Una guerra justa: Segunda parte

La marcha a Silithus

Por Robert Brooks

A Colmillosauro le despertó un ruido en el exterior de su alcoba y dio un respingo. Olía a sangre. A enemigo.

«La Alianza ha venido a por mí».

En un mismo movimiento, agarró una daga que había sobre el colchón y lanzó una puñalada a la altura de la rodilla. Si hubiera habido alguien al lado de la cama, lo habría lisiado.

La hoja no toco más que aire. Estaba solo.

Un rostro apareció asomado al marco de la puerta.

—Buenos días, alto señor supremo —dijo el visitante, y luego añadió, con tono irónico—: ese ha sido un buen tajo.

—Sigues apestando a humano —dijo Colmillosauro mientras dejaba la daga—. Es peligroso.

Nathanos Clamañublo le ofreció una sonrisita socarrona y permaneció fuera, en la pasarela. — Tenemos que hablar.

Colmillosauro se puso unos calzones sueltos y se reunió con él. Faltaba poco para el amanecer y ya clareaba. En cualquier caso, tendría que haberse despertado en breve.

—¿Qué pasa? —preguntó.

Nathanos se rascó la barbilla. Fue un movimiento torpe, como si aún no se hubiera acostumbrado a la forma de la cara. Colmillosauro no le había preguntado al forestal Renegado cómo había recibido un cuerpo nuevo. No tenía claro que quisiera saberlo. Además, tampoco recibiría una respuesta sincera.

—Durante la noche hemos detectado cinco espías de la Alianza.

Colmillosauro gruñó. En aquellos tiempos no era tan raro.

—¿Y?

—Dos de ellos trataban de escalar la torre hasta tu alcoba.

—Hum.

Aquello sí que era raro, aunque lo más probable es que solo quisieran echar un vistazo a las cartas que Colmillosauro tuviera en su habitación.

—Si les hubieran ordenado que me mataran, habrían mandado más. ¿Llegaron hasta aquí? Nathanos negó con la cabeza.

—Me ocupé de ello.

—¿Sí?

Colmillosauro reparó por vez primera en un par de manchas aún húmedas en la capa azul del Renegado. Cogió la daga de la funda del cinturón de Nathanos. Nathanos entornó los ojos, pero no se opuso. El Renegado había limpiado la hoja antes de envainarla, pero no del todo.

Colmillosauro enseñó los dientes. «Por eso olía a sangre».

—¿Los mataste a los dos?

Nathanos recuperó la daga. Miró a otro lado con sus ojos rojos.

—A uno. Un humano. No ha dicho gran cosa. —O sea, que había torturado al espía antes de matarlo—. El otro era un kaldorei, creo. Son muy hábiles de noche. Se escapó.

—Bien —dijo bruscamente Colmillosauro—. Necesitamos que la Alianza crea que controla la situación. La jefa de guerra te dijo que no cazaras a sus espías. Obedécela.

—No encontrarán el cadáver —repuso Nathanos.

—Ni les hace falta.

Los espías solo desaparecían por dos motivos: se cambiaban de bando o los mataban, y ningún humano se uniría a la Horda. «Ningún humano vivo», se corrigió a sí mismo.

—Si te vuelves a topar con uno, déjalo marchar, ¿entendido? Finge que se te ha escapado.

—Sí, mi señor.

Nathanos inclinó la cabeza con calma.

—¿Marchan bien las conversaciones con la jefa de guerra?

—¿Qué te ha dicho? —preguntó el orco en voz baja.

Nathanos no respondió, algo que en sí mismo era una respuesta. «No le ha dicho nada». Colmillosauro gruñó y se inclinó para acercársele.

—Sabes de sobra que no tienes que hacer esas preguntas abiertamente.

Nathanos ni se inmutó.

—No nos escucha nadie. Siempre que esté a tu lado o vigilando la habitación en la que estés, la Alianza no conocerá tus palabras, aunque debemos suponer que sí oirán todo lo demás.

No era arrogancia. Nathanos tenía el don de ir adonde no lo querían y de descubrir a quien trataba de hacer lo mismo. También era el consejero más cercano de la jefa de guerra. Si de verdad no sabía nada, era buena señal. Significaba que Sylvanas había sido sincera y que dejaba el asunto en manos de Colmillosauro.

Así que Colmillosauro decidió utilizar a Nathanos.

—Silithus —dijo.

Esta palabra le ganó una mirada de reojo.

—¿Qué pasa con Silithus?

—Silithus —repitió el alto señor supremo—. Recuerda ese nombre, pero no lo digas en voz alta.

Nathanos se movió un poco para orientar el cuerpo entero hacia el orco.

—La zona que rodea la espada es segura, ¿no? ¿Ha ocurrido algo?

—No, tú te aseguraste de que la Horda controle férreamente Silithus y todos sus depósitos de azerita —respondió el orco con voz tranquila—. Me gustaría que siguiera siendo así. Dentro de unos días enviaré a varios cientos de soldados al sur. Protegerán la ruta y reforzarán las defensas de la espada.

Saltaba a la vista que Nathanos recelaba de cada palabra que pronunciaba, pero aun así le siguió la corriente.

—¿Proteger la ruta? ¿Para quién? ¿A cuántos más vamos a enviar?

—¿Cuántos más crees que serían necesarios?

—Ninguno —replicó de inmediato el Renegado—. La Horda no debería malgastar tropas en un desierto que la Alianza no tiene intención de invadir. Dividiría nuestras fuerzas mientras el enemigo acecha en la ciudad.

Colmillosauro se encogió levemente de hombros.

—Puede que la jefa de guerra esté de acuerdo contigo. O puede que sea yo quien lleve a los soldados hasta allí dentro de un mes.

El orco observó con atención a Nathanos. El no-muerto parpadeó una vez, luego dos y por fin asintió.

—Puede que no me guste la idea, pero, si es por el bien de la Horda, puede que no diga nada al respecto. Salvo en alguna que otra ocasión. A lo mejor los enemigos terminan viendo lo frustrado que estoy.

«Lo ha entendido».

—Sobre todo —dijo Colmillosauro—, la Alianza se preguntará por qué marchamos ahora. ¿Qué me mueve a hacerlo? La Horda entera se preguntará lo mismo. Correrán los rumores y las preguntas. La Alianza hará todo lo posible para averiguar la verdad.

