Arthas La ascensión del Rey Exánime – Epílogo – El Rey Lich

Aquel mundo azul y blanco se difuminó en la visión de Arthas. El frío y esos colores puros, cambiaron, se transformaron en los tonos cálidos propios de la madera, el fuego y las antorchas. Había hecho lo que dijo que haría; había recordado su vida, todo lo que había sucedido anteriormente, y había vuelto a recorrer el camino que lo había llevado a sentarse en el Trono Helado y a ese estado de sueño tan profundo.

Pero el sueño no había terminado, por lo visto. De nuevo se sentó a la cabeza de una larga mesa bellamente tallada que ocupaba la mayor parte de aquella Gran Sala onírica.

Y esos dos que tenían tanto interés en su sueño, seguían ahí, observándolo.

El orco que estaba a su izquierda, de edad avanzada, aunque todavía poderoso, buscó su cara y, a continuación, sonrió; ese gesto provocó que se extendiera la calavera blanca que llevaba pintada en la cara. El muchacho de su derecha (demacrado y enfermizo) parecía tener peor aspecto de lo que Arthas recordaba cuando había entrado en el sueño de la memoria.

El chico se humedeció unos labios pálidos y agrietados y respiró hondo como si fuera a hablar, pero fueron las palabras del orco las que quebrantaron el silencio.

—Hay mucho más —prometió.

Los recuerdos anegaron la mente de Arthas, entrelazándose y superponiéndose unos a otros, conformando visiones donde el futuro y el pasado se mezclaban. Un ejército de seres humanos a caballo, que portaba la bandera de Ventormenta… luchaba junto a, y no en contra de, una Horda cuyas monturas eran unos lobos que gruñían. Se habían aliado para atacar a la Plaga. La escena varió, cambió. Ahora, los humanos y los orcos se atacaban unos a otros. y los no-muertos, algunos de los cuales vociferaban órdenes y luchaban sin estar dominados por nadie, por voluntad propia, guerreaban codo con codo con orcos, unos minotauros de aspecto extraño y trols.

¿Quel’Thalas… no estaba en ruinas? No, no; la cicatriz que él y su ejército habían dejado era visible. No obstante, la ciudad estaba siendo reconstruida.

Ahora, las imágenes surcaban su mente más rápido, vertiginosa, caótica y desordenadamente. Era imposible distinguir el pasado del futuro. Tuvo otra visión, en la cual unos dragones esqueléticos destruían una ciudad que Arthas nunca antes había visto: un lugar caliente y seco atestado de orcos. Y. sí, sí, la mismísima Ventormenta estaba siendo objeto de ataques de los dragones no-muertos.

Unos nerabianos… no, no eran nerubianos, no eran súbditos de Anub’arak, pero sí estaban emparentados con ellos. Se trataba de una raza que vivía en el desierto. Sus siervos eran unas criaturas colosales con cabezas de perro, gólems hechos de obsidiana, que atravesaban la arena de un amarillo brillante.

Apareció un símbolo, uno que Arthas conocía: la L de Lordaeron, empalado por una espada, pero de color rojo, no azul. El símbolo cambió, se convirtió en una llama roja sobre un fondo blanco. La llama pareció cobrar vida propia y envolvió el fondo, quemándolo para revelar las aguas plateadas de una vasta extensión del líquido elemento… un mar.

. Algo parecía enturbiar la superficie en calma de aquel océano. La superficie, perfectamente plana hasta entonces, comenzó a agitarse con violencia, a bullir, como si hubiera tormenta, aunque el cielo estaba despejado. Un sonido horrendo, que Arthas reconoció a duras penas como una risa, le destrozó los oídos; a ese sonido se unieron los gritos de un mundo arrancado de su lugar, arrastrado hacia arriba para enfrentarse a la luz del día, una luz que no había visto en innumerables siglos.

Verde… todo era verde, sombrío, de pesadilla. Unas imágenes grotescas que danzaban en un rincón recóndito de la mente de Arthas salieron disparadas antes de que pudiera aferrarlas con fuerza. Entrevió algo fugazmente que enseguida se desvaneció.

¿Eran unos cuernos? ¿Un venado? ¿Un hombre? Era difícil saberlo. Aquella figura encarnaba la esperanza, pero había ciertas fuerzas empeñadas en destruirla.

Las montañas cobraron vida, dieron pasos de gigante, y destrozaron todo cuanto tuvo el infortunio de cruzarse en su camino. Con cada una de esas colosales pisadas, el mundo parecía temblar y agitarse.

