Arthas La ascensión del Rey Exánime – Capítulo Diecisiete

Mientras cabalgaba a lomos del esquelético y leal Invencible hacia Andorhal, Arthas meditaba acerca de lo irónico que resultaba que él, que había asesinado al nigromante Kel’Thuzad, fuera ahora el encargado de resucitarlo.

La Frostmourne le susurraba, aunque no le hacía falta escuchar la voz de la espada (o, mejor dicho, del Rey Lich, así quería que la llamara) para sentirse tranquilo. Ya no había vuelta atrás. Y tampoco deseaba desandar el camino que estaba explorando.

Tras la caída de Ciudad Capital, Arthas se había centrado en emprender un peregrinaje que era una suerte de reverso tenebroso del que habría realizado un paladín. Había recorrido aquellas tierras a lo largo y ancho, llevando consigo a sus nuevos súbditos de ciudad en ciudad, quienes se encargaban de exterminar a la población autóctona. Pensaba que la Plaga (ése fue el término que utilizó Kel’Thuzad) era un nombre adecuado para esos seres. De la misma forma que la autoflagelación y los azotes eran empleados a veces por algunos de los elementos más excéntricos del clero para purgar las impurezas del alma, su Plaga purgaría aquellas tierras de la peste de los vivos. No obstante, Arthas existía entre el mundo de los muertos y el de los vivos; en cierto modo, seguía vivo, pero el Rey Lich insistía en llamarle en susurros «caballero de la muerte», y el lívido color de su pelo, su piel y sus ojos parecían indicar que eso era algo más que un mero título. Aunque no estaba muy seguro de qué significaba, ni tampoco le importaba. Le bastaba con saber que era el favorito del Rey Lich y que la Plaga se hallaba a sus órdenes. En ese preciso instante se percató de que, de una manera extraña y retorcida, le preocupaba el destino de los miembros de la Plaga.

Arthas servía al Rey Lich a través de uno de sus sargentos, un Señor del Terror cuyo aspecto era idéntico al de Mal’Ganis, lo cual también resultaba irónico, aunque tampoco le preocupaba en exceso.

«Al igual que Mal’Ganis, soy un Señor del Terror. Pero no soy tu enemigo», le había asegurado Tichondrius, esbozando una sonrisa que era más bien una mueca de desprecio. «En verdad, he venido a felicitarte. Al matar a tu propio padre y entregar estas tierras a la Plaga, has superado la primera prueba. El Rey Lich está realmente contento con el… entusiasmo que has mostrado».

Arthas se sintió desgarrado por dos emociones contrapuestas: el dolor y el júbilo.

«Ya», replicó, procurando mantener una voz firme ante el demonio, «he condenado a todos a los que he amado y todo cuanto he querido en su nombre, y no siento remordimiento alguno. Ni pena. Ni vergüenza».

Entonces, en lo más hondo de su ser, escuchó otro susurro, que no provenía de la Frostmourne: «Mentiroso».

Sin embargo, apagó los rescoldos de ese sentimiento de inmediato. Esa voz debía silenciarse de algún modo. No podía dejar que esa duda creciera. Era como una gangrena, que se lo comería si lo permitía.

Tichondrius no pareció percatarse de la lucha interna que libraba Arthas y, simplemente, señaló a la Frostmourne al tiempo que afirmaba:

«La hojarruna que portas fue forjada por mi raza hace mucho, mucho tiempo. El Rey Lich te ha otorgado la facultad de robar almas. La tuya fue la primera que reclamó para sí».

Emociones contrapuestas combatían en el fuero interno de Arthas, quien contempló la espada con atención. No se le había pasado por alto la palabra que había escogido Tichondrius: «robar». Si el Rey Lich le hubiera pedido su alma a cambio de salvar a su pueblo, Arthas se la hubiera entregado. Sin embargo, el Rey Lich no le había pedido tal cosa, simplemente se la había arrebatado. Y ahora estaba ahí, encerrada dentro de aquella arma refulgente, tan cerca de Arthas que el príncipe (mejor dicho, rey) casi podía tocarla. Pero ¿Arthas había logrado lo que pretendía en un principio? ¿Había salvado a sus súbditos?