Nathanos entornó los ojos. Si hubiera existido una respuesta a la pregunta, si la Horda hubiese descubierto un motivo convincente para marchar hasta allí, él lo habría sabido.

—Y cuando no hayan logrado descubrir la respuesta, a pesar de contar con un ejército de espías, se inquietarán.

—No puedo predecir lo que harán —dijo Colmillosauro—, pero algo harán. Y quizá surja una oportunidad.

—No es un gran plan —observó Nathanos, pero contrajo las comisuras de los labios—. Aun así, la estrategia es divertida, y eso me gusta.

Dicho esto, dio media vuelta y se marchó por la escalera de la torre. En Orgrimmar ya eran tres los que conocían el engaño que Colmillosauro intentaría poner en marcha. El círculo se ampliaría un poco en las semanas siguientes, pero no demasiado. No convenía.

Para conquistar Darnassus, Colmillosauro tendría que movilizar a la Horda para la guerra. Miles de soldados se prepararían para una larga marcha, reunirían cantidades ingentes de pertrechos y se dispondrían para la batalla de incontables formas. No podría ocultárselo a la Alianza. De hecho, casi esperaba que Ventormenta estuviera mejor informada que él sobre los soldados y pertrechos de la Horda. Incluso contaba con que los siguieran en cada etapa del viaje, aprovechando cualquier oportunidad para sabotear ejes de carros, destruir armas y hacer bobadas similares.

Entonces, ¿cómo iban a lanzar un ataque por sorpresa?

«Haciendo que los espías de la Alianza transmitan información errónea», había dicho Sylvanas.

Tenía razón. Para que la campaña culminara con éxito, los espías de la Alianza tenían que convertirse en la principal baza de la Horda. Tenían que informar a Ventormenta de que la Horda iba muy al sur, no al oeste, y de que se preparaban para una guerra a años vista, no para dentro de unas semanas.

Era hora de ponerse manos a la obra.

♦ ♦ ♦

El intendente Nargol se quedó mirando el pergamino con gesto horrorizado.

—¿De dónde ha salido esta lista?

—Del alto señor supremo Colmillosauro —dijo el mensajero trol.

El orco se rascó la barbilla.

—Quiere más de lo que tengo. Tendré que hacer malabares con los cargamentos de víveres y habrá que comprarles sus carros a muchísimos mercaderes para el transporte. Los herreros tendrán que trabajar día y noche. Aun así, tardaré dos meses en reunir todo esto.

«Y hará falta un milagro».

—Pueh tieneh un meh —dijo el trol.

—¿¿Qué??

Nargol volvió a mirar el pergamino. Esa cantidad de suministros bastaba para alimentar a medio ejército de la Horda durante un año.

—¿Pero qué planea Colmillosauro?

El trol se encogió de hombros.

♦ ♦ ♦

Fue un milagro que la explosión no matara a nadie. La forja había empezado a chisporrotear, silbar y gotear metal fundido, con lo que todo el mundo tuvo tiempo de echar a correr antes de que, en una violenta sacudida, inundara el Yunque Ardiente de metralla abrasadora.

El maestro herrero Saru Furiacerada había salido ileso, pero con ganas de hablar.

—Uno de los aprendices ha debido de dejar la pizarra vil demasiado tiempo en el fuego, y ya sabéis cómo se pone el acero demoníaco.

El ruido había alarmado a media ciudad y dejado en muy mal estado el interior del edificio. Al momento, corrió el rumor de que la Alianza había saboteado la forja.

—Qué bobada —le dijo Furiacerada a todo el que quiso escucharlo—. Ha sido uno de mis estúpidos aprendices. A veces se cometen errores.

Incluso el alto señor supremo Colmillosauro había acudido a inspeccionar los daños.

—Orgrimmar cumple con todos los herreros y todas las forjas —anunció—, y me aseguraré de que se repare y quede como nueva en menos de una semana.

Incluso llegó a prometerlo por escrito. «En breve se reemplazará cada fragmento de azerita perdido en la explosión».

Furiacerada estaba desconcertado. Aceptaría cada gramo de azerita que le consiguieran, pero aquel día no tenían nada en la forja. Estaba seguro. A Colmillosauro lo habían informado mal.

«Por otro lado», pensó, «si corre el rumor de que soy el único herrero de Orgrimmar capaz de trabajar la azerita, le vendrá muy bien a mi reputación».

Guardó la carta en una talega de cuero que escondía tras un panel bajo su fragua preferida. Unos días después reparó en que había un arañazo en el panel, como si alguien lo hubiera abierto a la fuerza para mirar dentro, pero parecía improbable. No habían robado nada. Todo, incluso la carta, estaba donde recordaba haberla puesto.

Bueno, puede que la carta estuviera en otro bolsillo de la talega, pero…

♦ ♦ ♦

Sylvanas Brisaveloz respiró hondo y luego musitó irritada.

—Si no queda más remedio, yo me ocuparé de ellos.

Colmillosauro estuvo un rato sin decir nada. Era mala idea, pero de momento era la mejor que se les había ocurrido.

Colmillosauro y Sylvanas llevaban días debatiendo sobre tácticas y estrategia y les había quedado claro que en su plan había dos agujeros enormes e inevitables: Malfurion Tempestira y Tyrande Susurravientos. Los líderes de los elfos de la noche eran poderosos, peligrosos y quizá imbatibles en el campo de batalla. Por mucho que el ataque sorprendiera a los kaldorei, en cuanto comenzaran los combates los dos sembrarían el pánico en la Horda. Llevaban tanto tiempo vivos, y habían sobrevivido a tanto, que Colmillosauro tuvo que considerar la posibilidad de que contuvieran a la Horda el tiempo suficiente para que la Alianza mandara refuerzos. Vallefresno era su tierra natal, al fin y al cabo. Implorarían para su causa la ayuda de la naturaleza.

Sylvanas quizá pudiera competir con uno de ellos, pero hasta ella sabía que enfrentarse con los dos en solitario no era… la mejor estrategia. La desinformación no les serviría para resolver este dilema. ¿Qué información falsa se podía pasar a un tropel de espías de la Alianza para que Darnassus mantuviera a sus dos líderes al margen de la guerra en cuanto estallara?

—Esperaremos una oportunidad —murmuró Colmillosauro—. Y si nos la ofrecen, la aprovecharemos.

Sylvanas asintió.

