Arthas La ascensión del Rey Exánime – Capítulo Siete

Arthas disfrutó de unos cuantos meses estupendos en Dataran, donde descubrió, para su sorpresa, que realmente estaba aprendiendo cosas que le serían útiles cuando fuera rey.

Además, también se le presentaban muchas oportunidades de poder disfrutar de aquel verano que parecía prolongarse más de lo debido y de los primeros fríos atisbos del otoño. Asimismo, le encantaba cabalgar, a pesar de que cada vez que montaba en un caballo que no era Invencible sentía una punzada en el pecho.

Y, por encima de todo, podía estar con Jaina.

En un principio no había previsto besarla. Pero en cuanto se vio con ella entre los brazos, frente a esa mirada deslumbrante teñida de risa y buen humor, tuvo que hacerlo. Y Jaina había reaccionado ante aquélla osadía de la mejor manera posible. No obstante, ella tenía un horario mucho más exigente y rígido que el suyo, por lo que no habían podido verse tanto como hubieran querido. Cuando se habían visto, casi siempre había sido en presencia de otros. Ambos habían acordado, sin necesidad de hablar sobre ello, que no pensaban dar pábulo a los rumores.

Eso daba un toque de morbo extra a la relación. Buscaban momentos robados allí donde podían: un beso fugaz en rincones oscuros, breves miradas en cenas formales. Su primera «cita» había sido totalmente inocente desde el principio, y ahora evitaba conscientemente ese tipo de cosas.

Arthas memorizó el horario de Jaina para poder «toparse» con ella por casualidad. Jaina, por su parte, buscaba excusas para deambular por los establos o por el patio donde Arthas y sus hombres solían entrenar para mantenerse en forma y practicar sus técnicas de combate.

A Arthas le encantaba saborear el peligro, la emoción que conllevaba cada minuto de esa relación clandestina.

En ese momento, el príncipe esperaba a Jaina cerca de un pasillo muy poco frecuentado, de pie frente a una estantería, fingiendo que examinaba los títulos de unos libros. Jaina pasaría por aquel lugar tras sus clases prácticas de hechizos de fuego. La muchacha le había contado al príncipe, esbozando una sonrisa ligeramente azorada, que por costumbre seguía ensayando sus conjuros en los alrededores de la prisión, por lo cual tenía que cruzar aquel pasillo para llegar a su habitación. Arthas aguzó el oído y percibió el sonido ahogado de sus suaves y rápidas pisadas. Sí, ahí estaba. De inmediato se dio la vuelta, cogió un libro y fingió que leía mientras con el rabillo del ojo esperaba divisarla de un momento a otro.

Jaina iba vestida como siempre, con la túnica tradicional de los aprendices. Su pelo parecía estar hecho del mismo brillo del sol y su rostro mostraba ese ceño fruncido tan típico en ella que indicaba que estaba perdida en sus pensamientos, no que se sintiera contrariada. Tan absorta se hallaba que ni siquiera se había percatado de la presencia de Arthas, quien dejó el libro enseguida y se adentró raudo y veloz en el pasillo antes de que Jaina se alejara demasiado. Entonces el príncipe la agarró del brazo y la arrastró hacia las sombras.

Como siempre, no consiguió sobresaltar a Jaina ya que ella ya se había percatado de su cercanía. La muchacha, que apretaba con fuerza los libros contra su pecho, recibió a Arthas en medio del pasillo y con el brazo libre le rodeó el cuello para besarlo.

—Bienhallada, mi señora —susurró Arthas mientras la besaba en el cuello y le acariciaba la piel con su sonrisa.

—Bienhallado, mi príncipe —respondió ella en un susurro henchido de felicidad al mismo tiempo que suspiraba.

—Jaina —se oyó decir a una voz—, ¿por qué co…?

Jaina y Arthas se sobresaltaron y miraron al intruso. Jaina soltó un gritito ahogado y sintió que el color le subía a las mejillas.

—Kael…

Si bien el rostro del elfo se mantuvo impertérrito, la ira ardía en su mirada y la tensión parecía dominarlo.

—Se te ha caído este libro al marcharte —aseveró mostrándole el tomo—. Te he seguido para entregártelo.

Jaina alzó la mirada para observar a Arthas mientras se mordía el labio inferior. Si bien Arthas estaba tan conmocionado como ella, finalmente logró forzar una sonrisa. Sin dejar de mirar a Kael’thas en ningún momento, rodeó con el brazo la cintura de Jaina y le dijo:

—Es todo un detalle por tu parte, Kael. Gracias.

