WoW Crónicas II – El sacrificio de los Colosales

Los colosales jamás supieron del destino de Aggramar y aguardaron confiados el regreso de su maestro titán. Aun con todo, los gigantes estaban determinados a traer el equilibrio a Draenor, pero la tarea que les aguardaba era inmensa.

La Fronda Eterna ocupaba gran parte del mundo y cuanto más florecían las selvas y bosques, más aumentaba el poder de Botaan.

El tamaño del monstruoso montón de esporas eclipsaba incluso al del gigantesco Grond. Botaan acechaba en las densas junglas del corazón de la Fronda Eterna rodeado por cientos de fieros genosaurios.

Los colosales aplicaron el conocimiento que recibieron de Aggramar y acordaron la mejor estrategia para acabar con el montón de esporas. Un ataque directo contra la Fronda Eterna, donde Botaan era más poderoso, sería un suicidio. Para obtener la victoria, los colosales necesitaban atraer al montón de esporas y a sus seguidores lejos de la jungla.

Los colosales se congregaron en los límites de la Fronda Eterna y procedieron a talar los árboles del lindel. Tal y como esperaban, sus actos suscitaron la ira de Botaan.

Aggramar

Aggramar

El destino de Aggramar

Tras abandonar Draenor, Aggramar descubrió que el constelar había sido víctima de la Legión Ardiente. Aggramar dio caza al gigantesco ejército demoníaco y descubrió atónito que su líder no era otro que Sargeras, su estimado mentor. Aggramar exigió una explicación al titán corrompido, pero no obtuvo ninguna.

Sargeras no estaba dispuesto a abandonar su Cruzada Ardiente para extinguir la vida en todo el cosmos. No la abandonaría por Aggramar y no la abandonaría por nadie. Mentor y discípulo entraron en combate, pero Aggramar no era rival para el poder vil de Sargeras. El titán se retiró del combate y convocó al resto del Panteón para detener a su hermano caído.

A pesar de su enfrentamiento con Sargeras, Aggramar se aferraba a la testaruda idea de que su amigo aún podía regresar al bando del bien. Tor ello, Aggramar trató de razonar con Sargeras, decidido a despertar la nobleza que aún habitara en el alma de su mentor.

En respuesta, Sargeras lo aniquiló.

Los estupefactos integrantes del Panteón declararon la guerra a Sargeras y a su Legión. Ambos bandos se enfrentaron en una apocalíptica batalla que retorció la realidad y oscureció las estrellas.

Al final, Sargeras prevaleció. El titán corrupto envolvió a sus hermanos en fuego vil y destruyó sus cuerpos físicos, dejando solo sus espíritus incorpóreos. Aunque algunos titanes escaparon a la furia de Sargeras, ya jamás recuperarían su antiguo poder.

La Legión Ardiente había vencido.

El montón de esporas reunió a sus genosaurios y cargó hacia los molestos colosales. En cuanto la sombra de Botaan se acercó peligrosamente, los gigantes se retiraron a los desfiladeros y colinas yermas más allá de la Fronda Eterna, donde el terreno jugaría en su favor.

Botaan los siguió sin vacilar, pues consideraba a los colosales poco más que meras imitaciones baratas de Grond. Pero, en cuanto el montón de esporas se aventuró más allá de las fronteras de la Fronda Eterna, los colosales lanzaron su ataque. Muchos de los gigantes de piedra aguardaban ocultos entre el rocoso paisaje para disimular su número; al unísono, los colosales emergieron de sus escondrijos y desataron su furia sobre Botaan y sus genosaurios.

Fue el inicio de una guerra que azotó Draenor durante miles de años. La balanza se iba decantando hacia ambos bandos sin que los colosales o la Fronda Eterna alcanzaran nunca la victoria absoluta.

Mágnaron

Mágnaron

Sin embargo, con el tiempo las constantes batallas fueron mermando el poder de los colosales. Muchos de ellos sucumbieron ante Botaan y sus genosaurios, y sus cuerpos yacían en la tierra. Del mismo modo que los gigantes de piedra nacieron de los pedazos de Grond, unas nuevas criaturas conocidas como los magnarones emergieron de los restos de los colosales.

Aunque los magnarones no disponían del tamaño y la inteligencia de los colosales, su poder era impresionante. Venas de fuego y energía elemental pura recorrían su escarpada piel.

Los colosales llamaron a los magnarones a la guerra contra la Fronda Eterna, pero los magnarones se negaron a obedecer. Por naturaleza, los gigantes de piedra fundida se oponían a la Fronda Eterna, pero no sentían lealtad alguna por sus progenitores. Aunque algunos magnarones se enfrentaban esporádicamente a los genosaurios que se cruzaban en su camino, la mayoría vagaron hacia los eriales de Draenor en busca de actividad volcánica.

Los colosales habían perdido a muchos de los suyos y se veían incapaces de evitar que Botaan ampliara aún más la Fronda Eterna. Si no tomaban una decisión drástica, los gigantes fracasarían en su cometido.

Los colosales congregaron a gran parte de sus efectivos para una última batalla. A pesar de que sus pellejos cargaban con las heridas de miles de años de combates, las reliquias titánicas que adornaban sus cuerpos aún destilaban un inmenso poder.

El mismo poder que les permitiría sacrificarse para traer el equilibrio al mundo.

Los colosales se adentraron en la Fronda Eterna y se abalanzaron de inmediato sobre Botaan, clavando sus pétreas manos en el montón de esporas para sujetarse con firmeza a su gigantesco cuerpo. Entonces, los colosales liberaron al unísono la energía de sus reliquias y la canalizaron a través sus cuerpos hacia Botaan.

Una gigantesca explosión envolvió al montón de esporas y a los colosales. La deflagración, de una intensidad tremenda, diseminó los pedazos de sus cuerpos por todo Draenor.

Genosaurio

Genosaurio

Todas las raíces y hojas del mundo sintieron la muerte de Botaan. Franjas enteras de bosque se marchitaron y cientos de genosaurios cayeron fulminados. Durante un breve instante, la totalidad de la Fronda Eterna se estremeció con la agonía de la muerte de Botaan.

Y entonces llegó el silencio. Las emociones y los pensamientos dejaron de transmitirse entre la vida vegetal del mundo. La muerte de Botaan extinguió la conciencia colectiva que conectaba la vegetación de Draenor.

Los colosales habían vencido, pero a costa de un terrible precio. Ninguna otra criatura se alzaría de sus restos, pues consumieron hasta la última brizna de su esencia vital para invocar el poder de las reliquias de los titanes. Con el tiempo, sus cuerpos rotos se hundieron en la tierra para convertirse en vetas de un metal indestructible conocido como mena Roca Negra.

Al contrario que los colosales caídos, el cuerpo de Botaan aún albergaba potentes energías. Cuando uno de sus pedazos caía sobre el mundo, selvas y junglas florecían a su alrededor. El grueso del cadáver de Botaan formó una frondosa región que más tarde recibiría el nombre de Farahlon.

Los genosaurios prosperaron en estas cunas de la vida junto a otras criaturas vegetales, pero sin el montón de esporas carecían de un propósito colectivo que guiara su voluntad unificada.

La desaparición de la Fronda Eterna, sin embargo, no trajo la paz a Draenor.

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