Seguían viéndose todos los días. Acabarían llamando la atención, así que iban a necesitar una explicación. Colmillosauro trató de elaborarla con cuidado. Nunca criticó a la jefa de guerra, y siguió

profesando abiertamente su lealtad como cualquier orco honorable, pero también se aseguró de que se le viera salir visiblemente afectado y humillado de todas las reuniones.

Dio resultado. Sylvanas le enseñó el pergamino de un espía de Ventormenta.

—La Alianza sospecha que nos llevamos a matar —dijo, y luego añadió con un atisbo de ironía—: Y creen que eres tú quien defiende una acción militar directa, pese a mis reservas.

Nathanos debía de haberse superado con sus quejas fingidas. Los espías buscaban información oculta y no se fiaban de casi nada de lo que escuchaban. No se les engañaba contándoles una mentira directa, sino enterrando una mentira hasta el punto de que tenían que esforzarse y arriesgarse para descubrirla. Si el enemigo intentaba ocultar un secreto a la desesperada, es que tenía que ser cierto. Ese sesgo teñiría todos los informes que remitirían a sus superiores.

Y no les costaría creer que Colmillosauro se irritara ante las órdenes de Sylvanas Brisaveloz, porque en cierto modo, así era. Sería fácil creer que el viejo orco tenía ganas de derramar sangre en combate, mientras que la Reina alma en pena prefería aprovechar las oportunidades que le brindaba actuar desde las sombras, porque así es como ambos habían hecho la guerra en el pasado. No se parecían en nada. Eran de pueblos distintos. Veían el mundo de forma diferente. Su constante enfrentamiento no sorprendería a nadie.

Quizá la Alianza llegara a creer que Colmillosauro quería ir a Silithus para alejarse de ella.

Y en tal caso, ¿qué pensaría del resto de la información que recibía?

♦ ♦ ♦

—Quienquiera que mate a un espía de la Alianza recibirá mil monedas de oro —bramó Colmillosauro.

Un murmullo de asombro recorrió las filas de los guardias de Orgrimmar que estaban ante él. La recompensa era mucho más sustanciosa que cualquier otra que les hubieran ofrecido.

—La ciudad es nuestra, pero si la Alianza insiste en quedarse, le mostraremos que somos anfitriones generosos —dijo Colmillosauro con desdén.

Echó el brazo hacia atrás y señaló el Fuerte Grommash. Una docena de picas colgaban del alero de la torre a más de quince metros del suelo.

—Allí es donde clavaremos sus cabezas. Mejor vista de Orgrimmar, imposible.

Los guardias murmuraron con entusiasmo. Colmillosauro vio que varios de ellos ya estaban pensando en qué se iban a gastar las mil monedas de oro. Una pena. Sería toda una sorpresa si llegaban a usar una sola de las picas.

Y seguro que la Alianza se fijaba en otra cosa: ¿acaso no había ofrecido la jefa de guerra quinientas monedas de oro por cada espía capturado unos días antes? Colmillosauro duplicaba la oferta y exigía que mataran, no capturaran, a los espías. Quería que la tensión arreciara, y desafiaba sutilmente a la jefa de guerra para que sucediera. Los indicios de las desavenencias entre la líder y su oficial eran la mejor noticia que podía transmitir un agente de inteligencia.

Sylvanas estaba satisfecha.

—Aprendes rápido las artes del engaño, alto señor supremo —dijo ella—. Pero ¿qué hacemos ahora? ¿Cómo hacemos ver al mundo que cada vez estamos más distanciados?

—¿Tienes algo en mente? —preguntó Colmillosauro.

—Nathanos y tú tenéis que llegar a las manos. En público.

Colmillosauro estaba encantado.

—Deberíamos advertirle. Si piensa que nos estamos peleando de verdad, a lo mejor me obliga a matarlo.

♦ ♦ ♦

Nathanos alzó la barbilla.

—¿Cómo de fuerte me permites que te pegue, alto señor supremo?

♦ ♦ ♦

—¡Guardias! ¡Guardias! ¡Venid! —gritó Morka.

«He atrapado a uno», pensó, loca de alegría. «He atrapado a un espía».

Había visto un brillo tenue en una sombra cercana. Había arrojado el escudo y aturdido al pícaro con un golpe de suerte.

Lo tenía agarrado, pero el gnomo se debatía, gruñendo y revolviéndose con más fuerza de la que parecía normal en una criatura tan pequeña. Llevaba la cabeza envuelta en una capa negra y no lograba alcanzar su daga.

«¡Por los espíritus, qué escurridizo!». Morka usó su peso para inmovilizar al gnomo contra el suelo, sin prestar atención a los surcos que le labraba en el brazo con las uñas. Un ruido de pasos indicaba que los refuerzos estaban a punto de llegar. Pugnó por sacar una de sus hachuelas del cinturón. Esperaba cortarle la cabeza antes de que otro reclamara la recompensa.

—Será rápido —le dijo con desdén al oído—. Te espera una pica…

Notó una hoja en la garganta.

—Suéltalo. Despacio —le dijo una voz.

«Cómo no. Tenía que haber más de uno». Captó el olor de un humano. Apretaba el filo contra el cuello con la fuerza suficiente como para hacerle sangre. Una leve sacudida y le abriría las venas. La muerte no tardaría en llevársela.

—Suéltalo ya —insistió la voz.

Morka enseñó los dientes, pero la habían pillado. Soltó al gnomo, que corrió hacia las sombras sin mirar atrás.

La voz humana prosiguió:

—Ahora, retrocede conmigo y…

La orco le agarró de la muñeca y tiró. El cuchillo cayó al suelo, pero su atacante le lanzó un polvo a los ojos con la otra mano. El polvo prendió con un fogonazo que dejó ciega y sorda a Morka. Rodó por el suelo tapándose los oídos, incapaz de oír sus propios gritos. Cuando, instantes después, otras manos la agarraron de los hombros, se debatió con violencia hasta darse cuenta de que eran de un orco y de un tauren. Aliados. Amigos. La levantaron y esperaron a que se recobrara.

Una neblina roja tiñó la mirada de Morka. En su alma pugnaban la vergüenza, la rabia y la humillación.

—Se han escapado —gruñó.

Los demás echaron a correr en busca de los espías, pero la orco se quedó sentada, furiosa consigo misma, librándose del mareo mientras otro guardia le vendaba los arañazos del brazo y del cuello.

El cuchillo del humano seguía en el suelo, así que lo cogió y lo examinó. Qué raro, era de acero de Orgrimmar. «¿Por qué lo tenía un humano?».

