Arthas La ascensión del Rey Exánime – Capítulo Dieciocho

A lo largo de los seis días que tardaron en llegar a las tierras de los altos elfos, Arthas habló con el espectro de Kel’Thuzad y muchos pasaron a engrosar sus filas.

Partió de Andorhal hacia el este, con los carros de despojos rechinando a su paso, atravesó las aldeas del campo de Piedramácula, el huerto de Dalson y el vergel de Gahrron, y cruzó el río Thondroril para llegar a la parte oriental de Lordaeron. Las víctimas de la peste se alzaban por doquier y con una mera orden mental lo seguían como perritos falderos. Cuidar de ellos era muy fácil, pues se alimentaban de cadáveres. Todo era tan… pulcro y ordenado.

Si bien Arthas esperaba que tanto las víctimas de la plaga como las abominaciones creadas a partir de la unión de los restos de diversos cadáveres, así como los espectros de los caídos, se unieran a su bando, se encontró con un nuevo aliado inesperado: uno que lo sobrecogió, lo consternó y luego supo apreciar encantado.

Su ejército se hallaba a medio camino de Quel’Thalas cuando los divisó por primera vez. En la lejanía, al principio le dio la impresión de que la tierra se movía. No, no era así. Se trataba de cierto tipo de bestias. ¿Quizá de reses u ovejas que se habían escapado de sus establos y rediles cuando sus dueños se habían transformado en muertos vivientes? ¿O tal vez de osos o lobos que buscaban comida y se daban un festín con los cadáveres? Arthas profirió un grito entrecortado y agarró a Frostmourne con fuerza; parecía que los ojos se le iban a salir de sus cuencas de pura incredulidad.

No se movían como cuadrúpedos. Correteaban a toda prisa, desplazándose por las colinas y los pastos como.

—Arañas —murmuró.

Bajaban en manadas por las laderas, conformando una alfombra morada y negra de aspecto amenazador. Impulsadas por sus múltiples patas, avanzaban con celeridad para alcanzar a Arthas. Se acercaban a él. Se.

—Son los nuevos guerreros que el Rey Lich envía a su favorito —le explicó el incorpóreo Kel’Thuzad.

Al parecer, Arthas era el único que podía ver y escuchar a aquel espectro, con quien había estado conversando largo y tendido los últimos días. El espectro se había centrado en sembrar las semillas de la sospecha y la duda en la mente del caballero de la muerte. No sobre sí mismo… sino sobre Tichondrius y los demás demonios.

«No se puede confiar en los señores del terror», le había aconsejado. «Son los carceleros del Rey Lich. Te lo contaré todo… cuando vuelva a caminar por los senderos de este mundo».

A pesar de que habían tenido tiempo suficiente para conocerse bastante bien, Arthas no dejaba de preguntarse si Kel’Thuzad le estaba proporcionando esa información a modo de cebo para cerciorarse de que el caballero de la muerte cumplía su misión.

Mientras esperaban a que aquellas pseudoarañas los alcanzaran, Arthas le interrogó:

—¿De veras me ha enviado estos… engendros? Pero ¿qué son?

—En su día fueron nerubianos —respondió Kel’Thuzad—. Los descendientes de la raza antigua y orgullosa de los Aqir. Cuando estaban vivos, eran tremendamente inteligentes y sólo perseguían un objetivo: eliminar a cualquiera que no fuera como ellos.

Arthas observó a aquellas criaturas arácnidas con repugnancia.

—Estupendo. ¿Y ahora qué?

—Estos seres cayeron combatiendo a aquél al que servimos, quien los ha hecho regresar de la muerte. Su señor, Anub’arak, los ha transformado en no-muertos, y ahora han venido a ayudarle, príncipe Arthas. Para alcanzar la gloria en el nombre de nuestro señor y en el de usted.

—Así que cuento con arañas no-muertas para luchar contra los elfos de Quel’Thalas — reflexionó Arthas.

Eran enormes, horrendas y mortíferas. Se aproximaban apresuradamente sin dejar de gorjear acompasando su paso al de los cadáveres, espectros y abominaciones.

El Rey Lich, fuera quien fuese, tenía cierto gusto por lo melodramático.

