Arthas La ascensión del Rey Exánime – Capítulo Diez

A media mañana del día siguiente se toparon con unas cuantas granjas esparcidas a lo largo del camino.

—Esa aldea no se halla muy lejos de aquí —afirmó Arthas, tras consultar el mapa—. Qué raro. Ninguna de estas granjas aparece en el mapa.

—No —replicó Falric con firmeza.

Había cierto grado de familiaridad en la forma en que se había dirigido al príncipe; eso era debido a que se conocían desde hacía mucho tiempo. Arthas confiaba totalmente en la franqueza de aquel hombre, por eso había colocado a Falric el primero en la lista de los soldados que quería que lo acompañaran en la misión. En ese instante, aquel hombre de confianza, cuyo pelo era cada vez más cano, hizo un gesto de negación con la cabeza y dijo:

—Yo crecí en esta zona, señor, y estos granjeros en su mayoría viven aislados del resto del mundo. Sólo visitan las aldeas para vender sus productos y su ganado.

—¿Hay rencillas entre esta gente y la de las aldeas?

—De ningún modo, alteza. Simplemente, así funcionan las cosas en este lugar.

—Si ésa es la relación que mantienen con el resto del mundo —conjeturó Jaina—, es muy probable que si alguien cae enfermo se nieguen a pedir ayuda en el exterior. Por tanto, esta gente podría estar ya enferma y nadie se habría enterado.

—Jaina acaba de plantear una posibilidad que deberíamos tener en cuenta. Veamos qué podemos descubrir gracias a estos granjeros —dijo Arthas mientras ordenaba avanzar a su montura.

Se aproximaron despacio, para que los granjeros pudieran percatarse de su presencia y prepararse para recibirlos debidamente. Si les gustaba vivir aislados y la peste había hecho mella en aquel lugar, sin duda alguna los granjeros se mostrarían recelosos ante la súbita aparición de un grupo numeroso de desconocidos.

Arthas recorrió con la mirada la zona a medida que se iban acercando a la granja.

—Mirad —indicó señalando con el dedo—. La puerta está destrozada y el ganado se ha fugado.

—Eso no es buena señal —masculló Jaina.

—Tampoco ha salido nadie a recibirnos —observó Falric—. O a enfrentarse con nosotros.

Arthas y Jaina intercambiaron miradas. A continuación, el príncipe hizo una señal al grupo para que se detuviera.

—¡Bienhallados, granjeros! —saludó en voz alta—. Soy Arthas, príncipe de Lordaeron. Mis hombres y yo no pretendemos haceros daño. Por favor, salid de vuestras moradas para hablar con nosotros; tenemos que haceros unas cuantas preguntas con el único fin de poder garantizar vuestra seguridad.

Sólo recibieron silencio por respuesta. Entonces el viento arreció y meció las hectáreas de hierba donde deberían haber estado pastando las reses. Sin embargo, el único sonido que alcanzaron a escuchar fue el suave susurro de la hierba y el chirrido de sus armaduras mientras se agitaban inquietos a lomos de sus monturas.

—Aquí no hay nadie —afirmó Arthas.

—O quizá estén tan enfermos que ni siquiera sean capaces de salir de sus casas —replicó Jaina —. Arthas, deberíamos entrar para comprobar que todo se encuentra en orden. ¡Podrían necesitar nuestra ayuda!

El príncipe observó a sus hombres. No daban la impresión de estar muy dispuestos a entrar en una casa que podría hallarse infestada de víctimas de la peste y, la verdad, él tampoco. No obstante, Jaina tenía razón. Se trataba de sus súbditos, a quienes había jurado ayudar y eso iba a hacer, sin importar las consecuencias, al precio que fuera.

—Vamos —ordenó y, acto seguido, desmontó.

A su lado, Jaina hizo lo mismo.

—No, tú te quedas aquí —le ordenó Arthas.

Las cejas rubias de la maga intentaron juntarse cuando ésta frunció el ceño y le espetó:

—Te lo he dicho mil veces: no soy una frágil figurita de porcelana, Arthas. Además, me han enviado a investigar esta peste, así que si hay víctimas ahí dentro, tendré que comprobarlo con mis propios ojos.

