Arthas La ascensión del Rey Exánime – Capítulo Veintiuno

Resulta muy útil poder contar con un ente Lich como Kel’Thuzad, reflexionó Arthas mientras esperaba en la cima de aquella verde colina a alguien que le había asegurado que iría. Era completamente leal al Rey Lich, hasta el punto de que había interpretado el papel de perrito faldero de Archimonde y Tichondrius de forma muy convincente siempre que se hallaba en su presencia, si eso era lo que se requería de él. Arthas había optado por callar, pues no se creía capaz de mentir tan bien como Kel’Thuzad. Esos dos demonios habían considerado que ambos eran prescindibles. Pronto les demostraría lo equivocados que estaban. En un descuido, se habían dejado el libro de Medivh en las huesudas manos del ente Lich. Además, aquella mente no-muerta también conocía unos hechizos tan potentes y una magia tan poderosa que Arthas sabía que nunca llegaría a comprender del todo su alcance.

—La tercera parte del plan —le comentó de una manera casual Kel’Thuzad en cuanto los demonios se hubieron ido, como si estuvieran conversando sobre el tiempo—, era la auténtica clave de la trama de la Legión.

Arthas recordó entonces lo que Kel’Thuzad le había contado antes. En primer lugar, habían creado la Plaga, y, a continuación, habían invocado a Archimonde. El caballero de la muerte se dispuso a escuchar con gran interés el resto de las explicaciones de Kel’Thuzad.

—La Legión pretende, nada más y nada menos, hacerse con toda la magia de este mundo y acabar con toda la vida que alberga. Para lograr tal fin, necesitan consumir las poderosas energías contenidas en el interior del Pozo de la eternidad de los elfos. Pero para ello deben destruir el lugar que guarda en su interior la esencia de vida más auténtica y pura de Azeroth, el Pozo de la Eternidad, que se encuentra al otro lado del océano, en el continente de Kalimdor. Esa cosa que podría frustrar los planes de la Legión se llama Nordrassil, el Árbol del Mundo, que concede la inmortalidad kaldorei, los cuales están ligados a él.

—¿Los kaldorei? —inquirió Arthas, confuso—. Conozco una raza de elfos llamada quel’dorei. ¿Acaso se trata de otra rama de la familia elfa?

—Son la raza primigenia —corrigió Kel’Thuzad mientras hacía un gesto desdeñoso con la mano —. Aunque esos detalles carecen de importancia. Lo que importa es que debemos impedir que la Legión alcance su objetivo. Conozco a un kaldorei que nos ayudará.

De este modo, Kel’Thuzad, valiéndose de su magia, teletransportó a Arthas a aquel continente lejano, a esa colina que le ofrecía unas vistas asombrosas. Los bosques autóctonos eran exuberantes, frondosos y sanos. No obstante, Arthas divisó a lo lejos que la Legión ya había dejado ahí su huella. En los lugares donde no habían arrebatado la esencia vital a la tierra, los árboles y las bestias, habían dejado todo corrompido. Habían, en efecto, devorado toda la vida. En ese momento, Arthas vislumbró una silueta en la cima de una colina situada más abajo y sonrió. Era el elfo a quien había estado esperando.

Ciertamente, los elfos de la noche eran muy diferentes a sus parientes. La piel de éste en concreto era de un color lavanda pálido, y lucía tatuajes con motivos en espiral y escarificaciones que seguían patrones rituales. Llevaba un paño negro sobre los ojos, lo cual no parecía impedir que se manejara con soltura por esos parajes. Además, portaba un arma que Arthas nunca había visto. En vez de ser como una espada normal, que se agarra por la empuñadura de la que surge la hoja, esta arma poseía dos hojas dentadas que brillaban con el espantoso color verde característico de todo aquello que las energías demoníacas corrompían.

Por eso dio por sentado que ese elfo había tratado con demonios.

