Una guerra justa: Tercera parte

La Batalla de Vallefresno

Por Robert Brooks

La lucha se recrudeció al anochecer. Era de esperar contra los kaldorei. Bañados en la luz de Elune, acechaban por el bosque como depredadores, en busca de cualquier enemigo que se atreviese a dar otro paso hacia su hogar.

—Mi señor, han quemado los puentes —informó con voz ronca una de las exploradoras Renegadas.

Una grieta nueva le atravesaba la armadura, aunque los restos de carne parecían intactos.

—Creemos que los han quemado todos.

Colmillosauro soltó un gruñido. El río Falfarren no era muy profundo ni ancho, pero las lluvias recientes habían engrosado su caudal.

—Instalad las máquinas de asedio cerca del río. Disparad todo lo que tengamos. Que los elfos tengan que mantenerse a cubierto. Y comprobad si se les ha pasado algo. Nos servirá cualquier puente. Un tronco grande. Lo que sea.

La exploradora saludó y salió corriendo. Transmitiría las órdenes a todo explorador que se encontrara. Colmillosauro echó un último vistazo al mapa e hizo otra marca. Había sospechado que los elfos de la noche les plantarían cara en el río. Era un obstáculo natural, pero más estrecho aguas arriba. Más fácil de vadear y, por lo tanto, ¿mejor defendido? Era el momento de averiguarlo.

—Vamos al norte -les dijo a sus ayudantes.

Enrollaron el mapa de mando y lo metieron en un tubo que había sido tratado por uno de los mejores magi de la Horda. Resistiría el fuego, la corrupción y la mayoría de los golpes físicos. Si estallaba una refriega cerca de él, el elfo de sangre que llevaba el tubo tenía órdenes de correr, no de luchar. Colmillosauro tenía el plan real en la cabeza, pero si los elfos de la noche conseguían separársela del cuerpo —y lo intentarían—, la jefa de guerra necesitaría el mapa para seguir adelante.

Apenas tardaron unos minutos en preparar el traslado del puesto de mando de Colmillosauro. No necesitaba una plana mayor de oficiales que atendiera sus caprichos y se asegurara de mimarlo, sino un círculo reducido de estrategas inteligentes que comunicara rápidamente sus órdenes a los grupos móviles de soldados. Si se le sumaba un contingente razonable de guardias capaces de frustrar los intentos de asesinato, era un grupo relativamente pequeño. Tenía que serlo. Estaban en el bosque. La batalla no la librarían ejércitos formados en líneas rectas y organizadas; un sistema que,

de todos modos, Colmillosauro aborrecía: habría mil escaramuzas a la desesperada entre los árboles.

La maniobrabilidad era fundamental, igual que el conocimiento del terreno. La Horda estaría en desventaja en ambos aspectos. Era el territorio de los kaldorei, pero los elfos de la noche estaban en inferioridad numérica y los habían pillado desprevenidos.

Una vez propinado el primer golpe, el engaño cuidadosamente ideado por Colmillosauro y Sylvanas se había hecho añicos. La Horda solo podía tener un motivo para asaltar Vallefresno: la conquista de Teldrassil y la ciudad sobre sus ramas. Sin duda, en Ventormenta ya estaban al tanto del ataque y enviarían refuerzos.

Pero seguro que también sabían que no llegarían a tiempo. No sin un milagro. Los elfos de la noche sabían que estaban luchando para proteger su tierra natal y que era casi imposible salvarla.

Aun así, había mucha distancia entre Darnassus y su posición. No harían falta muchos desastres para parar en seco a la Horda.

Un ruido seco y estruendoso resonó en el bosque, seguido por el chisporroteo de una explosión lejana. Colmillosauro señaló hacia el origen del segundo sonido.

—Por allí.

El resto de sus tropas lo siguió. Momentos después se toparon con media docena de máquinas de asedio ardiendo entre las filas de la Horda. Los soldados intentaban sofocar los incendios a la desesperada como si fuera posible salvarlas.

—¡Dejadlas! —rugió Colmillosauro—. ¡Están destrozadas! ¡Ocupaos de los heridos y de los muertos y averiguad quién ha sido!

Los soldados peinaron el bosque hasta la retaguardia y luego buscaron en las orillas del río Falfarren, pero no encontraron a los culpables.

«Los elfos de la noche se han escapado». Colmillosauro gruñó. Siguió moviéndose. A sus soldados les había hecho falta ese pequeño impulso, pero ahora volvían a estar centrados en la guerra.

Muy cerca, tras la vanguardia, había otro grupo de armas de asedio. Uno de los oficiales de la unidad, un orco de gesto adusto y sonrisa falsa, estaba sentado cerca de un demoledor prístino. Según Colmillosauro se acercaba, lo saludó a toda velocidad.

—Mi señor, me alegro de verte.

Desde arriba, Colmillosauro le lanzó una mirada de desaprobación.

—¿Piensas unirte a la Horda en combate, o es que aquí atrás hace demasiado bueno?

La piel verde del oficial se sonrojó hasta adquirir un satisfactorio tono malva. Cuando insinuabas que un orco era cobarde, se lo tomaba a pecho.

—Nos ordenaste que nos desplegáramos a una distancia segura. A modo de protección.

—¿Quién va a proteger las amas en caso de emboscada? ¿Tú? ¿Solo?

Colmillosauro le clavó un dedo en el esternón al oficial y lo empujó hacia atrás.

—Tienes un ejército entero a unos pasos. Quizá pueda protegerte.

Entonces se detuvo al acordarse de algo.

—¿A qué distancia estamos del frente?

—A varios cientos de metros, mi señor.

—¿Y cuál es el alcance máximo de estas armas? —preguntó al oficial con un gruñido.

El oficial pareció menguar a ojos vista.

—¿Unos doscientos…?

