Arthas La ascensión del Rey Exánime – Capítulo Veintidós

Arthas se acarició la sien, repasando una y otra vez las visiones que había tenido. Antes, siempre se había comunicado con el Rey Lich a través de la Frostmourne. Pero en el mismo instante en que aquel dolor paralizante le golpeó, Arthas había visto por primera vez al ser al que servía.

El Rey Lich estaba solo, en medio de una vasta caverna, tal y como la Frostmourne había estado aprisionada en el hielo antinatural. Pero éste no cubría como debiera la forma del rey. El hielo que lo encerraba se había fracturado, como si alguien lo hubiera hecho añicos y hubiera dejado los restos mellados allí. El Rey Lich se hallaba oculto bajo las sombras del hielo, que no dejaban vislumbrarlo bien, pero su voz perforó la mente del caballero de la muerte mientras gritaba, presa de un agónico tormento:

«¡El Trono Helado está en peligro! Nuestro poder mengua El tiempo se está agotando… ¡Debes volver a Northrend inmediatamente!». Entonces, Arthas sintió como si una lanza le atravesara los intestinos: «¡Obedece!».

Cada vez que esto sucedía, Arthas se notaba mareado y enfermo. El poder que había bombeado a través de él como la adrenalina cuando era un mero humano lo abandonaba, llevándose consigo más de lo que le había dado originalmente. Se sentía débil y vulnerable, algo que nunca hubiera imaginado que ocurriría la primera vez que aferró la Frostmourne en sus manos y dio la espalda a todo aquello en lo que había creído hasta entonces. Su rostro estaba grasiento por culpa del sudor. Cabalgaba montado como podía sobre Invencible para reunirse con Kel’Thuzad.

El ente Lich lo estaba esperando, flotando en el aire, con sus ropas ondeando y un aspecto general que reflejaba preocupación.

—Así que los ataques se han ido agravando, ¿no es así? —preguntó Kel’Thuzad.

Arthas vaciló. ¿Podía confiar en el ente Lich? ¿Intentaría arrebatarle el poder? No, se dijo. El antiguo nigromante nunca le había fallado. Siempre había sido leal al Rey Lich y a Arthas.

El rey movió afirmativamente la cabeza. Y se sintió como si la cabeza se le fuera a salir de los hombros por culpa de aquel gesto.

—Sí. Con mis poderes menguados, apenas puedo controlar a mis guerreros. El Rey Lich me advirtió que, si no llego a Northrend pronto, todo se echaría a perder. Tenemos que partir hacia allá de inmediato.

Parecía imposible que unas cuencas vacías en llamas pudieran transmitir sensación de preocupación, pero Kel’Thuzad lo logró.

—Por supuesto, majestad. Nunca te he abandonado, ni te abandonaré. Saldremos tan pronto como estimes que…

—Ha habido un ligero cambio de planes, rey Arthas. Nadie irá a ninguna parte —se oyó decir a alguien desconocido.

Aquello era la prueba fehaciente de que sus poderes se debilitaban tanto que ni siquiera había percibido la presencia de sus enemigos. Arthas contempló, sumamente sorprendido, cómo los tres señores del terror le rodeaban.

—¡Asesinos! —gritó Kel’Thuzad—. ¡Es una trampa! Defended a vuestro rey de.

Pero el ruido que hizo una puerta al cerrarse de un golpe ahogó la llamada de auxilio del ente Lich. Arthas señaló a la Frostmourne. Desde la primera vez que la había tocado, se había unido a aquella espada, que ahora parecía muy pesada y casi sin vida en sus manos. Las runas de su hoja apenas brillaban, y parecía más un trozo de metal inerte que el arma equilibrada y hermosa que había sido siempre.