La llegada de Arthas estaba siendo observada, claro está. Los elfos contaban con unos exploradores que tenían fama de ser excelentes. Lo más probable era que para cuando Arthas se hubiera percatado de su presencia, ya habría corrido la voz de su llegada. Pero eso no importaba. Había conseguido reunir un ejército realmente impresionante y no albergaba ninguna duda de que, a pesar de las irritantes advertencias de Kel’Thuzad, sería capaz de penetrar en aquella tierra maravillosa y eterna, desplazarse por ella con presteza y encontrar la Fuente del Sol.

Habían capturado a un prisionero, un joven sacerdote que, al actuar de un modo desafiante, había revelado sin querer cierta información crucial, que Arthas estaba dispuesto a emplear muy sabiamente. Además, había otro preso que, al contrario que el clérigo, estaba dispuesto a traicionar a su pueblo y a su tierra con tal de obtener el poder que Arthas y el Rey Lich le habían prometido.

Al caballero de la muerte le sorprendió lo poco que le costó al mago elfo apuñalar por la espalda a los suyos. Le sorprendió y le inquietó. Arthas había sido muy querido por su pueblo, al igual que su padre antes que él. Había disfrutado de la afectuosa aprobación de aquellos que le servían. Se había tomado el tiempo necesario para aprenderse sus nombres y escuchar sus historias sobre sus vidas y sus familias. Había deseado que lo amaran. Y sus súbditos le habían demostrado su cariño con su lealtad al líder, tal y como el capitán Falric había hecho en su momento.

Arthas daba por sentado que también los líderes elfos eran amados por su gente. Éstos, a su vez, daban por hecho que su gente les sería leal. Aun así, el mago elfo había traicionado a su pueblo por la mera promesa de obtener poder, por el simple y rutilante embrujo del poder.

Los mortales siempre podían corromperse, manipularse o comprarse.

Observó a su actual ejército y sonrió. Sí, eso estaba mucho mejor. Aquí no había problemas de lealtad, ya que aquéllos a quienes lideraba no tenían otra opción que obedecerle ciegamente.

—Todo… —afirmó jadeando el explorador— es cierto.

Sylvanas Windrunner, general de la Guardia Forestal de Silvermoon, conocía muy bien a ese elfo. La información de Kelmarin era siempre muy precisa y detallada. Escuchó sin querérselo creer, sin atreverse a creerlo.

Todos estaban al tanto de los rumores, por supuesto. Una peste se estaba extendiendo por las tierras humanas. No obstante, los quel’dorei creían hallarse a salvo en su terruño natal, donde habían resistido al ataque de dragones, orcos y trols durante siglos. Estaban convencidos de que lo que sucedía en territorio humano no les afectaría.

Pero no fue así.

—¿Estás seguro de que se trata del príncipe Arthas Menethil?

Kelmarin asintió, al tiempo que seguía intentando recuperar el aliento.

—Sí, mi señora. Escuché cómo lo llamaban así los que le sirven. Por lo que he podido ver, no creo que los rumores que lo acusan de haber asesinado a su padre y de ser el instigador de las calamidades que han asolado Lordaeron sean exageraciones.

Sylvanas escuchaba con atención, con sus ojos azules cada vez más abiertos, presa del asombro, mientras el explorador le contaba un relato que parecía demasiado increíble para ser verdad sobre cadáveres que cobraban vida (tanto los recién muertos como los ya resecos y consumidos), sobre criaturas enormes y desprovistas de mente creadas con remiendos de distintos cuerpos, sobre bestias extrañas capaces de volar y que se asemejaban a estatuas de piedra que habían cobrado vida, sobre seres gigantescos que recordaban a arañas, que le hacían pensar en las historias sobre los supuestamente extinguidos Aqir. También le habló del olor. Kelmarin, que no era dado a exagerar, hablaba pestes del hedor que precedía a aquel espantoso ejército. Los bosques, el primer bastión defensivo de esas tierras, sucumbían al paso de las extrañas máquinas de guerra que el príncipe llevaba consigo. A Sylvanas le vino a la memoria el recuerdo de los dragones rojos que habían incendiado aquellos bosques no hacía tanto tiempo. Silvermoon había resistido sus acometidas, claro está, pero los bosques habían sufrido muchísimo. Tanto como sufrían ahora…

—Mi señora —concluyó Kelmarin, mientras alzaba la cabeza y la miraba afligido—, si consigue entrar. no creo que nuestras fuerzas sean suficientes para derrotarlo.

Esa amarga afirmación prendió la mecha de la ira que necesitaba para reaccionar.