Colmillosauro se volvió hacia las dotaciones de asedio.

—Avanzamos. ¡Ya!

Obedecieron con prontitud. Cuando las máquinas de asedio tuvieron el río a la vista, el alto señor supremo vio decenas de soldados de la Horda refugiándose cerca de unos árboles derribados. Cerca de ellos había varios peñascos. Un tauren alzó la mirada, vio a Colmillosauro y le indicó que retrocediera con la mano.

—Atrás, mi señor. ¡Nos están disparando!

—¿Sí? ¿Desde dónde? —preguntó Colmillosauro.

—¡No lo sabemos!

Colmillosauro fulminó al oficial de asedio con una mirada asesina. El oficial no murió, pero sí pareció sentir ganas de morirse.

—En ese caso, os ofreceremos fuego de cobertura. ¡Alineadlas!

Las máquinas de asedio ocuparon su posición sin demora. El oficial de la unidad tal vez fuera un pusilánime, pero sus dotaciones no. Cuando estuvieron listas, miraron a Colmillosauro. Les hizo un gesto silencioso y seis pesadas rocas sobrevolaron el río Falfarren. Colmillosauro notó el impacto en sus pies e hizo un gesto de aprobación con la cabeza.

—Espléndido. Otra vez. Que teman salir de su refugio.

Mientras recargaban, se volvió hacia el oficial.

—Te deseo lo mejor en la batalla —dijo en voz baja Colmillosauro—. Espero tener noticias de tus muchas victorias en el frente. ¿Entendido?

—S-sí, mi señor.

—Bien.

Dicho esto, Colmillosauro siguió su camino, dejando allí al pálido orco.

El grupo de mando del alto señor supremo siguió hacia el norte. Un par de exploradores trols se reunieron con él. Los combates más encarnizados se libraban al sur de Xavian, las antiguas ruinas élficas que se habían convertido en una laguna. Le informaron de que los elfos de la noche resistían al otro lado del río e impedían que lo vadearan. Cada vez que los soldados de la Horda habían avanzado, los elfos de la noche habían dejado que cruzaran el río para después rodearlos y acabar con ellos.

Era inquietante. No tendría que haber tantos kaldorei como para hacer aquello en más de una posición.

—Muy bien —dijo Colmillosauro antes de ordenar a los exploradores que volvieran a la acción.

Evaluó la información con detenimiento mientras sus subordinados discutían sobre sus opciones.

—¿Hay más elfos de la noche de los que habíamos calculado?

—Si han recibido refuerzos, hay que cambiar la estrategia por completo.

Colmillosauro los interrumpió:

—Vamos a Xavian.

Los elfos de la noche no podían ser tantos como parecían. Era imposible. Había llegado la hora de incrementar la presión y demostrarlo.

♦ ♦ ♦

Lorash Rayo de Sol oyó el ruidoso martilleo de un rifle. Volvió lentamente la cabeza hacia la derecha. A un par de pasos, demasiado lejos para arriesgarse con una puñalada, el ojo frío del cañón de un arma le apuntaba entre ceja y ceja. Se quedó quieto. Sus dedos se arrastraron hacia los shurikens ocultos en las mangas.

El goblin del rifle lo miró detenidamente a la cara.

—¿Lunargenta? —susurró.

Lorash sonrió.

—¿Doral ana’diel?

Bajó el arma y el goblin escupió en el suelo.

—Todos los elfos me parecéis iguales.

Era lo más parecido a una disculpa que recibiría Lorash. Echó una ojeada al bosque que lo rodeaba. Había un par de sombras de las que no se fiaba a unos cuantos árboles de distancia, así que le hizo un gesto al goblin sin decir nada. «Apunta hacia allí».

El goblin volvió el rifle hacia donde Lorash le había indicado y cubrió el flanco derecho de un árbol. Lorash avanzó cautelosamente por la izquierda con las dagas listas para el ataque.

No había nadie escondido detrás del árbol.

Lorash se volvió hacia el siguiente árbol sospechoso y se acercó con cuidado. Notó que el goblin volvía a cubrirlo. Tampoco había nada en ese árbol. Ni en el siguiente, ni en el que había más allá. Por fin se relajó y volvió con el goblin.

—Qué divertido —dijo este mientras comprobaba la pólvora.

El elfo de sangre le tendió la mano.

—Me llamo Lorash. ¿Y tú?

El goblin extendió la suya para estrechársela.

—Chikkers.

Lorash enarcó una ceja.

—¿Cómo has dicho?

El goblin parecía a punto de escupir otra vez.

—Los motes no siempre se eligen, amigo. Al menos, donde yo me crie. Te los ponen tus amigos.

—¿Te llamaron Chikkers? ¿Y les dejaste?

Al goblin se le agrió el gesto.

—¿De verdad que quieres seguir hablando de mi nombre?

Lorash decidió que no quería.

—He perdido a mi compañero. ¿Tú también estás solo?

—¿Perdido? —El goblin frunció el ceño—. ¿Os separasteis o…?

—Ha muerto. Aun así, acabó con una de las comandantes de los elfos de la noche antes de caer.

—Bien por él —dijo Chikkers. Luego hizo una mueca—. Lo siento. No pretendía tocarte las narices. Tras las líneas enemigas te agobias…

—Te entiendo.

El río Falfarren estaba a varios kilómetros y el débil rumor de las máquinas de asedio de la Horda surcaba el aire. Por el momento era territorio de los elfos de la noche. Lorash tenía algunas ideas para que eso cambiara.

—¿Tienes compañero?

—Me acompaña mi Capitana.

—Ya veo —dijo, aunque no era cierto—. Los elfos de la noche maniobran deprisa. Creo que van en grupo de un punto conflictivo a otro. Cada vez que la Horda intenta vadear el río, corren para detenernos. Y creo que por ahora les ha funcionado. ¿Has visto algo así?