Por un instante creyó que el elfo lo iba a atacar. La ira y la humillación envolvían al mago como en una aureola. Kael’thas era muy poderoso, y Arthas sabía que no tendría ninguna oportunidad si se veía obligado a enfrentarse a él. Aun así mantuvo la mirada clavada en la del príncipe elfo, sin arredrarse lo más mínimo. Entretanto, Kael’thas apretó los puños con fuerza pero no se movió ni un milímetro de donde estaba.

—¿Acaso te avergüenzas de ella, Arthas? —murmuró entre dientes—. ¿Acaso sólo merece que le dediques tu tiempo y tu atención si nadie sabe que mantienes un idilio con ella?

Arthas entornó los ojos.

—Actúo así para evitar los terribles estragos que causarían los rumores —replicó con suma tranquilidad—. Ya sabes cómo son estas cosas, Kael, ¿verdad? Alguien dice algo que no debe y, en poco tiempo, todo el mundo cree que es verdad. Protejo su reputación al.

—¿Proteges? —rugió Kael’thas—. Si realmente te preocuparas por ella, la habrías cortejado orgulloso a la vista de todos. Como haría cualquier hombre de bien.

Entonces miró a Jaina y la ira abandonó sus ojos para ser reemplazada por una fugaz expresión de sufrimiento. A continuación, ese gesto también se desvaneció y Jaina no pudo hacer más que agachar la cabeza.

—Os dejo solos para que podáis disfrutar de vuestra… «cita clandestina». No temáis, no diré nada.

Kael’thas le lanzó el libro a Jaina con desdén, al mismo tiempo que soltaba un bufido iracundo. El tomo, probablemente de un valor incalculable, aterrizó con un golpe sordo a los pies de la muchacha, la cual se sobresaltó ante aquel ruido inesperado. Acto seguido, el elfo se marchó en medio del remolino violeta y dorado de su túnica. Jaina suspiró aliviada y apoyó la cabeza en el pecho de Arthas, quien le dio unas palmaditas en la espalda con suma ternura.

—No pasa nada, ya se ha ido.

—Lo siento. Supongo que debería habértelo contado.

El pecho de Arthas se tensó.

—¿Acaso tienes algo que contarme, Jaina? ¿Acaso tú y él.?

—¡No! —exclamó de inmediato, mientras alzaba la vista para mirarlo—. No. Pero… creo que le habría gustado que. Mira, es un buen hombre y un mago muy poderoso. Y un príncipe elfo. Pero no es.

Su voz se fue apagando.

—Pero no es ¿qué? —le espetó él.

Aquellas palabras brotaron de su boca con más brusquedad de lo que pretendía.

Kael poseía una serie de atributos que Arthas envidiaba. Era mayor que él; más sofisticado, experimentado y poderoso; Los celos crecieron en su interior y sintió un nudo frío y tenso en el estómago. Si el elfo hubiera reaparecido en aquel momento, Arthas tal vez hubiera intentado abalanzarse sobre él.

Jaina sonrió con dulzura, desfrunciendo el ceño. —Él no es mi Arthas.

El nudo que Arthas tenía en el estómago se derritió como el invierno ante la llegada del calor de la primavera. Entonces acercó a Jaina hacia él y la volvió a besar.

Además, ¿a quién le importaba lo que pensara un estirado príncipe elfo?

El año transcurrió prácticamente sin incidentes. A medida que el verano daba paso a un otoño fresco, y éste al invierno, las quejas acerca del coste de mantenimiento de los campos orcos fueron creciendo. Pero tanto a Terenas como a su hijo, aquello no les cogió de improviso. Arthas continuaba entrenándose con Uther. El anciano se mantenía en sus trece de que si bien entrenar con armas era importante, también lo eran la oración y la meditación.

«Sí, debemos ser capaces de matar a nuestros enemigos», afirmaba. «Pero también debemos ser capaces de sanar a nuestros amigos y curarnos a nosotros mismos».

Arthas pensó en Invencible. En invierno, sus pensamientos siempre giraban en torno a aquel caballo, y el comentario de Uther le había recordado una vez más el único gran fracaso, la única gran decepción que había sufrido en la vida. Si hubiera iniciado su adiestramiento antes, el gran semental blanco aún seguiría vivo. Nunca le había contado a nadie lo que había sucedido exactamente aquel día nevado. Todos creían que había sido un accidente. Y lo fue, se decía Arthas a sí mismo. No había pretendido lastimar a Invencible a propósito. Quería a ese caballo; antes que hacerle daño, habría preferido cortarse una pierna. Si hubiera comenzado su instrucción como paladín antes, tal y como Varian había hecho con la esgrima, estaba seguro de que habría sido capaz de salvar a Invencible. Juró que eso no le volvería a pasar otra vez, que haría cuanto fuera necesario para estar preparado ante cualquier situación y evitar quedar a merced de los caprichos del destino. Siempre haría lo correcto.