Los no-muertos se abalanzaron sobre él y, por un momento, Arthas se vio catapultado en el tiempo hasta su primer encuentro con los no-muertos. Se encontraba de nuevo de pie ante aquella pequeña granja; el hedor de la podredumbre le resultaba insoportable y estaba paralizado por el horror al ver que esas cosas que debían estar muertas lo atacaban. Hacía tiempo que había superado el horror y la repugnancia que en su momento podía haberle provocado la existencia de aquellos engendros; es más, casi había llegado a pensar en ellos con afecto. Eran sus súbditos; les había purgado la vida para que pudieran servir a mayor gloria del Rey Lich. Lo que más le irritaba no era que se movieran y lucharan ajenos a su voluntad, sino que lucharan contra él. Se hallaban bajo el control absoluto de los señores del terror. Muy a su pesar, se resistió con las fuerzas que aún poseía, y lo invadió una extraña y desagradable sensación.

Nunca había esperado que él se volviera en su contra.

En el fragor de la refriega, Arthas escuchó la voz de Balnazzar, que se burlaba de él con regocijo.

—No deberías haber vuelto, humano. Con lo debilitado que te encuentras, hemos asumido el control de la mayoría de tus guerreros. Me parece que tu reinado va a ser breve, rey Arthas.

El caballero de la muerte apretó los dientes y sacó fuerzas de flaqueza, aunando así más ganas de luchar. No estaba dispuesto a morir ahí.

Pero eran tantos. Antaño los había dirigido y controlado casi sin esfuerzo, pero ahora se abalanzaban implacables contra él. Sabía que carecían de mente, que sólo obedecían al más fuerte. Sin embargo, de alguna manera… aquello le dolía, porque él era su creador.

Se sentía cada vez más débil y llegó un momento en que ni siquiera fue capaz de bloquear un golpe que iba dirigido a su cintura. El sordo impacto de la espada hizo estremecerse a su armadura y, si bien no sufrió ninguna herida grave, le alarmó el hecho de que el necrófago hubiera logrado superar sus defensas.

—¡Son demasiados, mi rey! —exclamó Kel’Thuzad con su sepulcral voz, que desprendía tal lealtad que provocó que unas lágrimas se asomaran a los ojos de Arthas de forma inesperada—. ¡Corre! ¡Huye de la ciudad! Yo ya me las arreglaré para salir de aquí por mi cuenta. Nos encontraremos en los páramos. ¡No te queda más remedio, mi señor!

Sabía que aquel ente Lich tenía razón. Con un grito, Arthas desmontó torpemente de su corcel. Un gesto de su mano bastó para convertir a Invencible en un ser incorpóreo, un caballo espectral en lugar de una montura esquelética y, al instante, desapareció. Arthas volvería a invocarlo cuando estuviera a salvo. Acto seguido cargó contra el enemigo aferrándose a la debilitada Frostmourne con ambas manos y hacía a la hojarruna volar de acá para allá, ya que no intentaba matar ni herir a sus rivales (que eran innumerables), sino simplemente despejar el camino. Las puertas estaban cerradas, pero era el palacio donde él había crecido hasta hacerse un hombre y lo conocía como la palma de su mano. Conocía cada puerta, cada pared, cada pasadizo oculto. En vez de dirigirse a las puertas, que no podría franquear él solo, se encaminó a las entrañas del palacio. Los no-muertos lo siguieron. Arthas corría por unos pasillos que habían sido las habitaciones privadas de la familia real, y que una vez había atravesado con Jaina agarrada de la mano. Entonces se tambaleó y su mente hizo lo mismo.

¿Cómo había llegado a esta situación? ¿A tener que huir por un palacio vacío de sus propias creaciones, sus súbditos, a quienes había prometido proteger?

Pero no… los había matado. Traicionó a sus súbditos a cambio de obtener el poder que le ofrecía el Rey Lich. Un poder que se le escapaba como si se tratase de la sangre que manaba de una herida que no pudiera cerrarse.

Padre… Jaina…

Desterró de su mente aquellos recuerdos. No eran más que distracciones inútiles. Sólo la velocidad y la astucia podrían sacarle del apuro.

