Arthas La ascensión del Rey Exánime – Capítulo Nueve

Jaina atravesó corriendo los jardines, pues llegaba tarde a su cita con el archimago Antonidas. Le había vuelto a pasar lo habitual: se hallaba tan absorta en un libro que había perdido la noción del tiempo. Su maestro siempre la reprendía al respecto, pero no podía evitarlo. Al cruzar las hileras de manzanos de corteza de oro, de cuyas ramas colgaban frutos de gran tamaño ya maduros, sintió un leve ataque de melancolía al recordar una conversación que había mantenido en aquel mismo lugar hacía sólo unos años; cuando Arthas la había sorprendido por la espalda, le había tapado los ojos con las manos y le había susurrado: «¿Quién soy?».

Aún añoraba mucho a Arthas y había asumido que siempre lo echaría de menos. La ruptura había sido algo tan inesperado y doloroso. Además, Arthas no había podido elegir peor momento y Jaina recordaba lo abochornada que se había sentido al tener que disimular su tristeza durante todo el baile de gala del Festival de Invierno. Pero tras superar el impacto inicial, Jaina había conseguido entender el razonamiento de Arthas. Ambos eran jóvenes y, tal y como había señalado el príncipe en aquel momento, tenían responsabilidades que cumplir y un adiestramiento que completar. Jaina le había prometido que siempre serían amigos, lo había dicho de todo corazón y se reafirmó en su propósito después. Sin embargo, para poder cumplir esa promesa, tenía que cerrar las heridas de su corazón. Y eso era, precisamente, lo que había hecho.

Desde entonces habían pasado muchas cosas que la habían mantenido centrada en otros asuntos y ocupada con otros menesteres. Cinco años antes, un poderoso mago llamado Kel’Thuzad había desatado la ira de los Kirin Tor al aventurarse por el sendero de la magia nigromántica contranatura. Kel’Thuzad había abandonado la ciudad, repentina y misteriosamente, tras sufrir una severa reprimenda y recibir, de manera muy poco ambigua, la orden de que cesara esos experimentos de inmediato. Aquel misterio había sido uno de los muchos apoyos que la habían ayudado a permanecer entretenida los últimos tres años.

Más allá de los muros de la ciudad mágica también habían ocurrido muchas cosas, aunque la información al respecto era muy fragmentaria y caótica y estaba plagada de rumores. Jaina había deducido que Thrall, el orco fugado de Durnholde, se había proclamado Jefe de guerra de la nueva Horda y había iniciado una serie de ataques a los campos de reclusión para liberar a los orcos que permanecían allí encerrados. Más adelante, la propia

Dumholde fue arrasada por ese autodenominado Jefe de guerra y, por lo que pudo saber Jaina, quedó reducida a ruinas al recurrir Thrall a la antigua magia chamánica de su poblado. Blackmoore también había caído pero, por lo que había llegado a sus oídos, no se le iba a echar mucho de menos. A pesar de que le preocupaba que esta nueva Horda pudiera llegar a suponer una amenaza para su pueblo, Jaina no lamentaba en absoluto que los campos de reclusión hubieran sido destruidos. No después de haber sido testigo de lo que ocurría tras sus muros.

Entonces escuchó unas voces que la sacaron de sus pensamientos, una de las cuales trataba de imponerse sobre la otra presa de la ira. Aquel tipo de discusiones eran tan poco habituales en aquel lugar, que Jaina se detuvo abruptamente.

—Ya le advertí a Terenas que su pueblo está prisionero dentro de los confines de sus propias tierras. Y ahora te lo reitero a ti: la humanidad se encuentra en peligro. Las tinieblas han vuelto a resurgir, ¡y el mundo entero se encuentra al borde de una guerra!

Jaina no reconoció aquella voz masculina resonante y potente.

—Ah, ahora ya sé quién eres tú. Eres el profeta incoherente del que hablaba el rey Terenas en su última misiva. Me interesan tanto tus majaderías como al rey.