La hora siguiente pasó en un abrir y cerrar de ojos. Morka se quedó allí, estudiando el cuchillo, hasta que la encontró un oficial.

—Al alto señor supremo Colmillosauro le gustaría hablar contigo —dijo Nathanos Clamañublo.

No lo conocía personalmente, pero su fama lo precedía y la voz le resultaba familiar.

Parecía que cojeaba.

«El día aún puede empeorar bastante». Se rumoreaba que Nathanos y Colmillosauro se habían peleado el día anterior en el Fuerte Grommash. Estar en el mismo lugar con los dos podía resultar desagradable. Morka procuró serenarse.

—Por supuesto. Tú primero.

Lo siguió hasta el Valle de los Espíritus. El Renegado abrió la cortina de una tienda y con un gesto le indicó que pasara.

Morka entró con cierta inquietud. Dentro había un orco herido y vendado que dormía plácidamente. El alto señor supremo Colmillosauro estaba sentado con las piernas cruzadas y la espalda apoyada en la cortina de la tienda. Tenía un ojo hinchado.

—¿Atrapaste tú al espía? —preguntó.

—Casi, mi señor —dijo Morka.

¿Se acordaría de ella Colmillosauro? No dio muestras de ello, lo que fue todo un alivio.

—Tenía un amigo. Se me escaparon.

—No eres la primera. Siéntate. —Esperó a que se pusiera cómoda y luego dijo señalando al orco herido—: El espía que encontraste atacó antes a este orco. Es mensajero y lleva información importante para mí.

Morka hizo una mueca.

—¿Sobrevivirá?

—Sí, pero me temo que el espía se largó con todo lo que tenía. —Colmillosauro se inclinó hacia delante—. ¿Viste al segundo espía? ¿Al que te atacó?

Morka negó con la cabeza.

—Olía a humano. Llevaba esto.

Le enseñó el cuchillo.

—Tiene la marca de un herrero de Orgrimmar. Podría haberlo forjado mi pareja. ¿Por qué lo tenía un humano?

Una extraña sonrisa afloró al rostro de Colmillosauro.

—Interesante pregunta. ¿Clamañublo?

El Renegado asomó la cabeza por la entrada de la tienda.

-¿Sí?

—Esta guardia tiene tu daga —dijo Colmillosauro.

La boca de Morka se movió, pero no emitió sonido alguno. «¿Qué acaba de decir?».

Nathanos frunció el ceño y tendió la mano. Morka le dio el cuchillo sin decir palabra, y Nathanos volvió a salir de la tienda.

Colmillosauro se fijó en su expresión. Morka no sabía qué decir; o más bien, si decía lo que pensaba, la ejecutarían por insubordinación.

—Mi señor, yo…

El comandante orco alzó una mano.

—Necesitábamos que el espía huyera. La Alianza debe ver lo que robó —dijo en voz baja—. Era importante. Lo siento, pero que te quede claro: lo has hecho muy, muy bien.

—Gracias —respondió ella con una voz que disimulaba sus nervios.

—Se te ha confiado un gran secreto —prosiguió Colmillosauro—, y has demostrado tu capacidad. No creas que no me he percatado. Voy a necesitar guardias a mi servicio para un nuevo proyecto militar. ¿Querrías ser uno de ellos?

«¿En lugar de tirarme otro año en las almenas? Por supuesto». Su confusión y su cólera habían menguado, aunque no sabía qué responder.

Colmillosauro cambió de tema.

—Dijiste que tenías pareja. ¿Es herrero?

—Sí, alto señor supremo.

—¿Tenéis hijos?

—Ocho —dijo Morka.

Los ojos de Colmillosauro se abrieron de par en par.

—¡Ocho! Por los espíritus… A mí me ha faltado valor para intentar tener uno. Te lo diré claro: ya luchaste conmigo en el Cruce y espero que vuelvas a hacerlo. En breve, igual que entonces, presenciarás una victoria de la que se enorgullecerán tus hijos.

Morka habló sin pensar:

—¿Podré matar soldados de la Alianza?

—Por supuesto.

—En ese caso, acepto, alto señor supremo —dijo.

—Prepárate. Se supone que partimos dentro de unas pocas semanas, puede que mucho antes.

No fue hasta el día siguiente cuando Morka se dio cuenta de que él había recordado, sin preguntar nada, que habían luchado juntos en el Cruce. «Me recuerda de las almenas».

Se sintió afortunadísima de que le hubiera dado una segunda oportunidad.

♦ ♦ ♦

La jefa de guerra estaba enfrascada en sus pensamientos.

—La Alianza ha mordido el anzuelo —dijo Sylvanas—. Pero quizá nos estemos precipitando.

Colmillosauro estuvo a punto de soltar una carcajada. «¿Le preocupa que nos precipitemos?».

—Ni en nuestros mejores sueños estaríamos así. Además de picar el anzuelo, la Alianza nos ha dejado la puerta abierta. Ni se imaginan lo que planeamos.

La jefa de guerra acababa de recibir una noticia impactante de sus espías. A Ventormenta le había inquietado tanto la aparente fijación de la Horda con Silithus que había pedido a los elfos de la noche que enviaran allí su flota para vigilar los movimientos enemigos. En esos momentos, la mayoría de los barcos kaldorei navegaban rumbo a Feralas y los elfos tenían la intención de tomar posiciones en lo alto de las colinas que rodeaban la espada de Sargeras.

Colmillosauro no lo había anticipado, pero estaba sinceramente impresionado. Era una maniobra estratégica brillante… si la Horda hubiera enviado allí sus ejércitos de verdad: ocupar terreno defensivo elevado, vigilar al enemigo y tener la posición lista para trasladarse en masa a la región. No creía tan astuto a Anduin Wrynn y mucho menos tan decidido.

Y, por desgracia para la Alianza, no se habían parado ahí. Tyrande Susurravientos planeaba quedarse varias semanas en Ventormenta y elaborar una estrategia a largo plazo para neutralizar los extraños movimientos de la Horda. Ya se había ido de Darnassus. Era el momento perfecto para atacar.

Pero, por algún motivo, la jefa de guerra dudaba.

—Querías lanzar el ataque dentro de tres semanas, alto señor supremo —dijo esta.

—Eso era cuando creía que tendríamos que ocuparnos de Tyrande y Malfurion al mismo tiempo. Ahora solo hemos de contener a uno de ellos —replicó él—. Dispondremos de unos cuantos soldados menos para combatir, pero seguiremos superando a los elfos de la noche en una proporción de ocho a uno en lugar de doce a uno.

