Arthas La ascensión del Rey Exánime – Capítulo Dieciséis

Arthas y sus hombres regresaron corriendo al campamento, donde descubrieron que la batalla no había menguado de intensidad en su ausencia. Si bien sus tropas se habían reducido en número, no se divisaban cadáveres por ningún lado. Tampoco esperaba ver ninguno, pues los que caían se alzaban como adversarios al mando de aquel Señor del Terror.

Entonces Falric, con su armadura salpicada de sangre, gritó:

—¡Príncipe Arthas! Hemos hecho lo que hemos podido, pero… ¿Dónde está Muradin? ¡No podremos contenerlos mucho más tiempo!

—Muradin ha muerto —le informó Arthas.

La fría pero reconfortante esencia de la espada que invadía su ser pareció flaquear un poco, y el dolor se apoderó de su corazón. Si bien Muradin había pagado un alto precio para que el príncipe se hiciera con aquella arma, ese sacrificio merecería la pena si gracias a él lograban provocar la caída de Mal’Ganis. El enano habría estado de acuerdo si hubiera sabido todo cuanto sabía Arthas, si hubiera comprendido las cosas del modo que Arthas las comprendía. A pesar de que la noticia de la muerte de su líder afectó a los hombres de Muradin, continuaron disparando una ronda tras otra de proyectiles contra las oleadas de no- muertos que seguían cargando contra ellos.

—No ha muerto en vano. Ánimo, capitán. ¡El enemigo no resistirá mucho más ante los embates de la poderosa Frostmourne!

Mientras sus hombres lo observaban con la sombra de la incredulidad planeando sobre sus rostros, Arthas se sumó a la refriega.

Hasta entonces había creído que no había arma mejor que su martillo bendito, que ahora yacía olvidado en la cripta helada donde la Frostmourne había permanecido una vez encerrada, pero éste palidecía en comparación con su nueva arma, con la que infligía muchísimo más daño a sus enemigos. Aunque la Frostmourne era más una extensión de su propio ser que un arma. Enseguida dio con la cadencia adecuada y comenzó a despedazar no- muertos como si fueran tallos de grano segados por una guadaña. En sus manos era un arma equilibrada y perfecta. A continuación, trazó un arco en el aire con ella y de un golpe arrancó la cabeza de sus hombros a un necrófago. Esparció huesos de esqueleto por doquier al barrer con la Frostmourne todo el espacio a su alrededor. Con otro golpe rítmico derribó a un tercer enemigo. A medida que Arthas se abría paso, los cuerpos putrefactos se iban acumulando al caer como moscas. En cierto momento, cuando buscaba a su próximo enemigo, atisbó que

Falric lo observaba. La expresión de su rostro era una mezcla de admiración, conmoción y… ¿horror? Seguramente por culpa de la carnicería que Arthas estaba desatando. La Frostmourne parecía bailar una danza mortal en sus manos.

El viento arreció y comenzó a nevar con gran fuerza e intensidad. La Frostmourne parecía sentirse cómoda en tales circunstancias, ya que aquella nevada torrencial no pareció impedir el avance de Arthas lo más mínimo. Una y otra vez la hoja hallaba su objetivo y caían más y más engendros. Ya había dado su merecido a los peones. Había llegado la hora de acabar con el amo.

—¡Mal’Ganis, cobarde! —gritó Arthas, con una voz que el viento aullador transportaba con suma facilidad y que incluso a él le sonaba distinta—. ¡Vamos, muéstrate! ¡Me incitaste a venir aquí para combatirte! ¡Así que sal y enfréntate a mí!

Entonces el señor demoníaco apareció sonriendo burlonamente al príncipe. Era mucho más grande de lo que Arthas recordaba. Se estiró, exhibiendo así su imponente envergadura, con las alas batiendo en el aire y la cola restallando. Los guerreros no-muertos a su mando se quedaron paralizados en cuanto chasqueó los dedos con indolencia.

Esta vez Arthas estaba preparado para no dejarse impresionar por la espantosa apariencia del Señor del Terror, y no se sintió desconcertado. Sin apartar la vista de su enemigo, alzó sin mediar palabra la Frostmourne y las runas inscritas a lo largo de su filo centellearon. Mal’Ganis reconoció aquella arma y frunció levemente sus labios azules.

—Así que te has hecho con la Frostmourne a costa de la vida de tus camaradas, justo como el Señor Oscuro afirmó que harías. Eres más fuerte de lo que pensaba.