El invierno pasó como todos los inviernos deben pasar; y la primavera regresó a los Claros de Tirisfal. Al igual que había regresado Jaina Proudmoore, quien para Arthas era una visión tan hermosa, vigorizante y bienvenida como las flores que brotaban en los árboles que ahora despertaban. Había llegado para acompañarlo en la celebración del Jardín Noble, la mayor fiesta primaveral de Lordaeron y la Ciudad de Ventormenta. Arthas descubrió entonces que quedarse levantado hasta tarde la noche anterior a la festividad, degustando vino a sorbitos y rellenando huevos con dulces y otros regalos, no era una tarea tan aburrida si uno tenía a Jaina a su lado, quien fruncía el ceño de esa forma entrañable que era tan propia de ella mientras rellenaba los huevos con cuidado y suma atención y los dejaba a un lado.

A pesar de que no se había hecho ningún anuncio público, tanto Arthas como Jaina sabían que sus padres habían hablado entre ellos y habían llegado a un acuerdo tácito por el que daban su bendición al noviazgo. De este modo, Arthas, a quien su pueblo ya adoraba, era enviado cada vez con más frecuencia a representar a Lordaeron en eventos oficiales en vez de Uther o Terenas.

Con el paso del tiempo, Uther se había ido refugiando cada vez más en el aspecto espiritual de la Luz y Terenas parecía alegrarse bastante de no tener que viajar.

«Cuando eres joven, resulta emocionante viajar a lomos de un caballo y dormir bajo las estrellas», le había comentado a Arthas. «Pero cuando uno tiene mi edad, se conforma con las estrellas que puede contemplar desde la ventana, y lo de montar a caballo es mejor dejarlo solo para los momentos de esparcimiento».

Arthas había esbozado una amplia sonrisa al escuchar esas palabras y había asumido con entusiasmo sus nuevas responsabilidades. El almirante Proudmoore y el archimago Antonidas habían llegado a la misma conclusión al parecer, ya que cada vez que enviaban mensajeros de Dalaran a Ciudad Capital, Lady Jaina Proudmoore los acompañaba.

—Ven para el Festival del Fuego del solsticio de verano —le rogó Arthas de repente.

Jaina alzó la mirada mientras sostenía un huevo cuidadosamente en una mano y con la otra se quitaba un mechón dorado que pendía sobre su cara.

—No puedo. El verano es un periodo de mucha actividad para los estudiantes de Dalaran. Antonidas ya me ha dicho que espera que me quede allí toda la estación —le explicó muy a su pesar.

—Entonces seré yo quien vaya a visitarte en el solsticio de verano y tú podrás venir a verme en Halloween —propuso Arthas.

Sin embargo, Jaina hizo un gesto de negación con la cabeza y se rió de él.

—Eres muy insistente, Arthas Menethil. Lo intentaré.

—No; vendrás.

Alargó el brazo por encima de la mesa, que estaba abarrotada de dulces y huevos vaciados con sumo cuidado y pintados con colores brillantes, y colocó su mano sobre la de ella.

Jaina sonrió con una pizca de timidez impropia del tiempo que llevaban juntos, y sus mejillas se ruborizaron.

Claro que iría.

Había varias festividades de menor importancia antes de Halloween. Una era un tanto sombría; otra, muy alegre; y ésta, en concreto, era un poco ambas cosas. Se creía que, en aquella fecha, la barrera entre los vivos y los muertos se difuminaba y que los difuntos podían ser percibidos por los que aún estaban vivos. La tradición señalaba que al final de la temporada de la cosecha, antes de que los vientos del invierno comenzaran a soplar, debía erigirse una efigie de paja en el exterior de palacio, a la cual se le prendía fuego al ponerse el sol. Ver a aquel hombre gigante hecho de paja envuelto en llamas, que brillaba con gran intensidad contra el manto cada vez más extenso de la noche, era un espectáculo asombroso. Cualquiera que lo desease podía acercarse a la abrasadora efigie, lanzar una rama a sus llamas crepitantes y quemar así, metafóricamente, todo aquello que no quisiera portar consigo en ese periodo de quietud y profunda reflexión propio de la inactividad forzosa que conllevaba el invierno.