El caballero de la muerte lo observó un buen rato mientras esperaba. El elfo de la noche (que afirmaba llamarse Illidan Stormrage) masculló entre dientes. Según le había revelado Kel’Thuzad a Arthas, al parecer, el elfo había sido condenado por una cantidad innumerable de fechorías, razón por la cual clamaba venganza y anhelaba obtener un gran poder.

Arthas sonrió.

—¡Después de diez mil años, al fin soy libre! No obstante, mi propio hermano sigue pensando que soy un villano —se quejó Illidan amargamente—. Pero ya verá. Le demostraré hasta dónde alcanza mi poder. ¡Te demostraré que los demonios no tienen ningún poder sobre mí!

—¿Estás seguro de eso, cazador de demonios? —le preguntó Arthas con voz insidiosa.

El elfo de la noche se volvió, blandiendo su arma, y le espetó:

—¿Estás seguro de que es tu propia voluntad la que dicta tus actos?

Si bien aquel elfo podía ser ciego en el sentido literal del término, Arthas se sentía observado. Illidan gruñó al olfatearlo.

—Hiedes a muerte, humano. Te arrepentirás de haberte encontrado conmigo.

Arthas sonrió. Deseaba librar una buena lucha.

—Acércate, entonces —le exhortó para provocarle el caballero de la muerte—. Seguro que descubres que nuestras fuerzas son parejas.

Invencible se encabritó y bajó la colina al galope, tan ansioso por entrar en acción como su amo. Illidan gruñó y corrió a su encuentro.

Esto recuerda poderosamente a una danza, pensó Arthas mientras ambos guerreros se encaraban. Illidan era fuerte y ágil; además, sus habilidades naturales habían sido incrementadas por los demonios. Arthas tampoco era un soldado corriente, ni la Frostmourne una espada ordinaria. La lucha fue feroz y rápida. Arthas estaba en lo cierto: el combate era muy igualado. Muy pronto, ambos combatientes se tomaron un respiro, jadeando con dificultad.

—Podríamos seguir luchando así eternamente —afirmó Illidan—. Díme, ¿qué es lo que quieres en realidad?

En ese instante, Arthas dejó de apuntarle con la Frostmourne.

—Por lo que has farfullado antes, deduzco que tú y tus aliados habéis sido atacados por los no-muertos. El Señor del Terror que comanda ese ejército de no-muertos se llama Tichondrius. Él posee un poderoso artefacto mágico llamado la Calavera de Gul’dan, que es la causa de que estos bosques se encuentren en ese deplorable estado.

—Así que quieres que la robe, ¿no? ¿Por qué? —inquirió Illidan, ladeando la cabeza.

Arthas arqueó sus blancas cejas al escuchar aquella pregunta. Ese elfo no era un iluso. Por tanto, se merecía una respuesta que contuviera una verdad a medias.

—Digamos que no le tengo mucho cariño a Tichondrius. Además, el señor al que sirvo… podría beneficiarse de la caída de la Legión.

—¿Por qué debería creer lo que me cuentas, despreciable humano?

Arthas se encogió de hombros y le dijo:

—Ésa es una buena pregunta. Permíteme contestarla. Mi maestro lo ve todo, cazador de demonios. Él sabe que has buscado el poder durante toda tu vida. ¡Ahora ese poder se encuentra a tu alcance!

Entonces esgrimió un puño cerrado enguantado frente a los ojos vendados de Illidan y, tal y como esperaba, el elfo de la noche giró la cabeza en respuesta a ese gesto.

—Ahora tienes por fin la oportunidad de hacerte con ese poder que te permitirá eliminar a tus enemigos —añadió el caballero de la muerte.

Illidan levantó la cabeza despacio y volvió su rostro hacia Arthas. Aquel ciego que podía ver tan claramente resultaba muy inquietante. El elfo dio un paso hacia atrás, asintiendo con la cabeza pensativo. Sin mediar palabra, Arthas obligó a Invencible a voltear la cabeza y se alejó al galope.

Kel’Thuzad lo llevaría de vuelta al punto de partida muy pronto. Todo había discurrido tal y como el Rey Lich había planeado. Sólo esperaba que Illidan fuera tan obediente como creía. De lo contrario, podían complicarse mucho las cosas.