—De acuerdo —dijo el príncipe, lanzando un suspiro a la vez que asentía.

Arthas se dirigió hacia la casa. En cuanto se hallaron en el umbral del jardín, el viento cambió de dirección.

Entonces les alcanzó un hedor horrendo. Jaina se cubrió la boca con la mano e incluso Arthas tuvo que reprimir las arcadas. Se trataba de la fetidez empalagosa de un matadero. Pero ni siquiera olía a algo que hubiera muerto hacía poco tiempo, más bien era la pestilencia propia de la carroña. En ese instante, uno de sus hombres se dio la vuelta y vomitó. Arthas habría hecho lo mismo de buena gana, pero gracias a su férrea voluntad lo evitó. Aquel olor nauseabundo provenía del interior de la casa, así que ya no albergaban ninguna duda sobre qué les había ocurrido a sus moradores.

Jaina se volvió hacia él, lívida pero decidida a entrar.

—He de examinar…

Unos chillidos horribles, líquidos, se unieron al hedor de la muerte y desde el interior de la granja emergieron unos engendros a una velocidad asombrosa. El martillo de Arthas brilló de pronto con una luz cegadora que le obligó a entornar los ojos. Se giró con gran rapidez, levantó el martillo y se encontró mirando a la cuenca de los ojos de una pesadilla andante.

Aquel engendro iba ataviado con una camisa y un peto muy bastos, y portaba como arma una horca de granjero. En otro tiempo, aquel hombre había sido un granjero. Ahora, obviamente, estaba muerto: la carne verdosa y grisácea colgaba hecha jirones de su esqueleto y en el mango de aquella horca sus dedos putrefactos dejaban restos descompuestos. Fluidos negruzcos y coagulados rezumaban de sus pústulas y con un rugido gorgoteante lanzó unos esputos repletos de icor que cayeron sobre la cara desprotegida de Arthas. El príncipe estaba tan conmocionado por aquella aparición que la horca estuvo a punto de alcanzar su objetivo. Por fortuna, reaccionó de inmediato y alzó su arma bendita justo a tiempo, de modo que el utensilio de labranza salió despedido de las manos del muerto viviente y el radiante martillo siguió su letal trayectoria hasta impactar contra su torso. El engendro cayó al suelo y ya no se levantó nunca más.

Pero otros engendros ocuparon su lugar. Entonces Arthas escuchó el fogonazo y el crepitar que solían acompañar las descargas ígneas de Jaina y, de repente, otro hedor se añadió a aquella asquerosa miasma: el de la carne quemada. A su alrededor, por doquier, escuchó el entrechocar de las armas, los gritos de batalla proferidos por sus hombres y el crepitar de las llamas. En un momento dado, uno de aquellos cadáveres vivientes envuelto totalmente en llamas entró dando tumbos en la casa. Unos instantes después, el humo surgió por la puerta destrozada.

Entonces el príncipe tomó una decisión…

—¡Retirada! —gritó Arthas—. ¡Jaina! ¡Quema la granja! ¡Quémala hasta los cimientos!

Los hombres de Arthas eran soldados bien entrenados y tenían experiencia en todo tipo de combates, pero nunca se había enfrentado a algo así. Sin embargo, gracias a ese entrenamiento consiguieron superar su terror y obedecer las órdenes de su señor. Arthas miró a Jaina. La maga lucía una expresión grave en el rostro, tenía la mirada clavada en aquella casa y en sus pequeñas manos el fuego crepitaba con tanta naturalidad que las llamas parecían tan inocuas como un ramillete de flores.

Una bola de fuego enorme, tan grande como un hombre, hizo estallar por los aires la morada. Arthas tuvo que levantar un brazo para protegerse de la explosión. Algunos de los cadáveres animados habían quedado atrapados allí dentro. Durante un instante, Arthas contempló fascinado la conflagración, incapaz de apartar la mirada de la casa. Acto seguido se obligó a centrar su atención en destrozar a los engendros que no habían perecido en la pira improvisada. Sólo tardaron unos instantes en matar a todas aquellas aberraciones. Y esta vez murieron de verdad.