Era un ritual propio de campesinos, cuyos orígenes se remontaban a tiempos inmemoriales. Arthas sospechaba que muy pocos de sus contemporáneos creían de verdad que lanzando una rama al fuego se resolverían sus problemas, y muchos menos creían que fuera posible contactar con los muertos. Él, ciertamente, no tenía ninguna fe en ese tipo de cosas. Pero se trataba de una celebración popular, y gracias a ella Jaina había regresado a Lordaeron; por esa razón Arthas había ansiado tanto la llegada de aquel día.

Tenía en mente una sorpresita para ella.

El sol se acababa de ocultar y el gentío se había ido congregando allí desde las últimas horas de la tarde. Algunos incluso habían traído viandas y aprovechaban la ocasión para disfrutar de uno de los postreros días de otoño entre las colinas de Tirisfal. Había guardias apostados por los alrededores pendientes de los posibles incidentes que solían producirse cuando grandes cantidades de personas se reunían en un mismo lugar. Sin embargo Arthas no esperaba que realmente surgieran problemas. Cuando salió de palacio, ataviado con una casaca, calzas y una capa de ricas tonalidades otoñales, los vítores arreciaron. Se paró y saludó a los allí congregados, aceptó sus aplausos y, acto seguido, se volvió hacia Jaina y extendió una mano hacia ella.

Si bien pareció sentirse un tanto sorprendida por aquel gesto, Jaina logró esbozar una sonrisa. Los vítores aclamaron su nombre junto con el de Arthas bajo aquel cielo que se oscurecía lentamente. Los dos recorrieron el sendero que llevaba al gigantesco hombre de paja y se detuvieron ante él. El príncipe, entonces, alzó una mano pidiendo silencio.

—Compatriotas, me uno a vosotros en esta celebración de la noche más reverenciada del año. La noche en que recordamos a aquellos que ya no se encuentran entre nosotros y nos deshacemos de las cosas que no nos dejan progresar. La noche en la que quemamos la efigie del hombre de paja como un símbolo del año que pasa, al igual que los granjeros queman los campos que han cosechado. Tal y como las cenizas nutren los campos, del mismo modo este rito alimenta nuestras almas. Asimismo, me alegro de ver a tantos de vosotros aquí esta noche; tanto como me alegro de poder ofrecer el distinguido honor de prender fuego al hombre de paja a Lady Jaina Proudmoore.

La aludida abrió los ojos como platos y Arthas se giró hacia ella, esgrimiendo una sonrisa maliciosa.

—Es la hija de un héroe de guerra, el almirante Daelin Proudmoore, y llegará a ser una poderosa maga por derecho propio. Como los magos son los amos y señores del fuego, creo que lo más lógico es que sea ella quien prenda fuego a nuestro hombre de paja esta noche. ¿No estáis de acuerdo?

Los allí reunidos rugieron extasiados, como Arthas sabía que harían. El príncipe hizo una reverencia a Jaina; luego se acercó y susurró:

—Ofréceles un buen espectáculo… Seguro que les va a encantar.

Jaina asintió de un modo imperceptible y, acto seguido, se volvió hacia la muchedumbre, a la que saludó con la mano. Los vítores se incrementaron. A continuación se colocó un mechón de pelo detrás de una oreja, revelando así su nerviosismo, aunque enseguida recompuso el gesto. Después cerró los ojos y alzó las manos para susurrar un encantamiento.

Jaina iba vestida con prendas de color rojo, amarillo y naranja, como las bolitas de fuego que se fueron materializando en sus manos, refulgiendo levemente al principio para luego incrementar su luminosidad. Entonces miró a Arthas un instante, con tanta intensidad como si ella misma fuera la encarnación del fuego. Sostuvo aquellas llamas en las manos con suma facilidad, destreza y maestría, y en ese momento el príncipe se percató de que los días en que su amada apenas controlaba sus hechizos quedaban muy atrás. No se iba a «convertir» en una maga poderosa; era obvio que ya lo era, de facto aunque no de nombre.

Jaina extendió ambas manos. Las bolas de fuego saltaron como una bala disparada desde una pistola y cayeron sobre la enorme efigie de paja, que estalló en llamas de inmediato. Los allí congregados se quedaron boquiabiertos unos instantes, pero enseguida se escuchó una atronadora ovación. Arthas esbozó una amplia sonrisa. El hombre de paja nunca ardía con tanta rapidez cuando se le prendía fuego con un tizón corriente y moliente.

Jaina abrió los ojos ante aquel estruendo y saludó mientras sonreía encantada. Arthas se acercó a ella y le susurró:

—Has estado espectacular, Jaina.

—Me pediste que les ofreciera un buen espectáculo —respondió ella con una sonrisa.