El goblin resopló de manera casi imperceptible.

—Sí, lo he visto.

Señaló arriba, hacia las ramas.

—Los druidas van por ahí en grupo. Avanza un poco más. Están cerca de la senda.

«¿Se mueven por las ramas? Qué interesante». Eso explicaba por qué le estaba costando tanto encontrar huellas en el suelo. E ir en grupo… era peligroso. Eficaz si lo hacían sin ser vistos, pero peligroso. En caso de pisar una rama débil en el peor momento, el grupo entero podía caer.

—Parece una oportunidad, amigo mío —dijo Lorash—. ¿Cuántos son?

—Un montón —dijo Chikkers.

—¿Te apetece acompañarme para que sean menos?

Chikkers sonrió burlonamente y dio unas palmaditas a la bolsa de munición. El tintineo de las balas metálicas fue respuesta suficiente.

♦ ♦ ♦

Colmillosauro tenía una idea clara de lo que estaba ocurriendo. Los elfos de la noche trasladaban a sus mejores guerreros por el río para reforzar los puntos por los que atacaba la Horda. Dejaban que la avanzadilla diera unos cuantos pasos en la otra orilla y le tendían una emboscada.

No era mala idea, pero no funcionaría como táctica a largo plazo. Por sí solo, el agotamiento daría al traste con su estrategia al amanecer, si es que los infiltrados de la Horda no acababan antes con los grupos móviles.

Faltaban horas hasta la mañana y Colmillosauro tenía pocas ganas de esperar. Los supervivientes de los ataques fallidos en la otra orilla habían informado de la presencia de druidas enemigos. Había otras formas de solucionar el problema. Se descubrió disfrutando al pensar en ello.

«Por los dioses y los espíritus del cosmos, qué bien sienta librar una buena guerra».

Pidió que todos los taumaturgos que hubiera cerca se presentasen ante él. En cuestión de minutos, un grupo formado por siete, entre magi, brujos y un chamán, había respondido a la llamada. Perfecto.

—Quiero que acompañéis a las unidades de asedio durante la próxima hora —dijo.

Les explicó el plan de forma sencilla. Los ojos de todos se abrieron… ¿Sorprendidos? ¿Emocionados? Mientras hablaba, el diablillo sometido de un brujo trol empezó a parlotear asustado.

El trol alzó una mano como si fuera a abofetear al demonio y el diablillo se puso a rezongar en voz baja.

—¿Algún problema? —preguntó Colmillosauro.

—Al pequeñín le da miedo que provoquemoh un incendio. Podría dehcontrolarse —dijo el trol.

—Por eso no vamos a usar fuego vil. ¿Os queda claro? Chamán, te corresponde contener la situación. No se lo pongas imposible al resto del grupo. Si incendiamos todo el bosque, se acabó el ataque.

Colmillosauro se paró a pensar. ¿Y si los elfos de la noche incendiaban su propio bosque? Si Vallefresno ardía, el avance de la Horda se detendría en seco y muchas de sus fuerzas perecerían en las llamas. No se lo había planteado.

«Porque es impensable», decidió. «Nunca incendiarían su propio territorio».

—Esperad a la señal —dijo—. Si pasa una hora, volved aquí para recibir nuevas órdenes.

Accedieron murmurando y salieron corriendo para cumplir sus órdenes. Colmillosauro les dijo a sus ayudantes que se prepararan para trasladarse una vez más.

—Hay que encontrar a la jefa de guerra.

La localizaron quince minutos después cerca de la orilla del río, más al sur. Sylvanas Brisaveloz y Nathanos Clamañublo se habían unido a un grupo de arqueros que lanzaba una lluvia de flechas contra un terraplén y las fuerzas de los elfos de la noche que lo defendían. Sylvanas vio acercarse a Colmillosauro.

—Seguid disparando —dijo a los otros.

Colmillosauro se arrimó a ella y a Nathanos.

—No avanzamos gran cosa con tu plan, alto señor supremo —dijo el forestal Renegado.

El orco no le hizo caso.

—Jefa de guerra, ¿has estado tras sus líneas?

—Brevemente. Reconozco las trampas en cuanto las veo. Está allí, Colmillosauro, esperándome —dijo Sylvanas.

«Malfurion Tempestira». La jefa de guerra no mostraba temor, pero Colmillosauro no pudo reprimir un escalofrío. Una cosa era afrontar la posibilidad de morir honorablemente en combate, pero en un duelo contra Malfurion, el resultado estaba decidido de antemano.

—¿Cómo quieres que nos ocupemos de él?

—Si rompes sus líneas, acudirá para detenerte —dijo Sylvanas—. Y yo lo seguiré. Plántale cara unos minutos. Yo lo ahuyentaré.

Era un buen plan.

—Lok’tar ogar —dijo el alto señor supremo, y se puso en marcha.

El mejor sitio para avanzar sería una zona donde se estrechaba el cauce, al sur.

—Empezamos en breve. ¡Por la Horda!

Los arqueros que rodeaban a la jefa de guerra respondieron con vítores y gritos:

—¡Por la Horda!

♦ ♦ ♦

Los druidas eran silenciosos. Sorprendentemente silenciosos. Quizá se acercara una docena — no, más aún— pero Lorash solo oía el roce amortiguado de sus zarpas y el crujido de las ramas que se doblaban bajo su peso. La mayoría había adoptado la forma de grandes felinos; potentes y rápidos sables de la noche que saltaban sin esfuerzo de rama en rama. Unos pocos tenían la forma de aves de enorme envergadura que planeaban por debajo del dosel arbóreo.

Lorash estaba impresionado. Las copas los hacían invisibles por arriba y las ramas y hojas los tapaban por debajo. Pero, pese a lo silenciosos que eran, no tenían manera de esconderse de la luz de luna que se filtraba entre los árboles.