—Somos los quel’dorei —le espetó, a la vez que se enderezaba—. Nuestras tierras son inexpugnables. No entrará aquí, no temas. Primero ha de hallar la forma de romper los encantamientos que protegen Quel’Thalas. Luego debe ser capaz de hacerlo. Enemigos mucho mejores y más sabios han intentado arrebatarnos nuestro reino. Ten fe, amigo mío, en el poder de la Fuente del Sol. y en la fortaleza y voluntad de nuestro pueblo.

Mientras llevaban a Kelmarin a un lugar donde pudiera beber, comer y recuperar fuerzas antes de volver a su puesto, Sylvanas se volvió hacia sus guardias y les dijo:

—He de ver a ese príncipe humano con mis propios ojos. Reunid a las primeras unidades de combate. Si Kelmarin está en lo cierto… será mejor que nos preparemos para un ataque preventivo.

Sylvanas estaba tumbada boca abajo encima de la gran puerta que, junto a la abrupta cordillera montañosa que la rodeaba, contribuía a proteger sus tierras. Llevaba una armadura de cuero que, aunque la cubría por completo, le resultaba muy cómoda, y un arco colgado a la espalda. Ella, Sheldaris y Vor’athil, los dos exploradores que habían ido por delante y aguardado a que ella llegara con el grueso de los guardias, observaban la escena aterrados. Tal y como les había advertido Kelmarin, habían percibido el hedor de aquel ejército putrefacto antes de divisarlo.

El príncipe Arthas cabalgaba a lomos de un caballo esquelético de fiera mirada y portaba una espada enorme a la espalda, que la general reconoció al instante como una hojarruna. Los humanos ataviados con ropajes oscuros se apresuraban a obedecer sus órdenes, al igual que los muertos. Sylvanas tuvo que hacer de tripas corazón mientras recorría con la mirada la amplia gama de cadáveres en descomposición que conformaba ese ejército y dio gracias en silencio porque el viento hubiera cambiado de dirección y alejara la pestilencia de ella.

Les explicó el plan por señas, con esos largos dedos que se desplazaban con suma rapidez, y los exploradores asintieron, indicándole así que la habían entendido, tras lo cual se retiraron y ocultaron, silenciosos como sombras, mientras Sylvanas volvía la vista hacia Arthas, que no parecía haberse percatado de nada. Seguía teniendo aspecto de humano a pesar de que estaba pálido y su pelo no era dorado, como recordaba que se lo habían descrito, sino blanco. Entonces, ¿cómo podía soportar estar rodeado de muertos… ese horrible hedor, esos seres grotescos? Se estremeció y procuró concentrarse. Los no-muertos que obedecían al príncipe simplemente permanecían en pie aguardando órdenes. Los humanos (son nigromantes, pensó Sylvanas, sintiendo una repugnancia enorme) estaban muy ocupados creando nuevas monstruosidades para hacer de centinelas. Transmitían la sensación de que la derrota era algo inconcebible para ellos.

Esa arrogancia sería su fin.

La General forestal esperó y observó al enemigo hasta que sus arqueros estuvieron en posición. Había hecho caso a las advertencias de Kelmarin y convocado a dos tercios de sus guardias. Creía firmemente que Arthas no podría echar abajo las puertas mágicas de los elfos que protegían Quel’Thalas. El príncipe ignoraba muchas cosas sobre ellas como para ser capaz de hacer algo así. Ella misma hasta ahora no había creído ciertas cosas hasta que las había visto con sus propios ojos. Lo mejor era acabar con esa amenaza ahí mismo y en ese momento.

Cruzó su mirada con las de Sheldaris y Vor’athil, quienes movieron afirmativamente la cabeza, dándole a entender que estaban listos. Sylvanas hubiera preferido atacar sin más, para coger al enemigo desprevenido, pero no podía actuar así por cuestiones de honor. De ese modo, nadie podría afirmar jamás que Sylvanas Windrunner, General de la Guardia Forestal, había defendido su tierra natal por medios indignos.

—Por Quel’Thalas —susurró con un hilo de voz.

Acto seguido se puso en pie y gritó con una voz clara, melodiosa y potente:

—¡No sois bienvenidos en estas tierras!

Arthas obligó a dar la vuelta a su corcel esquelético (Sylvanas, por un momento, se apiadó de la pobre bestia) y se encaró con la General forestal, atravesándola con la mirada. Los nigromantes callaron y se giraron hacia su señor, aguardando instrucciones.