—Efectivamente. Pero ha sido un espectáculo demasiado bueno. Me temo que van a exigir que todos los años prendas fuego al hombre de paja.

Entonces Jaina se volvió hacia él y le comentó:

—Eso no supondría ningún problema, ¿verdad?

La luz de las refulgentes llamas danzaba sobre ella, iluminando sus vivaces rasgos, al mismo tiempo que se reflejaban en la diadema de oro que llevaba en el pelo. Arthas contuvo la respiración mientras la contemplaba. Siempre se había sentido atraído por Jaina, y la muchacha le había gustado desde el primer momento. Era su amiga y su confidente, y había sido muy excitante flirtear con ella. Pero ahora podía verla literalmente bajo una nueva luz.

Le costó un momento encontrar las palabras.

—No —respondió embelesado—. No será ningún problema, en absoluto.

Se unieron al gentío que bailaba junto al fuego aquella noche, lo cual causó graves quebraderos de cabeza a los guardias: Arthas y Jaina se mezclaron con el pueblo y se dedicaron a darle la mano a cualquier desconocido y a intercambiar saludos por doquier. Aunque más tarde consiguieron dar esquinazo a la guardia al perderse entre la multitud y se escabulleron de la fiesta sin que nadie se diera cuenta. Poco después, Arthas guió a Jaina a través de los pasillos menos transitados de palacio hasta llegar a sus aposentos privados, donde casi los sorprendieron unos sirvientes que habían tomado un atajo para llegar a las cocinas. Para evitarlo tuvieron que pegarse a la pared y permanecer inmóviles unos instantes que parecieron eternos.

A continuación entraron en las habitaciones de Arthas, quien, tras cerrar la puerta, se apoyó en ella y atrajo a Jaina hacia él para besarla apasionadamente. Sin embargo, fue la tímida y estudiosa Jaina la que interrumpió el beso. Tomó la mano de Arthas entre las suyas y lo llevó hasta la cama mientras el reflejo anaranjado de las llamas del hombre de paja se colaba por las ventanas y danzaban sobre su piel.

Él la siguió como si estuviera aturdido, o quizá soñando. Se quedaron de pie junto a la cama y sus manos se apretaron con tanta fuerza que Arthas temió que pudiera llegar a romperle los dedos a su amada sin querer.

—Jaina —susurró.

—Arthas —respondió ella con un gemido y volvió a besar a su príncipe mientras le acariciaba las mejillas con sus manos. Arthas estaba abrumado por el deseo y se sintió vacío cuando Jaina se separó de él. No obstante, la respiración dulce y cálida de la muchacha acariciaba el rostro de Arthas cuando ella le susurró:

—¿Estamos… preparados para dar este paso?

Arthas pensó en responder de modo jocoso a esa pregunta, pero sabía a qué se refería en realidad. Arthas nunca había estado más preparado para permitir que aquella muchacha ocupara en su corazón el lugar que le correspondía por derecho. Recordaba que alguna vez había tenido que rechazar a mujeres, como había sucedido con Taretha; y era consciente de que Jaina tenía aún menos experiencia que él en aquellos asuntos.

—Yo lo estoy si tú lo estás —susurró con voz ronca.

Y cuando se inclinó para besarla de nuevo, se topó con aquel ceño fruncido que le resultaba tan familiar. Mis besos lograrán que desaparezca ese ceño fruncido que mancilla tu rostro, juró mientras se tumbaban en la cama. Conseguiré que todo aquello que te preocupa desaparezca para siempre.

Más tarde, cuando el hombre de paja se había consumido ya y la única luz que rozaba el cuerpo dormido de Jaina era el frío reflejo azul y blanco de la luna; Arthas yacía despierto preguntándose qué les depararía el futuro y sintiéndose plenamente feliz mientras acariciaba con los dedos las curvas del cuerpo de Jaina.

No había lanzado ninguna rama al fuego del hombre de paja porque, al presentarse ante él, Arthas se había dado cuenta de que no había en su vida nada de lo que quisiera deshacerse. Ahora tampoco lo hay, pensó al inclinarse para besarla. Jaina se despertó con un débil suspiro y lo abrazó.

—Nadie parece capaz de negarte nada —susurró, repitiendo las palabras que le había dicho el día en que se besaron por primera vez—, y mucho menos yo.

Él la abrazó con fuerza y sintió un repentino escalofrío sin saber muy bien por qué.

—No reniegues nunca de mí, Jaina. Nunca reniegues de mí, por favor.

La muchacha alzó la vista; su mirada resplandecía bajo el frío fulgor de la luna.

—Nunca lo haré, Arthas. Nunca.

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