente.

Y aun así, Anduin reflexionó mientras contemplaba al ser de piel violácea, a pesar de que puedo sentir su dolor, él permanece con la mayor serenidad.

La Almirante del Cielo Catherine Rogers también se encontraba presente. Anduin albergaba sentimientos similares por ella como los que tenía hacia el Maestro Espía Shaw. Anduin los respetaba a ambos, no obstante su relación con ellos no era cómoda. Para su gusto, Rogers deseaba demasiado la sangre de la Horda. Había reprendido fuertemente a Greymane y a ella por tomar una tarea reciente mucho más allá de lo que él había ordenado. Pero la Alianza necesitaba la línea dura de Rogers en la guerra y a Mathias protegía a los inocentes a su manera.

—Ha sido un día difícil —dijo Anduin—. Pero ha sido mucho más difícil para aquellos a quienes nos dirigimos. Al final, la guerra terminó, la Legión fue derrotada y podemos enterrar a nuestros muertos sabiendo que mañana no contribuirán a los números de aquellos caídos en batalla. Y por esto estoy agradecido. No obstante, esto no significa que cesaremos los esfuerzos para mejorar éste mundo. En lugar de destruir a nuestros enemigos, debemos sanar y recuperar a nuestra gente y a un mundo que está terriblemente herido. Y —Anduin agregó—, debemos proteger y estudiar un recurso que ha llegado a mí hoy. Todo esto representa un nuevo montón de retos.

Anduin pudo sentir la pequeña piedra dorada y azul en su bolsillo, resguardad ahí tranquila y benevolentemente. Sabía muy poco acerca de ella, pero sí sabía una cosa: no era nociva, aunque entendía perfectamente que podría usarse para propósitos oscuros. Incluso los Naaru podrían.

Anduin sacó el pañuelo.

—Ésta mañana, el Maestro Espía Shaw me habló acerca de sus descubrimientos en Silithus. No solamente han emergido grandes fisuras que se extienden desde donde la espada de Sargeras empaló al mundo, sino también esas fisuras han revelado una sustancia hasta ahora desconocida. Es… única. Es más fácil mostrárselas que hablarles al respecto.

Le tendió el pañuelo a Velen, quien reaccionó igual que lo hizo Anduin. El draenei respiró con sobresalto. Casi ante los ojos de Anduin, años, décadas, de sufrimiento parecieron desaparecer. Tan profundo como había sido experimentarlo por sí mismo, casi fue más impactante para Anduin presenciar el efecto que el material tenía en los demás.

—Por un momento creí que era una pieza de un Naaru —Velen habló—. No lo es, pero la sensación es… similar.

Los Naaru eran criaturas benevolentes hechas de energía sagrada. Nada era más cercano a la Luz que ellos. Cuando Anduin estudió con los draenei en el Exodar, pasó mucho tiempo en presencia del Naaru O’ros. La bella y benevolente criatura había sido otra víctima de la guerra y la memoria de ese tiempo ahora estaba teñida con dolor. De cualquier modo, Anduin recordó las emociones que O’ros había engendrado y estuvo de acuerdo con la valoración de Velen.

—Aunque —Velen agregó—, aquí existe tanto un gran potencial para hacer daño como para hacer el bien.

Greymane la agarró después. Parecía aturdido por lo que estaba experimentando, casi confundido, como si una creencia profunda, firmemente arraigada se hubiera destruido. Después frunció el ceño, las líneas alrededor de sus ojos se profundizaron y empujó la piedra de color miel hacia Shaw.

—Lo admito —dijo con voz ronca, dirigiendo sus palabras a los dos, el rey y el Maestro Espía—. Creí que tal vez estaban exagerando. No era así. Ésta cosa es poderosa, y peligrosa.

Shaw cedió la piedra; parecía no tener deseo alguno de sostenerla más de lo necesario. Anduin lo respetó. Rogers la tomó. Ella vaciló, acercándose para agarrar el costado de la gran mesa del mapa para mantener el equilibrio, mirando embelesada al pequeño pedazo de piedra. Entonces su expresión cambió a una de ira y esperanza mezcladas.

—¿Hay más de esto?

Shaw le dio a Velen y a Rogers una versión editada de lo que había compartido con Genn y Anduin antes. Los dos escucharon con atención. Cuando terminó, Rogers dijo.

—Si podemos encontrar una forma de utilizar esto… podríamos destruir a la Horda.