Entonces vio a la Frostmourne. Al menos sabía qué era, la conocía muy bien. La espada giró dando vueltas, como si Arthas la hubiera tirado al aire. Una segunda espada se alzó para encontrarse con ella, era larga, un poco tosca pero muy poderosa, y llevaba el símbolo de un cráneo incrustado en su temible hoja. Escuchó un nombre. «La Crematoria», una espada que era mucho más que una espada, al igual que la Frostmourne. Ambas entrechocaron.

Arthas parpadeó y sacudió la cabeza. Las visiones inconexas, caóticas, alentadoras y preocupantes. se desvanecieron.

El orco se rió entre dientes, y el cráneo pintado en su rostro se extendió. Antaño lo habían llamado Ner’zhul; antaño había poseído el don de ver el futuro. Arthas no albergaba ninguna duda de que todo lo que había visto, aunque no lo había entendido del todo, iba a suceder.

—Mucho más —reiteró el orco—. Pero sólo si recorres el sendero hasta el final.

El caballero de la muerte volvió despacio la cabeza, coronada por un pelo blanco, hacia el niño. El muchacho enfermo le dirigió una mirada sorprendentemente clara, y, por un momento, Arthas sintió que algo se estremecía en su interior. A pesar de todo. el muchacho no iba a morir.

Y eso significaba.

El muchacho sonrió de manera casi imperceptible, y parte de su aspecto enfermizo pareció disiparse mientras Arthas se esforzaba por dar con las palabras adecuadas.

—Tú… eres yo. Ambos… somos yo. Pero tú… —Hablaba con suavidad y su voz estaba teñida de asombro e incredulidad—, eres la débil llama que todavía arde dentro de mí, que aún resiste el hielo. Representas mis últimos vestigios de humanidad, de compasión, de mi capacidad de amar, de llorar de preocuparme por los demás. Representas mi amor por Jaina, mi amor por mi padre por todas las cosas que me hicieron ser quien fui una vez. En cierto modo, la Frostmourne no me lo ha arrebatado todo. He intentado alejarme de ti. y no he podido. No. no puedo.

Los ojos verdemar del niño se iluminaron, y le ofreció a su otro yo una sonrisa trémula. El color de su piel mejoró, y ante los ojos de Arthas, algunas pústulas desaparecieron.

—Ahora lo entiendes. A pesar de todo, Arthas, no me has abandonado.

Unas lágrimas de esperanza se asomaron a los ojos del muchacho. Su voz, que ahora era más fuerte que antes, temblaba de emoción.

—Tiene que haber una razón por la que yo sigo aquí. Arthas Menethil… has hecho mucho mal, pero la bondad aún anida en tu alma. De lo contrario… yo no existiría, ni siquiera en tus sueños — añadió el niño.

Se bajó de la silla deslizándose y caminó lentamente hacia el caballero de la muerte. Arthas se puso en pie mientras el chico se acercaba. Por un momento se contemplaron el uno al otro, el niño que fue y el hombre en que se había convertido.

El muchacho extendió los brazos, como si fuera un niño de verdad que pide ser cogido en brazos y abrazado por un padre que lo quiera.

—No tiene por qué ser demasiado tarde —afirmó el niño en voz baja.

—No —replicó Arthas con voz queda, mirando absorto al muchacho—. No tiene por

qué.

Acarició la mejilla del niño, deslizó la mano por debajo del pequeño mentón y le obligó a alzar ese semblante esperanzado. Arthas vio reflejada su sonrisa en sus propios ojos.

—Pero lo es.

La Frostmourne descendió sobre él. El niño dejó escapar un grito henchido de sorpresa por la traición y la angustia (como el de la furia del viento que arreciaba más allá de esas paredes). Por un momento, Arthas se vio ahí en pie, con esa hoja casi tan grande como él enterrada en su pecho, y sintió un estremecimiento final de remordimiento cuando se encontró con su propia mirada en los ojos del chico.

A continuación, el muchacho desapareció. Todo lo que quedaba de él era el amargo lamento del viento que recorría aquella tierra atormentada.

Se sentía. de maravilla. Con la muerte del niño, Arthas se dio cuenta realmente de la terrible carga que había supuesto para él este último vestigio de humanidad. Se sentía ligero, poderoso, purgado. Inmaculado, como pronto lo estaría Azeroth. Toda su debilidad, su fragilidad, todo lo que alguna vez le hizo vacilar o dudar de sí mismo… todo eso había desaparecido.

Ya sólo quedaban Arthas, la Frostmourne, que cantaba de felicidad por haberse adueñado de la última pieza del alma de Arthas y el orco, cuyo cráneo-cara se dividió al esbozar una risa triunfal.