Ya no pertenecía al mundo de los vivos. Tampoco podía desobedecer las órdenes de aquel que la había hecho renacer gritando de agonía.

Sylvanas Windrunner poseía una voluntad férrea. En cierto modo, Arthas no había conseguido doblegar del todo su voluntad. Lo había logrado con otros. ¿Por qué ella era la única que, al parecer, no se había derrumbado por completo ante su poder? ¿Se debía a su fuerza de voluntad, o sólo conservaba parte de su libre albedrío porque, de manera inconsciente, le gustaba atormentarla? El alma en pena que era ahora probablemente nunca conocería la respuesta a esa pregunta. Pero si seguía conservando parte de su voluntad sólo porque a Arthas le parecía divertido, tenía muy claro que ella sería la última en reír.

Se había prometido a sí misma que eso sería así y Sylvanas siempre mantenía sus promesas.

Había pasado cierto tiempo en el mundo de los vivos desde que Arthas Menethil y la Plaga habían asolado su amada patria. Y habían ocurrido muchas cosas desde entonces.

Su amo se negaba a que lo utilizasen como un mero peón. Se había aliado con ese arrogante saco de huesos flotantes que respondía al nombre de Kel’Thuzad (el culpable de que la gloriosa Fuente del Sol hubiera sido corrompida) para conspirar contra el Señor del Terror Tichondrius y el señor demoníaco Archimonde, a quien Kel’Thuzad había ayudado a llegar a Azeroth. Sylvanas había observado con gran atención a Arthas; todo aquello que le revelara cómo pensaba y cómo luchaba despertaba su interés.

No había tratado de matar a Tichondrius con sus propias manos, como había hecho con Mal’Ganis. Claro que no. El taimado príncipe que una vez fue humano había manipulado a otro para que hiciera el trabajo sucio por él. Illidan era el nombre del desafortunado. Arthas se las había ingeniado para manipular a Illidan gracias a su tremenda ansia de poder, de tal modo que lo había incitado a robar la Calavera de Gul’dan, un legendario brujo orco. Pero para poder hacerlo, Illidan tendría que matar antes a Tichondrius. Arthas se libraría así del Señor demoníaco y el elfo de la noche se vería recompensado con un artefacto que saciaría su sed de poder. Presumiblemente, todo había salido según lo previsto, puesto que ni Arthas ni, por tanto, tampoco Sylvanas, habían sabido nada de Illidan desde entonces.

En cuanto a Archimonde… Si bien era tan poderoso que había sido capaz de devastar Dalaran, la gran ciudad de los magos, invocando un solo encantamiento, había sucumbido ante el poder de la vida que pretendía aniquilar. Sylvanas, ahora, odiaba a los vivos con la misma pasión que la Legión, por eso recibió la noticia de su fatal destino con sentimientos encontrados. Los elfos de la noche habían sacrificado su inmortalidad para vencerlo. El poder puro y concentrado de la naturaleza destruyó el demonio desde dentro y, acto seguido, el Árbol del Mundo desató todo su poder en un cataclismo cuya inconmensurable onda expansiva se sintió por doquier. Al ser derrotado Archimonde, de quien sólo quedó el esqueleto, los planes de la Legión de entrar y establecerse en este mundo no pudieron llevarse a cabo.

Sylvanas se despertó de su ensimismamiento y regresó al presente al escuchar el nombre de aquel señor demoníaco que tan mal había acabado y al que no añoraba demasiado.

—Han pasado meses desde la última vez que tuvimos noticias de Lord Archimonde — afirmó Detheroc, su líder, golpeando con una pezuña en el suelo en señal de impaciencia—. ¡Ya me he cansado de ver cómo estos no-muertos se pudren! ¿Se puede saber por qué seguimos aquí?

Se encontraban en lo que antes habían sido los jardines del palacio, donde Arthas, tiempo atrás, había asesinado a su propio padre no hacía tanto tiempo, aunque parecía una eternidad,

y había azotado con el flagelo de la peste no-muerta a su propio pueblo. Los jardines también estaban en pleno proceso de putrefacción, al igual que los moradores de aquella región.