¿Acaso importaba?

Tichondrius lo observó con detenimiento.

«Entonces tendré que arreglármelas sin alma», replicó Arthas sin darle más importancia. «¿Qué quiere que haga el Rey Lich?».

La misión que le habían encomendado consistía en reunir lo que quedaba del Culto de los Malditos para que lo ayudaran a alcanzar un objetivo aún más importante: la recuperación de los restos de Kel’Thuzad.

Según la información que habían recibido, ese montón de carne pestilente, putrefacta y licuada se hallaba aún en Andorhal, donde el propio Arthas lo había dejado. Andorhal, el lugar del que procedían los envíos de grano infectado. Si bien recordó lo furioso que se había puesto al atacar al nigromante, ahora era incapaz de sentir cólera. Una sonrisa se dibujó en sus pálidos labios. Aquello resultaba irónico.

Los edificios que habían ardido en su día no eran más que un montón de maderas calcinadas. Nadie aparte de los no-muertos debería estar ahí; y aun así… Arthas frunció el ceño, tiró de las riendas e Invencible se detuvo, tan obediente en la muerte como lo había sido en vida. El rey pudo atisbar unas siluetas que se movían aquí y allá. La poca luz de aquel día gris se reflejaba en las.

Armaduras, se dijo a sí mismo.

Allí había unos cuantos hombres vestidos con armaduras, apostados a lo largo del perímetro del cementerio, y uno de ellos custodiaba una modesta tumba. Entornó los ojos y, acto seguido, los abrió como platos. No eran unos seres vivos cualesquiera, no eran unos meros guerreros, eran paladines. Sabía por qué estaban ahí. Por lo visto, Kel’Thuzad atraía el interés de gente muy diversa.

No obstante, él había decretado la disolución de la orden. Por tanto, los paladines ya no deberían existir, y mucho menos congregarse en aquel lugar. Entonces la Frostmourne susurró que estaba hambrienta. Arthas desenvainó la poderosa hojarruna, la alzó para que el reducido ejército de acólitos que lo acompañaba pudiera verla e inflamara así su ánimo y, al instante, cargó. Invencible se abalanzó sobre los paladines, y Arthas pudo comprobar cómo la estupefacción se apoderaba de los rostros de los hombres que vigilaban el cementerio en cuanto se abalanzó sobre ellos. Si bien lucharon con gallardía, al final su resistencia fue inútil; el príncipe pudo ver en sus ojos que eran conscientes de ello.

Justo cuando acababa de extraer la Frostmourne del cadáver del paladín al que acababa de matar, y de sentir el júbilo de la espada al hacerse con otra alma, escuchó un grito:

—¡Arthas!

Se trataba de una voz que había escuchado con anterioridad, pero como era incapaz de relacionarla con su dueño, se volvió hacia el hombre que le había llamado.

Éste era muy alto, y su presencia, imponente. Se había quitado el yelmo, y fue su frondosa barba la que hizo recordar a Arthas quién era.

—¡Gavinrad! —exclamó sorprendido—. Cuánto tiempo.

—No el suficiente. ¿Dónde está el martillo que te obsequiamos? —inquirió Gavinrad, escupiendo prácticamente las palabras—. Es el arma de un paladín. Un arma de honor.

Arthas recordó que ese hombre había sido el que colocó el martillo a sus pies durante su ceremonia de ingreso en la orden. Qué limpio, auténtico y sencillo le había parecido todo en aquel momento.

—Ahora poseo un arma mucho mejor —aseveró Arthas.

Alzó la Frostmourne, la cual parecía agitarse ansiosa en su mano y, entonces sintió un impulso imperioso que tuvo que obedecer.

—Apártate, hermano —le pidió con una amabilidad bastante fuera de lugar—. He venido a recoger unos huesos viejos. En recuerdo de aquel día y de la orden a la que ambos pertenecimos, no te haré daño si me dejas pasar.

Las pobladas cejas de Gavinrad se unieron en una sola cuando escupió en dirección a Arthas.