Los estrechos pasillos limitaban el número de no-muertos que podían seguirlo; además, cada vez que cruzaba una puerta, la trancaba con cerrojo para retrasarlos más. Finalmente, llegó a su habitación y al pasadizo secreto oculto en la pared. Él, sus padres y Calia… cada uno tenía el suyo, que sólo ellos, Uther y el obispo conocían. Todos estaban muertos salvo él. Arthas apartó un tapiz que ocultaba una pequeña puerta, que cerró a cal y canto tras cruzarla.

Corrió y bajó a trompicones, debido a que se encontraba extremadamente débil, por la estrecha escalera que le conducía a la libertad. La puerta se había camuflado tanto por medios físicos como mágicos, de modo que era igual que los muros exteriores principales del palacio. Arthas, jadeando, forcejeó con el cerrojo y, medio cayéndose, salió al exterior al abrigo de la tenue luz de los Claros de Tirisfal. El fragor de la batalla llegó a sus oídos y alzó la vista, mientras recuperaba el aliento. Entonces parpadeó, desconcertado.

Los no-muertos. se estaban peleando entre sí.

Por supuesto, algunos de ellos todavía estaban bajo su mando. Seguían siendo sus súbditos…

No. Eran sus herramientas, sus armas, no sus súbditos.

Los observó un momento, apoyado contra la fría piedra. Una abominación controlada por sus enemigos decapitó a un no-muerto de grandes orejas y lanzó la cabeza lejos. Se estremeció asqueado al contemplar a ambos bandos de no-muertos. Unos seres putrefactos, infestados de gusanos, que caminaban con torpeza. Con independencia de quién los controlaba, eran horrendos. Captó un destello: se trataba de un fantasma un poco triste, que flotaba en el aire azorado, y que antaño había sido una adolescente. Antaño había estado viva. Arthas la había matado, directa o indirectamente. Había sido su súbdita. La muchacha aún parecía ligada al mundo de los vivos. Parecía recordar lo que significaba ser un humano. Él también podía utilizar ese recurso, también podía utilizarla. Le tendió la mano a ese engendro espectral que su ansia de poder había creado.

—He de recurrir a tus habilidades, fantasmita —le dijo, tratando de ser amable—. ¿Me ayudarás?

El rostro de la cría se iluminó y se acercó flotando a su lado.

—Sólo vivo para servirte, rey Arthas —le contestó con una voz dulce a pesar de sonar hueca.

Arthas le devolvió una sonrisa forzada. Era más fácil cuando no eran más que un montón de carne podrida. Pero esto tenía sus ventajas, no cabe duda. Sirviéndose de toda su voluntad, convocó a más y más no-muertos; el esfuerzo le hacía respirar entrecortadamente. Vinieron dispuestos a servir al más fuerte. Con un rugido, Arthas descendió sobre aquellos que se atrevían a interponerse en el destino que tanto le había costado labrarse. Pero a pesar de que cada vez más no-muertos se sumaban a su bando, muchos más se pasaban al enemigo. Se sentía sumamente débil, y sólo disponía de esos trozos de carne para protegerle. Temblaba y jadeaba mientras sostenía a la Frostmourne con unos brazos cada vez más cansados. Entonces la tierra tembló y Arthas contempló cómo no menos de tres abominaciones colosales se dirigían hacia él.

Alzó a la Frostmourne con gesto lúgubre. Él, Arthas Menethil, rey de Lordaeron, no podía caer sin pelear.

De repente, algo se movió a gran velocidad, acompañado de unos gritos angustiosos. Al igual que los fantasmas de las aves, esos borrones difusos ascendían y descendían hostigando a las monstruosidades, que ya no se dirigían hacia Arthas sino que rugían y atacaban a las figuras espectrales, que de pronto parecían adentrarse en el interior de aquellas criaturas.

Esas cosas viscosas, blancas y agusanadas se detuvieron bruscamente, y, acto seguido, centraron su atención en los necrófagos vacilantes que estaban atacando a Arthas. En el rostro pálido del caballero de la muerte se dibujó una sonrisa. Eran las almas en pena. Pensaba que Sylvanas lo odiaba demasiado para acudir en su ayuda, o que, aún peor, como muchos de sus guerreros, se había convertido en un peón de sus enemigos. Pero, por lo visto, la antigua general ya no estaba enojada con él.