Durante un largo instante reinó el silencio, únicamente roto por el crepitar del fuego que consumían la casa en llamas. De improviso, el edificio profirió un prolongado suspiro y se desmoronó. En ese momento, Arthas dio gracias por no tener que ver cómo aquellos cadáveres se convertían en ceniza.

Tomó aire y se volvió hacia Jaina para hacerle una pregunta:

—¿Qué…?

—Los-los llaman los no-muertos —respondió Jaina mientras tragaba saliva.

La maga tenía la cara cubierta de hollín salvo en los lugares donde el sudor se había abierto paso.

—Que la Luz nos asista —masculló un Falric totalmente lívido. Parecía que sus ojos se le iban a salir de sus órbitas—. Creía que esas aberraciones sólo eran cuentos para asustar a los niños.

—No; son reales, sin duda alguna. Aunque… nunca había visto uno hasta ahora. Ni esperaba verlos jamás. Los. eh. —Jaina interrumpió su explicación y respiró profundamente para calmarse y controlar su tono de voz—. Los muertos a veces permanecen en este mundo, si sus muertes se producen de un modo traumático. Ése es el origen de las historias de fantasmas.

Las explicaciones de Jaina resultaban muy reconfortantes tras tanto horror. Arthas se dio cuenta de que sus hombres la escuchaban ansiosos por entender qué demonios acababa de suceder. Jamás se había sentido más agradecido de que su ex amante fuera tan erudita.

—Se. se sabe que, en el pasado, algunos poderosos nigromantes lograron insuflar vida a algunos cadáveres. Como pudimos comprobar en la Primera Guerra, cuando los orcos fueron capaces de dotar de vida a esos esqueletos; como en la Segunda, con la aparición de los entes que acabarían conociéndose como los caballeros de la muerte. —Jaina prosiguió su explicación como si estuviera recitando el pasaje de un libro en vez de explicando un horror que la mente apenas alcanzaba a comprender—. Pero como antes he mencionado, no había visto ninguno hasta ahora.

—Bueno, ahora sí que están muertos —aseveró uno de los hombres, a quien Arthas respondió con una sonrisa de ánimo.

—Gracias a sus espadas, la Luz y el fuego de lady Jaina —añadió el príncipe, agradecido.

—Arthas, ¿me concedes un momento? —le rogó Jaina.

Se apartaron ligeramente del grupo mientras los hombres se limpiaban y recuperaban tras aquel desconcertante encuentro con el horror.

—Creo que ya sé qué vas a decir —aseguró Arthas—. Te enviaron con la misión de comprobar si esta peste era de naturaleza mágica. Por lo visto, así es. Se trata de magia nigromántica.

Jaina asintió con un gesto de la cabeza, sin pronunciar palabra. El príncipe miró de soslayo a sus hombres.

—Aún no hemos llegado a ninguna población importante. Pero cuando lo hagamos, tengo el presentimiento de que nos vamos a topar con más. no-muertos.

—Presiento que estás en lo cierto —dijo Jaina con gesto torvo.

En cuanto dejaron atrás aquel conjunto de granjas dispersas, Jaina se adelantó al resto del grupo para detenerse a continuación.

—¿Qué estás mirando? —le interrogó Arthas mientras se colocaba a su altura.

Jaina señaló al frente y el príncipe miró hacia el lugar en el que la maga tenía clavada su mirada: a lo lejos se divisaba un silo solitario en la cima de una colina.

—¿Qué sucede con ese granero? —inquirió Arthas.

—Con el granero, nada… —contestó Jaina mientras negaba con la cabeza—. Sin embargo, fíjate en la tierra de alrededor.

La maga desmontó, se arrodilló y palpó el suelo. A continuación se hizo con un puñado de tierra seca y hierba muerta que se dispuso a examinar. Tocó un diminuto insecto con el dedo, cuyas seis patas estaban encogidas tras haber muerto y, al instante, dejó que la tierra se le escapara de entre los dedos para que una ráfaga de ligero viento se la llevara muy lejos.

—Es como si la tierra alrededor del granero se estuviera… muriendo —concluyó Jaina.