—¡No puedo creer que una vez te consideráramos nuestro hermano! No alcanzo a comprender por qué Uther abogó por ti. Tu traición ha destrozado a Uther, muchacho. Él habría dado la vida por ti sin dudarlo: ¿es así como pagas su lealtad? ¡Ya sabía yo que admitir a un príncipe malcriado en nuestra orden era un error! ¡Se ha burlado de la Mano de Plata!

La furia se apoderó de Arthas con tal celeridad e intensidad que casi lo ahogó. ¡Cómo se atrevía a hablarle así a él, un caballero de la muerte, la mano ejecutora del Rey Lich! La vida, la muerte, la no vida… todo ello formaba parte de su dominio. Gavinrad había osado escupir sobre su oferta de tregua. Arthas apretó los dientes con fuerza.

—No, hermano mío —replicó con un gruñido—. Cuando te asesine y te obligue a levantarte de entre los muertos como mi siervo, y tengas que bailar al son que yo marque, entonces sí que me habré burlado de la Mano de Plata, Gavinrad.

Arthas le hizo una seña retadora mientras sonreía burlonamente. Los no-muertos y los miembros del Culto de los Malditos que lo habían acompañado hasta aquel lugar aguardaron en silencio el devenir de los acontecimientos. Gavinrad no se precipitó, mantuvo la compostura y rezó a la Luz, a pesar de que no lo salvaría. Arthas permitió que concluyera su rezo y su arma brillara tal y como lo había hecho en su día el martillo del príncipe. Sabía que Gavinrad no tenía nada que hacer frente a él, puesto que empuñaba la Frostmourne y el poder del Rey Lich recorría su cuerpo, que se hallaba a medio camino de los mundos de la vida y de la muerte.

Tampoco el paladín confiaba en ganar el duelo. Luchó con todas sus fuerzas, pero no bastó. Arthas jugó un poco con él, para calmar así el escozor que le habían provocado las palabras de Gavinrad; enseguida se cansó y despachó a su antiguo compañero de armas con un poderoso mandoble. Sintió cómo la Frostmourne tomaba y aniquilaba otra alma más y se estremeció levemente cuando el cuerpo sin vida de Gavinrad cayó al suelo. A pesar de lo que le había prometido a su oponente, que ahora yacía a sus pies derrotado, Arthas dejó que disfrutara del sueño eterno.

Con un gesto brusco ordenó a sus siervos que se dispusieran a recuperar el cadáver de Kel’Thuzad, a quien había abandonado, en su día, en el lugar en que había caído para que se pudriera; sin embargo, alguien (sin duda alguna, los devotos seguidores del nigromante) se había tomado la molestia de enterrar el cuerpo en una pequeña cripta. Los acólitos del Culto de los Malditos se dieron prisa en encontrar la tumba y con gran esfuerzo lograron apartar la cubierta. Dentro había un ataúd, que sin más dilación sacaron de ahí y al que Arthas propinó una patada suave, sonriendo taimadamente.

—Sal de ahí, nigromante —le ordenó con altivez mientras subían el féretro a la parte de atrás de un vehículo al que llamaban «el carro de despojos»—. El poder al que serviste en su momento vuelve a necesitarte una vez más.

Ya te dije que mi muerte no supondría ninguna diferencia a largo plazo.

Arthas se sobresaltó. Se había acostumbrado a escuchar voces en su mente; el Rey Lich le hablaba a través de la Frostmourne casi constantemente. Pero esto era distinto. Reconoció aquella voz; la había escuchado antes, cuando era arrogante y burlona y no hablaba en susurros como si quisiera contarle secretos y ganarse su confianza.

Se trataba de Kel’Thuzad.

Pero ¿qué…? ¿Ahora escucho a fantasmas?, pensó el caballero de la muerte.

No sólo los oía, sino que los veía. O, al menos, a uno en concreto. La silueta de Kel’Thuzad se fue formando lentamente delante de sus ojos; era translúcida y flotaba en el aire, y sus ojos eran dos pozos oscuros. Se trataba de él sin ningún género de dudas. Entonces sus labios espectrales se curvaron para esbozar una sonrisa de complicidad.