El sino de la batalla cambió gracias a la ayuda de las abominaciones poseídas por las almas en pena. Unos momentos después, Arthas trastabillaba, por culpa de una debilidad repentina, sobre un montón de cadáveres que estaban realmente muertos. Las abominaciones se enfrentaron entre sí y se despedazaron de manera macabra entre ellas. Arthas se preguntó si sus creadores serían capaces ahora de coser de nuevo lo que quedaba de ellas. A medida que iban cayendo, los espíritus que habían poseído huían libres.

—Mi más sincero agradecimiento, señoritas. Me alegro de ver que vosotros y vuestra señora seguís siendo mis aliados.

Flotando en el aire, respondieron con unas voces suaves y evocadoras.

—De hecho, gran rey, nuestra señora nos manda a buscarte. Hemos venido para acompañarte a cruzar el río. En cuanto lo crucemos, nos refugiaremos en los páramos.

«Los páramos». Kel’Thuzad había utilizado esas mismas palabras. Arthas se sintió aún más relajado. Evidentemente, su mano derecha sabía lo que hacía la izquierda. Levantó una mano y llamó, muy concentrado:

—¡Ven a mí, Invencible, a mí!

Al punto surgió un pequeño banco de niebla que giró hasta adquirir la forma de un caballo esquelético. Justo después, Invencible se materializó. Arthas observó complacido que aquello no le costó mucho esfuerzo; Invencible le quería. Era su única creación perfecta. El único muerto que nunca, jamás se volvería en su contra, o no más de lo que el gran animal había hecho en vida. Se montó sobre él con cuidado, haciendo todo lo posible para ocultar su debilidad a las almas en pena y los no-muertos.

—Llevadme con vuestra señora y Kel’Thuzad. Os seguiré —les ordenó.

Eso hicieron. Se alejaron flotando de palacio para adentrarse en el corazón de los Claros de Tirisfal. Arthas se dio cuenta de pronto de que la ruta que estaban tomando pasaba cerca de la Hacienda Balnir. Afortunadamente, las almas en pena torcieron hacia una zona de colinas y de allí fueron a campo abierto.

—Éste es el lugar, hermanas. Descansaremos aquí, gran rey.

No había ninguna señal de Sylvanas ni de Kel’Thuzad. Arthas tiró de las riendas de Invencible, mirando a su alrededor. Y sintió una repentina sensación de temor.

—¿Por qué aquí? —exigió saber Arthas—. ¿Dónde está vuestra señora?

El dolor apareció de nuevo y gimió, agarrándose el pecho.

Invencible se encabritó inquieto, y Arthas se aferró a él como pudo para salvar el pellejo. El claro de color gris y verde pálido se desvaneció para ser sustituido por el azul y blanco del Trono Helado, extrañamente roto. La voz del Rey Lich perforaba su mente: Arthas soltó otro gemido.

—¡Te han engañado! ¡Vuelve a mi lado! ¡Obedece!

—¿Qué está… pasando aquí? —masculló Arthas.

Parpadeó, para ver con claridad, y levantó la cabeza, gruñendo por el esfuerzo.

Alguien, armado con un arco, salió de detrás de los árboles. Por un instante pensó que había vuelto a Quel’Thalas y se enfrentaba de nuevo a los elfos.

Pero su cabello ya no era de color dorado sino negro como la medianoche, salpicado de vetas blancas. Tenía la piel pálida, con un cierto tinte azulado, y sus ojos plateados brillaban. Era Sylvanas y sin embargo no lo era. Esta Sylvanas no era un ser vivo ni era inmaterial. De alguna manera había conseguido liberar su cuerpo de donde él había ordenado guardarlo a buen recaudo: un ataúd de hierro que sería utilizado como tormento adicional en su contra. Pero se habían vuelto las tornas.

Mientras, acuciado por el dolor, se esforzaba por dar sentido a lo que estaba pasando, Sylvanas levantó su arco negro, colocó la flecha y apuntó. Sus labios se curvaron en una sonrisa.