—El pensamiento de Sylvanas con esto me enferma —dijo Genn sin minimizar sus palabras.

¿Porque debemos llevarlo todo hacia la violencia? Pensó Anduin con su propia pizca de enojo. En su lugar dijo, respondiendo a la primera pregunta de Rogers

—Le dije al Maestro Espía Shaw que debemos obtener más de esto y estudiarlo. Creo que hay mucho mejores cosas que podríamos hacer con ésta sustancia que crear métodos para matar con mayor eficacia.

—Sylvanas no pensaría así y nosotros tampoco deberíamos.

Anduin llevó su mirada azulada hacia Greymane.

—Debería decir que lo que nos hace mejores que ella es que de verdad lo pensamos —antes de que Genn pudiera protestar, Anduin alzó una mano—. Pero nunca dejaría a la Alianza desprotegida. Con información suficiente, podríamos aplicar nuestras habilidades a más de una tarea —puso los hombros rectos y llevó su atención al mapa de Azeroth que se extendía frente a él, sus ojos azules paseando por la imagen de un mundo que se había convertido recientemente preciado para él. Su mirada se detuvo un momento en el hogar de uno de los aliados más cercanos de Stormwind, las tierras de los enanos y su capital Ironforge.

—Los humanos no hicieron frente solos a la Legión —Anduin le recordó a los allí reunidos—. En la batalla se nos unieron los draenei y aquellos pandaren que escogieron a la Alianza. Tu gente también, Genn: los refugiados huargen y humanos que se han más que ganado su lugar en la Alianza al pararse hombro con hombro, primero con mi padre y ahora conmigo para enfrentar ese horrible riesgo. Los enanos y los gnomos también estuvieron con nosotros.

—No diría que hombro con hombro —dijo Genn. Anduin había descubierto que los sentimientos nobles solían incomodar al rudo rey. Genn utilizaba mejor la ira y la testarudez que la calidez o la gratitud. Al igual que Varian durante muchos años.

—Tal vez no —dijo Anduin sonriendo un poco; la broma era una que habría hecho que los enanos tal vez soltasen una risotada. Imaginó a su antiguo rey, Magni Bronzebeard, replicando con algo como No te preocupes, amigo, te cortaremos a nuestra altura—. Pero siempre han estado ahí para nosotros, tan robustos e invencibles como una roca —el cariño hacia esa fuertes y cabezonas personas que lo habían iniciado tanto en su camino hacia el sacerdocio como hacia la técnica correcta de pelea, recorrieron a Anduin—. Deberíamos llevar esto a la Liga de Expedicionarios. Tal vez tengan alguna visión que nosotros no. Y se encuentran por todo el mundo. Eso son muchos ojos y oídos extra para ti, Shaw.

Shaw asintió con su cabeza castaña-rojiza. Anduin prosiguió.

—Los elfos de la noche tal vez sean de ayuda. Con lo antigua que es su raza, tal vez se hayan encontrado con algo como esto antes. Ellos, también, han perdido a muchos en ésta guerra y creo que una promesa de ayuda y apoyo será bienvenida. Y los draenei —Anduin se acercó para tocar el brazo de su viejo amigo Velen—. Tú has perdido más de lo que cualquiera de nosotros seríamos capaces de comprender. Y como bien dices, este… material… recuerda a los Naaru. Tal vez exista alguna especie de conexión —volvió su atención al grupo—. Todos vinieron cuando los llamamos. Y ahora sus veteranos han regresado a campos que han abandonado por mucho tiempo, a suministros peligrosamente empobrecidos. Recordamos lo que sucedió después de la batalla por Northrend. Cuando los suministros se agotan, las chipas de resentimiento se pueden volver un conflicto, incluso entre las razas en el mismo bando. Asegurémonos de que ninguno de nuestros aliados se arrepienta de haber ofrecido su ayuda a Stormwind.

Se miraban los unos a los otros, asintiendo aprobatoriamente.

—Pretendo viajar a las tierras de nuestros amigos más cercanos —Anduin informó—. Para agradecerles personalmente sus sacrificios, para ofrecerles lo que podamos para que su recuperación económica cambie y para enlistar también su ayuda.

Esperaba una protesta de parte de Greymane y el viejo monarca no lo decepcionó.

—Su gente se encuentra en Stormwind —Genn le recordó al rey innecesariamente—. Lo necesitan aquí. Y Gilneas, por lo menos, no necesita ninguna visita real.