La mirada de Arthas se desplazó de la maga a la tierra y entonces se percató de que estaba en lo cierto. A varios metros detrás de él la hierba era verde y tenía un aspecto saludable. Probablemente allí el suelo seguía siendo muy rico y fértil. Sin embargo, bajo sus pies y en la zona que circundaba el granero, todo parecía muerto, como si estuviesen en pleno invierno. No; ésa no era una buena analogía, puesto que en invierno la tierra duerme, no muere. Aún queda vida aletargada en ella, dispuesta a despertar con la llegada de la primavera.

Pero allí no se detectaba rastro alguno de vida.

Arthas observó fijamente aquel granero, entornando sus ojos de color verdemar.

—¿Qué ha podido causar algo así? —preguntó el príncipe.

—No estoy segura. Esto me recuerda a lo que sucedió con el Portal Oscuro y las Tierras Devastadas. Cuando el portal se abrió, las fuerzas demoníacas que arrebataron a Draenor su energía vital se esparcieron por Azeroth y la tierra de alrededor del portal.

—…murió —dijo Arthas para completar la frase de Jaina.

Entonces se le ocurrió una idea.

—Jaina, ¿sería posible que el grano portara la peste? ¿Podría ser el agente transmisor de. esa energía demoníaca? —inquirió el príncipe.

—Esperemos que no —respondió la maga preocupada y señaló las cajas que unos hombres estaban sacando del granero—. Esas cajas llevan el sello de Andorhal, el centro de distribución de grano de los distritos del norte. Si ese grano es capaz de extender la peste, a saber cuántas poblaciones podrían hallarse ya infectadas —indicó Jaina.

Pronunció estas palabras casi en un susurro; además, estaba lívida y parecía enferma. Arthas observó las manos de su examante, muy pálidas por culpa del polvo de aquella tierra muerta. El miedo se apoderó de repente de Arthas y la cogió de la mano sin más dilación. Cerró los ojos y murmuró una oración. Una luz cálida lo recorrió por dentro y enseguida pasó a la mano de la maga. Jaina lo miró confusa y luego bajó la vista para observar su propia mano, envuelta por la mano enguantada de Arthas. El horror transfiguró su rostro tras haberse percatado de que había escapado por muy poco de un posible fatal destino.

—Gracias —susurró Jaina.

El príncipe le devolvió una sonrisa temblorosa.

—¡Poneos guantes! ¡Todos debéis llevar guantes en esta área! ¡Sin excepción! —ordenó a sus hombres.

El capitán asintió y repitió la orden. Los hombres en su mayoría iban ataviados con armaduras que los cubrían por entero y, por tanto, ya llevaban guantes. Arthas hizo un gesto de negación con la cabeza, como si así pudiera exorcizar la angustia que aún hacía mella en su corazón. Pero no había razón que justificara tal inquietud, puesto que ya no percibía ningún rastro de aquel mal en Jaina.

Gracias a la Luz.

Besó a la maga en la mano. Jaina, conmovida, se sonrojó y le sonrió con dulzura.

—Cometí una estupidez. Lo hice sin pensar —reconoció Jaina.

—Por suerte para ti, yo estaba a tu lado —respondió Arthas.

—Nuestros papeles se han invertido —afirmó irónicamente mientras le ofrecía una amplia sonrisa y le besaba para quitarle hierro a aquel comentario sarcástico.

El contenido de la misión ahora estaba más claro que nunca: debían encontrar y destruir todos los graneros infectados que pudieran. Al día siguiente, las tropas de Arthas se toparon con un par de sacerdotes quel’dorei, que como también habían percibido que una amenaza se cernía sobre esas tierras, habían venido a ofrecer su ayuda para sanar cuerpos y almas. Asimismo, les prestaron una ayuda mucho más tangible, puesto que indicaron a Arthas dónde se hallaba el almacén de grano de una aldea a la que se acercaban.

—Diviso unas cuantas casas ahí delante, señor —informó Falric.

—Muy bien —respondió Arthas—, avan…

El estruendo de una detonación lo cogió completamente desprevenido y su caballo retrocedió asustado.

—Pero ¿qué.? —alcanzó a decir.