—Tú te lo has buscado, Arthas.

Lanzó la flecha.

Le alcanzó en el hombro izquierdo, atravesando la armadura como si fuera tan frágil como el pergamino, añadiendo un nuevo tipo de agonía a su dolor. No lo entendía; creía que Sylvanas era una maestra del arco. No podía fallar un tiro mortal a esa distancia. ¿Por qué el hombro? Su mano derecha se alzó de forma automática, pero se encontró con que ni siquiera podía cerrar los dedos en torno a la empuñadura. Se le estaban entumeciendo; al igual que las piernas…

Se derrumbó sobre el cuello de Invencible, haciendo todo lo posible por aferrarse a su montura con unas extremidades que se volvían inútiles por momentos. Apenas podía girar la cabeza para mirarla y acusarla:

—¡Traidora! ¿Qué me has hecho?

Sylvanas sonreía. Estaba feliz. Se acercó a él poco a poco, con parsimonia. Llevaba la misma ropa que cuando la mató, que revelaba gran parte de su pálida piel de color azul. Curiosamente, su cuerpo no presentaba cicatrices fruto de las innumerables heridas que recibió ese día.

—Te he alcanzado con una flecha envenenada especial que preparé para ti —aseveró mientras se le aproximaba. Se colocó el arco a la espalda y sacó una daga—. La parálisis que estás experimentando ahora no es más que una fracción de la agonía que tú me has causado.

Arthas tragó saliva. Tenía la boca seca como la arena del desierto.

—Acaba conmigo de una vez.

Sylvanas echó la cabeza hacia atrás y se rió de una manera hueca y fantasmal.

—¿Acaso imploras una muerte rápida… como la que tú me diste?

La alegría se desvaneció de su rostro tan rápidamente como había llegado y sus ojos brillaban de furia. Continuó acercándose hasta hallarse a sólo un brazo de distancia. Invencible brincó presa de la incertidumbre y el corazón de Arthas casi se le sale del pecho del susto que se llevó porque estuvo a punto de caerse.

—Oh, no. Me has enseñado bien, Arthas Menethil. Tú me enseñaste que era una locura mostrar misericordia hacia los enemigos y un placer atormentarlos. Así que, maestro, voy a demostrarte lo bien que he aprendido la lección. Vas a sufrir tanto como yo. Gracias a mi flecha, ni siquiera puedes huir.

Como parecía que los ojos eran lo único que Arthas podía mover observó impotente cómo levantaba el puñal.

—Dale recuerdos al infierno de mi parte, hijo de puta.

No, así no, paralizado e indefenso… Jaina…

De repente, Sylvanas se tambaleó hacia atrás, y la mano pálida que agarraba el puñal empezó a temblar y soltó el arma. La expresión de asombro en su cara era elocuente.

Un instante después, la fantasmita que había ayudado a Arthas se materializó, sonriendo feliz al pensar que había salvado a su rey. A quien era un placer servir.

—¡Atrás, seres sin mente! ¡No caerás hoy, mi rey!

¡Kel’Thuzad! Había venido tal y como había prometido; había dado con el lugar al que aquella alma en pena traidora había llevado a Arthas. Y no estaba solo. Más de una docena de no-muertos vivientes que lo acompañaban se abalanzaron sobre Sylvanas y sus almas en pena. La esperanza creció dentro de él, pero seguía paralizado, sin poder moverse. Observó cómo la lucha estalló a su alrededor; en unos momentos fue obvio que Sylvanas tendría que retirarse.

Ella le lanzó una mirada iracunda.

—¡Esto no ha terminado, Arthas! ¡Nunca dejaré de perseguirte!

Arthas la miraba fijamente mientras se fundía con las sombras. Las últimas partes de su cuerpo que desaparecieron fueron sus ojos color carmesí. Al volatilizarse su señora, las almas en pena bajo el mando de Sylvanas se fueron. Kel’Thuzad se acercó presuroso a Arthas.

—¿Te ha lastimado, mi señor?