—Se nos había encomendado la misión de vigilar estas tierras, Detheroc —le reprendió un tal Balnazzar—. Es nuestro deber permanecer aquí y asegurarnos de que la Plaga está lista para actuar.

—Cierto —corroboró estruendosamente un tercero llamado Varimathras—. Aunque a estas alturas ya deberíamos haber recibido alguna orden.

Sylvanas no podía creer lo que acababa de oír. Se volvió hacia Kel’Thuzad, a quien despreciaba tanto como al caballero de la muerte, al que parecía servir de buena gana; no obstante, disimuló como pudo su animadversión.

—La Legión fue derrotada meses atrás —comentó en voz baja—. ¿Cómo es posible que no lo sepan?

—Es inexplicable —respondió el ente Lich—. Pero cuanto más tiempo permanezcan al mando, más queda ligada la Plaga a la tierra. Si algo no…

Dejó de hablar al verse interrumpido por un sonido que Sylvanas nunca habría esperado oír en ese lugar: el sonido peculiar de una puerta al ser destrozada y rota. Los dos no-muertos se volvieron al escuchar aquel ruido y los demonios rugieron con rabia, instantáneamente alerta, desplegando sus negras alas.

Los ojos brillantes y espectrales de Sylvanas se abrieron por la sorpresa al comprobar que Arthas era quien atravesaba la puerta. Su caballo no-muerto lo acompañaba haciendo cabriolas. Al no llevar yelmo, su pelo blanco caía suelto sobre su rostro pálido, que mostraba una sonrisa de satisfacción.

Sylvanas lo despreciaba tanto. Intentó apretar unos puños incorpóreos, pero era tal su control sobre ella que apenas pudo doblar los dedos.

La voz de Arthas sonó con fuerza y júbilo.

—Saludos, señores del terror.

Se miraron, visiblemente molestos por su insolencia.

—Gracias por cuidar de mi reino durante mi ausencia. Sin embargo, no se requieren vuestros servicios por más tiempo.

Se quedaron boquiabiertos un segundo. Al final, Balnazzar se recuperó de la sorpresa y replicó:

—Esta tierra es nuestra. ¡La Plaga pertenece a la Legión!

Ha llegado el momento, pensó Sylvanas.

La sonrisa de Arthas se ensanchó y contestó alegremente:

—Ya no, demonio. Vuestros maestros han sido derrotados. La Legión se descompone. Vuestra muerte cerrará el círculo.

Sin dejar de sonreír, levantó a la Frostmourne. Las runas bailaron y brillaron a lo largo de la hoja. Tiró de las riendas y el caballo esquelético se abalanzó sobre aquel grupo de tres demonios.

—¡Esto no ha terminado, humano! —gritó desafiante Detheroc.

Los señores del terror fueron más rápidos que el corcel de Arthas. La Frostmourne gemía presa de la frustración al hendir sólo aire. Los demonios se habían creado un portal por el cual desaparecieron. Arthas frunció el ceño, pero gracias a su buen humor lo olvidó enseguida. Sylvanas se dio cuenta de que, a pesar de que habían huido, su muerte probablemente sólo sería cuestión de tiempo.

Arthas alzó la vista para indicar a Sylvanas que se acercara. Se vio obligada a obedecer. Kel’Thuzad no necesitaba ninguna coacción, flotaba feliz al lado de su maestro como un perrillo faldero.

—¡Sabíamos que volverías, príncipe Arthas! —exclamó entusiasmado el ente Lich.

Arthas apenas se dignó mirar a su fiel siervo. No apartaba la vista de Sylvanas.

—Me siento conmovido —dijo con sarcasmo—. ¿Tú también sabías que volvería, mi pequeña alma en pena?

—Sí —respondió Sylvanas con frialdad.

Era cierto, tenía que volver, porque si no, nunca tendría la oportunidad de vengarse. Arthas movió levemente un dedo, exigiendo una respuesta más larga, y dejándola sin aliento cuando el dolor la sacudió.

