WoW Crónicas I – La Invasión Zandalari

11 900 años Antes del Portal Oscuro

Tras la muerte de Lei Shen, los Zandalari siempre mantuvieron una relación distante con los mogu. Aunque los trols consideraban útiles a los mogu por sus conocimientos de la magia Arcana, detestaban sus constantes disputas internas y sus tensas intrigas políticas. Cuando se hizo evidente que ningún clan mogu obtendría la supremacía total, los Zandalari se cuidaron de jurar lealtad a ninguna facción en particular.

Pero nunca olvidaron la promesa de Lei Shen: una gran franja de tierra cercana al Valle de la Flor Eterna pertenecería por siempre a los trols. Cuando el Imperio mogu se desmoronó, los Zandalari vieron la oportunidad de reclamar lo que ellos consideraban su derecho. No se trasladaron inmediatamente, sino que se estableció un debate candente en la capital Zandalari de Zuldazar entre los partidarios de tomar el territorio por la fuerza y aquellos que preferían emplear la democracia.

Al final, fue un descendiente del sumo sacerdote Zulathra quien se llevó el gato al agua. Se llamaba Mengazi, y sabía que era poco probable que los pandaren honraran el acuerdo entre los Zandalari y los mogu. Los antiguos esclavos también habían derrotado a sus amos y, por tanto, eran más que capaces de organizar una fuerte resistencia contra los trols si les daban tiempo para prepararse. Para que su invasión tuviera éxito, los trols debían atacar sin previo aviso y con la suficiente fuerza como para quebrar la voluntad de los pandaren.

Con dicho fin, los trols marcharon hacia el sur para apoderarse de una región fértil al norte de la Cima Kun-Lai. Los Zandalari entraron a sangre y fuego en el asentamiento principal de la zona: un tranquilo poblado de granjeros pandaren. Imbuidos de poderes místicos y a lomos de colosales monturas de guerra saurias, los trols masacraron a casi todos los habitantes del pueblecito. Seguidamente, las tropas Zandalari se dirigieron hacia el Bosque de Jade, una densa selva convertida en el corazón del recién establecido imperio pandaren.

Cuando las noticias de la invasión llegaron a otros asentamientos pandaren, cundió el pánico. Ningún ejército podía plantar cara a los trols. En las décadas que siguieron a la revolución de los esclavos, pocos habían visto la necesidad de continuar con la beligerancia de los mogu. Los residentes vivían en armonía sin necesidad de una autoridad gobernante. La única tropa de combate de la que disponían era una orden de monjes encargados por el emperador de patrullar la Espina de la Serpiente y hacer frente a los periódicos enjambres mántide.

Aunque los monjes partieron a toda prisa de la Espina de la Serpiente para defender su tierra de los trols, estos los superaban irremediablemente en número y en capacidad de maniobra. Los trols practicaban un estilo de combate que nadie había visto, ya que descendían a la batalla montados sobre pterroalas reptilianos y murciélagos gigantes. Los pandaren no tenían forma de contrarrestar estos feroces ataques aéreos.

Sin embargo, al final la salvación llegó de la mano de una joven pandaren llamada Jiang. De niña, Jiang encontró una cría de serpiente nubosa sola y herida después de que una terrible tormenta destruyera su nido. En aquella época, los pandaren consideraban a las serpientes nubosas como bestias indomables y violentas, pero Jiang cuidó de la cría y se hizo su amiga. A menudo, los habitantes de su pueblo los veían volando juntos.

Mientras los monjes luchaban una batalla perdida en lo alto de los acantilados del Bosque de Jade, Jiang y su compañero reptil, Lo, cargaron desde las nubes. El fuego y la furia de Lo rompieron las filas Zandalari, obligándolos a retirarse. Las noticias de la victoria se extendieron por todo el reino y otros siguieron los pasos de Jiang. Domesticaron a poderosas serpientes nubosas y pronto un pequeño ejército se alzó para combatir junto a Jiang. Estos valientes pandaren serían conocidos como la Orden de la Serpiente Nubosa.

La guerra dio un vuelco. Los trols sabían que ya no podrían vencer mediante métodos convencionales, por lo que Mengazi recurrió a una estratagema final; resucitar al Rey del Trueno, Lei Shen.

Lei Shen entregó el secreto de su resurrección a los Zandalari, pues no confiaba en que ninguno de sus subordinados mogu le devolviera la vida si algún día caía. Los trols sabían que el Rey del Trueno poseía el poder necesario para exterminar a los molestos jinetes de serpiente y destruir cualquier ejército terrestre. Una feroz batalla estalló cerca de la Tumba de los Conquistadores, que albergaba el mausoleo de Lei Shen. Jiang se sacrificó en un último y desesperado ataque, matando a Mengazi. Los demás Zandalari no tardaron en romper filas y huir de vuelta a su hogar presos de la vergüenza. Con su heroico sacrificio, Jiang evitó que los trols resucitaran al terrible Rey del Trueno.

El imperio entero celebró la victoria con entusiasmo, pero también lloró a los caídos, sobre todo a Jiang. En las décadas posteriores al conflicto, Lo fue visto sobrevolando en círculos el Bosque de Jade, como si buscara a su amiga y jinete. Los demás jinetes de serpiente honraron la memoria de Jiang poniendo sus enseñanzas por escrito. En la Orden de la Serpiente Nubosa, su tradición de entrenar y entablar amistad con estas majestuosas criaturas perduraría durante milenios.

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