WoW Crónicas II – Draenor y la Fronda eterna

Antes de que la Legión Ardiente lanzara su cruzada, un pequeño mundo tomó forma en los distantes confines de la Gran Oscuridad. Este mundo recibiría muchos nombres en las eras venideras: los poderosos ogros lo llamarían Dawgar, que significa “La Tierra Conocida” en su tosco lenguaje. Más tarde, una raza de pájaros inteligentes conocidos como los arakkoa lo bautizarían como Rakshar, la “Piedrasol”.

No obstante, en tiempos más modernos recibiría el nombre de Draenor.

Aunque Draenor no contenía un alma-mundo dormida, era extraordinario en muchos otros aspectos. Casi todos los mundos de la existencia albergaban espíritus elementales de fuego, aire, tierra y agua. Estos entes primordiales a menudo demostraban una violencia sin par, sobre todo cuando tomaban forma física y se enfrentaban en combate, lo que mantenía a sus respectivos mundos en un perpetuo estado de conflicto.

Sin embargo, este no era el caso de Draenor. En este mundo, el quinto elemento —el Espíritu de la Vida— era tan abundante que saturaba la realidad, llegando incluso a apaciguar a los espíritus elementales, aplacando su naturaleza violenta e impidiéndoles tomar forma física.

El quinto elemento tuvo, además, otro efecto aún más extraordinario sobre Draenor: aceleró el crecimiento de la flora y la fauna. En muy poco tiempo, el mundo se convirtió en una exuberante cuna de vibrante vida.

Criaturas de todas formas y tamaños deambulaban por el joven mundo, batiéndose entre sí por el territorio. Los fuertes hacían presa de los débiles. Los astutos hacían presa de los fuertes. La ferocidad era clave para la supervivencia. Sin embargo, los depredadores más temibles de Draenor no cazaban con colmillos y garras; cazaban con raíces y espinas.

Una cepa vegetal carnívora y tremendamente invasiva apareció en Draenor. Estas formas de vida recibían el nombre de montones de esporas, y sus parras como zarcillos serpenteaban por la tierra estrangulando a toda criatura primitiva que se cruzara en su camino. A medida que los montones de esporas aumentaban de tamaño, necesitaban consumir más y más y más. Su hambre y sus ansias de expansión no tenían límite, hasta que al final se convirtieron en montañas vivientes de zarzas entrelazadas y perniciosas vainas.

Los zarcillos de los montones de esporas dejaban tras de sí frondosos bosques y lodazales pantanosos. En poco tiempo, una laberíntica maraña de flora descontrolada cubrió la faz del mundo.

Ni siquiera las energías elementales de Draenor estaban a salvo de los montones de esporas. Cuando las raíces de los montones de esporas penetraron en las profundidades de la tierra en busca de agua, la planta invasora entró en contacto con el quinto elemento que imbuía el lecho rocoso y la tierra de Draenor. Cuando las raíces consumieron esta energía primordial, una tosca conciencia colectiva nació en los montones de esporas y las junglas colindantes. Esta nueva inteligencia permitía a los montones de esporas y al resto de la vegetación actuar como un único y gigantesco organismo que recibiría el nombre de la Fronda Eterna. Si aparecía alguna amenaza, la Fronda Eterna reaccionaba al unísono. Sin embargo, dichas amenazas eran inexistentes: la Fronda Eterna se extendía hasta donde alcanzaba la vista y nada podía enfrentarse a ella.

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