Sylvanas pensó en ello.

—¿Qué impide a Tyrande volver corriendo al combate? Sacar a todo un ejército de Ventormenta en un abrir y cerrar de ojos no es posible, pero para una sola criatura es mucho más fácil —dijo con tono lúgubre.

Colmillosauro sabía que era posible, aunque improbable.

—¿Cuántas vidas inocentes sacrificará Tyrande para matar a unos cuantos soldados? — preguntó—. Esa es la duda que se planteará. No será consciente del ataque hasta que haya comenzado. Para cuando Ventormenta le encuentre el sentido, la conquista de Darnassus estará fuera de toda duda. Tyrande puede frenarnos si se une a la batalla después de que ya nos hayamos adentrado en su territorio, o puede usar su poder para acelerar la evacuación y curar a los heridos. Si piensa que no nos detendrá, no habrá disyuntiva. Salvará a su pueblo.

Nathanos por fin tomó la palabra:

—Y tendrás la oportunidad de pillar solo a Malfurion, jefa de guerra.

La mirada de Sylvanas daba que pensar a Colmillosauro. Estaba más molesta de lo que se esperaba. Si la Horda conseguía acabar con Tyrande y Malfurion, sí, sería una gran victoria que debilitaría a la Alianza, pero se supone que el objetivo era conquistar el Árbol del Mundo. Esa cuña partiría en dos a la Alianza, independientemente de quién gobernara a los elfos de la noche.

No por primera vez, se planteó que Sylvanas no le estaba contando todo.

«¿Y acaso importa?», se preguntó.

«No», decidió. La jefa de guerra no mentía sobre la importancia del objetivo, y si tenía planes para después de la inminente batalla… Bueno, para eso era la jefa de guerra.

Sylvanas tamborileaba con los dedos sobre la mesa, pensativa.

—Hay que asegurarse de que Tyrande no vuelva. La evacuación de los kaldorei… Nos vendrá bien que empleen todos sus recursos en sacar a su gente del Árbol del Mundo antes de que lleguemos, ¿no?

—Eso creo, jefa de guerra —dijo Colmillosauro.

Reduciría el número de prisioneros de los que tendría que ocuparse la Horda, sacaría combatientes del frente para proteger la evacuación y significaría que la mayoría de los miembros de la Alianza que supieran usar la magia tendrían que quedarse en Teldrassil para ayudar, en lugar de unirse a la batalla en Vallefresno.

Sylvanas señaló el mapa. La Costa Oscura.

—Tenemos que asustarlos antes de llegar aquí. Si deciden luchar en lugar de huir, la fase final de esta batalla será más complicada que el resto —dijo—. ¿Qué hacemos para que los civiles de Teldrassil tengan tanto miedo que solo piensen en huir?

—La amenaza de una muerte inminente obra milagros —musitó Nathanos—. ¿Llevamos la nueva peste, jefa de guerra?

—¡No! —exclamó Colmillosauro—. ¡Por supuesto que no, imbécil! ¡Si matamos a todo el mundo en el Árbol del Mundo, la Alianza se unirá en nuestra contra!

—Sugería que la llevásemos como amenaza, nada más —dijo Nathanos.

—No funcionaría —dijo Sylvanas. Pareció darle vueltas a algo, pero luego negó con la cabeza—. Colmillosauro tiene razón. La Alianza no creería que la usaríamos. Aniquilar así una ciudad es impensable, un farol sin credibilidad.

—Armas de asedio —dijo de repente Colmillosauro—. Dupliquemos la cantidad de armas de asedio.

Se acercó al mapa y empezó a colocar figuritas de piedra en la Costa Oscura.

—Si llevamos suficientes armas de asedio a la Costa Oscura y las apuntamos hacia Darnassus, habremos ganado. Si se resisten, haremos que llueva muerte sobre ellos. Tendrán que plantarnos cara antes de la Costa Oscura, no después. Evacuarán la zona para no ver destruido su hogar en una batalla decisiva. Cuando lleguemos, el Árbol estará indefenso.

Nathanos estudió el mapa y asintió.

—Tiene razón, jefa de guerra.

Sylvanas lo meditó.

—Eso nos frenará. Tendrás que destacar guardias para proteger las dotaciones de asedio, ya que se convertirán en objetivos prioritarios para los kaldorei.

Al final también asintió.

—Pero funcionará. Pon en marcha el plan, alto señor supremo. Empezamos dentro de una semana.

Colmillosauro se golpeó la armadura con el hacha.

—Por la Horda —dijo.

Sylvanas sonrió.

—Por la Horda.

♦ ♦ ♦

En menos de un día, Colmillosauro empezó a revelar el plan real, pero solo a aquellos que lanzarían el primer ataque. Hacía falta mucho tiempo para informar de cualquier plan a un gran número de pícaros, ya que no les gustaban las multitudes ni los sermones, y tenía que hacerlo, como mucho, de dos en dos. Nathanos estaba en otro sitio, informando a otra pareja. Entre los dos tendrían listos a unos cuantos centenares antes del fin de semana.

Tardaba tres minutos en explicar los rudimentos. Simultáneamente, por todo Vallefresno, grupos de infiltrados de la Horda atacarían todos los destacamentos y patrullas de los elfos de la noche. Al menos, ese era el objetivo. Como habían adelantado sus planes, quedaba menos tiempo para explorar y hacer preparativos. Colmillosauro se conformaría si tenían éxito la mitad de los ataques, pero no lo reconocería ante sus soldados.

—¿Alguna pregunta? —preguntó a los dos pícaros que tenía delante.

Y las había, claro. El primer pícaro, un sin’dorei llamado Lorash Rayo de Sol, señaló el mapa de la mesa marcado con los puestos de avanzada y las rutas de patrulla de los elfos de la noche en Vallefresno. Al menos, los conocidos.

—Nos pides que provoquemos una guerra con la Alianza —dijo.

—¿Te supone eso algún problema?

Las cejas de Lorash se crisparon.

—Ni mucho menos, pero la recompensa que ofreces no es suficiente. Si esperas que lancemos los ataques al mismo tiempo y en el mismo día… —Suspiró—. Algunos tendremos que atacar en momentos inoportunos. Correremos un gran riesgo.

Colmillosauro caviló.

—Os he confiado una parte de la información. Puedo ofreceros algo más. Este es el objetivo final.