Arthas sólo podía mirarlo; la parálisis se había extendido tanto que no podía ni mover los labios. Unas manos huesudas rodearon con una delicadeza sorprendente la flecha y tiraron de ella. Arthas reprimió un grito de dolor cuando ésta salió. Su sangre roja estaba mezclada con una sustancia pegajosa de color negro, que Kel’Thuzad examinó cuidadosamente.

—Los efectos nocivos de la flecha desaparecerán con el tiempo. Parece que el veneno sólo estaba destinado a inmovilizarte.

Por supuesto, pensó Arthas, de lo contrario, no habría necesitado la daga. Se sintió aliviado, y entonces el cansancio se apoderó de él.

Había estado muy cerca (demasiado) de morir. Si no fuera por la lealtad del ente Lich, la elfa se habría cobrado venganza. Intentó hablar de nuevo, y esta vez consiguió decir:

—Me… me has salvado.

Kel’Thuzad inclinó su cabeza coronada con cuernos.

—Me alegro de haber sido de ayuda, mi rey. Pero has de partir con suma celeridad a Northrend. Todos los preparativos para tu viaje ya están hechos. ¿Qué quieres que haga en tu nombre?

Kel’Thuzad tenía razón. Arthas estaba empezando ahora a sentir cómo algo parecido a la vida regresaba a sus miembros, aunque aún no le permitiera moverse por sus propios medios.

—He de encontrar al Rey Lich lo antes posible. Si me demoro más… no sé qué me deparará el futuro, ni si volveré siquiera. Así que quiero que veles por esta tierra. También que te cerciores de que mi legado perdura.

Confió en el ente Lich no por afecto o lealtad, sino simplemente porque la cruda realidad le había demostrado que podía confiar en Kel’Thuzad, un engendro no-muerto, fiel al amo al que ambos servían. Los ojos de Arthas buscaron al pequeño fantasma, que seguía flotando, sonriente, a pocos metros, y luego se posaron en las caras estúpidas de los cuerpos en descomposición, que se tirarían por un precipicio si él se lo ordenara.

No eran más que carne muerta y espíritus desgarrados. No eran súbditos. Y nunca lo habían sido. No importaba lo que la sonrisa de aquella fantasmita dijera.

—Será un honor, mi señor. Haré lo que me pides, rey Arthas. Lo haré.

Ahora poseía un cuerpo, como el que tuvo en su día aunque modificado, como ella, que también había cambiado. Sylvanas caminaba con el paso ligero que había llevado en vida, y portaba la misma armadura. Pero no era lo mismo. Su existencia había sido alterada irrevocablemente para siempre.

—Pareces preocupada, señora.

Sylvanas despertó de su ensimismamiento y se volvió hacia aquella alma en pena, una de las muchas que flotaban a su lado. Ya no podía flotar en el aire con ellas, pero lo cierto es que prefería la pesadez, la solidez de la forma corporal que había recuperado para sí.

—¿Y tú no lo estás, hermana? —contestó con sequedad—. Hace apenas unos días éramos esclavas del Rey Lich. Sólo vivíamos para masacrar en su nombre. Y ahora somos… libres.

—No te entiendo, señora. —La voz del alma en pena era hueca y confusa—. Nuestra voluntad dicta ahora nuestros actos. ¿No luchaste por eso? Pensé que estarías contenta.

Sylvanas se echó a reír, consciente de que se acercaba peligrosamente a la histeria.

—¿Qué alegría comporta esta maldición? Todavía somos no-muertos, hermana, somos monstruos.

Extendió una mano, examinó la piel gris azulada y se dio cuenta de que el frío se aferraba a ella como una segunda piel.

—¿Qué somos sino esclavas de este tormento?

Arthas le había arrebatado tanto que, aunque, llegado el caso, prolongase su muerte por un período de días… semanas… nunca podría hacerle sufrir lo bastante. Su muerte no resucitaría a los muertos, ni purgaría la Fuente del Sol, ni le devolvería la vida, ni su piel de melocotón, ni su pelo dorado. Pero sería… maravilloso.