Si bien el príncipe escuchó esas palabras, otras le eran susurradas en su mente y también les prestó atención. Al instante, una sonrisa feroz se dibujó en su rostro.

—Malgasta toda la saliva que quieras, Mal’Ganis. Ya sólo presto atención a la voz de la Frostmourne.

El Señor del Terror echó hacia atrás su cabeza coronada por cuernos y rió.

—Te equivocas. Escuchas la voz del Señor Oscuro —replicó Mal’Ganis. Entonces apuntó a la poderosa hojarruna con un dedo puntiagudo rematado por una uña negra—. ¡Te susurra a través de la hoja que blandes!

Arthas se ruborizó. ¿El amo del Señor del Terror le hablaba a través de la Frostmourne? Pero. ¿cómo era eso posible? ¿Acaso se la habían jugado? ¿Es que lo habían engañado para que cayera directamente en las garras de Mal’Ganis?

—¿Qué te dice, joven humano? —inquirió, esbozando una sonrisa burlona propia de alguien que sabe algo que su interlocutor ignora. El Señor del Terror se estaba regodeando y solazando ante el giro inesperado de los acontecimientos—. ¿Qué te dice ahora el Señor Oscuro de los muertos?

Arthas volvió a escuchar susurros, y esta vez fue él quien esbozó una sonrisa burlona, que resultó ser fiel reflejo de la expresión que esgrimía el Señor del Terror. Ahora era él quien sabía algo que Mal’Ganis ignoraba.

Arthas trazó con la Frostmourne varios círculos por encima de su cabeza, pues aquella hoja enorme era ligera y elegante en sus manos y, a continuación, adoptó una posición de ataque.

—Me dice que ha llegado la hora de mi venganza.

Entonces dio la impresión de que los verdes y refulgentes ojos de Mal’Ganis se le iban a salir de sus cuencas.

—¿Qué? Es imposible que quiera…

Arthas cargó contra él.

Alzó la poderosa hojarruna y la bajó de inmediato para asestar el primer golpe. Ese movimiento sorprendió al Señor del Terror, pero sólo por un instante, ya que logró alzar su vara justo a tiempo para desviar el mandoble. Se apartó de un salto y sus grandes alas de murciélago crearon una intensa ráfaga de viento que enmarañó el pelo dorado de Arthas, si bien no afectó a su equilibrio ni a su celeridad. Atacó al demonio una y otra vez con aquella hoja que refulgía de impaciencia, controlando sus acometidas con cierta frialdad y racionalidad, aunque de un modo rápido y letal cual víbora. En ese instante, un pensamiento cruzó su mente: La Frostmourne tiene hambre.

Entonces sintió cómo un escalofrío recorría una parte de él, impulsado por el temor: ¿hambre de qué?

Eso no importaba. Él, Arthas, tenía sed de venganza y la iba a saciar. Cada vez que Mal’Ganis intentaba conjurar un hechizo, la Frostmourne lo impedía golpeándolo oblicuamente, cortando su carne, hostigándole hasta que llegara el momento de asestarle el mandoble mortal. Arthas gritó, sintiendo el ansia y el ímpetu de Frostmourne, mientras blandía la hojarruna, que trazó un arco azulado en su camino para esculpir con nitidez un surco letal en el tronco de Mal’Ganis.

Una sangre oscura manó a borbotones de la herida para dibujar en el aire una curva alrededor de la cual el viento y la nieve parecieron retorcerse mientras el fulgor de las runas de la hoja de la Frostmourne, empañado en parte por la espesa sangre demoníaca, iluminaba aquella gloriosa escena.

—Se acabó —afirmó con voz queda.

Todo esto forma parte de tu viaje, de tu aprendizaje, joven príncipe, le susurró la Frostmourne. ¿O se trataba en realidad del Señor Oscuro del que había hablado Mal’Ganis? Ni lo sabía, ni le importaba. Con sumo cuidado se agachó y limpió la hoja con nieve. Pero aún queda mucho, muchísimo camino por recorrer. Si lo completas, podrás acceder a grandes poderes y conocimientos.

Arthas recordó las palabras que Muradin había leído en la inscripción de la caverna. En ese instante, una de sus manos se fue hacia su corazón sin que se diera cuenta de que hacía ese gesto de manera inconsciente. Aquella hoja ahora formaba parte de él y él de ella.