No. Gilneas no. Nunca lo necesitó. En años pasados, bajo la orden del propio Greymane, Gilneas se restiró de cualquier forma de contacto con cualquier cosa fuera de sus inmensas paredes de piedra. El reino no había ido al rescate de nadie cuando lo necesitaron y el aislamiento había evocado ira y resentimiento hacia los gilneanos, al menos al principio, cuando al final habían sido forzados a abandonar su propio asilamiento. No obstante, ahora no quedaba nada de ese reino alguna vez majestuoso excepto ruinas, sombras y dolor.

—Estabas enojado conmigo, según recuerdo, cuando me aventure a las Islas Abruptas para ver el lugar donde mi padre había perecido —respondió Anduin suavemente.

—Claro que lo estaba. Dejó Stormwind sin avisar a nadie —replicó Greymane—. Ni siquiera había nombrado un sucesor. Aun no lo ha hecho, por cierto. ¿Qué habría pasado si lo asesinaban?

—Pero no pasó —rebatió Anduin—. Y mi ausencia fue lo mejor que pude hacer —continuó con más calma—. Genn, me dijiste que no debía ver ese lugar. Pero lo hice. Pare mí, el sacrificio de mi padre lo volvió territorio sagrado. Es en dónde encontré a Shalamayne, o tal vez debería decir donde ella me encontró. Es en dónde… —hizo una pausa. No estaba listo todavía para decirle a nadie lo que había sentido, ni siquiera a Velen, el Profeta, quien habría entendido sin duda— en dónde acepté realmente el mando de mi reinado —dijo en su lugar. Se aclaró la garganta; su voz era muy densa—. En dónde fui capaz de llevar a la Alianza hacia una victoria duramente ganada. Sí. La gente de Stormwind me necesita. Pero también aquellos en Ironforge y Darnassus. Así es como nosotros utilizamos la paz. Para dejar la base hacia la unidad y la prosperidad que tal vez un día la guerra deje en los libros de historia.

Era una meta noble, pero tal vez una inalcanzable. La gran mayoría de los reunidos alrededor de la mesa parecieron pensar en lo segundo. Pero Anduin estaba determinado a tratar.

* * *

“La vieja Emma” era como la conocía la mayor parte de la gente en Stormwind. Ella se sentía bien con ese sobrenombre; era vieja, después de todo, y lo decían de forma amigable. Pero ella tenía un nombre real, Felstone, y un pasado, al igual que todos los demás. Había amado y la habían amado alguna vez y si a veces se perdía en el pasado porque, bueno, ahí era en dónde se encontraban los demás, entonces que así fuera.

Primero fue su esposo, Jem, quien había muerto en la Primera Guerra. Pero la gente moría en las guerras, ¿no era así? Y eran honrados y recordados en ceremonias como la que el dulce niño-rey había oficiado.

Anduin Wrynn le recordaba bastante a sus propios deslumbrantes hijos. Habían sido tres: El pequeño Jem, nombrado en honor a su padre; Jack, nombrado en honor a su tío Jack; y Jake. Ellos, también, habían muerto en una guerra, al igual que su hermana, Janice. Excepto que, de alguna forma, la guerra fue mucho peor que la que acababa de terminar. Sus hijos habían muerto gracias a Arthas Menethil y su conflicto contra los vivos. Habían sido guerreros de Lordaeron, que habían obtenido lugares de honor como los guardias del Rey Terenas. Habían perecido junto a su rey y su reino.

Sin embargo, nadie honró sus nombres en una ceremonia forma. Nadie los vio como héroes de guerra. Se habían convertido en monstruosidades no-muertas sin cerebro. Ellos aún estaban en ese estado brutalmente cruel, estaban muertos, o se habían convertido en parte de los renegados de la Reina Alma en Pena.

Sin importar el destino final de sus preciosos hijos, para ella estaban perdidos y el mundo viviente de los humanos hablaba de esos horrores solamente en murmullos.

Agarró la manija de la cubeta que llevaba y se concentró en su tarea: sacar agua del pozo. Pensar en Jem, Jack y Jake nunca era bueno. Arrastraba su mente y corazón a lugares…

Emma agarró la manija de la cubeta más firmemente mientras se aproximaba al pozo. Céntrate en lo que necesitan los vivos, se dijo. No en los muertos.

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