Hacía varios días que Arthas se le había escapado. Su lacayo, el Lich, había llegado precisamente en el momento más inoportuno. Arthas se había ido a un lugar lejos de su alcance, con objeto de curarse. Y ella había sabido que había dejado a Kel’Thuzad al mando de estas tierras asoladas. Pero eso era bueno. Estaba muerta. Tenía todo el tiempo del mundo para planear una venganza exquisita.

Un movimiento captó su atención y se puso en pie, tensó el arco y apuntó, todo a un tiempo. El portal que giraba en el aire se abrió y Varimathras apareció, sonriendo con condescendencia ante ella.

—Saludos, lady Sylvanas —dijo el demonio mientras hacía una reverencia. Sylvanas arqueó una ceja. No creía ni por asomo que fuera en serio.

—Mis hermanos y yo apreciamos el papel que has desempeñado en el derrocamiento de Arthas.

¿El papel que había desempeñado? Hablaba como si se tratara de una representación teatral.

—¿Derrocamiento? Supongo que se podría llamar así. Más bien se escabulló, eso seguro.

Aquel poderoso ser se encogió de hombros, con las alas ligeramente desplegadas.

—De cualquier manera, eso ya no nos preocupa. He venido a ofrecerte una invitación formal para unirte a nuestra nueva orden.

Una «nueva orden». No sé qué tiene eso de nuevo, pensó. La misma esclavitud, pero con un amo distinto. No le interesaba lo más mínimo.

—Varimathras —repuso con frialdad, sin hacer ninguna reverencia—, mi único interés radicaba es ver muerto a Arthas. Ya que fracasé en mi primer intento de cumplir ese cometido, quiero concentrar mis esfuerzos en que los próximos tengan éxito. No dispongo de tiempo para vuestra política mezquina o vuestras peleas por el poder.

El demonio se agitó.

—Cuidado, señora. No sería prudente incurrir en nuestra ira. Somos el futuro de éstas. Tierras de la Peste. Puedes unirte a nosotros o hacerte a un lado.

—¿Vosotros, el futuro? Kel’Thuzad no acompañó a su querido Arthas por una buena razón. Pero quizás un ente Lich renacida de la esencia misma de la Fuente del Sol no sea rival para seres tan poderosos como vosotros.

Su voz destilaba desprecio y el Señor del Terror frunció el ceño de un modo espantoso.

—Ya he vivido como una esclava el tiempo suficiente.

Tiene gracia cómo se utiliza la palabra «vivir», a pesar de que uno esté muerto. Los viejos hábitos nunca mueren, o eso parece.

—He luchado con uñas y dientes para dejar de ser el engendro en que me convirtió esa rata. Soy dueña de mis actos y yo elijo mi destino. La Legión ha sido derrotada. Vosotros sois sus últimos restos patéticos. Sois una especie en extinción. No pienso renunciar a mi libertad para someterme a vuestro yugo, son necios.

—Que así sea —siseó Varimathras. Estaba furioso—. Pronto conocerás nuestra respuesta.

El demonio se teletransportó, con el rostro contraído en una mueca.

El sarcasmo de Sylvanas había hecho mella en él, que temblaba de indignación.

Sylvanas ni se inmutó. Sabía que se enfurecía con facilidad; además, fue él quien acudió a ella, pensando que no supondría una gran amenaza.

Iba a necesitar bastante más que un puñado de almas en pena para luchar contra Arthas.

Precisaría un ejército, una ciudad de los muertos… necesitaría Lordaeron.

Llamaría Renegados a las almas perdidas que, como ella, no respiraban, aunque aún poseían voluntad propia. Pero antes de eso precisaría más ayuda que la que pudieran aportar sus hermanas espectrales para luchar contra los tres hermanos demoníacos. También podía ser que sólo fuese necesario enfrentarse a dos.

Sylvanas Windrunner volvió a pensar en Varimathras, en lo fácil que había resultado manipularlo.

Tal vez ese demonio podría serle útil.

Sí. Los Renegados encontrarían su sendero en este mundo. y ay de aquel que se interpusiera en su camino.

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