La tormenta de nieve empeoraba, pero entonces se percató de que, sorprendentemente, no sentía frío. Se enderezó, empuñando a la Frostmourne, y miró a su alrededor. El demonio yacía a sus pies sufriendo el rigor mortis. La voz (la de la Frostmourne, o la del misterioso Señor Oscuro) tenía razón.

Aún había más camino que recorrer. Muchísimo más.

El invierno se lo mostraría.

Arthas Menethil asió con vigor la hojarruna, contempló la tormenta de nieve y, corriendo, fue a hacerse uno con ella.

Arthas sabía que recordaría el tañido de las campanas toda la vida. Sólo repicaban con motivo de eventos importantes de Estado: una boda real, el nacimiento de un heredero, el funeral de un rey, y todos los acontecimientos que marcaban un antes y un después en la vida del reino. Pero aquel día doblaban para celebrar que él, Arthas Menethil, regresaba a casa.

Había hecho correr la voz de que volvía victorioso, que había descubierto al responsable de la peste, había dado con él y lo había matado, y que ese día glorioso retornaría al lugar que lo vio nacer. Mientras avanzaba a pie por el camino que llevaba a Ciudad Capital, era recibido con vítores y aplausos que expresaban el agradecimiento de una nación que sabía que su amado príncipe la había salvado del desastre. Si bien aceptaba tal agasajo como parte de sus obligaciones, en aquellos instantes sólo pensaba en ver a su padre después de tanto tiempo.

En una carta entregada unos días antes por un veloz mensajero había escrito lo siguiente:

«Padre, hablaré contigo en privado para informarte de las cosas que he visto y aprendido. Estoy seguro de que ya habrás hablado con Jaina y Uther, y puedo imaginar perfectamente qué te habrán contado. Sé que habrán intentado volverte contra mí. Te aseguro que siempre he actuado en defensa de los intereses de los ciudadanos de Lordaeron. Por fin regreso a casa victorioso tras haber aniquilado al responsable de esta peste que ha causado estragos entre nuestros súbditos, deseoso de iniciar una nueva era en nuestro reino».

Los hombres que marchaban tras el príncipe caminaban tan callados como él y llevaban el rostro tapado por sus capuchas al igual que Arthas. Aquel gentío no parecía necesitar que los soldados reaccionaran de manera acorde al júbilo que había despertado su regreso. El puente levadizo estaba bajado y Arthas se dispuso a cruzarlo. Si bien al otro lado también le esperaba una muchedumbre alborozada, ésta no estaba compuesta de plebeyos sino de diplomáticos, nobles de bajo rango y dignatarios que estaban de paso, elfos, enanos y gnomos. No sólo se hallaban a pie de calle ocupando el patio, sino también arriba, en los balcones. Una lluvia de pétalos de rosas rojas, blancas y rosas cayó sobre el héroe de aquellas tierras que regresaba a casa.

Arthas recordó que una vez se imaginó a Jaina ante él, el día de su boda, con esos mismos pétalos cayendo sobre su rostro iluminado por una sonrisa mientras se acercaba para besarlo.

Jaina…

Conmovido por esa fantasía, cogió uno de los pétalos rojos con una mano enguantada. Lo acarició con el pulgar con sumo cuidado, y, al instante, frunció el ceño en cuanto apareció en él una mancha, que se extendió ante sus ojos desecando y destruyendo el pétalo hasta que se tornó más marrón que rojo en la palma de su mano. Con un gesto rápido y displicente, se deshizo de aquella cosa muerta y prosiguió su camino.

Abrió de un empujón las enormes puertas que daban a la sala del trono que tan bien conocía; una vez dentro, lanzó una mirada fugaz a Terenas y obsequió a su padre con una sonrisa, oculta en parte por la capucha. Arthas se arrodilló en señal de respeto, sosteniendo a la Frostmourne ante sí; su punta acarició el sello tallado en el suelo de piedra.

—Oh, hijo mío. Cuánto me alegro de verte de vuelta en casa sano y salvo —afirmó Terenas al tiempo que se ponía en pie un tanto torpemente.

El rey tiene mal aspecto, pensó Arthas. Los acontecimientos de los últimos meses habían envejecido al monarca. Ahora predominaba el color gris en su pelo y había signos de fatiga en su mirada.

Pero ya no tenía de qué preocuparse, puesto que, a partir de entonces, todo iría bien.

Ya no hace falta que te sacrifiques más por tu pueblo. Ya no debes soportar más el peso de la corona. Yo me puedo ocupar de todo, se dijo el príncipe.