Entonces miró hacia el lugar de donde había surgido el estallido. Si bien sólo atisbó unas siluetas diminutas, apenas visibles, no cabía duda de que pertenecían a los responsables de la detonación.

—Eso es fuego de mortero. ¡Adelante! —ordenó Arthas.

El príncipe recuperó el control de su montura, tiró de las riendas para obligarla a girar y, de inmediato, galoparon hacia la fuente de aquel estruendo.

Varios enanos alzaron la vista al percatarse de que el grupo de hombres del príncipe de Lordaeron se aproximaba. Se sorprendieron tanto de ver a Arthas como éste de verlos a ellos. El príncipe detuvo su corcel.

—¿A qué demonios estáis disparando?

—A esos malditos esqueletos. ¡Esta aldea del demonio está infestada de ellos!

Un escalofrío recorrió la columna de Arthas. Ya podía ver las familiares siluetas de los no-muertos acercándose con su característico modo de andar.

—¡Fuego! —gritó el líder de los enanos.

Varios esqueletos estallaron en pedazos que salieron volando en todas direcciones.

—Bueno, me vendría muy bien tu ayuda —sugirió Arthas—. Tenemos que destruir un almacén de grano situado al otro extremo de la ciudad.

El enano se volvió hacia él y lo miró inquisitivo.

—¿Un almacén? —repitió como si no se creyera lo que acababa de escuchar—. ¿Los muertos vivientes nos atacan y a ti te preocupa un almacén?

Arthas no tenía tiempo que perder en discusiones absurdas.

—Lo que hay dentro de ese almacén es lo que está matando a esa gente —replicó mientras señalaba los restos de los esqueletos—. Y cuando mueren…

El enano abrió los ojos como platos.

—Ah, ahora lo entiendo. ¡Arriba, muchachos! ¡Vamos a ayudar a las tropas de este flacucho! — ordenó a sus hombres. Después, observó a Arthas con detenimiento y preguntó—: ¿Por cierto, quién eres tú exactamente, muchacho?

Incluso en medio de tanto horror, aquella pregunta tan descortés provocó que Arthas sonriera.

—El príncipe Arthas Menethil. ¿Y tú eres.?

El enano permaneció boquiabierto un instante, pero enseguida recobró la compostura.

—Soy Dargal. A tu servicio, alteza.

Arthas no malgastó más saliva en cortesías e intentó calmar a su montura lo suficiente como para que siguiera el ritmo de los demás. Aquel caballo era un corcel criado para batallar, y si bien no le había dado jamás ningún problema cuando luchaba contra orcos, estaba claro que no le gustaba el hedor que desprendían los no-muertos. No podía reprochárselo, aunque el nerviosismo del animal le llevó a pensar en Invencible, un caballo de gran valor que no sabía lo que era el miedo. El príncipe apartó ese pensamiento de su mente, puesto que sólo era una distracción. Necesitaba centrarse, no llorar por un animal que estaba más muerto, sin duda alguna, que aquellos cadáveres que se movían con tanta torpeza y a los que estaban destrozando a morterazos.

Jaina y los soldados cubrían la retaguardia, remataban a los no-muertos que no habían sido destruidos totalmente por el fuego de los morteros y acababan con los que surgían por los flancos y a sus espaldas. Arthas se sentía lleno de energía y podía percibir cómo fluía dentro de él mientras movía el martillo de un lado a otro sin parar. Se sentía muy afortunado por la oportuna aparición de Dargal. Había tantos engendros no-muertos, que no estaba seguro de que sus tropas hubieran podido con todos de haber tenido que enfrentarse a ellos en solitario.

Las unidades combinadas de humanos y enanos avanzaron lenta pero inexorablemente hacia el granero. A medida que se aproximaban, el número de no-muertos aumentaba, y de ese modo divisaron los silos a lo lejos, contarlos era una tarea abocada al fracaso. Arthas desmontó de su asustado corcel y cargó contra los monstruos aferrando con fuerza el martillo que refulgía gracias al poder de la Luz. Ahora que la conmoción y el horror inicial ya habían pasado, descubrió que destrozar a esos engendros era incluso mejor que matar orcos. Tal vez éstos fueran seres inteligentes y sensibles tal y como Jaina había afirmado, pero los engendros no eran más que cadáveres que iban de un lado a otro como marionetas de cuyos hilos tiraba un retorcido titiritero nigromántico y que caían al cortar sus hilos.