El otro interlocutor era Antonidas, quien se mostraba tan calmado como aquel extraño insistente. Jaina sabía que lo mejor que podía hacer era retirarse de allí con discreción antes de que se percataran de su presencia; sin embargo, la misma curiosidad que la había llevado a acompañar a Arthas a espiar un campo de reclusión de orcos siendo una niña, la impulsó a hacerse invisible para poder saber más sobre el objeto de su conversación. Se acercó a ellos con sumo sigilo hasta que pudo divisar con claridad a ambos: el primer interlocutor, al que Antonidas había llamado sarcásticamente «profeta», iba ataviado con una capa y una capucha decoradas con plumas negras; el segundo, el maestro de Jaina, iba montado a caballo.

—Creía que Terenas había expresado con meridiana claridad cuál era su opinión sobre tus predicciones.

—Tú deberías ser más sabio que el rey. ¡El fin se acerca!

—Ya te lo he dicho antes: no me interesan tus supercherías —replicó Antonidas de un modo tranquilo pero cortante.

Jaina conocía perfectamente aquel tono de voz.

El profeta permaneció en silencio unos segundos y, acto seguido, lanzó un suspiro y afirmó:

—Entonces pierdo el tiempo contigo.

Ante la mirada estupefacta de Jaina, la silueta de aquel extraño se difuminó, menguó y cambió de forma, de modo que donde un momento antes se hallaba un hombre ataviado con una túnica provista de una capucha, se encontraba ahora un enorme pájaro negro, que soltó un graznido de frustración, se elevó hacia el cielo batiendo sus alas y desapareció.

Al instante, Antonidas, sin apartar la mirada del intruso, que ahora sólo era un punto que se desvanecía en el cielo azul, dijo lo siguiente:

—Ya puedes mostrarte, Jaina.

Una ola de calor invadió el rostro de la maga, quien murmuró un contrahechizo y se hizo visible ante su mentor.

—Lamento haberte espiado, maestro, pero…

—Ese necio demente está convencido de que el mundo está a punto de llegar a su fin. En mi opinión, eso es llevar el tema de la peste demasiado lejos.

—¿Peste? —inquirió Jaina.

Antonidas desmontó con un suspiro, y, a continuación, propinó un cachete amistoso en los cuartos traseros a su corcel para indicarle que debía marcharse. El caballo brincó ligeramente y trotó obediente hasta los establos, donde un sirviente lo atendería. El archimago hizo una seña a su aprendiza para que se acercara. Jaina avanzó hacia él para cogerle de la mano nudosa que su mentor le ofrecía.

—Seguro que recuerdas que envié a unos cuantos mensajeros a Ciudad Capital hace poco— comentó Antonidas.

—Creía que esos mensajes estaban relacionados con el problema orco.

Entonces Antonidas masculló un encantamiento y, unos instantes después, reaparecieron en sus aposentos privados. A Jaina le encantaba aquel lugar: el desorden; el olor a pergamino, cuero y tinta; y aquellas sillas viejas en las que uno podía acomodarse para perderse en un océano de sabiduría. Antonidas le indicó con un gesto que se sentara y le bastó simplemente con flexionar un dedo para que un cántaro les sirviera néctar a ambos.

—Ya, bueno, ese tema también estaba incluido en la agenda; no obstante, consideramos que una amenaza mayor se encuentra a nuestras puertas.

—¿Mayor que el renacimiento de la Horda?

Jaina extendió una mano y una copa de cristal, repleta de líquido dorado, flotó por el aire hasta posarse sobre la palma de la misma.

—Con los orcos se podía razonar, al menos en teoría. Pero con una enfermedad no se puede hacer eso. Según los informes que hemos recibido, la peste se está extendiendo por las tierras del norte. Por lo que creo que los Kirin Tor deberían prestar más atención a ese fenómeno.

Jaina lo observó con detenimiento y frunció el ceño mientras degustaba a sorbos aquel néctar. Normalmente, las enfermedades entraban dentro de las competencias de los sacerdotes, no de los magos. A menos que.

—¿Crees que podría tener un origen mágico?

Su maestro asintió con un movimiento de su calva cabeza.