Tenía razón sobre ti, príncipe Arthas.

—Ya te has entretenido bastante —se oyó decir a Tichondrius con una voz poderosa y grave que pareció surgir de la nada.

En ese momento, el espectro (si es que en realidad había estado ahí) desapareció. Arthas estaba desconcertado. ¿Acaso se lo había imaginado? ¿Estaba perdiendo la cordura a la vez que el alma?

Tichondrius no se había percatado del estado de agitación de Arthas, abrió el féretro y observó con gran asco su contenido: el cadáver casi licuado de Kel’Thuzad. El caballero de la muerte descubrió que podía soportar el hedor mejor de lo que había esperado, aunque no dejaba de ser espantoso. Parecía que había pasado una eternidad desde que había golpeado al nigromante con su martillo y observado la rápida descomposición del cadáver.

—Los restos están demasiado descompuestos. No soportarán el viaje a Quel’Thalas.

Arthas se aferró a esa mención para dejar de pensar en lo que tanto le inquietaba.

—¿Quel’Thalas? ¿La tierra dorada de los elfos? —inquirió el caballero de la muerte.

—Sí. Únicamente las energías de la Fuente del Sol de los altos elfos podrán resucitar a Kel’Thuzad —le explicó el Señor del Terror, frunciendo el ceño—. A cada instante se descompone más y más. Arthas, debes robar una urna muy especial que los paladines traen hacia aquí bajo su custodia. Si introduces los restos del nigromante en ella, estarán protegidos durante el transcurso del viaje.

El Señor del Terror esbozó una sonrisa de suficiencia. Daba la sensación de que aquella misión era mucho más de lo que parecía a primera vista. Arthas abrió la boca para hacer una pregunta, pero enseguida la cerró. De todos modos, Tichondrius no se la iba a responder. Se encogió de hombros, se subió a lomos de Invencible y cabalgó hacia el lugar donde le habían ordenado ir.

Entonces escuchó tras él la tenebrosa risa del demonio.

Tichondrius tenía razón. Por el camino avanzaba lentamente una pequeña comitiva funeraria cuyos integrantes viajaban a pie. Se trataba del funeral de un militar o de un dignatario importante; Arthas reconoció la parafernalia habitual en estas ceremonias. Varios hombres ataviados con armaduras marchaban en fila; en el centro, un hombre sostenía algo entre sus fuertes brazos. La tenue luz del sol se reflejaba en su armadura y sobre el objeto que portaba: la urna de la que Tichondrius le había hablado. De repente, Arthas comprendió qué era lo que le había hecho tanta gracia al Señor del Terror.

El físico del paladín era muy peculiar, y su armadura, única. Al instante, Arthas asió la Frostmourne con manos temblorosas. Intentó reprimir la miríada de sensaciones confusas y perturbadoras que le embargó y ordenó aproximarse a sus hombres.

El cortejo fúnebre no era muy numeroso, si bien estaba repleto de guerreros de renombre; no obstante, rodearlos fue sumamente fácil. Los paladines desenvainaron sus armas pero no atacaron, sino que se volvieron hacia el hombre que custodiaba la urna, aguardando instrucciones. Uther (no podía ser otro) observaba a su antiguo aprendiz y parecía tener la situación bajo control. Mantuvo el gesto impasible, aunque su rostro parecía surcado por más arrugas de las que Arthas recordaba. Sin embargo, sus ojos ardían con la ira de los justos.

—El perro vuelve a lamer sus vómitos —aseveró Uther, pronunciando esas palabras como si fueran los chasquidos de un látigo—. No sabes cuánto he rezado para que no te entrometieras en este acto.

Arthas se estremeció levemente. Y con una voz áspera replicó:

—Soy como una moneda falsa… siempre vuelvo a aparecer. Por lo que veo, sigues considerándote un paladín, a pesar de que disolví tu orden.

Uther se echó a reír, aunque se trataba de una risa teñida de amargura.

—Como si pudieras disolverla a tu capricho. Yo sólo respondo ante la Luz, muchacho. Como hiciste tú en su momento.