Arthas esbozó una fiera sonrisa cuando dos no-muertos cayeron derribados de un solo golpe de su poderosa arma.

Daba la impresión de que estos engendros llevaban muertos más tiempo que los de la granja. El hedor que desprendían no era tan intenso y los cuerpos parecían estar momificados más que putrefactos. Varios de ellos, al igual que los de la primera oleada, sólo eran esqueletos, meros huesos cubiertos de harapos o armaduras improvisadas que avanzaban tambaleándose hacia Arthas y sus hombres.

El acre olor de la carne quemada inundó las fosas nasales del príncipe, provocando que esbozara una sonrisa. Una vez más se sentía afortunado de contar con Jaina. Siguió luchando y aprovechó una ligera tregua para mirar a su alrededor jadeando. De momento no había perdido a ningún hombre y Jaina, a pesar de estar muy pálida por el esfuerzo, estaba ilesa.

—¡Arthas! —gritó Jaina con fuerza y claridad en medio de aquel estrépito.

El príncipe despachó al cadáver que intentaba decapitarlo con una guadaña y aprovechó la breve pausa que se pudo permitir a continuación para posar su mirada sobre la maga: Jaina apuntaba con las manos hacia lo alto, las palmas brillantes y los dedos relucientes por el fuego.

—¡Mira! —exclamó Jaina.

Arthas se volvió hacia el lugar que la maga le indicaba y entornó los ojos. Vio un grupo de magos vestidos de negro, vivos a juzgar por sus movimientos, que realizaban gestos extraños con el fin de invocar conjuros o dar órdenes para guiar a los no-muertos que se abalanzaban sobre ellos.

—¡Apuntad ahí arriba! ¡Acabad con ellos! —gritó Arthas.

Los enanos dieron la vuelta a sus cañones y los hombres de Arthas cargaron abriéndose paso a mandobles entre los no-muertos, con la mirada fija en aquellos seres humanos vivos envueltos en túnicas negras. Ya sois nuestros, pensó Arthas con sumo deleite.

En cuanto se vieron atacados por el fuego enemigo, los magos dejaron de dar órdenes. Los no-muertos a los que habían estado controlando se desorientaron repentinamente, y si bien seguían en pie, carecían de guía. De este modo eran blancos fáciles para los morteros enanos y los hombres de Arthas, que los despedazaban de un solo golpe. Los magos se agruparon y unos pocos, cuyas manos revoloteaban por doquier, comenzaron a invocar un hechizo. Arthas se percató de que se estaba produciendo un fenómeno que le resultaba familiar: se estaba formando un remolino en el aire, lo cual indicaba que intentaban crear un portal.

—¡No! ¡No permitáis que escapen! —exclamó mientras aplastaba el pecho de un esqueleto con su martillo y, a continuación, describía con él un arco en el aire para reventar la cabeza de un no-muerto que se acercaba a él arrastrando los pies.

Sólo la Luz sabe de dónde invocaron aquellos brujos a esa nueva remesa de muertos vivientes compuesta por más esqueletos, más cuerpos putrefactos y algo enorme y lívido que poseía demasiadas extremidades. El monstruo tenía el torso pálido y reluciente como el de un gusano, atravesado por suturas tan anchas como la mano de Arthas. Aquella aberración se asemejaba a una muñeca de trapo surgida de la mente de una niña perturbada. Su estatura lo hacía destacar por encima de los no-muertos, portaba unas armas espantosas en sus tres manos y tenía su único ojo clavado en Arthas.

Entonces Jaina apareció a su lado y le gritó:

—Por la Luz… ¡Esa criatura parece haber sido creada con retales de diversos cadáveres!

—Ya lo estudiaremos después de haberlo matado, ¿vale? —replicó Arthas y, de inmediato, cargó contra aquel engendro.