Arthas se incorporó, provocando con su armadura un tremendo estruendo. Alzó una mano, apartó la capucha que ocultaba su rostro y aguardó a la reacción de su padre. En cuanto Terenas se percató del cambio que se había operado en su único hijo, dio la sensación de que se le iban a salir los ojos de sus órbitas.

El pelo de Arthas, que una vez había sido dorado como el trigo que había proporcionado sustento a su pueblo, era ahora de color hueso. Su rostro poseía también la misma lividez, como si le hubieran extraído toda la sangre.

Ha llegado el momento, le susurró la Frostmourne en su mente. Al instante, Arthas se aproximó a su padre, quien se había detenido en el estrado, mirándolo fijamente de un modo vacilante. Si bien había varios guardias apostados por toda la sala, no serían rivales para él, la Frostmourne y los dos hombres que lo acompañaban. Arthas subió con descaro los peldaños alfombrados que tenía ante sí y asió a su padre del brazo.

Arthas alzó su espada. Las runas de la Frostmourne brillaron presas de la expectación. Entonces escuchó un susurro, que no procedía de la hojarruna sino de un recuerdo…

… centrado en un príncipe de pelo oscuro que parecía pertenecer a otra vida anterior muy lejana, que le decía.

Fue asesinado. Una amiga de confianza lo mató. Lo apuñaló en el corazón…

Arthas sacudió la cabeza y aquella voz calló.

—¿Qué ocurre? ¿Qué estás haciendo, hijo mío?

—Te sucedo, padre.

Y el hambre de la Frostmourne se vio saciada… de momento.

Arthas dejó actuar a sus nuevos y obedientes siervos. Tras despachar con suma facilidad a los guardias que cargaron contra él tras morir su padre, regresó con celeridad al patio con un frío propósito en su corazón.

Aquello fue una locura.

Lo que hasta hacía unos instantes había sido jolgorio se convirtió en pánico. Lo que había sido celebración se transformó en una lucha frenética por salvar el pellejo. Pocos lograron escapar. Los que habían esperado durante horas para dar la bienvenida a su príncipe estaban muertos, con la sangre coagulada en sus espantosas heridas, las extremidades mutiladas y los cuerpos destrozados. Los embajadores yacían junto a los plebeyos; los hombres y mujeres, junto a los niños. La muerte los había igualado a todos de un modo espeluznante.

A Arthas no le importaba cuál sería el destino de aquellos cadáveres: ser carroña para los cuervos, o convertirse en nuevos súbditos bajo su mando. Dejaría esa decisión en manos de sus capitanes, Falric y Marwyn, quienes ahora se hallaban tan pálidos como él y eran aún más inmisericordes. A continuación, el príncipe desanduvo el camino por el que había venido con una sola cosa en mente.

Echó a correr en cuanto dejó atrás el patio y los cadáveres, que permanecían quietos o cobraban vida. Era consciente de que ningún caballo le dejaría jamás subirse a su grupa, puesto que esas bestias enloquecían al percibir su olor y el de quienes lo seguían. No obstante, había descubierto que no se cansaba; no cuando le susurraba la Frostmourne (o quizá era en realidad el Rey Lich quien le hablaba a través de la hojarruna). Corrió raudo y veloz hasta llegar a un lugar que no había visitado en años.

Unas voces dieron vueltas en su mente; se trataba de recuerdos, fragmentos de conversaciones:

Sabes que no deberías montarlo aún.

Te has saltado las clases… una vez más.

Los horrendos gritos de agonía de Invencible retumbaron de nuevo en su mente. La Luz se detuvo una vez más ante él durante un espantoso momento, como si dilucidara si era digno o no de su bendición. El rostro de Jaina cuando él decidió poner fin a su relación volvió a hallarse ante él.

Escúchame, muchacho… La sombra ya se ha cernido sobre ella, y ya no puedes hacer nada por impedirlo… Recuerda que cuanto más intentes destruir a tus enemigos, antes caerán tus súbditos en sus manos…

No se trata de una puñetera cosecha de manzanas; sino de una ciudad repleta de seres humanos…

… Sabemos tan poco sobre la peste… ¡No podemos masacrarlos como animales porque tengamos miedo!

¡… Has mentido a tus hombres y has traicionado a los mercenarios que lucharon por ti…! Ya no eres el crío del rey Terenas.