La Luz. Aún la recordaba. Le dio un vuelco el corazón y, por un instante, sólo por un instante, bajó la espada. Al punto regresaron los susurros, que le recordaron qué clase de poder poseía ahora, insistiendo en que el sendero de la Luz no le había proporcionado lo que anhelaba. Y en ese preciso momento, Arthas aferró vigorosamente la Frostmourne una vez más.

—Hice muchas cosas entonces —replicó el caballero de la muerte—, que ya no volveré a hacer.

—Tu padre gobernó estas tierras durante cincuenta años y tú las has reducido a escombros en cuestión de días. Pero, claro, destruir y aniquilar es tan fácil, ¿verdad?

—No te pongas melodramático, Uther. A pesar de que me agrade recordar tiempos pasados contigo, no tengo tiempo que perder. He venido a llevarme la urna. Dámela y te prometo que morirás con rapidez.

A éste no lo iba a perdonar. Ni aunque implorara clemencia. Si le suplicaba, no lo dudaría. Había demasiada mala sangre entre ellos. Demasiados desencuentros y sentimientos intensos.

En ese instante, el rostro de Uther sólo transmitía una emoción: ira. Miró fijamente a Arthas, sintiéndose ultrajado.

—¡Esta urna guarda las cenizas de tu padre, Arthas! ¿Acaso quieres mear sobre ellas por última vez antes de dejar que su reino se pudra?

Arthas sintió un repentino escalofrío.

Padre…

—No sabía qué contenía —masculló, tanto para sí como para Uther.

Así que ésa era la trampa que ocultaba esa misión, la razón por la que el Señor del Terror había sonreído cuando le había dado instrucciones al caballero de la muerte. Porque sabía qué había dentro. Arthas se veía sometido a una prueba tras otra. ¿Sería capaz de luchar contra su mentor? ¿Sería capaz de mancillar las cenizas de su padre? Si bien estaba harto ya de esa situación, reprimió la furia al hablar mientras desmontaba y desenvainaba la Frostmourne.

—Aunque tampoco importa. Me haré con lo que he venido a buscar de una forma u otra.

La Frostmourne no paraba de hablarle a su mente, ni de empujar su mano, de pura ansia por batallar. Arthas adoptó una posición de ataque. Uther lo observó por un momento, y, acto seguido, alzó despacio su arma resplandeciente.

—No quería creérmelo —aseguró el viejo paladín con cierta aspereza en la voz. Entonces, Arthas se dio cuenta horrorizado de que las lágrimas asomaban a los ojos de Uther—. Cuando eras más joven y egoísta, lo achacaba a que sólo eran cosas de niños. Cuando seguiste manteniendo esa actitud testaruda, lo justifiqué diciéndome que cualquier joven siente la necesidad de dejar de estar a la sombra de su padre. Y en Stratholme… Que la Luz me perdone, incluso allí. recé para que encontrases tu camino y fueras capaz de ver el error que habías cometido. Nunca he podido enfrentarme al hijo de mi señor.

Arthas esgrimió una sonrisa forzada mientras ambos trazaban un círculo alrededor del otro.

—Pero ahora lo crees.

—La última promesa que le hice a tu padre, a mi amigo, fue que sus restos serían tratados con respeto, a pesar de que su propio hijo lo había asesinado salvajemente, cuando se hallaba desprevenido y desarmado.

—Morirás por culpa de esa promesa.

—Es posible —replicó Uther, sin que pareciera importarle demasiado—. Prefiero morir honrando esa promesa que vivir bajo tu yugo. Me alegro de que tu padre esté muerto. Me alegro de que no tenga que ver en qué se ha convertido su vástago.

Ese comentario le dolió. No se lo esperaba. Se detuvo, mientras las emociones pugnaban en su corazón, y Uther, quien siempre había vencido al príncipe, se aprovechó de ese breve titubeo para abalanzarse sobre él.

—¡Por la Luz! —gritó, echando el martillo hacia atrás y trazando con todas sus fuerzas un arco cuyo objetivo era Arthas.

Aquella arma luminosa se aproximó al caballero de la muerte con tanta rapidez que pudo escuchar al aire gemir al rasgarlo.