—Es más que probable. Por eso, Jaina Proudmoore, te voy a pedir que viajes a esas tierras a investigar ese asunto.

—¿Yo? —exclamó Jaina, y casi se ahogó con el néctar.

—Tú, sí, tú. Has aprendido todo cuanto tengo que enseñar. Además, ya es hora de que apliques lo aprendido fuera del abrigo y seguridad que proporcionan estas torres —le explicó

Antonidas, que le sonrió amablemente mientras su mirada titilaba—. Además, he dispuesto que un enviado muy especial te ayude con tu misión.

Arthas holgazaneaba apoyado contra un árbol y con la cara alzada hacia el cielo disfrutaba de la tenue luz del sol con los ojos cerrados. Sabía que irradiaba calma y confianza. De hecho, se veía obligado a tenerla. Sus hombres ya estaban suficientemente preocupados por todos ellos. No podía dejar que ellos supieran que él también estaba muy nervioso. Tras tanto tiempo, ¿cómo sería su reencuentro? Quizá no hubiera sido una decisión tan acertada al fin y al cabo. Pero los informes sobre la peste no paraban de llegar, y, por otro lado, sabía que ella era muy equilibrada e inteligente. Todo saldría bien. Tenía que salir bien.

Uno de sus capitanes, Falric, a quien Arthas conocía desde hacía años, se adentró, con paso firme en uno de los cuatro senderos que conformaban aquella encrucijada para, a continuación, desandar sus pasos y aventurarse en otro camino. Hacía mucho frío y su respiración se hacía patente en forma de vaho; además, su enfado iba en aumento por momentos.

—Príncipe Arthas —osó decir por fin—, llevamos horas esperando. ¿Estás seguro de que ese amigo tuyo vendrá?

Los labios de Arthas se curvaron en una leve sonrisa. No habían informado a los hombres de quién era la persona a la que esperaban por razones de seguridad. El príncipe respondió con los ojos cerrados.

—Estoy seguro. —Y lo estaba de verdad. Arthas pensó en todas las veces en las que había tenido que esperar pacientemente a su amiga—. Jaina siempre suele llegar un poco tarde.

En cuanto aquellas palabras brotaron de sus labios, escuchó un bramido y unas palabras apenas descifrables:

—¡Yo MACHACAR!

Arthas, como una pantera que hubiera estado sesteando al sol y se hubiera despertado al sentir el más mínimo rastro de amenaza, se preparó para hacer frente al enemigo martillo en mano. Observó el camino y divisó la silueta de una mujer esbelta que corría hacia él nada más coronar la cima de una colina. Tras ella surgió lo que Arthas supuso que era un elemental: una mancha provista de una cabeza y extremidades muy bastas que giraba sobre sí misma y parecía estar compuesta de agua de colores.

Y detrás de aquel engendro aparecieron… dos ogros.

—¡Por la Luz! —gritó Falric mientras hacía ademán de salir corriendo hacia aquel singular conjunto de seres.

Arthas hubiera acudido antes que sus hombres al rescate de la doncella si no se hubiera percatado de que se trataba de Jaina Proudmoore.

La maga esbozaba una sonrisa muy amplia.

—Envaina tu espada, capitán —le ordenó Arthas, al tiempo que sonreía—. Esa dama sabe cuidar de sí misma.

Así fue. La damisela supo defenderse ella sola de manera muy eficaz. En ese preciso instante, Jaina se volvió e invocó al fuego. Arthas se dio cuenta de que esos pobres y estupefactos ogros iban a salir muy malparados de la refriega; y, efectivamente, en cuanto el fuego acarició sus cuerpos regordetes y pálidos, los ogros gritaron de dolor y de asombro, sin poder creer que aquella pequeña humana pudiera tener tanto poder. Uno de ellos huyó, como cabía esperar, pero el otro, incapaz de creerse aún lo que estaba ocurriendo, siguió avanzando. Jaina lanzó una estruendosa descarga de llamas anaranjadas contra él, que profirió un grito y se derrumbó, muriendo calcinado de inmediato. El hedor de la carne quemada invadió las fosas nasales de Arthas.