Pero aquella gente no podía verlo, no podía entenderlo. Jaina… Uther… Terenas… Muradin. Todos ellos, en algún momento, de palabra o con un gesto o una mirada, le habían dicho que se equivocaba.

Ralentizó sus pasos a medida que se acercaba a la granja. Sus súbditos habían estado aquí antes que él y ahora en ese lugar sólo moraban cadáveres que yacían en el suelo sufriendo el rigor mortis. Incluso en aquellos momentos, Arthas aparcó el dolor que trajo consigo reconocer a los finados; simplemente pensó que debían sentirse afortunados de haber muerto sin más. Se trataba de un hombre, una mujer y un joven de su edad.

Las bocas de dragón florecían como nunca aquel año. Arthas se acercó más y extendió un brazo para tocar una de esas hermosas y espigadas flores azules de lavanda, pero titubeó al acordarse del pétalo de rosa.

Se volvió y caminó hasta una tumba erigida hacía siete años. La hierba la había invadido, si bien aún podía leerse la inscripción. Aunque no necesitaba leerla para saber quién estaba enterrado ahí.

Por un instante permaneció en pie, más conmovido por la muerte del que yacía en aquella tumba que por la de su padre a sus manos.

El poder es tuyo, le dijeron los susurros. Haz con él lo que te plazca.

Arthas alargó una mano, mientras aferraba con firmeza a la Frostmourne en la otra. Una luz oscura comenzó a girar alrededor de la mano extendida cada vez más rápido. Después se desplazó por sus dedos como una serpiente, ondulando y retorciéndose con voluntad propia y, acto seguido, horadó la tierra.

Arthas sintió cómo se conectaba con el esqueleto sepultado ahí abajo. La alegría lo inundó y las lágrimas se agolparon en sus ojos. Al levantar la mano sacó a esa cosa ya no- muerta de su sueño de siete años en la oscura y fría tierra.

—¡Levántate! —le ordenó, y esa palabra salió disparada de su garganta como un cañonazo.

La tumba erupcionó como un volcán y llovieron restos de tierra por doquier. Unas patas huesudas arañaron el suelo y unas pezuñas buscaron asidero en aquel firme inestable, y de pronto una calavera emergió a la superficie. Arthas lo observó asombrado y sin aliento, esbozando una sonrisa en su palidísimo rostro.

Te vi nacer, pensó, y entonces recordó una húmeda membrana que envolvía a una diminuta nueva vida que se retorcía impotente. Te ayudé a venir a este mundo y contribuí a que lo dejaras. Ahora renaces gracias a mí.

El esquelético corcel luchó por abrirse paso entre la tierra y al fin emergió, plantó sus patas delanteras firmemente y se levantó. Un fuego rojo ardía en las cuencas vacías de sus ojos. Sacudió la cabeza, brincó y relinchó no se sabe muy bien cómo, ya que sus tejidos blandos se habían podrido hacía mucho.

Arthas extendió un brazo tembloroso para tocar a aquella criatura no-muerta, que relinchó y le acarició la mano con su huesudo hocico. Siete años atrás había llorado unas lágrimas que se le congelaron en el rostro cuando tuvo que alzar la espada para atravesar el aguerrido corazón de su querida bestia.

Había soportado sólo la pesada carga de esa culpa todo ese tiempo. Pero ahora se daba cuenta de que todo formaba parte del destino. Si no hubiera matado a su corcel, no habría podido traerle de vuelta de entre los muertos. Además, si hubiera estado vivo, el caballo lo habría temido. Al ser un no-muerto, en cuyos ojos anidaba el fuego, con los huesos ensamblados por mor de la magia nigromántica que Arthas ahora era capaz de manejar gracias al poder que le había concedido el misterioso Rey Lich, el caballo y su jinete por fin volvían a estar juntos, por fin podrían cumplir el destino que siempre habían tenido escrito. Lo que había ocurrido hacía siete años no había sido un error; Arthas no se había equivocado. Ni entonces, ni ahora.

Jamás.

Ésa era la prueba.

La sangre carmesí de su padre que teñía a la Frostmourne aún no se había secado mientras por todas las tierras que ahora gobernaba rondaba la muerte. El cambio estaba próximo.

—Este reino caerá —prometió a su amado corcel mientras colocaba su capa sobre el lomo huesudo de su montura y se subía a ella—. ¡Y de sus cenizas surgirá un nuevo orden que hará temblar los cimientos del mundo!

El caballo relinchó.

Invencible.

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