«A diferencia de mí», pensó.

Estaba subido a una rama a más de veinte metros del suelo, inmóvil, esperando. Se había colocado a la sombra del tronco y había empleado una pizca de «la otra» Sombra para volverse invisible. Se agarraba al árbol con una mano. Con la otra blandía una daga, pero cuando vio llegar a los druidas la guardó. Ya llegaría el momento de actuar de cerca, pero antes necesitaba que los elfos de la noche bajaran al suelo.

Estaban a pocos segundos. Se soltó del árbol y se agazapó en la rama, equilibrado sobre los pulpejos de los pies. Buscó en las mangas. Acomodó dos shurikens —de puntas envenenadas, con el metal deslustrado para que no reflejaran la luz de luna— entre los dedos índice y corazón.

Los ojos de los sables brillaron en la oscuridad. Lorash vio todos los colmillos que sobresalían de sus bocas, todas las plumas de cada pájaro.

Uno de los sables pasó frente a él de un salto. Volvió la cabeza y miró directamente a Lorash. Y siguió corriendo. El elfo de sangre no pudo evitar que se le dibujara una sonrisa en la boca.

La mitad de los druidas pasó del mismo modo antes de que atacara. Giró las muñecas. Abrió las manos. Los shurikens volaron. Dos de los pájaros chillaron y se pusieron a aletear erráticamente mientras el veneno actuaba. Uno se estrelló contra un tronco con un golpe tremendo y el otro cayó en espiral hacia el suelo.

Le quedaban seis shurikens. Dos más silbaron por el aire. Acertó con uno; falló con el otro.

El grupo se dio la vuelta. Sabían que los atacaban, pero no desde dónde. Lorash se lo enseñó. Saltó desde la rama por delante de un rayo de luz de luna. Aterrizó en una rama en el árbol contiguo y saltó en busca del siguiente.

Por detrás de él resonaron gruñidos y rugidos. Lo perseguían. Siguió corriendo por la misma ruta seguida antes por los druidas y casi tan veloz como ellos. Cuando menos, los estaba alejando de la batalla.

Las ramas se estremecieron bajo sus pies. Los druidas le pedían al bosque que lo detuviera. En unos instantes, las ramas esquivarían sus pies, las enredaderas se enroscarían en los tobillos y quizá los mismos árboles se abrirían para atraerlo y asfixiarlo debajo la corteza. Había oído hablar de cosas así.

Aterrizó en la rama de un árbol retorcido. La rama solo era capaz de resistir el peso de una criatura. Se volvió para plantar cara a sus perseguidores y lanzó dos shurikens más. Falló con los dos, pero consiguió que los elfos de la noche se dispersaran. «Me quedan dos».

Una druida saltó a por él. El felino tenía las enormes fauces abiertas y los colmillos listos para desgarrarle la garganta. Lorash se agachó, sacó las dagas y asestó un tajo hacia arriba. La sangre le bañó la cabeza y el cuello, mientras la druida, con un borboteo estrangulado, caía al lejano suelo.

Los demás druidas rugieron de cólera. Lorash se puso en pie, sonrió y les indicó con las dagas ensangrentadas que se acercaran. «Venid, vamos. Vengad a vuestra amiga».

Cuatro de ellos saltaron ansiosos hacia su rama.

Con un movimiento tranquilo, se dejó caer. Se precipitó hacia el suelo durante un instante, antes de clavar una daga en el tronco que le permitió pararse a mitad de trayecto. A continuación, se soltó para caer el resto del camino. Había errado una pizca al calcular la distancia y sus rodillas se quejaron enérgicamente al aterrizar, pero sostuvieron su peso y él no les hizo caso.

Por encima de él, los druidas habían aterrizado juntos en la rama. Se partió al instante bajo su peso y todos cayeron. La mayoría lo hizo en mala postura y el suelo tembló con los impactos bajo los pies de Lorash. Mientras sus camaradas bajaban volando o trepando para ayudar, Lorash se puso manos a la obra. Los aturdidos druidas tenían poco que hacer contra las hojas empapadas de veneno. Asomaron varias raíces de la tierra, pero a Lorash no le costó esquivarlas.

Un graznido terrorífico le taladró los oídos. Unas garras afiladas y un pico chasqueante y colérico descendían sobre él.

¡BUM!

El ruido lo dejó medio sordo. La cabeza del pájaro se sacudió como si la hubieran golpeado. Cayó sobre Lorash y su peso muerto lo dejó inmovilizado contra el suelo.

Pero aún no había muerto. El elfo de sangre notó los fuertes latidos del corazón del pájaro. Lo solucionó de una puñalada, pero seguía atrapado bajo el cadáver.

¡BUM! El rifle de Chikkers volvió a tronar. Lorash oyó silbar al goblin por encima del caos:

—¡A por ellos, Capitana!

Lorash se debatió tratando de liberarse, entre imprecaciones.

¡BUM!

«¡Por la Fuente del Sol, qué rápido dispara el goblin!». Dejó de forcejear. Se oía un ruido nuevo, algo que nunca había oído en combate. Una criatura enorme se abría paso por el bosque y sus pisadas se superponían en un estribillo extraño.

… Chikker-chikker-chikker-chikker…

Entonces oyó los gritos.

Cuando por fin logró salir de debajo del ave, empapado en sudor y sangre, los disparos y gritos habían cesado. Había una sola criatura entre los cadáveres de los druidas.

—Tú debes de ser su Capitana —dijo Lorash.

El enorme reptador de cuatro patas chasqueó las tenazas —¿o mejor dicho, sus pinzas?— y volvió la mirada hacia él. A Lorash casi le llegaba a la cintura. Chikkers salió de la maleza a grandes zancadas, sonriente y con el rifle humeante apoyado en el hombro. El caparazón azul claro del reptador era casi tan grande como el goblin y probablemente pesaba el doble.