—Soy Sylvanas Windrunner, general de la Guardia Forestal de Silvermoon. Os aconsejo que volváis por donde habéis venido.

Los labios de Arthas (la general se dio cuenta entonces de que eran de color gris y estaban enmarcados en una cara blanca como la de un muerto, aunque, de algún modo, parecía seguir vivo) se curvaron para formar una sonrisa. Aquello le divertía.

—Eres tú quien debe volver por dónde has venido, Sylvanas —afirmó, omitiendo deliberadamente su rango.

La voz del príncipe podría haber poseído un agradable tono de barítono si no fuera porque algo lo enfatizaba. Algo que provocó que, al escuchar esa voz, incluso el bravo corazón de la general dejara de latir unos segundos, de tal modo que tuvo que hacer un gran esfuerzo para no estremecerse.

—La Muerte ha llegado a tu tierra —añadió Arthas.

La general entornó sus ojos azules y le espetó desafiante:

—Adelante. La puerta de los elfos que brinda acceso al reino localizado en su interior está protegida por nuestros encantamientos más poderosos. No podrás cruzarla.

Acto seguido colocó una flecha en su arco; aquélla era la señal de ataque. Al punto, el aire se llenó con el zumbido repentino de decenas de flechas que surcaron el cielo. Sylvanas apuntó al príncipe humano (o que antaño había sido humano), dispuesta a acertar como siempre. La flecha silbó mientras se dirigía rauda y veloz a la cabeza desprotegida de Arthas. Pero un instante antes de que alcanzara su objetivo, percibió un destello de color blanco azulado.

Sylvanas se quedó estupefacta. Arthas había alzado su espada a una velocidad inimaginable y partido la flecha en dos. Las runas de su hoja eran la causa del frío resplandor azul y blanco que había visto. El príncipe le obsequió con una amplia sonrisa y le guiñó un ojo.

—¡Al ataque, muchachos! ¡Matadlos a todos para que se transformen en siervos míos y de nuestro señor! —exhortó Arthas.

Su voz reverberó con ese extraño zumbido que le confería una gran aura de poder. La general carraspeó y volvió a apuntar. Pero, ahora, el príncipe humano estaba en movimiento y el caballo muerto lo transportaba con una velocidad y una agilidad sobrenaturales; en ese momento se dio cuenta de que sus horrendas tropas habían pasado a la ofensiva.

A medida que convergían hacia los guardias, le recordaron a un enjambre de insectos que se movía al unísono a la perfección, como si todos ellos conformaran un solo cuerpo sin mente. Los arqueros tenían las siguientes instrucciones: acabar primero con los vivos y, luego, despachar a los muertos con flechas llameantes. La primera descarga de flechas acabó con la mayoría de los miembros del Culto de los Malditos. La segunda dio como resultado que docenas de flechas en llamas se incrustaran en aquellos cadáveres andantes. Pero a pesar de que esos engendros avanzaban a trompicones, y de que algunos se habían deshidratado tanto que eran una yesca perfecta y otros poseían unos cuerpos putrefactos henchidos de fluidos inflamables, eran tantos que el sino de la batalla fue cambiando lentamente.

De algún modo, se las ingeniaron para subir gateando por los muros casi verticales de tierra y piedra donde se hallaban apostados los guardias.

Algunos de ellos, por fortuna, estaban demasiado descompuestos para seguir avanzando, y sus extremidades putrefactas se desgarraban y caían. Pero ni siquiera eso los detenía. Seguían presionando y escalando hacia los guardias que ahora empuñaban espadas en vez de arcos. Se trataba de guerreros experimentados en la lucha cuerpo a cuerpo contra enemigos cuyo avance podía ser frenado por la pérdida de sangre o de las extremidades. Pero contra aquellos engendros…

Unas manos cadavéricas, más parecidas a unas garras que a un miembro humano, agarraron a Sheldaris. La guardia pelirroja luchó con fiereza y un gesto adusto en el semblante, profiriendo gritos desafiantes que Sylvanas no fue capaz de oír. El enemigo se acercó a Sheldaris, la rodeó y cayó ante el empuje enemigo; la general sintió un inmenso dolor al contemplar su fin. Disparó una flecha tras otra, una tras otra, casi más rápido que el pensamiento, totalmente concentrada en su tarea. Por el rabillo del ojo vio cómo una de aquellas grotescas criaturas aladas de piel gris y, en apariencia, tan dura como la piedra, descendía en picado a tres metros de ella. Su rostro recordaba al de un murciélago y gruñó jubiloso al raptar a Vor’athil, con la misma facilidad con la que habría arrancado una fruta madura de un árbol. Sus dedos se clavaron con fuerza en los hombros del explorador y la sangre salpicó a Sylvanas, mientras esa cosa ascendía hacia el cielo con su premio.

