WoW Crónicas II – La caída de Grond

Desde los cielos de Draenor, Aggramar contempló el asalto de los montones de esporas sobre Grond. Zang, Botaan y Naanu se mostraban decididos a preservar la Fronda Eterna a toda costa. Invocaron su furia más primaria y atacaron a Grond con zarcillos capaces de atravesar el diamante. Enormes rocas se desprendían de la piel del gigante elemental y caían con tal fuerza sobre la superficie de Draenor como para tallar nuevos valles y allanar montañas.

Gracias a su conciencia compartida, los montones de esporas atacaban de forma tan perfectamente coordinada que casi lograron avasallar a Grond; el gigante se tambaleaba, a punto de caer.

Pero no fue más que un instante. Al igual que Aggramar, Grond poseía una voluntad de hierro. Jamás se rendiría hasta traer el equilibrio a Draenor.

Ululantes tormentas elementales recorrieron la piel de Grond cuando el gigante hizo acopio de fuerzas y atacó a los montones de esporas golpeándolos con puños que cargaban el peso de las mismas montañas. Cada golpe arrancaba grandes pedazos de los verdes gigantes y arrojaba raíces quebradas y semillas sobre la tierra.

Grond era implacable, pero los montones de esporas no cedían terreno. Resistieron la imparable furia del gigante elemental para continuar disputándole el dominio del mundo. La batalla se disputaba en ambos bandos sin que ninguno obtuviera una ventaja definitiva. Mientras, la corteza del mundo retumbaba y se resquebrajaba bajo sus pies.

A pesar de su resistencia innata, los montones de esporas no aguantarían eternamente los envites de Grond. Zang se llevó la peor parte. Siendo el más pequeño de los montones de esporas, también fue el primero en sucumbir a la brutalidad de Grond.

Tras agarrar con fuerza a Zarg, Grond partió a la monstruosa criatura por la mitad. El aullante cadáver del montón de esporas cayó sobre el mundo con un estruendo ensordecedor. En los eones venideros, el putrefacto cuerpo del montón de esporas se convertiría en la región fúngica conocida como el Mar de Zangar.

Grond continuó su ofensiva atacando a Naanu hasta aplastar al otro gigante bajo sus imponentes manos. El montón de esporas se derrumbó, inerte. Sus restos destripados se hundirían lentamente en la tierra para dar nacimiento a la Selva de Tanaan.

Dos montones de esporas habían caído bajo los golpes del gigante, pero Grond no era indemne a los efectos del largo combate. Las grotescas grietas y fisuras que recorrían su pétreo cuerpo denotaban que el gigante elemental no era más que una sombra de sí mismo.

Aunque Botaan percibió la debilidad de su enemigo, necesitaba más poder para acabar con Grond. El montón de esporas drenó la agonizante esencia vital de los cadáveres de Naanu y Zang. De hecho, Botaan absorbió tanta energía que su tamaño aumentó hasta alcanzar proporciones monstruosas.

El templo orco en el trono de los elementos, formado por la cabeza de Grond

El templo orco en el trono de los elementos, formado por la cabeza de Grond

Aún con sus nuevas fuerzas, Botaan optó por la cautela. Mientras esquivaba los ataques directos de Grond, miles de sus pequeñas vainas se ceñían sobre su adversario. Los espinosos zarcillos se enroscaron al cuerpo de Grond para lentamente adentrarse en las grietas y heridas de su piel. Grond no vio en los zarcillos más que una molestia y decidió ignorarlos. Sin embargo, a medida que estos perforaban más profundamente su cuerpo, Grond se dio cuenta de su terrible error.

Pero ya era demasiado tarde.

Las vainas abrieron las heridas de Grond, desgarrando su piel y labrando nuevas fisuras en su cuerpo. El gigante elemental se desplomó bajo su propio peso y explotó en pedazos. El grueso de su cuerpo se convirtió en la cordillera montañosa que bordea la región más tarde conocida como Nagrand.

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