Jaina observó cómo el otro ogro huía, a continuación se sacudió ambas manos y asintió con un leve gesto de su cabeza. Ni siquiera había empezado a sudar.

—Caballeros, os presento a la señorita Jaina Proudmoore —les anunció Arthas arrastrando un poco las vocales, mientras se acercaba a su amiga de la infancia y ex amante—. Es una agente especial de los Kirin Tor y una de las hechiceras más talentosas de estas tierras. Me da la impresión de que no ha perdido su toque maestro.

La maga se giró para mirarle y sonrió. No fue un momento incómodo como había temido, sino muy feliz. Jaina se alegraba de verlo, y Arthas de verla a ella. El príncipe sintió que una oleada de satisfacción lo invadía por dentro.

—Me alegro de volver a verte —añadió el príncipe.

Aquellas palabras aparentemente corteses, expresaron más de lo que parecía a simple vista. Y ella lo entendió. Siempre lo había entendido. Por eso sus ojos centellearon cuando le contestó:

—Lo mismo digo. Ha pasado tanto tiempo desde la última vez que un príncipe me escoltó.

—Sí —afirmó él, con un tono de voz que revelaba cierto arrepentimiento—. Tienes razón.

Aquel momento sí resultó incómodo, lo cual provocó que Jaina bajara la vista al suelo y Arthas se aclarara la garganta para decir:

—Bueno, supongo que será mejor que partamos.

La hechicera asintió mientras con un gesto de su mano indicaba al elemental que la había escoltado que podía retirarse.

—Ahora que estos leales soldados me escoltan, ya no necesito la protección de este amigo — aseveró, al tiempo que obsequiaba a Falric y sus hombres con su mejor sonrisa—. Bueno, alteza, dime: ¿qué se sabe acerca de esta peste que debemos investigar?

—No mucho —se vio obligado a confesar Arthas mientras echaban a andar—. Sólo sé que mi padre me ha enviado a colaborar contigo. Últimamente he estado combatiendo al lado de Uther, codo con codo, para acabar con la amenaza orea y no he oído hablar mucho de esa peste. De todos modos, doy por sentado que si los magos de Dalaran quieren saber más al respecto, ese fenómeno debe de tener algo que ver con la magia.

La maga asintió sin perder la sonrisa en ningún momento, aunque ya estaba frunciendo el ceño de esa forma tan habitual en ella. Arthas sintió una extraña punzada de nostalgia al fijarse en ese gesto.

—Así es. Aunque no sé a ciencia cierta cuál es el vínculo exacto entre esa afección y las artes arcanas. Por eso, el maestro Antonidas me ha encomendado la misión de informar de cuanto vea en esos parajes. Deberíamos cerciorarnos de que todo se encuentra en orden en las poblaciones del Camino del Rey. Deberíamos hablar con los lugareños para comprobar si saben algo que nos pueda ser de utilidad. Con suerte, no se hallarán aún infectados y no estaremos ante una grave epidemia sino, simplemente, ante el brote localizado de alguna enfermedad —le explicó Jaina.

Arthas, que la conocía muy bien, pudo detectar cierto tono dubitativo en su voz. Lo entendía perfectamente. Si Antonidas no creyera que se trataba de algo serio, no habría enviado a su apreciada aprendiza a valorar la situación sobre el terreno; del mismo modo, el rey Terenas tampoco habría enviado a su hijo.

Entonces el príncipe decidió que sería mejor cambiar de tercio.

—Me pregunto si la peste tendrá algo que ver con los orcos —planteó Arthas que insistió en esa teoría a pesar de la expresión de sorpresa de Jaina—. Estoy seguro de que habrás oído hablar de las fugas que se han producido en los campos de reclusión.

—Sí. A veces me pregunto si esa familia que vimos en su día se encontrará entre los que han escapado —reflexionó Jaina mientras asentía con la cabeza.

—Bueno, si es así, quizá ahora estén adorando a algunos demonios —replicó el príncipe, revelando con su lenguaje corporal que se sentía incómodo con lo que acababa de decir su interlocutora.