Vor’athil intentó librarse de las garras de aquel engendro, y, tanteando a ciegas, alcanzó su daga. Sylvanas dejó de apuntar a los no-muertos, que se hallaban a sus pies gimiendo continuamente, para centrarse en la monstruosidad que volaba por encima de ella. Disparó y acertó justo en el cuello de la bestia.

Sin embargo, la flecha rebotó, sin llegar a causarle ningún daño. Aquella criatura sacudió la cabeza y gruñó, cansada de jugar con Vor’athil. Alzó una mano y rajó la garganta del explorador con sus garras y, a continuación, lo dejó caer con indolencia y planeó en el aire en busca de nuevas víctimas.

Sylvanas lamentó su muerte en silencio mientras contemplaba cómo caía a tierra el inerte cuerpo de su amigo, que, por casualidad, fue a impactar contra el montón de miembros del Culto de los Malditos que los guardias habían asesinado momentos antes.

De pronto la general profirió un grito ahogado.

Los miembros del Culto se movían.

Se movían a pesar de que las flechas sobresalían de sus cuerpos y de que a veces un solo cadáver tenía ensartadas más de una docena de esos misiles de plumas brillantes.

—No —susurró asqueada, al tiempo que su mirada horrorizada se clavaba en Arthas.

El príncipe la miraba directamente a ella, esbozando aquella maldita sonrisa y, al instante, asió la hojarruna con una vigorosa mano enguantada. Levantó la otra mano e hizo un leve gesto; en ese mismo momento, otro humano asesinado se estremeció y se puso en pie con torpeza, mientras se sacaba una flecha del ojo como si se quitara un bicho de la ropa. El ataque que había lanzado contra las tropas de Arthas no había hecho ninguna mella en ellas. Todos cuantos caían se alzaban de la muerte gracias a la tenebrosa magia de su líder. El príncipe se percató tanto de que la general se acababa de dar cuenta de lo que sucedía realmente como de que la furia se asomaba a sus ojos y, entonces, su sonrisa se tornó en carcajada.

—¡Te lo advertí! —gritó el príncipe, elevando la voz por encima del fragor de la batalla—. Aun así, sigues proporcionándome nuevos reclutas…

Volvió a hacer un gesto con la mano y otro cuerpo se retorció como si tiraran de él hacia arriba y lo obligaran a ponerse en pie. Se trataba de un humano de piel bronceada que había sido esbelto y musculoso, cuya melena negra estaba recogida en una coleta, dejando a la vista unas orejas puntiagudas. La sangre manaba de los cuatro agujeros de su garganta, conformando unos riachuelos rojos, y su cabeza se mecía erráticamente como si el cuello hubiera sufrido demasiado daño y no pudiese soportar su peso más tiempo. Unos ojos muertos, que habían sido azules como el cielo del estío, buscaron a Sylvanas. Entonces, despacio al principio, se fue acercando a ella.

Se trataba de Vor’athil.

En ese momento sintió que la puerta a sus espaldas se estremecía levemente. Estaba tan distraída por la carnicería y la resurrección de los engendros que deberían haber permanecido muertos, que no había reparado en que las máquinas de asedio del enemigo habían tomado posiciones. Esas aberraciones del tamaño de un ogro, que parecían estar formadas por diversos cadáveres, también estaban machacando la puerta. Al igual que aquellas enormes criaturas arácnidas.

Algo golpeó el muro, emitiendo un sonido no muy fuerte y peculiar, y, acto seguido, un líquido empapó a Sylvanas. Por una fracción de segundo, su mente se negó a aceptar lo que acababa de presenciar, pero de pronto lo vio todo con claridad meridiana.

Arthas no sólo estaba resucitando a los cadáveres de los elfos caídos, sino que estaba lanzando sus cuerpos (más bien trozos de ellos) contra Sylvanas a modo de proyectiles.

La general tragó saliva con dificultad, y, a continuación, dio la orden que unos instantes antes jamás habría soñado que pronunciaría algún día.