—No está mal, ¿eh?

Lorash no se imaginaba a los reptadores como nada más que un plato delicioso. Se

reservó el comentario.

—No, nada mal. No sabía que pudieran vivir fuera del mar.

—Nunca te acostarás sin saber una cosa más, ¿eh?

Chikkers admiró su obra.

—Si no me engaña la vista, se ha cargado a más que tú, amigo.

Se equivocaba, pero no por mucho. Al menos media docena de los druidas tenía heridas tumefactas con la forma de las pinzas de Capitana. Pero antes de que pudiera responder, notó un temblor en los pies. Lorash se quedó quieto y escuchó.

Y luego susurró:

—Escondeos.

Chikkers se volvió y observó la oscuridad con los ojos entornados. El gesto arrogante se le borró de la cara.

—Sí. A esconderse.

Se ocultaron detrás de uno de los troncos más grandes y esperaron, mientras la reptadora hacía lo propio en la maleza. El estruendo que había oído Lorash aumentó. Chikkers amartilló lentamente el rifle, pero el elfo puso la mano encima del arma.

«No», dijo moviendo solo los labios.

Chikkers asintió con frialdad. Capitana —bendito sea su corazón blindado— se quedó quieta y no hizo ruido.

El estruendo siguió aumentando. Estaba a punto de superar su árbol. Entonces cesó. Lorash se arriesgó a echar una ojeada.

Entre los druidas muertos había un venado enorme.

Lorash se quedó rígido. «¿Es ese…?».

El venado desapareció en una bruma repentina. Cuando se despejó, sobre los cadáveres de sus congéneres caídos había un elfo de la noche alto, de complexión fuerte, con garras de metal atadas a las muñecas y una imponente cornamenta.

Lorash se reclinó tras el árbol. El corazón le palpitaba, pero no de miedo. No. En absoluto era miedo. Llevaba esperando aquello desde que el alto señor supremo Colmillosauro le revelara el verdadero plan.

Chikkers lo miró fijamente. «¿Quién es?», vocalizó.

«Malfurion», le respondió Lorash.

El goblin tragó saliva. Su garganta seca hizo un ruidito.

Malfurion habló en voz baja:

—Descansad, hermanas y hermanos. Vuestro sacrificio no será en vano. Os lo juro.

Lorash retorció las manos hacia las mangas. «Dos shurikens más». ¿Se atrevía? Matar a Malfurion prácticamente garantizaría la victoria a la Horda, pero no era su principal preocupación. ¿El veneno frenaría a Malfurion, aunque fuese una pizca? Si era verdad la mitad de lo que se contaba de él, tal vez no.

Una mano lo agarró por la muñeca. El elfo hizo caso omiso mientras urdía un plan de ataque.

«Salgo… Lanzo… Me retiro… Me muevo… Me coloco detrás».

La mano le apretó. Por fin, Lorash miró al goblin con el ceño fruncido. Chikkers decía algo con los labios, pero al principio no reconoció las palabras. Era como si hablara en otro idioma. Luego se dio cuenta de que el goblin estaba echando pestes sobre él como solo un goblin era capaz. Pero captó lo esencial: «Como salgas, te mato yo mismo».

Lorash asintió y el goblin por fin se relajó. Esperaron hasta que Malfurion terminó de presentar sus respetos y se fue.

Chikkers exhaló un gran suspiro de alivio.

—¿Es que estás loco, amigo?

—Quiero la cabeza de Tempestira —dijo secamente Lorash—. ¿Me ayudas a tenderle una emboscada cuando se retire?

El goblin resolló.

—Estás como un cencerro.

Hizo una mueca, negó con la cabeza y comprobó la munición.

—La respuesta es no. No sin otros… No sé, veinte o veinticinco soldados de refuerzo. Pero te cubriré las espaldas hasta entonces.

Se adentraron en el bosque. La reptadora los siguió obediente.

… Chikker-chikker-chikker-chikker…

♦ ♦ ♦

Un mago lanzó una bola de fuego enorme al cielo. Bañó el bosque con un fulgor parpadeante naranja que se veía a kilómetros de distancia. Era la hora.

—¡Horda! ¡Conmigo! —bramó Colmillosauro mientras cargaba para cruzar el río.

Solo era un ataque entre otros muchos. Al menos otras dos docenas de intentos de cruce se producirían simultáneamente. Los elfos de la noche no podrían detenerlos todos.

A dos magi, un orco y un trol se les había ocurrido congelar un tramo del río Falfarren para que una partida de ataque cruzara a pie. Era tan sencillo y brillante que Colmillosauro había accedido al instante. Mientras cruzaba, los gritos de guerra de cincuenta de los suyos resonaban detrás de él, entre los agudos silbidos de las cargas mágicas de asedio. Los proyectiles explotaron al tocar el suelo e incendiaron el bosque. Entre destello y destello, Colmillosauro escrutó las sombras del terraplén en busca de enemigos escondidos, pero no encontró ninguno.

Entonces resbaló en el hielo y no vio más que cielo. Volvió a bramar, esta vez ultrajado, al dar con la espalda en el hielo del río. Muchos miembros de la Horda lo superaron de un salto. Otros resbalaron y cayeron a su alrededor. Se levantó con dificultad mientras gruñía y subió el terraplén apoyándose en el hielo. Oyó el combate antes de verlo: espadas contra espadas, gritos y alaridos.

El hechizo de otro mago centelleó en el bosque e iluminó la escena un instante. Le bastó para ver a un druida transformado en sable que le saltaba a la garganta. Colmillosauro ondeó una vez el hacha. El enemigo estaba muerto antes de tocar el suelo.

«Una muerte limpia», cantó su alma.