Dio un golpecito en el mapa. Darnassus.

Y luego esperó.

No era fácil impresionar a los pícaros. Colmillosauro disfrutó viendo cómo se quedaban con los ojos y la boca abiertos e intercambiaban miradas. Lorash se echó a reír a carcajadas y esbozó una sonrisa feroz.

Colmillosauro esperó a que hubieran digerido la noticia.

-El Árbol del Mundo tiene valor estratégico y la Horda lo conservará. La ciudad de Darnassus está llena de tesoros de valor incalculable. Por lo general no tienen valor estratégico, así que la Horda no necesita quedárselos. Quienes se la jueguen en nombre de la Horda serán recompensados, os lo aseguro.

El otro picaro, un Renegado llamado Rifen, parecía contento. Lorash tenía otra pregunta.

—Si el objetivo son los elfos de la noche, supongo que Malfurion Tempestira andará implicado.

—No te pediremos que te enfrentes a él —dijo Colmillosauro.

—¿Y si me apetece hacerlo? —preguntó Lorash.

Rifen resopló y negó con la cabeza, pero no dijo nada. Colmillosauro extendió las manos, en gesto de aquiescencia.

—Si acabas con Malfurion Tempestira en combate, serás recompensado —dijo—. No obstante, te recomiendo que evites ese enfrentamiento.

La pareja no planteó más dudas. «Dos menos, aunque aún quedan muchos».

♦ ♦ ♦

El día había llegado. Miles de soldados de la Horda se despertaron al alba, se reunieron en las afueras de Orgrimmar y empezaron a pertrecharse para la larga y tranquila marcha hasta Silithus. Nadie planteaba sus dudas abiertamente, pero Colmillosauro oyó que algunos se quejaban en voz baja de la misión.

No los culpaba. Creían que Colmillosauro se llevaba gran parte de las fuerzas terrestres de la Horda a Silithus para un periodo de entre seis meses y un año. Y sospechaban que patrullar tanto tiempo por el desierto sería una tortura.

—Espero que la Alianza nos ataque —oyó gruñir a un orco—. Sabemos que tarde o temprano sucederá.

Le costó disimular el gesto. Era el comienzo de una nueva era para la Horda en Azeroth. Con esta victoria, asegurarían su supervivencia durante cien generaciones, y si no eran capaces de dominar el mundo de ahí en adelante, por los espíritus, tampoco había nada que él pudiera hacer al respecto.

Casi todo Orgrimmar había acudido para ver partir al ejército. La curiosidad se había disparado; la Horda no entendía del todo por qué Silithus era tan importante. Con suerte, la Alianza estaría igual de desconcertada.

Un rostro familiar se abrió paso entre los soldados arremolinados hasta Colmillosauro. El orco le sonrió de oreja a oreja.

—Viejo amigo, me alegro de verte —dijo.

Baine Pezuña de Sangre, el gran jefe de los tauren, le agarró el brazo con firmeza.

—¿Otra vez te vas a la guerra sin mí? —preguntó con fingida seriedad.

—Si quieres pasar unos cuantos meses en el desierto, acompáñame —dijo Colmillosauro en tono de broma.

—¿Es ahí adonde vas? —preguntó Baine sin cambiar el tono, pero con una mirada gélida.

Colmillosauro no se permitió demostrar sorpresa. «Baine conoce el plan real», comprendió el orco. No sabía cómo, pero el tono de voz del tauren dejaba claro que algo sabía. «Tengo que dejar de subestimarlo». Al fin y al cabo, era hijo de Cairne y no era tonto.

—Acabará antes de lo que la mayoría piensa —dijo sin alterarse.

—La mayor parte de la Horda no entiende el objetivo de esta misión, ni por qué debe hacerse ahora —dijo Baine.

«Ni yo», quería decir.

—Creo que en breve lo entenderán —dijo Colmillosauro—. Ha surgido una oportunidad y hay peligro en el horizonte. Lo mejor es solucionarlo deprisa.

—Limpiamente, espero —dijo Baine—. Dime, ¿el plan es tuyo o de la jefa de guerra?

—Mío —dijo simplemente Colmillosauro.

El tauren pareció aliviado.

—En ese caso, te deseo lo mejor. Lucha con honor, amigo. Lok’tar ogar.

—Lok’tar —respondió Colmillosauro.

Era hora de partir. El orco ordenó a la gigantesca caravana militar, con todos los carros, armas de asedio y soldados de a pie, que iniciara la marcha. Baine dio un paso atrás sin dejar de mirar a Colmillosauro, ni cuando la columna se extendió en la lejanía.

♦ ♦ ♦

Nathanos iba en un carro justo detrás de Colmillosauro.

Tenía que reconocer que la jefa de guerra había hecho bien en entregarle al orco las riendas del plan. Colmillosauro había aprendido a guerrear antes que a andar y se notaba. Se había ganado su fama y su legado. Había hecho muchos sacrificios por su pueblo, y la Horda confiaba en que tomara las decisiones adecuadas, incluso en los días más aciagos.

«Aun así, Sylvanas se ha granjeado esa misma fama mil veces, pero todavía inspira desconfianza».

En la Horda había demasiados pusilánimes y cortos de vista. Sylvanas había visto lo que había más allá de esta vida. Sabía lo que esperaba al otro lado. ¿Qué otra cosa podía hacer sino aprovechar esa información para actuar? Si a veces sus acciones parecían crueles, es que la vida era cruel. La existencia era fugaz. Sus planes se elevaban por encima del horizonte de la mortalidad y eso asustaba a muchos.

Nathanos no era uno de ellos. Él estaba encantado.

Colmillosauro se volvió en el asiento y miró a Nathanos.

El Renegado alzó la barbilla. «¿Ahora?».

Colmillosauro respondió asintiendo. «Ahora».

Era mediodía. La Horda estaba a mitad de camino del cruce que llevaba a los Baldíos. El primer ataque contra los elfos de la noche se había lanzado, aunque en la caravana casi nadie lo sabía. Si todo marchaba según lo planeado, ya habrían caído los primeros elfos de la noche. En breve cundiría el pánico. Luego llegarían los contraataques. Y más adelante, la desesperación, porque Sylvanas Brisaveloz era imparable y los kaldorei lo sabrían en el fondo de su corazón.