—¿Qué? Creía que esa opción había quedado descartada hace tiempo; se supone que los orcos ya no tienen acceso a esa energía demoníaca —replicó la maga con los ojos abiertos de par en par.

—Mi padre nos envió a Uther y a mí a ayudar a defender Strahnbrad de los ataques orcos. Pero cuando llegamos a esa ciudad, los orcos ya habían secuestrado a unos cuantos vecinos. A pesar de que les dimos caza en su campamento, tres hombres habían sido sacrificados —indicó Arthas encogiéndose de hombros.

Jaina le escuchaba como siempre hacía, pero no sólo con los oídos sino con todo el cuerpo, concentrándose en cada palabra con la intensa meditación que Arthas recordaba. Por la Luz, qué hermosa era.

—Los orcos afirmaron que los humanos habían sido ofrecidos como sacrificio a sus demonios. Asimismo señalaron que se trataba de una exigua ofrenda; es obvio que les hubiera gustado sacrificar a más víctimas —prosiguió Arthas.

—Antonidas parece creer que esta peste es de naturaleza mágica —murmuró Jaina—. Me pregunto si habrá alguna relación entre ambos fenómenos. Resulta descorazonador saber que han vuelto a sus perversas costumbres. Aunque quizá se trate de un caso aislado, de un solo clan.

—Tal vez sí, o tal vez no —Arthas recordaba la furia con la que Thrall había luchado en la arena, incluso recordaba que no había sido nada fácil reducir aquellos orcos que no eran más que chusma—. Pero no podemos correr riesgos. Si nos atacan, mis hombres tienen órdenes de matarlos.

De manera fugaz, pensó en la furia que se había apoderado de él cuando el líder orco le hizo llegar su respuesta al pacto que Uther les había ofrecido a cambio de su rendición. Thrall había ordenado asesinar a los dos hombres enviados a parlamentar. Los caballos habían vuelto sin sus jinetes. Era un mensaje sin palabras pero el contenido había quedado claro de una manera brutal.

«¡Entremos ahí a despedazar a esas bestias!», había gritado Arthas mientras empuñaba el brillante martillo que le habían entregado en la iniciación de la Mano de Plata. El príncipe hubiera partido de inmediato en busca del enemigo si Uther no le hubiera agarrado del brazo con fuerza.

«Recuerda, Arthas», le había dicho su mentor con suma calma, «somos paladines. La venganza no forma parte de nuestro sendero. Si permitimos que las emociones alimenten nuestra sed de sangre, nos convertiremos en unos seres tan viles como los orcos».

Aquellas palabras habían penetrado, de algún modo, en el muro de ira que Arthas había levantado en torno a su cordura. El príncipe había observado, con los dientes apretados, cómo se habían llevado a los caballos asustados cuyos jinetes habían sido masacrados. Si bien las palabras de Uther habían sido muy sabias, Arthas había seguido creyendo que les había fallado a los jinetes de esas monturas. Les había fallado, al igual que había fallado a Invencible en su día, y ahora estaban tan muertos como aquel magnífico corcel. Entonces había tomado aire con fuerza para calmarse y había contestado: «Lo sé, Uther».

Su paciencia había tenido su recompensa, puesto que Uther, más tarde, le había encomendado que liderara el ataque contra los orcos. Aunque ojalá hubiera podido llegar a tiempo para salvar a esos tres pobres desgraciados que habían sido sacrificados.

Una mano se posó sobre su brazo y eso le hizo volver al presente. Sin pensarlo dos veces, por puro hábito, cubrió la mano de Jaina con la suya. La maga intentó apartarla y le obsequió con una sonrisa ligeramente tensa.

—Me alegro tanto, tantísimo de volver a verte —afirmó el príncipe de manera impulsiva.

La tensión que dominaba la sonrisa de Jaina se esfumó, pasando a ser más sincera mientras cogía a Arthas del brazo.

—Lo mismo digo, alteza. Por cierto, gracias por refrenar a tu hombre cuando nos hemos encontrado —le indicó, al tiempo que su sonrisa se hacía aún más amplia—. Ya te lo dije una vez: no soy una frágil figurita de porcelana.