—¡Shindu fallah na! ¡Retiraos a la segunda puerta! ¡Retiraos!

Los que aún quedaban en pie (ay, los pocos desdichados que, al menos, vivían y seguían luchando, cumpliendo órdenes) la obedecieron de inmediato. Reunieron a los heridos y los cargaron sobre sus hombros. Sus rostros pálidos y bañados por el sudor reflejaban el mismo terror que se había adueñado de ella, que contenían como podían. Huyeron. No había otra palabra para describir lo que hicieron. No se trataba de una retirada ordenada, sincronizada y marcial, sino de un sálvese quien pueda. Sylvanas corrió junto a los demás portando algún herido lo mejor que pudo, a la vez que un montón de pensamientos confusos se agitaban en su mente.

Escuchó tras ella un estrépito inconcebible hasta entonces: el crujido de la puerta al romperse, seguido del rugido de los no-muertos al celebrar su triunfo. En ese momento sintió cómo el corazón se le encogía, presa de una agonía infinita.

El príncipe humano lo había logrado… pero ¿cómo? ¿Cómo?

Su voz fuerte y resonante, bajo la cual discurría una indefinible corriente tenebrosa y horrenda, se alzó sobre aquel estruendo.

—¡La puerta de los elfos ha caído! ¡Adelante, mis guerreros! ¡A por la victoria!

En cierto modo, para Sylvanas, lo peor, lo más aterrador de ese grito jubiloso con el que Arthas se regodeaba era el. «afecto» que lo envolvía.

En ese momento agarró de la manga a un joven que corría junto a ella.

—¡Tel’kor! —vociferó Sylvanas—. Ve a la meseta de la Fuente del Sol. Cuéntales lo que hemos visto. Diles que. se preparen.

Tel’kor era lo bastante joven para permitir que la decepción se asomara fugazmente a su apuesto rostro al darse cuenta de que no iba a quedarse a combatir; no obstante, asintió con su cabeza coronada por una melena rubia en señal de comprensión. Sylvanas vaciló un instante.

—¿Mi señora?

—Diles que… hemos sido traicionados.

Si bien Tel’kor palideció al escuchar esas palabras, volvió a asentir y partió raudo y veloz cual flecha. Era un buen arquero, pero Sylvanas no se engañaba a sí misma: uno más no marcaría ninguna diferencia en la batalla que se avecinaba. No obstante, si los magos que controlaban y dirigían la energía de la Fuente del Sol supieran a qué se enfrentaban. tal vez tuvieran una oportunidad.

Huyeron en dirección norte y, cuando sus tropas cruzaron el puente, la general se detuvo de improviso a medio camino, se dio la vuelta y miró hacia atrás.

Sylvanas se quedó boquiabierta. Aunque esperaba contemplar la llegada de Arthas y su siniestro ejército, que conformaba un conjunto bastante espantoso de por sí, compuesto de centenares de no-muertos, abominaciones, engendros voladores parecidos a murciélagos y grotescos seres arácnidos que avanzaban con una determinación implacable, no esperaba ver lo que iban dejando a su paso.

Como si fuera el rastro dejado por una babosa, o un surco abierto por un arado, la tierra que hollaban los pies de los no-muertos se tornaba oscura y estéril. Aún peor; Sylvanas se acordó de que cuando los orcos quemaron los bosques, siempre supo que, pasado un tiempo, acabarían recuperándose. Pero eso. se asemejaba a una horrible cicatriz que traía consigo la muerte; era como si las energías antinaturales que se empleaban para empujar a esos cadáveres estuvieran matando la tierra por la que se arrastraban torpemente. Aquellos engendros eran veneno para la tierra. Ahí se estaba empleando una magia tenebrosa de la peor calaña que cabía imaginar.

Una magia que debía ser neutralizada.

Se detuvo sólo un instante, aunque le dio la impresión de que llevaba paralizada una etemidad.

—¡Parad! —gritó con fuerza, claridad y una gran determinación—. Combatiremos aquí mismo.