Nathanos no era muy soñador, pero podía imaginarse la victoria. Pronto estaría bajo las ramas de Teldrassil, recorrería los caminos de Darnassus y les quitaría la vida a los kaldorei en su propio terreno. Solo había que esperar. Todo sucedería así porque Sylvanas lo había ordenado.

No albergaba duda alguna. Ni sobre ella ni sobre el plan.

♦ ♦ ♦

Lorash se compadeció del grupo de kaldorei. Su líder las hacía marchar por el bosque como si fueran reclutas novatas que hubiera que poner en forma por las malas. Si sus ojos no le engañaban, eran veteranas curtidas, no bisoñas. El exceso de instrucción era un peligro; machacar a las tropas de élite hasta que se confiaran era uno de los errores más graves que un líder podía cometer.

Se aprovecharía de su cansancio, pero no sin sentir cierta compasión. Él también había tenido superiores pésimos.

Por desgracia, aunque la oficial estaba agotando a sus tropas, les exigía que mantuvieran la formación en todo momento. Eso le fastidiaba. No había rezagadas a las que cazar. Le gustaba atacar desde arriba, pero no se arriesgaría a hacerlo a plena luz del día, al menos mientras las elfas de la noche estuvieran a campo abierto, alerta y coordinadas. Así solo conseguiría matar a unas cuantas antes de caer.

Hacía ya media hora que Rifen y él tendrían que haber lanzado el ataque. El tiempo se acababa. Estaban cerca del Refugio Brisa de Plata, un puesto de avanzada kaldorei. Otros pícaros habían recibido la orden de atacarlo. Aunque no hubiera supervivientes, las patrullas de los elfos de la noche no tardarían en encontrar los cadáveres. Cuando supieran cuántos puestos kaldorei habían sido atacados, serían presas más difíciles.

Una hoja crujió detrás de Lorash.

—¿Ya has vuelto? —cuchicheó.

El pícaro Renegado se movió en silencio entre la maleza. El crujido de la hoja había sido una cortesía; los pícaros sabían que no convenía acercarse a hurtadillas a los suyos sin hacer algún ruidito.

—Veo doce como mínimo, tal vez más —dijo Rifen.

Se tocó distraídamente la clavícula visible, un tic que sacaba de quicio a Lorash.

—Ya vamos con retraso —murmuró este—. Si no atacamos pronto, tendremos que retirarnos.

Doce contra dos. Y tendrían que enfrentarse a centinelas, enemigas muy peligrosas. Lo único que impedía que Lorash ordenara la retirada inmediata era el trofeo que tenía ante sí.

—Creo que una de ellas es la comandante de los elfos de la noche —dijo.

—¿La comandante de Vallefresno? —preguntó Rifen con tono mucho más animado—. ¿Quién?

Lorash levantó despacio el brazo para que el movimiento no llamara la atención.

Extendió el dedo.

—La alta con la cara llena de cicatrices. Encaja con la descripción.

Estaban a un centenar de pasos, pero el rasgo facial saltaba a la vista. Rifen no dijo nada.

Esperaron unos minutos más. Las elfas de la noche seguían marchando de acá para allá. Entonces, como una de ellas no se mantuvo en perfecta formación, la comandante las obligó a realizar una serie de ejercicios físicos agotadores.

Lorash suspiró.

—No van a parar. Decídelo tú, Rifen. Yo te sigo.

—Por lo general, sugeriría que nos retiráramos y viviéramos para cobrar otra paga —susurró con calma el Renegado—. Pero nunca he matado a una comandante. Y está agotando a quienes podrían protegerla. Acerquémonos.

Lorash se encogió de hombros y avanzó con sigilo. No hicieron el menor ruido. No volverían a hablar, no tan cerca; solo hablarían por señas.

Una bestia al galope llamo su atención. Se acercaba alguien. Los dos pícaros vieron que una elfa a lomos de un sable de la noche se abría paso por la maleza hasta reunirse con el grupo.

—¡Comandante! ¡Comandante! —gritó—. ¡Nos han atacado!

Todas las demás se volvieron para mirarla.

Era una pequeña distracción, pero muy útil. Mientras se reunían alrededor de la recién llegada, las elfas dejaron de prestar atención al resto del mundo.

Rifen le tocó el brazo a Lorash con un dedo. «Quédate aquí», le indicó con un gesto. Luego avanzó en silencio por la maleza hasta un árbol y empezó a trepar. Lorash no podía pararlo, al menos sin alertar al enemigo.

«Supongo que es nuestra oportunidad», pensó. Aun así, atacar desde arriba parecía imprudente. Pero Rifen ansiaba la gloria. Y la paga.

Lorash solo entendió retazos de la conversación de las elfas. La exploradora informó de que habían atacado varios puestos por todo Vallefresno, lo que causó una gran conmoción. La comandante empezó a gritar órdenes a tal volumen que ahogó cualquier ruido que Rifen pudiera haber hecho.

Miró hacia arriba y vio a Rifen deslizándose por una rama, preparándose para descolgarse. Iba a hacer una entrada espectacular.

El elfo de sangre se dio unas palmaditas en las mangas, tocó los shurikens que ocultaba allí, y luego desenvainó las dagas. Había embadurnado en veneno todas las hojas, cada cual con un fin diferente. Solo necesitaba un rasguño.

Rifen se soltó de la rama y cayó a plomo. Lorash apretó los dientes. La comandante estaba empezando a dar órdenes. Un par de minutos más y el grupo se habría dispersado.

«Dichosa impaciencia».

El sable de la noche —un druida elfo de la noche, por supuesto— alzó el hocico, olisqueó y lanzó un rugido de alarma.

Demasiado tarde.

Rifen llevaba las dagas pegadas al cuerpo, con las puntas hacia abajo. Aterrizó sobre la espalda de la comandante y la apuñaló violentamente mientras rodaban por la maleza, lo que sobresaltó a todos los elfos de la noche. Antes de que reaccionaran, Rifen se había puesto en pie y le había cortado el cuello a otra elfa con la daga. Un chorro de sangre lo roció todo.

«Es hora de impresionarlos». A lo mejor lograba distraer al grupo lo suficiente como para brindarle a Rifen la oportunidad de huir. Cubrió con tres saltos la distancia que los separaba y, de un tajo, acabó con una. Luego fue a por el resto. Rifen se movía como una forma borrosa entre ellos y Lorash era un espectro que giraba por el perímetro.

Seis elfas habían caído antes de que empezaran a defenderse eficazmente. Era hora de irse. «No nos han ordenado que luchemos caballerosamente», pensó Lorash mientras sonreía. Habían matado a la comandante. Misión cumplida.