Cargó en línea recta hacia el combate. Una flecha rebotó con un tañido contra la protección de la garganta —«Por poco»— y el orco giró el hacha para mantener baja la hoja. Lanzó un golpe ascendente que habría partido en dos a una elfa si no llega a saltar hacia atrás. Pero no retrocedió: se le echó encima con tanto brío que no le dio tiempo a reaccionar. Le golpeó con el talón en la sien desnuda, por encima de la armadura. Colmillosauro se tambaleó y vio las estrellas. Solo su fuerza de voluntad le permitió mantenerse consciente.

La elfa volvió a atacarlo. Sus puños se movían tan deprisa que eran casi invisibles. «¡Va desarmada!». Pero el dolor que sentía en la cabeza indicaba que aquello no era cierto. Las manos y los pies de un monje eran armas en sí mismas.

Aunque era competente, tenía un punto débil. La habilidad con la que esquivaba la hoja del hacha revelaba que le prestaba demasiada atención. Colmillosauro hizo un bucle doble con el hacha y, cuando su enemiga se agachó, se inclinó hacia delante y le propinó un puntapié en el estómago. La elfa trastabilló y cayó a la maleza. No estaba muerta, pero Colmillosauro se volvió hacia la batalla; centrarse en un combate singular cuando había decenas de enemigos en las inmediaciones era la mejor forma de morir deprisa.

Un par de guerreros de la Horda lanzaban tajos a las ramas y raíces que habían emergido del suelo. Colmillosauro se unió a ellos. No veía al druida responsable, pero daba igual. Después de controlar las plantas, los tres cargaron contra la retaguardia de los elfos de la noche. La inercia de la batalla cambió rápidamente. Si los kaldorei tenían de verdad una unidad de élite de refuerzo, había decidido luchar en otro cruce… o, aunque fuera menos probable, tal vez la hubieran destruido ya.

La victoria no estaba al alcance de los kaldorei, en patente inferioridad numérica, y sus líneas se estaban rompiendo. Aun así, no huían en desbandada.

«No es lugar para resistir a toda costa, necios».

¿O sí? Los elfos de la noche no combatían como necios. Colmillosauro sintió un escalofrío en el estómago. Ganaban tiempo por algo. Solo había un motivo posible.

Alzó la voz por encima del estruendo:

—¡Replegaos! ¡Replegaos aquí! ¡A formar!

Por supuesto, el caos impidió que todos le oyeran. Un orco con un hacha en cada mano pasó corriendo al lado de Colmillosauro aullando un grito de guerra. El alto señor supremo alargó el mango de su hacha, golpeó al orco en los tobillos y lo vio caer de bruces en un montón de tierra.

—¡Replegaos! —volvió a rugir—. ¡A formar!

Su orden se propagó. Los guerreros de la Horda empezaron a repetirlo a gritos: —¡A formar! ¡A formar!

Poco a poco, los soldados se fueron retirando. El orco zancadilleado se puso en pie y se colocó al lado de Colmillosauro, resoplando y con crispación en la mirada por la humillación. Colmillosauro fingió que no lo había visto caer.

—Vuelve a la otra orilla —le dijo—. Reúne a los magi, a los brujos y al chamán. A todos los que sean duchos en magia. Tráelos ya.

El orco se golpeó el pecho con el puño y salió corriendo sin decir palabra, sacudiéndose la tierra de la armadura.

Colmillosauro formó a los demás en grupos reducidos.

—Arqueros, en retaguardia. Escudos, al frente. Los taumaturgos irán en el centro. Preparaos para un contraataque.

Casi todas las tropas de la Horda le habían obedecido. Los elfos de la noche también habían retrocedido porque, en efecto, no eran unos necios. Aquello confirmaba las sospechas de Colmillosauro. «¿Dónde está ese maldito? ¿Dónde está la trampa?». Escudriñó el oscuro bosque en busca de una señal.

«Ahí».

A lo lejos se veía una silueta iluminada desde atrás por rayos de luz de luna; un elfo solitario, con plumas en los brazos y astas en la cabeza, cuyos ojos refulgían en la oscuridad. Uno a uno, los demás soldados de la Horda lo divisaron.

Los refuerzos llegaron de la otra orilla. Colmillosauro empezó a repartir instrucciones sin apartar la vista.

—Magi a la izquierda, brujos a la derecha. Chamán, conmigo. ¡Esperad mi orden!

Obedecieron y, tras colocarse en posición, esperaron. Aun así, el elfo permaneció inmóvil en la distancia. Durante un minuto… dos… tres… no sucedió nada.

Colmillosauro era paciente. Los demás, no.

—¡Lok’tar ogar!

La cabeza de Colmillosauro giró bruscamente a la derecha. El grito había salido de un pelotón de guerreros orcos que estaba a cierta distancia, mojados aún tras cruzar el río al norte. Habían visto al elfo y atacaban.

—¡Conmigo! ¡Replegaos aquí! —bramó Colmillosauro.

Demasiado tarde. Los ojos del elfo se centraron en los orcos. El bosque de Vallefresno cobró vida. Los gritos de guerra a pleno pulmón de los orcos quedaron silenciados. No hubo alaridos, ni golpes, ni un combate prolongado; solo un frenesí de movimiento en la oscuridad y luego el ruido de unos cuerpos acorazados que golpeaban el suelo.

El elfo no había movido un dedo. Hasta ese punto controlaba la naturaleza. Los ojos volvieron a centrarse en Colmillosauro y la voz se propagó con facilidad entre los árboles.

—Esta no es tu tierra, alto señor supremo —dijo Malfurion Tempestira.

—Ahora sí —respondió Colmillosauro con calma—. Tu pueblo y tú tenéis la oportunidad de marcharos en paz. Aprovechadla, archidruida.

—¿En paz? —Las palabras de Malfurion transmitían una gran furia—. La Horda pagará con sangre cada paso que avance.