Sus tropas se quedaron desconcertadas, pero al cabo de unos segundos comprendieron qué tramaba su líder. Con suma rapidez, la general dio las instrucciones pertinentes, que fueron obedecidas de inmediato. Si bien muchos de ellos permanecieron quietos, conmocionados al contemplar por primera vez la espantosa herida que se abría en la tierra y que tanto había horrorizado a su general, enseguida recobraron la compostura. Ya habría tiempo de pensar en cómo purificar la tierra mancillada. Por ahora tenían que impedir que esa espantosa cicatriz se extendiera aún más. Aunque aquel hedor anunciaba la llegada del ejército enemigo, Sylvanas y sus guardias ya se habían familiarizado con él, muy a su pesar. Ya no los turbaba como antes. La general siguió apostada en el puente, con la cabeza erguida y la capucha negra levemente retirada hacia atrás de tal modo que mostraba parte de su pelo dorado. Las huestes de no-muertos ralentizaron su marcha hasta detenerse, perplejas ante la nueva situación. Los horrendos carros y las espantosas catapultas también se pararon con estrépito. El caballo esquelético de Arthas se encabritó, lo que obligó al príncipe a agacharse para acariciar su huesudo cuello como si se tratara de un animal vivo, con el fin de calmarlo. Sylvanas sintió que las náuseas la invadían cuando aquel engendro respondió al gesto de su amo; un acto de ternura que violaba todas las leyes de la naturaleza.

—Por el cielo —exclamó Arthas de un modo gracioso, pronunciando esa palabra de manera casi afectuosa—. Este puente no puede ser una de esas imponentes puertas de los elfos de las que tanto he oído hablar.

Sylvanas se obligó a esbozar una sonrisa y replicó:

—No, no lo es. Aun así, te aseguro que atravesarlo será todo un reto para ti.

—Así que es un mero puente, mi señora… Bueno, uno siempre ha de tener en cuenta que los elfos son capaces de colocar una melena de papel a un gato y afirmar luego que es un león.

La general observó aquel ejército impío por un instante, al tiempo que la ira se abría paso entre el gesto de complacencia forzada que dominaba su semblante.

—Has logrado atravesar la primera puerta, asesino, pero no conseguirás cruzar la segunda. ¡La puerta interior que da a Silvermoon sólo puede abrirse con una llave muy especial sobre la que nunca podrás poner tus sucias manos!

Entonces Sylvanas hizo un gesto con la cabeza a sus acompañantes, quienes cruzaron el puente corriendo para unirse a sus compañeros al otro lado.

El buen humor abandonó a Arthas y sus pálidos ojos centellearon. Una mano enguantada se tensó sobre la hojarruna, cuyas inscripciones parecieron estremecerse.

—Pierdes el tiempo, mujer. No puedes impedir lo inevitable. Aunque he de admitir que me divierte observarte ir de acá para allá desquiciada.

Sylvanas soltó una carcajada iracunda y satisfecha que le salió del alma.

—¿Crees que huyo de ti? Por lo visto, nunca antes habías peleado con elfos, ¿verdad?

En la vida hay algunas cosas deliciosamente simples, se dijo la general. En ese momento, Sylvanas alzó una mano y lanzó un artefacto incendiario que si bien no era de naturaleza mágica, sí era muy práctico; acto seguido se dio la vuelta, echó a correr y el puente explotó. Los árboles les dieron la bienvenida y se arquearon sobre ellos, con sus tonos dorados y plateados, para ocultarlos del enemigo. Antes de alejarse demasiado, escuchó algo que le hizo sonreír de oreja a oreja.

—Esa general me está empezando a sacar de quicio.

Sí. Voy a sacarte de quicio. Voy a hostigarte como un gorrión a un halcón. Elrendar divide en dos el Bosque Canción Eterna; te costará hallar la forma de cruzarlo con esas máquinas de guerra, pensó Sylvanas. Sabía que así sólo lograrían retrasarlo, nada más. Pero si lograban demorarlo el tiempo suficiente, quizá podrían enviar un mensaje.

La preocupación revoloteó cual pájaro por su mente. Arthas había dado la sensación de estar absolutamente convencido de que sería capaz de neutralizar la magia que protegía las puertas de los elfos. Ya había demostrado ciertos conocimientos al respecto al haber destruido la primera puerta. Claro que la primera no estaba blindada con la misma magia que la segunda. Por lo que había visto, la arrogancia era algo innato en él, pero… ¿cabía la posibilidad de que destrozara las puertas? Aquella duda que la reconcomía y la había impulsado a añadir una advertencia final al mensaje que Tel’kor iba a entregar a los magos se volvió a agitar en su fuero interno.

¿Acaso Arthas lo sabía todo sobre la llave?

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