Lorash retrocedió. Un toque de las Sombras hizo que pareciera que había desaparecido, pero los elfos de la noche no se dejaron llevar por el pánico. Dispararon flechas y hechizos a los huecos entre los árboles con la esperanza de alcanzarlo en su huida. Lorash se quedó quieto, con la espalda apoyada en un tronco, hasta que dejaron de mirar hacia allí.

Un grito ronco de dolor puso fin a su creciente sensación de satisfacción. Rifen no había conseguido escapar. Lorash se arriesgó a echar un vistazo fugaz y vio al pícaro Renegado bajo el peso de un sable de la noche que se le había echado encima. Su brazo, cercenado, estaba tirado en el suelo, a varios pasos de allí.

Lorash apretó la mandíbula. Con una herida así, Rifen estaba perdido. «Maldita sea». Con tantas kaldorei vivas, rescatarlo era imposible. Lorash podía irse o morir.

Era una decisión fácil.

Se alejó cien pasos a rastras antes de arriesgarse a levantarse para echar a correr. «Uno ha sobrevivido, el otro ha muerto y hemos matado a seis». Se preguntó si Colmillosauro lo consideraría un éxito.

♦ ♦ ♦

Nathanos observó atentamente a Colmillosauro mientras la caravana se acercaba al cruce. Era su última oportunidad de retirarse. Sería una estupidez, pero Colmillosauro podía ordenar a toda la Horda que se diera la vuelta y volviera a casa. En cuanto se desviaran hacia el norte, hacia Vallefresno, la suerte estaría echada.

Colmillosauro todavía no había comunicado su decisión a los conductores que iban en vanguardia. Nathanos saltó ágilmente de su carro y trotó hasta el de Colmillosauro, manteniéndose a su altura a pie.

—¿Qué ordenas, alto señor supremo? —dijo con voz monocorde.

—Aún hay tiempo —dijo Colmillosauro.

«Quizá se esté acobardando». Nathanos dejó que se reflejara cierta crispación en su tono:

—¿A qué esperas?

Los ojos de Colmillosauro se desplazaron hasta Nathanos y su mirada torva sirvió para que el Renegado se diera cuenta de que no tenía miedo. Solo se estaba preparando para lo que les esperaba.

—Díselo tú si quieres. Vamos al norte.

Nathanos sintió una punzada fugaz de vergüenza. Corrió hasta la cabeza del convoy para hablar con los conductores de los primeros carros y los oficiales cercanos.

—Colmillosauro tiene nuevas órdenes. Cuando lleguemos a la bifurcación de los Baldíos del Norte, id hacia la derecha.

—¿Qué? —preguntó un tauren—. ¿A la derecha? ¿A Vallefresno?

—Así lo ordena Colmillosauro. Obedeced —dijo Nathanos.

Media hora después hubo dudas en la bifurcación. Todos se habían preparado para girar a la izquierda, hacia el Cruce y hacia Silithus. Pero al final obedecieron.

Hubo cierta conmoción en todo el ejército de la Horda cuando se dieron cuenta del cambio. Las conversaciones nacían y morían poco después, pues solo había preguntas, no respuestas.

Colmillosauro se limitó a mirar al frente, aparentemente satisfecho con la decisión.

♦ ♦ ♦

Morka no dijo nada, pero no pudo por menos que intercambiar una mirada con los demás guardias. Parecían tan sorprendidos como ella. Pero mientras la Horda avanzaba hacia Vallefresno, ató cabos. No había sabido qué pensar de los extraños encargos que le había encomendado Colmillosauro, de todos aquellos actos clandestinos… Pero también le había prometido que en breve lucharía contra la Alianza.

Caminaba al lado del carro del alto señor supremo y, con una simple ojeada, le bastó para comprender que lo tenía todo planeado. No estaba asistiendo a un cambio de planes; tenía ante sí una estrategia magistral. Pero aún no la veía.

En cuestión de una hora, el convoy tuvo a la vista las viejas fortificaciones de la Horda en la frontera del territorio. Años atrás, la Empalizada de Mor’shan había servido de baluarte contra los elfos de la noche que se internaban en Los Baldíos, pero, con la destitución de Garrosh Grito Infernal, quedó abandonada.

Debería haber elfos de la noche en aquellas fortificaciones, pero no era así. En cambio, había dos picaros de la Horda, un orco y un goblin, sentados cómodamente en la estructura con las piernas colgando. Saludaron con la mano al convoy según se acercaba, lo que volvió a desencadenar un frenético parloteo en las filas del ejército.

Cuando el carro de Colmillosauro pasó por debajo de la empalizada, este se levantó y escaló hasta la parte superior para dominar todo el convoy de la Horda.

—Soldados de la Horda, ¡escuchadme! —bramó.

La caravana se detuvo. Todos los cuchicheos y conversaciones cesaron. Nadie quería perderse una palabra. Morka apenas respiraba.

—No vamos a Silithus. Silithus nunca ha sido nuestro destino —dijo Colmillosauro con voz estentórea. A estas alturas, ningún miembro de la Horda parecía sorprendido—. Emprendemos una misión con un solo objetivo: conquistaremos Darnassus, hogar de los kaldorei.

El alto señor supremo les dio unos instantes antes de continuar.

—La Alianza no sabe que vamos. No se han preparado para nuestra llegada. Ya hemos dado el primer golpe y los exploradores de los elfos de la noche en Vallefresno están sumidos en el caos. Pero eso no quiere decir que vaya a ser fácil. Lucharán encarnizadamente. Lucharán a la desesperada. ¡Pero no podrán resistir a la Horda!

El dique de la sorpresa se vino abajo. La caravana entera respondió con un rugido, alzando las armas y los puños. Colmillosauro dejó que el volumen subiera y luego pidió silencio con un gesto. Lo obtuvo al instante.

—No puedo daros seis meses de paz en el desierto —dijo con una sonrisa. Y entonces alzó la voz hasta proferir un grito que sacudió las hojas de los árboles cercanos—: ¡Solo puedo daros unos cuantos días de gloria! ¡Lok’tar ogar! ¡Por la Horda!

Morka y sus miles de hermanos y hermanas de la Horda se unieron al grito. La respuesta no hizo que temblaran los árboles: hizo que temblaran las colinas.

Haría que temblara el mundo entero.

—¡Por la Horda!

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