Hubo movimiento en las filas de la Horda, fruto del nerviosismo o de la emoción. Quien lograra alcanzar a Malfurion se convertiría en una leyenda. Seguramente la idea les reconcomía por dentro a muchos.

—No hagáis nada hasta que yo lo ordene —susurró Colmillosauro. Y después, en voz alta, añadió—: Ven entonces, Tempestira. Oblíganos a marcharnos.

Malfurion no se movió. Se limitó a observarlos.

Les había tendido una trampa. Colmillosauro estaba seguro. Los elfos de la noche los habían contenido demasiado tiempo y habían perdido demasiadas vidas en aquel río como para que no hubiera motivo. Si la Horda hubiese seguido avanzando, si hubiese sucumbido al ansia de sangre y disfrutado aplastando a un enemigo caído, se habría lanzado a ciegas a por Malfurion. Solo unos pocos habían mordido el anzuelo.

Los demás elfos de la noche se retiraron. Malfurion se había quedado solo. Los kaldorei tuvieron que retroceder. Al perder una parte del río, lo habían perdido todo. La Horda cruzaría el río en breve, rodearía a Malfurion e impediría que huyese. Por fuerte que fuera, el elfo de la noche caería si intentaba plantarles cara allí.

Y seguro que el archidruida sospechaba que Sylvanas Brisaveloz andaba cerca, acechando en las sombras, esperando para tenderle una emboscada.

Colmillosauro esperaría. Si se limitaba a esperar, no podía perder.

Malfurion también lo sabía. Después de unos minutos, por fin retrocedió y desapareció en la oscuridad sin decir nada más. Decenas de soldados de la Horda suspiraron aliviados y, unos cuantos, decepcionados. Colmillosauro esperó unos minutos más para asegurarse de que el peligro había pasado y luego volvió a alzar la voz.

—La Horda ha tomado el río Falfarren —dijo.

A su alrededor estalló un clamor victorioso. Entrechocaron las armas y los escudos. Uno de los magi elfos de sangre lanzó una bola de fuego al cielo a modo de celebración. Colmillosauro no hizo nada por detenerlos. «Que a Malfurion lo persigan los vítores de sus enemigos. Que todos los kaldorei sepan que es la hora de la derrota».

Envió mensajeros por todo el río para difundir la noticia y, poco después, el débil rumor de la celebración se alzó a lo lejos. La Horda había superado uno de los pocos obstáculos que se interponían entre ellos y la victoria. La batalla acababa de empezar y lo que restaba no sería fácil, pero…

Iba a funcionar. En breve, culminarían una conquista espléndida y honorable.

Y menudo trofeo sería Darnassus.

♦ ♦ ♦

Lorash estaba suspendido en las alturas, con los tobillos entrelazados en una rama. Su mente estaba tranquila, en calma. E ilusionada. Muy ilusionada.

Ah, sí. Llevaba muchísimo tiempo esperando aquella oportunidad.

Chikkers trató de convencerlo para que no lo hiciera.

—Estás como un cencerro, amigo. Tú y yo no podemos enfrentarnos solos a Malfurion Tempestira.

—Si lo sorprendemos…

—No voy a meter en eso a Capitana, ¿me oyes? —El goblin se había mostrado firme—. Si quieres hacerlo, lo haces tú solo.

Y, por eso, Lorash estaba solo. Había oído de lejos la voz estruendosa de Malfurion y las réplicas provocadoras de Colmillosauro. Muchos de los elfos de la noche se habían retirado por allí, así que sospechaba que Malfurion también lo haría. El líder de los elfos de la noche tendría que reunirse con ellos para planificar la fase siguiente de la defensa.

Y tal vez, solo tal vez, estuviera distraído. Había sufrido una derrota. Tendría ocupada la mente.

El ruido de un pie sobre la blanda hojarasca dibujó una sonrisa en el rostro de Lorash. Había llegado la hora. «Por mi padre… Por mi madre… ¡Por mi pueblo!».

Movió los tobillos. Se dejó caer de cabeza al suelo, con una daga bien agarrada en cada mano. Había elegido el momento a la perfección. Malfurion estaba justo debajo de él y no miraba hacia arriba.

Lorash trazó un arco con ambas dagas. Cuando se cruzaran, encontrarían el cuello de Tempestira y le cortarían la cabeza.

No llegaron a cruzarse.

Malfurion se hizo a un lado. El instante antes de que Lorash se estrellara en el suelo, unas raíces salieron repentinamente de la tierra y le golpearon las muñecas. Las dagas cayeron al suelo. Con un grito de sorpresa, el elfo de sangre cayó sobre el hombro derecho y el cuello. Sintió una punzada de dolor. El brazo derecho perdió toda sensibilidad, pero Lorash aún podía moverse.

Hasta que se lo impidieron más raíces. Antes de que pudiera ponerse en pie de un salto, se le enrollaron en las muñecas, los tobillos y el cuello, y lo inmovilizaron contra el suelo.

«Maldita sea».

Intentó zafarse de las raíces durante un momento, pero en vano. Podrían haberle matado, aplastado o arrancado las extremidades, pero no lo habían hecho. El elfo de sangre lanzó una mirada asesina a Malfurion, quien lo observaba con lástima.

—No tiene ningún sentido. La invasión no tiene ningún sentido —dijo en voz baja Malfurion—. Hermano, no deberíamos ser enemigos.

Lorash tenía las dagas a pocos metros, pero lo mismo podrían haber estado a mundos de distancia. Llevaba dos shurikens en las mangas, pero nada más. Tenía claro que moriría si intentaba lanzarlos. A menos que pudiera distraer a Tempestira.

—Lo del resto de la Horda lo llego a entender. Lo de Sylvanas, lo comprendo —prosiguió Malfurion—, pero nuestros pueblos convivían. Libramos juntos las mismas guerras y dimos la vida los unos por los otros. Así fue hace mucho, y así fue hace pocos meses, en las Islas Abruptas. Los kaldorei y los sin’dorei no deberíamos estar divididos.