—Príncipe Arthas… —agregó el alma en pena.

—No; ahora me vas a llamar rey. Después de todo, ésta es mi tierra. Nací para gobernar y lo haré en cuanto…

Se detuvo, e inhaló aire profundamente. Abrió los ojos, con la cara desfigurada por el dolor. Se inclinó sobre el cuello óseo de su caballo, apretando con fuerza las riendas con una mano enguantada. Profirió un terrible grito de agonía.

Mientras Sylvanas observaba la escena, experimentó el mayor placer que había conocido desde aquel fatídico día en que cayó Quel’Thalas. Bebió su dolor como si fuera néctar. No tenía idea de por qué él estaba sufriendo así, pero la banshee saboreó cada segundo de su agonía.

Arthas gruñó y levantó la cabeza. Sus ojos miraban algo que Sylvanas no podía ver, y extendió una mano implorante hacia ella.

—El dolor. es insoportable —masculló Arthas con los dientes apretados—. ¿Qué me está pasando?

Al instante dio la impresión de que estaba escuchando algo, como si una voz desconocida le respondiera.

—¡Rey Arthas! —exclamó Kel’Thuzad—. ¿Necesitas ayuda?

Arthas no contestó de inmediato. Estaba sin aliento. Se incorporó despacio, intentando recobrar la compostura.

—No… no; el dolor ha pasado, pero… mis poderes… han menguado —afirmó perplejo.

Si Sylvanas aún hubiera poseído un corazón, éste habría latido desbocado al oír las siguientes palabras:

—Algo va terriblemente mal.

El dolor se apoderó de él de nuevo. Sufrió un espasmo, echó la cabeza hacia atrás, profiriendo con la boca abierta un grito mudo de dolor; las venas del cuello se le habían hinchado de un modo grotesco. Kel’Thuzad revoloteaba alrededor de su adorado maestro como una quisquillosa niñera. Sylvanas se limitó a observar a Arthas con frialdad hasta que el espasmo remitió. Poco a poco, con cuidado, bajó de Invencible. Sus botas hollaron las losas, se resbaló y cayó sobre el suelo con fuerza.

El ente Lich extendió una mano esquelética para ayudar al príncipe (no; al rey), que se hallaba a sus pies.

—Llevadme a mis antiguos aposentos —pidió Arthas entre jadeos—. Necesito descansar. Me espera un largo viaje.

Sylvanas observó cómo se alejaba tambaleándose en dirección a las habitaciones en que había crecido. Una sonrisa se dibujó en los espectrales labios de la banshee…

… pudo mover levemente los dedos de las manos un momento y, a continuación, los dobló del todo para cerrarlos en un puño.

El Bosque de Argénteos estaba extrañamente tranquilo. Unas tenues neblinas se arremolinaban cerca de la tierra húmeda cubierta de pinos. Sylvanas sabía que, si hubiera tenido unos pies corpóreos, habría sentido la tierra suave y mullida, habría inhalado el intenso aroma del aire húmedo. Pero no sentía nada, ni olía nada. Flotaba, sin cuerpo, hacia el lugar de reunión. Y era tal su impaciencia por llegar, que en ese momento no se arrepintió de carecer de sentidos.

Arthas disfrutaba transformando a las hermosas y orgullosas mujeres quel’dorei, de carácter fuerte, en almas en pena, en vista del éxito que había tenido con Sylvanas. Le había otorgado a ella, que había sido su general en la vida, el mando de las banshees sacudiendo un hueso, como si se tratara de un perro fiel. En breve iba a comprobar lo fiel que era aquella mascota. Después de oír la conversación que habían mantenido los señores del terror, había enviado a una de sus almas en pena a hablar con ellos con objeto de recabar información.

Los demonios habían recibido a su emisaria con sumo gusto y habían pedido a su señora que se reuniera con ellos esa noche para discutir un asunto «que les beneficiaría tanto a ellos como a la Reina de almas en pena».