Se apartó de un salto justo a tiempo y sintió cómo el aire le acariciaba la cara en el momento en que el arma pasó junto a él a una velocidad de vértigo. El rostro de Uther transmitía una sensación de calma y concentración. y una determinación asesina. Desde su punto de vista, tenía la obligación de matar al hijo traidor para impedir que el mal se extendiese.

A su vez, Arthas sabía que tenía la obligación de matar al hombre que una vez fue su mentor. Debía romper con todo lo que le ataba al pasado… definitivamente. Si no, siempre cabría la posibilidad de que sucumbiera a la peligrosa tentación de la compasión y el perdón.

Al tiempo que profería un grito incoherente, bajó con celeridad a la Frostmourne para atacar a Uther.

Éste bloqueó la acometida con el martillo. Los dos hombres forcejearon, con los rostros separados por escasos centímetros y los músculos temblando por el tremendo esfuerzo, hasta que el paladín soltó un gruñido, empujó a su pupilo hacia atrás y éste trastabilló. Uther siguió atacando. Si bien la calma reinaba en su rostro, sus ojos ardían con las llamas de la fiereza y la resolución; parecía luchar como si su victoria fuera inevitable. Aquella confianza absoluta en sus posibilidades desconcertó a Arthas, cuyos embates eran poderosos pero erráticos. Jamás había derrotado a su mentor…

—¡Ha llegado tu hora, muchacho! —rugió Uther.

De repente, para horror de Arthas, el paladín se vio envuelto en una luz brillante. Ya no se trataba sólo de su martillo sino de su cuerpo; daba la sensación de que todo su ser fuera la verdadera arma de la Luz que iba a derrotar a Arthas.

—¡Por la justicia de la Luz! —aulló el anciano paladín.

El martillo descendió. El aire abandonó los pulmones de Arthas en cuanto recibió el impacto en el torso. Si bien la armadura le salvó, quedó destrozada a consecuencia del mandoble atizado por el radiante martillo que empuñaba el beato paladín. El caballero de la muerte cayó al suelo y su espada voló de sus manos; la desesperación lo embargaba al intentar respirar o incorporarse. Había dado la espalda a la Luz, la había traicionado. Y ahora ésta se cobraba venganza por medio de Uther Lightbringer, su gran campeón, infundiendo a su viejo mentor la pureza de su brillo y determinación.

El resplandor que envolvía al paladín se incrementó y Arthas esbozó un gesto de agonía en el momento en que la Luz abrasó sus ojos y su alma. Se había equivocado totalmente al renegar de ella; ahora la piedad y el amor de la Luz se habían transformado en el ser radiante e implacable que tenía ante él. Alzó la vista para contemplar esos pozos de luz blanca que eran los ojos de Uther, al tiempo que las lágrimas se asomaban a los suyos mientras aguardaba el mandoble mortal.

Nunca llegó a saber si se había hecho con la espada sin darse cuenta, o si ésta había saltado a sus manos ella sola. Era imposible deducirlo en medio del terrible caos mental que sufría en aquel momento. Lo único cierto es que, de improviso, sus manos se cerraron sobre la empuñadura de Frostmourne, cuya voz resonó en su mente.

Toda Luz tiene su sombra, todo día tiene su noche, e incluso la vela más brillante puede apagarse.

Al igual que la vida de los más iluminados.

Arthas inhaló aire con fuerza, llenó de aire los pulmones y, sólo por un segundo, se percató de que la Luz que rodeaba al paladín se atenuaba. Entonces el mentor alzó el martillo para propinar el golpe definitivo.

Pero su pupilo ya no estaba allí.

Si Uther era un oso enorme y poderoso, Arthas era un tigre fuerte, ágil y rápido. Por muy fuertes y bendecidos por la Luz que estuvieran el martillo y su portador, su arma no era rápida, ni su estilo de lucha, muy ágil. Sin embargo, la Frostmourne, a pesar de ser una hojarruna enorme que debía empuñarse con las dos manos, parecía casi capaz de combatir por sí sola.