—Claro que no, mi señora. Lucharás a nuestro lado en las batallas que nos aguardan — aseveró el príncipe con una carcajada.

—Rezo porque no se desate ninguna lucha, porque sólo tengamos que investigar. Pero no titubearé si hay que entrar en combate. Haré lo que deba hacer. Como siempre he hecho — afirmó mientras lanzaba un suspiro.

Jaina retiró la mano del brazo de Arthas y el príncipe se sintió decepcionado, aunque lo disimuló.

—Como todos, mi señora.

—Oh, deja de hablarme así, que soy Jaina.

—Y yo Arthas. Encantado de conocerte.

Jaina le propinó un empujón y ambos estallaron en carcajadas. De ese modo, repentinamente, el muro que se alzaba entre ellos se derrumbó. El príncipe inclinó la cabeza para observarla con más detenimiento y sintió que la emoción lo embargaba al saber que ella se encontraba de nuevo a su lado. Pero como se iban a enfrentar a un peligro muy real juntos por primera vez, Arthas sentía emociones contradictorias. Quería protegerla pero al mismo tiempo anhelaba que deslumbrase al mundo al desplegar todo su talento en esa misión. También se preguntaba si, en su día, había hecho lo correcto, o si acaso era ya demasiado tarde para una reconciliación. Era cierto que le había dicho que no estaba preparado; y era cierto, porque en aquella época no había creído estar listo para asumir ciertas responsabilidades. Pero muchas cosas habían cambiado desde aquel Festival de Invierno. Aunque otras no lo hubieran hecho. Asimismo, ciertas emociones contrapuestas lo desgarraban por dentro, pero logró arrinconarlas todas salvo una: el placer que experimentaba por el mero hecho de hallarse en presencia de ella.

Acamparon aquella noche antes del crepúsculo en un pequeño claro cerca de la carretera. La luna no brillaba en el firmamento, sólo las estrellas centelleaban en la oscuridad de ébano que se alzaba sobre ellos. Jaina encendió el fuego con sus poderes a modo de chanza y conjuró unos panes suculentos y unas bebidas deliciosas; acto seguido anunció:

—Ya he cumplido con mi parte.

Los hombres se rieron y prepararon el resto de la comida de manera solícita: ensartaron los conejos en el espetón y sacaron la fruta de las alforjas. El vino corrió de mano en mano y daba la sensación de que se trataba más de un grupo de camaradas que disfrutaban de una velada juntos, que de una unidad de batalla que investigara una peste mortal.

Después, Jaina se sentó un poco apartada del grupo. Tenía la mirada clavada en el firmamento y una sonrisa dibujada en sus labios. Entonces Arthas se le acercó y le ofreció más vino. La maga sostuvo la copa mientras el príncipe le servía y, a continuación, bebió un sorbo para probar su sabor.

—Un vino añejo excelente, alte… Arthas —opinó.

—Alguna ventaja tenía que tener ser príncipe —replicó éste.

Arthas estiró sus largas piernas y se tumbó junto a ella, con uno de los brazos colocado detrás de la cabeza a modo de almohada mientras con el otro sostenía con firmeza una copa sobre el pecho al tiempo que contemplaba las estrellas.

—¿Con qué crees que vamos a encontrarnos? —inquirió Arthas.

—No lo sé. Si lo supiera, no me habrían enviado a investigar. Aunque después de lo que me has contado de tu encuentro con los orcos, me pregunto si esto no tendrá algo que ver con esos demonios a los que adoran.

El príncipe asintió, envuelto en la oscuridad de aquella noche sin luna. Como enseguida se percató de que la maga no podía verlo, dijo:

—Estoy de acuerdo. Quizá deberíamos haber traído un sacerdote con nosotros para esta misión.

—No nos hace falta. Eres un paladín, Arthas. La Luz actúa a través de ti. Además, manejas un arma mucho mejor que cualquier sacerdote que conozca —le halagó. Se giró hacia él y sonrió.