En las profundidades del bosque, Sylvanas vislumbró un tenue resplandor verde y fue flotando hacia él. Tal y como le habían prometido, tres grandes demonios la esperaban batiendo sus alas, un gesto que revelaba su nerviosismo.

Balnazzar habló primero.

—Lady Sylvanas, nos complace que hayas venido.

—Lo mismo digo —respondió el alma en pena—. Por alguna razón, ya no escucho la voz del Rey Lich en mi cabeza. He recuperado mi libre albedrío. Soy dueña de mi voluntad.

Esa voluntad mantenía a raya su euforia. No quería mostrar sus sentimientos ante ellos.

—Señores del terror, parecéis saber por qué.

Intercambiaron miradas y esbozaron unas sonrisas.

—Hemos descubierto que el Rey Lich está perdiendo su poder —repuso Varimathras con un tono de alegría infernal—. A medida que éste disminuye, también lo hace su capacidad de mando sobre los no-muertos como tú.

Era una buena noticia, si efectivamente era cierta. Pero aquella información le resultó poco precisa a Sylvanas.

—¿Y qué le ocurre al rey Arthas? —insistió con cierto desdén en su voz al mencionar el título real del caballero de la muerte—. ¿Qué pasa con sus poderes?

Balnazzar agitó una mano de negras garras con sumo desprecio.

—Dejará de incordiarnos, como un mosquito al que le ha llegado la hora. Aunque su espada rúnica, la Frostmourne, sigue poseyendo poderosos encantamientos, los poderes de Arthas se desvanecerán con el tiempo. Es inevitable.

Sylvanas no estaba tan segura. Ella también había subestimado a Arthas; en su corazón no sólo albergaba el frío odio que sentía por él sino también la culpa por el papel que había desempeñado en aquella sangrienta victoria.

—Vosotros pretendéis derrocarlo y queréis que yo os ayude —dijo el alma en pena sin rodeos.

Detheroc, que era quien parecía estar al cargo, había permanecido en silencio mientras sus hermanos hablaban con Sylvanas. Se había enfadado y acalorado, pero su expresión se había mantenido neutral. Cuando por fin se pronunció, lo hizo con un tono frío henchido de odio.

—La Legión puede ser derrotada, pero somos los nathrezim. No vamos a permitir que un humano advenedizo nos la juegue.

Hizo una pausa, mirando al resto uno a uno. —Arthas tiene que caer —declaró.

El verde brillante de su mirada se posó sobre Sylvanas.

—Nos has estudiado, pequeño fantasma, pero nosotros también os hemos estado observando a vosotros. Es evidente que esa sanguijuela de Kel’Thuzad es demasiado leal para traicionar a su amo. Parece que se profesan… mutuo afecto —afirmó, conformando una sonrisa maliciosa con sus labios grises—. Pero tú, por otro lado.

—Lo odio —le interrumpió el alma en pena, incapaz ya de ocultar ese sentimiento por mucho que quisiera, puesto que la aversión ardía ferozmente en su interior—. Muchas cosas nos unen, Señor del Terror. Tengo mis razones para buscar venganza. Arthas asesinó a mi gente y me convirtió en esta… monstruosidad.

Se detuvo un momento. El rencor que le profesaba a Arthas por lo que éste le había hecho era tan intenso que se quedó sin habla. Los señores del terror esperaron pacientes, con aire de suficiencia, a que se recuperara.

Si pensaban que podían utilizarla, se equivocaban.

—Colaboraré en tu maldito golpe de Estado, pero lo haré a mi manera —anunció el alma en pena.

Antes de aliarse con ellos, debían saber que no podrían jugar con ella.

—No voy a cambiar un amo por otro. Si queréis mi ayuda, ésas son mis condiciones.

Detheroc sonrió.

—Entonces, todos los aquí presentes destruiremos juntos al caballero de la muerte.

Sylvanas asintió con la cabeza y una lenta sonrisa se deslizó por su cara espectral.

Tiene los días contados, rey Arthas Menethil. Yyo…yo soy su reloj de arena, pensó el alma en pena.

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