El caballero de la muerte avanzó de nuevo, esta vez sin titubear, y luchó con fervor. No dio respiro a Uther Lightbringer; no le permitió ni un instante de calma, de modo que el paladín no pudo preparar su arma para descargar un martillazo demoledor. Ante el cambio de actitud operado en Arthas, su mentor abrió los ojos como platos estupefacto, pero los entornó al punto, haciendo gala de una inquebrantable determinación. No obstante, la Luz que había emanado con tanta intensidad de su poderosa constitución iba atenuándose segundo a segundo.

Menguando ante el poder que el Rey Lich proporcionaba a Arthas.

La Frostmourne caía con fuerza una y otra vez; sobre la cabeza reluciente del martillo, sobre el mango, sobre el hombro de Uther, sobre el estrecho espacio entre la parte de la armadura que cubría el cuello y las hombreras, golpeando con saña…

Uther Lightbringer gruñó y trastabilló hacia atrás. Le había herido y estaba sangrando. El martillo, enorme y radiante, cayó de su mano inerte: la Frostmourne prácticamente le había seccionado el brazo. De un mandoble melló la coraza del viejo mentor; otro más en el mismo lugar la partió y rasgó la carne de debajo. El tabardo azul y dorado del paladín (aquéllos eran los colores de la Alianza por la que éste había luchado en su época) aleteó hecho añicos sobre la nieve mientras su dueño caía de rodillas como un pesado fardo. El paladín alzó la vista. Respiraba con dificultad. Un hilillo de sangre se le escurría de la boca hasta la barba aun así, en su rostro no se divisaba señal alguna de que estuviera dispuesto a rendirse.

—Espero que haya un lugar especial para ti en el averno, Arthas —le dijo, y tosió por culpa de la sangre que se le acumulaba en la garganta.

—Tal vez nunca lo sepamos, Uther —replicó Arthas con gran frialdad, al tiempo que izaba a la Frostmourne para asestar el golpe final. La impaciente espada casi parecía dar saltos de alegría—. Pretendo vivir eternamente.

La hojarruna cayó, atravesando la garganta de Uther, silenciando sus desafiantes palabras, partiendo su gran corazón. Murió casi al instante. Acto seguido, Arthas tiró de la espada para liberarla del cadáver y dio un paso atrás, temblando. No obstante, esos temblores sólo se debían a que estaba liberando tensión y se sentía exultante.

Se arrodilló y recogió la urna. La sostuvo en sus manos durante un buen rato y, a continuación, se dispuso a romper el sello y darle la vuelta para vaciarla. Las cenizas del rey Terenas cayeron cual lluvia gris, como harina contaminada por la peste, y se esparcieron por la nieve. El viento cambió de un modo abrupto de dirección y aquel polvo gris, que era lo único que quedaba del rey, se alzó dando vueltas en el aire, como si algo lo impulsara y fue a caer sobre el caballero de la muerte. Sorprendido, Arthas dio un paso hacia atrás y se protegió la cara con las manos. Ese gesto instintivo provocó que se le cayera la urna, que aterrizó en el suelo con un sonido sordo. Cerró los ojos y apartó la cara, pero no lo bastante rápido, de modo que tosió violentamente por culpa de esas cenizas amargas que lo ahogaban. De improviso, el pánico se adueñó de él. Se limpió el rostro con sus manos enguantadas, con la intención de deshacerse del fino polvo que le bloqueaba la garganta y la nariz y le irritaba los ojos. Escupió, y, al punto, sintió un tremendo ardor en el estómago.

Arthas tomó aire con fuerza y realizó un gran esfuerzo para calmarse. Instantes después se puso en pie, tras haber recobrado la compostura. Si sentía algún tipo de emoción, la había encerrado a buen recaudo en lo más recóndito de su ser y ni siquiera era consciente de su existencia. Con rostro imperturbable, regresó al carro que transportaba los restos fétidos y prácticamente licuados de Kel’Thuzad y le entregó la urna con brusquedad a un miembro de la Plaga.

—Mete al nigromante aquí dentro —le ordenó.

A continuación, se montó sobre Invencible.

Quel’Thalas no se hallaba muy lejos.

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