Irritado, Lorash habló a través de la raíz que le apretaba la garganta.

—¿Y quién provocó esa división, Tempestira? ¿Quién exilió a mi pueblo?

—Recuerdo los rostros de quienes se marcharon aquel día. El tuyo no estaba entre ellos —dijo Malfurion—. ¿Invades mi patria porque te han contado cuentos de antes de que nacieras u obedeces a ciegas a tu jefa de guerra? No sé qué es peor.

Lorash aún no había muerto y estaba muy sorprendido. «Malfurion quiere hablar». Un líder de los elfos de la noche creía sinceramente que los elfos de sangre no tenían motivo para participar en aquella batalla.

Él lo instruiría encantado.

—Sí, todo aquello sucedió antes de que yo naciera —dijo—. Nací en los Claros de Tirisfal. De niño tuve que huir con mi familia y con los demás. Recuerdo que estuvimos años vagando. Recuerdo un largo invierno, atrapados en las montañas. Recuerdo a mi padre cazando pese al frío, perdiendo un dedo por la congelación, luego dos. Recuerdo que un día ya no volvió. ¿Cuántos de los tuyos han muerto congelados, Malfurion? ¿También tenemos eso en común?

Malfurion no respondió. Lorash sonrió para sus adentros. No tenía las dagas, pero aún podía hacerle sangre a Tempestira.

—Recuerdo siglos de guerras contra los trols —prosiguió Lorash—. Recuerdo ver a los Amani decorando sus chozas y aldeas con trozos de los amigos de mi niñez. Como trofeos, ya sabes. ¿Acudieron los kaldorei en nuestro auxilio en aquellos tiempos? No. Recuerdo el día en que la mismísima muerte llegó a nuestra nueva patria. Cuando murió mi madre y se incorporó al ejército del Rey Exánime, ¿quién tuvo que matarla y darle descanso? ¿Fuiste tú, Malfurion, quien estuvo a nuestro lado cuando perdimos nuestro hogar?

—Mi pueblo acababa de rechazar a la Legión Ardiente y, al hacerlo, perdimos nuestro hogar —dijo Malfurion, cortante—. Y pese a los años de guerra entre nuestras dos facciones, jamás atacamos vuestra tierra. Ni se nos ha pasado por la cabeza.

—Pues yo no he pensado en otra cosa —dijo Lorash.

—Entonces, me alegro de que la mayoría de los tuyos no estén tan perdidos como tú.

—Y yo me alegro de que vivas para ver cómo los míos conquistan tu hogar —replicó Lorash.

«¿Cuánto puedo forzar la situación?». Su corazón le decía que ya había ido demasiado lejos, pero su alma le decía que siguiera.

—¿Te repugna la idea? ¿Los templos de Elune llenos de sin’dorei?

Lorash vio un movimiento fugaz, oscuro y rápido, con el rabillo del ojo. Se acercaba alguien.

Malfurion alzó la vista. Él también se había dado cuenta.

—Tú —dijo Malfurion.

—Ishnu-dal-dieb —dijo Sylvanas Brisaveloz mientras levantaba el arco.

Era la oportunidad de Lorash. Su única oportunidad. Sus manos forcejearon con las raíces y los dedos se estiraron a la desesperada para alcanzar los dos últimos shurikens. Apenas tardó un instante.

En aquel momento, estalló la guerra por encima de él.

El elfo de sangre observaba pasmado. Flechas sombrías y hechizos glaucos atravesaron el aire. Una ráfaga de poder oscuro empujó a Malfurion y Lorash notó cómo se aflojaban las raíces que lo sujetaban.

Lorash echó hacia atrás ambas manos, con los shurikens aferrados tan fuerte que notó el pinchazo de las puntas en las palmas. Envenenarse le daba igual. Estaba cerca, tan cerca…

Malfurion lo miró, y miró las armas de sus manos, y la raíz que le rodeaba el cuello lo estrujó.

Lorash oyó un crujido seco. Seguía con los ojos abiertos, con la mente acelerada, pero el cuerpo ya no le obedecía. Sus pulmones habían dejado de respirar. Tenía todo el cuerpo entumecido. Sus pensamientos comenzaron a apagarse.

—Los tuyos aún no han conquistado mi hogar —oyó decir a Malfurion.

¿A Sylvanas o a él? No lo sabía.

Pasaron unos instantes. La negrura palpitó en su mirada. Probablemente fuera el veneno. Sylvanas Brisaveloz estaba encima de él, diciendo algo que no oía. Si Lorash la veía, es que Malfurion se había retirado.

«Maldita sea. Sigue vivo».

Lorash había fracasado. Se preguntaba si vería a su familia al otro lado.

♦ ♦ ♦

Chikkers salió al claro con mucha cautela. Capitana lo siguió arrastrando las patas.

Lorash yacía quieto en el suelo. Una raíz le rodeaba la garganta y tenía la cabeza en un ángulo antinatural con respecto al cuerpo.

—Vaya —resolló Chikkers.

La jefa de guerra, con el arco aún palpitante de energía oscura, se volvió hacia él y le escrutó el alma con sus ojos rojos.

—¿Lo conocías?

—Combatíamos juntos.

Chikkers tuvo que hacer la pregunta obvia:

—No ha sobrevivido, ¿verdad?

—No. Desafió en solitario a Malfurion y murió por ello —dijo Sylvanas.

—Supongo que todos morimos tarde o temprano —murmuró el goblin.

La jefa de guerra hizo algo que no esperaba el goblin. Sonrió.

—Palabras muy sabias -dijo—. Preséntate ante el alto señor supremo Colmillosauro. La guerra no ha hecho más que empezar.

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