El experimento abominable se acercó a él emitiendo una serie de ruidos guturales y esgrimiendo un hacha tan grande como el propio Arthas. El príncipe se apartó de su trayectoria, rodó por el suelo y se puso en pie al instante para cargar contra esa monstruosidad desde atrás. Tres de sus hombres, dos de ellos armados con lanzas, hicieron lo mismo que él; y el monstruo horrendo fue despachado con suma celeridad. A pesar de estar batallando con fiereza, Arthas vio de soslayo que los magos atravesaban atropelladamente el portal y desaparecían todos en cuestión de segundos. Los no-muertos quedaron abandonados, inmóviles y sin saber adónde ir. La coalición de hombres y enanos acabó con ellos con facilidad.

—¡Maldita sea! —exclamó Arthas. Una mano le tocó el brazo y se sobresaltó antes de darse cuenta de que se trataba de Jaina. No estaba de humor para que lo reconfortasen o le dieran explicaciones; tenía que hacer algo, lo que fuera, para compensar la huida de aquellos hombres ataviados con túnicas negras—. ¡Destruid ese almacén! —ordenó a voz en grito.

—¡Sí, alteza! —replicó el líder de los enanos—. ¡Adelante, muchachos!

Los enanos avanzaron raudos y veloces, ansiosos por obtener alguna victoria aquel día. Los cañones avanzaron sobre cadáveres de no-muertos y aquella tierra muerta hasta que tuvieron el granero a tiro.

—¡Fuego! —gritó Dargal.

Los cañones bramaron como si fueran uno solo. En cuanto el granero se derrumbó, a Arthas le embargó una inmensa sensación de satisfacción.

—¡Jaina, quema lo que queda de ese almacén! —le exhortó.

La maga ya estaba alzando las manos antes de que el príncipe formulara aquella orden. Trabajamos muy bien en equipo, pensó Arthas. Una enorme bola de fuego surgió de las manos de Jaina y el granero y su contenido se incineraron de inmediato. Aguardaron y observaron cómo ardía, para cerciorarse de que el fuego no se extendía. La tierra estaba muy seca y un incendio podría descontrolarse con facilidad.

Arthas se pasó una mano por su pelo rubio sudoroso y en punta. El calor que desprendía el granero resultaba tan agobiante que ansiaba sentir un poco de frescor. Se apartó unos metros y tocó una pálida aberración muerta con la bota de su armadura. Se le hundió el pie en la blanda carne y esbozó una mueca de repugnancia. Tras examinar el engendro más detenidamente, le dio la impresión de que ella tenía razón: ese monstruo había sido creado uniendo diversas partes de varios cuerpos.

Arthas procuró no estremecerse mientras Jaina se le acercaba.

—Esos magos… iban vestidos de negro… —indicó el príncipe.

—Me-me temo que eran nigromantes —apostilló Jaina—. Tal y como conjeturamos antes.

—Pero ¿qué.? ¡Puaj! —masculló Dargal.

El líder de los enanos los había seguido hasta aquel lugar y, en cuanto vio la abominación muerta, se le dibujó un gesto de repugnancia en la cara.

—Nigromantes. Magos que se han aventurado en el sendero de la magia negra, mediante la cual se puede levantar y controlar a los muertos. Resulta obvio que ellos y quienquiera que sea su amo se encuentran detrás de esta peste —les explicó Jaina.

A continuación alzó la vista y sus serios ojos azules se clavaron en Arthas.

—Quizá algún tipo de energía demoníaca esté relacionada con todo esto, pero me temo que nuestras hipótesis iniciales no eran del todo correctas —añadió la examante de Arthas.

—Nigromantes… Han creado esta peste para tener más carne de cañón con la que engrosar las filas de su ejército impío —masculló Arthas al tiempo que volvía la mirada hacia las ruinas envueltas en humo del granero.

—Quiero acabar con ellos. No. no; quiero acabar con su líder —afirmó el príncipe, cerrando los puños con fuerza—. ¡Con ese bastardo que está masacrando deliberadamente a mis súbditos! — Pensó en las cajas que habían visto antes y en el sello que lucían. Alzó la vista del suelo, contempló el camino y añadió—: Sin duda alguna encontraremos a ese malnacido, y también las respuestas que buscamos, en Andorhal.

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