WoW Crónicas II – La caída de los Ápices

1 200 años antes del portal oscuro

Siglos después de erradicar la Fronda Eterna, los ápices prosperaron hasta convertirse en un imperio ampliamente poblado. Los eruditos arakkoa se consideraban la cúspide del mundo, una civilización que ni siquiera los primigenios más poderosos habían logrado doblegar.

Con nada que amenazara su existencia, los ápices se dedicaron al estudio de la ciencia y la magia. El conocimiento se convirtió en el bien más preciado de su cultura. Las órdenes de los Anhar y los Skalax, convertidas en guardianes de la sabiduría de los arakkoa, se encargaban de catalogar la historia, el estudio de la magia y la información sobre el mundo y sus numerosas criaturas.

En vez de conservar su conocimiento en tomos o pergaminos, los ápices desarrollaron un nuevo sistema. Combinando su magia, los sacerdotes Anhar y los hechiceros Skalax crearon unos dispositivos de almacenamiento cristalinos: con solo tocar uno de estos cristales, un arakkoa adquiría el conocimiento almacenado en él. Incluso podían experimentar los recuerdos del creador del cristal.

Los ápices emplearon su magia para concebir constructos mecánicos capaces de cumplir con su voluntad. Los arakkoa ya eran famosos por su arrogancia, y la victoria sobre la Fronda Eterna no hizo más que acrecentarla. Los arakkoa, de hecho, consideraban que las criaturas que caminaban sobre el suelo eran impuras. Por ello, los ápices empleaban sus constructos para extraer metales de las rocas y recursos de la tierra.

La religión definía el día a día de los ápices. Los sacerdotes Anhar construyeron un reluciente templo del sol alrededor del mecanismo que aniquiló a Taala. Miles de arakkoa se reunían cada año en el templo para conmemorar la victoria de los ápices y para honrar a Rukhmar.

Anzu en el World of Warcraft

Anzu en el World of Warcraft

Otros arakkoa visitaban altares grabados en la roca de la falda de la aguja. Allí, los hechiceros Skalax realizan rituales para honrar al dios cuervo, Anzu, y su antiguo sacrificio.

Todo apuntaba a que la cultura de los ápices continuaría prosperando, pero no fue así. Las órdenes de los Anhar y los Skalax desarrollaron una amarga rivalidad por obtener el favor de las masas populares.

Los Anhar sabían que gobernar a su raza implicaba controlar el conocimiento. El archisacerdote Velthreek, líder de la orden, ordenó a sus seguidores reunir cuantos cristales pudieran. Durante años, los Anhar desarrollaron esta actividad en secreto, acaparando cristales en su templo del sol situado en lo más alto de la aguja.

Sin embargo, los Skalax y su líder, el archihechicero Salavass, descubrieron el plan de los Anhar. Los Skalax creían que el conocimiento era un derecho básico de todos los arakkoa. Salavass exigió la entrega inmediata de los cristales guardados en el templo del sol.

Velthreek ignoró sus palabras y declaró a los Anhar como únicos gobernantes de los ápices. La orden controlaría a su discreción el acceso a los cristales. Además, Velthreek proclamó que él y los Anhar eran la personificación viviente de la propia Rukhmar. Por tanto, las enseñanzas de la orden eran el único camino que los arakkoa podían seguir para obtener el favor de la diosa del sol.

Pero Salavass era un arakkoa de lo más astuto y predijo el fin de su orden si no tomaba cartas en el asunto. Si no intervenía, los Skalax serían marginados por la sociedad y perderían poco a poco toda su influencia. El archihechicero reunió a sus seguidores y atacó el templo del sol. Si los Anhar se negaban a compartir los cristales, los Skalax se los arrebatarían por la fuerza.

Una terrible batalla se desató a las puertas del templo del sol y pronto se extendió por los niveles inferiores de la aguja. Algunos arakkoa se aliaron con los Anhar; otros con los Skalax. Durante meses, la guerra civil azotó hasta el último rincón de la civilización de los ápices. Ansiosos por desatascar la situación, los Anhar decidieron recurrir al Aliento de Rukhmar. Activaron la gigantesca arma y se prepararon para incinerar a los Skalax y a sus seguidores.

Salavass sabía que los Skalax estaban condenados si los Anhar empleaban el Aliento de Rukhmar, pero no tenía intención de rendirse. Salavass reunió a un grupo de sus hechiceros más allegados y asaltó la cima de la aguja. Juntos atravesaron las filas de los centinelas Anhar hasta alcanzar el Aliento de Rukhmar.

Mientras los Anhar masacraban a los intrusos, Salavass lanzó un hechizo para desestabilizar el Aliento de Rukhmar, pero el resultado fue catastrófico.

El mecanismo explotó de tal manera que aniquiló instantáneamente a la mayoría de los arakkoa de la aguja y arrasó la región. Cuando el resplandor de la deflagración se apagó, solo quedó la oscuridad.

La explosión convirtió la aguja de Arak en un conjunto de pequeñas torres de piedra rodeadas por un erial yermo y abrasado que con el tiempo recibirían el nombre de Agujas de Arak. Transcurrieron generaciones hasta que la vida regresó a esta tierra, pero los supervivientes arakkoa tardaron aún más en recuperarse.

La sociedad de los ápices había desaparecido. Sin embargo, sus cenizas dieron nacimiento a nuevas culturas.

Mapa de Draenor Ancestral

Mapa de Draenor Ancestral

Rukhmar

Rukhmar

La resurrección de Rukhmar

Durante la época de mayor esplendor de la cultura de los ápices, un pequeño grupo de sacerdotes Anhar buscó los restos de Rukhmar y encontraron sus huesos calcinados cerca de la aguja. Empleando su magia, los sacerdotes trataron de resucitar al gran pájaro. Los Anhar tuvieron éxito, pero solo parcialmente. La nueva Rukhmar solo poseía una brizna del poder y la inteligencia de la deidad original, lo que no impidió que los ápices la adoraran como a su diosa resucitada. Además, los Anhar imbuyeron a su creación con poderes de la Luz que confirieron al pájaro una longevidad extraordinaria. Durante milenios, la nueva Rukhmar surcó los cielos de Draenor.

Regresar al índice de World of Warcraft: Crónicas Volumen II

Share

Deja un comentario

Tu email nunca se publicará.