El príncipe esbozó una amplia sonrisa a su vez al escuchar aquellas palabras. A continuación reinó el silencio por unos instantes, y cuando Arthas se disponía a hacerle una caricia, Jaina suspiró, se puso en pie y apuró su copa de vino.

—Ya es tarde. No sé tú, pero yo estoy agotada. Te veré por la mañana. Que duermas bien, Arthas.

Sin embargo, el príncipe no logró conciliar el sueño. No paró de dar vueltas sobre su improvisado jergón mientras contemplaba el cielo. Los sonidos de la noche conspiraban para atraer su atención justo cuando conseguía adormecerse. No pudo soportarlo más. Siempre había sido impulsivo, lo sabía, pero… Maldición, juró mentalmente.

Se quitó las mantas de encima y se enderezó. En el campamento reinaba la calma. Como en aquel lugar no corrían peligro alguno, no había ningún hombre apostado como vigía. Silenciosamente, Arthas se levantó y se encaminó hacia la zona donde sabía que Jaina dormía. Se arrodilló junto a ella y le apartó el pelo que tapaba su bello rostro.

—Jaina —susurró—, despierta.

Al igual que había hecho aquella noche tan lejana en el tiempo, Jaina se despertó en silencio y sin miedo, parpadeando ante él presa de la curiosidad.

El príncipe sonrió y le preguntó: —¿Dispuesta a vivir una aventura?

La maga inclinó la cabeza sonriendo; resultaba obvio que los recuerdos de aquella noche también volvían a ella.

—¿Qué clase de aventura? —replicó Jaina.

—Confía en mí.

—Siempre lo he hecho, Arthas.

Hablaban en susurros y su aliento era visible en el gélido aire nocturno. Jaina estaba tumbada de costado y apoyada sobre un codo; Arthas copió su postura, de modo que con la mano libre pudo acariciarle la cara. La maga no hizo ademán de apartarse.

—Jaina… Creo que hay una razón por la que volvemos a estar juntos.

—Por supuesto. Tu padre te ha enviado porque. —contestó Jaina, mientras fruncía el ceño de esa manera tan típica en ella.

—No, no. Es algo más. Ahora somos un equipo. Tra-trabajamos muy bien así.

Jaina permaneció callada. Entretanto, el príncipe seguía acariciando la suave curva de una de sus mejillas.

—Y. y cuando todo esto haya acabado… quizá podamos… hablar. Ya me entiendes. —añadió Arthas.

—¿Sobre lo que terminó aquel Festival de Invierno?

—No. Sobre finales no, más bien sobre comienzos. Sin ti sentía que me faltaba algo. Te he añorado mucho porque me conoces mejor que nadie, Jaina.

La maga permaneció en silencio durante largo tiempo; acto seguido suspiró levemente y apoyó una mejilla sobre la mano del príncipe, quien se estremeció cuando ella giró la cabeza y le besó la mano.

—Nunca he sido capaz de negarte nada, Arthas —replicó con un tono de voz que denotaba cierto júbilo—. Sí. Yo también sentía que me faltaba algo. Te he echado tanto de menos.

Una gran sensación de alivio invadió a Arthas y, a continuación, se inclinó hacia delante para abrazarla y besarla apasionadamente. Llegarían hasta el fondo de aquel misterio juntos, lo resolverían y regresarían a casa como héroes. Después se casarían, tal vez en primavera. Arthas quería verla cubierta de pétalos de rosa. Y, más tarde, llegarían esos niños rubios de los que Jaina había hablado en su día.

Allí no tenían mucha intimidad, ya que se hallaban rodeados de soldados, pero aun así compartieron lecho hasta que el frío amanecer lo obligó a volver renuentemente a su jergón. Aunque, antes de marchar, rodeó a Jaina con sus brazos y la abrazó con fuerza.

Luego durmió un poco, reconfortado por la idea de que nada, ninguna peste, ningún demonio o misterio podría derrotar al equipo que formaban el príncipe Arthas Menethil, paladín de la Luz, y lady Jaina Proudmoore, maga. Superarían aquel desafío, costara lo que costase.

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