WoW Crónicas I – Maraudon y el nacimiento de los Centauros

1 100 años Antes del Portal Oscuro

Durante miles de años, las tribus nómadas tauren vagaron por los frondosos bosques de Kalimdor en armonía con la naturaleza y los elementos. De entre los muchos territorios que recorrieron, uno en concreto se convirtió en terreno sagrado para todos los chamanes tauren. Lo llamaban Mashan’she o «el Telar de la Madre Tierra», en honor a la mítica deidad que según ellos creó el mundo. Esta verde pradera bordeaba la costa oeste de Kalimdor, encajada entre las selvas de Feralas y la Sierra Espolón.

Atraídos por unos tenues susurros elementales, los chamanes tauren estaban convencidos de que la Madre Tierra en persona moraba en algún lugar bajo las praderas. Durante décadas, trataron de despertarla comulgando con los elementales de la región y celebrando rituales de celebración.

Therazane

Therazane

Al final, los chamanes lograron su cometido, pero pronto descubrieron que los susurros no provenían de la benévola Madre Tierra. Eran ecos de algo mucho más oscuro… algo surgido del violento pasado elemental de Azeroth, De las profundidades de una monumental caverna enterrada bajo las praderas, emergió una gigantesca elemental de tierra: la princesa Theradras, descendiente de la soberana elemental Therazane.

En épocas pasadas, los guardianes forjados por los titanes aprisionaron a la mayoría de elementales en otro plano de la existencia. No obstante, algunos, como Theradras, escaparon a su desuno. La princesa se ocultó bajo tierra y, con el tiempo, cayó en un profundo letargo. Los milenios de sueño debilitaron lentamente el cuerpo físico de Theradras.

Theradras

Theradras

Nada más despenar, Theradras se abalanzó sobre las florecientes praderas y consumió su energía. Un poder vigorizante recorrió el cuerpo de la elemental y regeneró su resquebrajada silueta. La devastación de Theradras desecó enormes extensiones de tierra. La vida vegetal de Mashan’she se marchitó y murió. Los aterrorizados tauren, obligados ahora a rebuscar comida entre los despojos, bautizarían más tarde las yermas llanuras como Desolace.

La muerte violenta de unos ecosistemas interconectados tan gigantescos tuvo repercusiones en todo Azeroth y más allá. La mayoría de druidas mortales y espíritus del Sueño Esmeralda sufrieron gran dolor ante tamaña pérdida. Tanto que Zaetar, uno de los hijos de los bosques de Cenarius, emergió del Sueño Esmeralda para investigar.

Zaetar

Zaetar

Al igual que su padre, Zaetar recorrió el mundo físico con la forma de un majestuoso semivenado. Flexibles zarzas y verdes hojas recubrían sus miembros y su gran cornamenta. Allá donde sus cascos tocaban la tierra, brotaban docenas de pimpollos que, con el tiempo, florecerían hasta convertirse en frondosas arboledas.

Las pesquisas de Zaetar le llevaron hasta las húmedas cavernas hundidas bajo Desolace, donde encontró a Theradras. Aunque su intención era apresar a la extraña criatura, pronto se encariñó con la princesa. Las energías vitales robadas que Theladras irradiaba cautivaron a Zaetar y este cayó rendido ante su belleza.

Theradras también apreciaba la belleza de Zaetar, por lo que recurrió a cuanto estuvo en su mano para ganarse su amor eterno. La princesa elemental era plenamente consciente de su poder sobre Zaetar y se aprovechó de él. Theradras aseguró que no deseaba ningún mal a la tierra, perjurando que estaba buscando la forma de devolver la región a su esplendor perdido. Juntos, le imploró, quizá lo conseguirían.

Centauros

Centauros

Zaetar abandonó su misión y se convirtió en el consorte de Theradras. Aunque sabía que su relación era antinatural, no podía negar el amor que bullía en su corazón. De esta unión prohibida nacería una raza aberrante. Se hacían llamar centauros, y su salvajismo pronto aterrorizaría las tierras de Kalimdor.

Los centauros carecían de elegancia y belleza, pero lo compensaban con una gran fuerza. Sus extremidades inferiores de caballo les proporcionaban una gran velocidad y sus fornidos torsos humanoides rebosaban potencia física. Sin embargo, el amor de los centauros por la brutalidad eclipsaba sus otras cualidades.

Nada más ver a los centauros, Zaetar se dio cuenta de la enormidad de su pecado. Aunque trató de conectar con sus vástagos, no podía soportar su presencia. Los centauros reconocieron la aversión en los ojos de su padre y cayeron presa de una furia asesina. Cegados por la ira, los salvajes hombres caballo ajusticiaron a Zaetar.

La muerte de Zaetar rompió el corazón de Theradras. La princesa elemental reprendió a los centauros por su asesinato sin sentido y ellos se lamentaron, pues no deseaban herir a su madre. Imploraron su perdón y juraron honrar y venerar a su padre caído de aquel día en adelante. Más adelante, Theradras enterró el espíritu de Zaetar en las cavernas que le sirvieron de refugio durante su letargo. Los centauros bautizaron el emplazamiento como Maraudon, y por siempre sería terreno sagrado para ellos.

Los centauros proliferaron rápidamente y se extendieron por toda Desolace. Atacaron a los indefensos tauren que habitaban la zona, obligándolos a abandonar sus hogares. Pero los salvajes hijos de Theradras no se detuvieron en Desolace. En los siglos subsiguientes, bandas de saqueadores centauro hostigaron a los tauren de Kalimdor, iniciando una larga y tenebrosa era de guerras entre ambas razas.

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1 comentario

    • UTHER EL ILUMINADO en 30 diciembre, 2018 a las 3:20 am
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    Con lo fea que está la Theradras esa, Zaetar estaba bien curda porque mira que para echarle el ojo a esa “cosa”, como dice el buen cubano hay que tener un asfixie arriba de p…

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