—¡Sí! —exclamó el orco eufórico, riendo casi como un demente—. Sabía que tomarías esa decisión. Durante mucho tiempo has luchado con los últimos restos de bondad y de humanidad que había en ti. Pero eso se acabó. Ese muchacho te refrenaba. Ahora eres libre.

Se puso de pie y, a pesar de que su cuerpo seguía siendo el de un orco viejo, se movía con la facilidad y fluidez de un joven.

—Somos un solo ser, Arthas. Juntos, somos el Rey Lich. Ya no existe Ner’zhul, ya no existe Arthas, sólo este glorioso ser. Con mis conocimientos, podremos.

Los ojos casi se le salieron de las cuencas cuando la espada lo atravesó.

Arthas dio un paso adelante, enterrando la brillante y hambrienta Frostmourne cada vez más en el ser onírico que una vez había sido Ner’zhul, el Rey Lich, y que pronto dejaría de existir, no sería nada de nada. Con otro brazo rodeó el cuerpo del orco y aproximó sus labios tanto a la oreja verde de éste, que el gesto tenía un componente muy íntimo, tan íntimo como el acto de arrebatar una vida siempre ha sido, es y será.

—No —susurró Arthas—. Nada de podremos. Nadie me dice qué he de hacer. Ya he conseguido todo cuanto necesitaba de ti. Ahora el poder es mío y sólo mío. Ahora sólo estoy yo. Soy el Rey Lich. Y estoy preparado.

El orco se estremeció en sus brazos, aturdido por la traición, y desapareció.

La taza de té se hizo añicos al caer de las manos de Jaina, repentinamente sin fuerzas. Jadeó, incapaz de respirar con normalidad; el frío húmedo de aquel día gris se había adueñado de ella. Aegwynn estaba allí y su nudosa mano se cerró sobre la de Jaina.

—Aegwynn. ¿Qué-qué ha pasado? —preguntó con una voz densa y angustiada.

Las lágrimas anegaron sus ojos de pronto, como si sufriera terriblemente por la pérdida de. algo.

—No es cosa de tu imaginación —le explicó Aegwynn con un tono grave—. Yo también lo he sentido. Respecto a qué ha sido. bueno, estoy segura de que ya lo averiguaremos.

Sylvanas se sobresaltó, como si el colosal demonio plantado delante de ella la hubiera golpeado. Lo cual nunca se hubiera atrevido a hacer, por supuesto. Varimathras entornó sus relucientes ojos.

—Mi señora, ¿qué ha sido eso?

—Él.

Siempre era él.

Las manos enguantadas de Sylvanas se cerraron en un puño y se abrieron varias veces seguidas.

—Algo ha sucedido. Algo relacionado con el Rey Lich. Lo he… sentido.

Si bien ya no existía un vínculo entre ellos, al menos no uno por el cual ella estuviese bajo su control, tal vez quedara algún vestigio del que compartieron en su día. Algo que le advertía de lo que sucedía.

—Tenemos que apresurar nuestros planes —le urgió a Varimathras.

Creo que el tiempo se ha convertido de repente en un bien escaso que no conviene desperdiciar.

Durante mucho tiempo no había sentido nada. Había permanecido en el trono, inmóvil, esperando, soñando. El hielo lo había llegado a cubrir mientras estaba quieto cual piedra; no era una cárcel, no, sino más bien una segunda piel.

Entonces no sabía a qué estaba esperando, pero ahora sí. Había dado los pasos finales del viaje que había iniciado hacía mucho, mucho tiempo; el día en que las tinieblas se adentraron por primera vez en su mundo bajo la forma del llanto del joven príncipe de Ventormenta, que lloraba por su padre muerto. Ese camino le había llevado, a través de Azeroth, hasta Northrend, hasta este Trono Helado y este cielo abierto. A rebuscar en las simas de su fuero interno y a adoptar la decisión por asesinar a ese niño inocente que lo refrenaba así como a las partes de sí mismo que habían moldeado al muchacho.

Arthas, el Rey Lich, solo en su gloria y su poder, abrió los ojos lentamente. El hielo que los cubría se partió al hacer ese gesto y cayó en fragmentos diminutos, como si se tratara de lágrimas congeladas. Una sonrisa se formó bajo el yelmo ornamentado que cubría sus cabellos blancos y su piel pálida. Se cayó más hielo por mor de su despertar, que poco a poco cambiaba de forma, cual partículas de una crisálida de hielo que ya no era necesaria. Estaba despierto.

—Ha comenzado.

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