Una guerra justa: Cuarta parte

Victoria en la Costa Oscura

Por Robert Brooks

Una mano le apretó el hombro a Colmillosauro.

—Aquí estamos, alto señor supremo —dijo Morka.

El orco despertó al instante.

—¿Cómo van los combates?

Morka sacudió la cabeza.

—Ya han acabado.

Colmillosauro saltó del carro y miró de soslayo hacia arriba. El sol aún estaba bajo en el cielo, así que no había dormido mucho, quizá quince minutos. Después de varios días de lucha, era un lujo. No lo libraría del peso de la fatiga mental, pero refrescaría sus ideas.

Ante él había un lago. En el centro, una isla, que partía las aguas casi en dos, y en esa lengua de tierra, un pueblecito kaldorei: Astranaar, una de las últimas fortalezas de los elfos de la noche de camino a la costa. Agua por todos lados, solo dos puentes para acceder; perfecta como base de operaciones. Si los elfos de la noche ya la habían perdido, era una victoria asombrosa para la Horda.

—¿No han defendido Astranaar? —preguntó Colmillosauro.

Morka se encogió de hombros.

—Cuando llegamos, los elfos de la noche ya estaban muertos. Los exploradores dicen que los cadáveres mostraban síntomas de envenenamiento. El trabajo de los infiltrados ha debido de ser… provechoso.

Impresionante. Colmillosauro tendría que averiguar qué picaros habían sido tan metódicos.

—Peinad el pueblo una vez más en busca de saboteadores y llevadlo todo a la posada. Astranaar es el último puesto de mando que necesitamos para hacernos con Vallefresno —dijo.

Quizá podría dormir unos minutos en una cama y no en un carro de madera en un camino lleno de baches.

♦ ♦ ♦

Todo estaba tranquilo, todo lo tranquilo que podía estar un campo de batalla.

Sylvanas Brisaveloz se había escondido en una arboleda, varios kilómetros por delante de la vanguardia de la Horda, en busca de Malfurion Tempestira, pero oía el ruido procedente de un centenar de escaramuzas lejanas. Los gritos de los vencedores, los aullidos de los moribundos… Desde lejos, todo sonaba igual: el alarido indistinto de la guerra.

Sylvanas no le hizo caso. Estaba detrás de una presa más grande, si es que encontraba su rastro.

Malfurion Tempestira jugaba mejor de lo que esperaba. No se había dejado acorralar. Durante días, había golpeado con fuerza a la Horda, haciendo pedazos sus filas, y luego se había desvanecido en el bosque antes de que Sylvanas apenas pudiera vislumbrarlo. No se dejaba llevar por la ira.

Pero no conseguiría alterar el desenlace de la batalla. Tenía que saberlo.

Si no andaba por allí, ¿dónde estaría? Sylvanas le daba vueltas al problema mientras vigilaba el bosque a su alrededor. Allí, justamente allí, reinaba la tranquilidad. El tipo de silencio que solo traía la muerte. Estaba rodeada de cadáveres, todos de la Horda.

—Al final, la muerte nos reclama a todos —les susurró Sylvanas Brisaveloz.

Flojo como panegírico, pero no había palabras para aliviar lo que habían sufrido antes de su final.

Sylvanas había visto la muerte en toda clase de formas y circunstancias. Los cadáveres eran elocuentes. La evidencia del horror de los caídos estaba escrita en las pisadas que habían aplastado hierbas y hojas, en la tierra revuelta por las raíces surgidas del suelo para atrapar brazos y piernas y, por supuesto, en el terreno abrasado que marcaba dónde habían muerto.

Un grupo de elfos de la noche —la mayoría, pero no todos, druidas o magi— se había escondido en lo más recóndito de la arboleda. Cuando el grupo de soldados de la Horda pasó por allí, los kaldorei habían recurrido a flechas, magia, espadas y otros muchos instrumentos de guerra, y habían herido a casi toda la partida de asalto.

Los treinta miembros de la Horda habían caído en cuestión de segundos. Los druidas habían recurrido a la naturaleza para someter a la mayoría, y los magi habían encerrado en hielo a unos pocos. Quizá uno o dos hubieran muerto deprisa. Los demás habían quedado indefensos; doloridos, pero vivos.

Y solo entonces comenzó la matanza.

Los soldados de la Horda no habían muerto en un estallido de fuego: habían ardido lentamente, sufriendo, chillando. Los elfos de la noche habían hecho todo lo posible para prolongar el horror, para maximizar el dolor.

«A Malfurion le enfurecería ver lo que ha hecho su gente», pensó Sylvanas. «La herida está abierta. Han empezado a sangrar, pero canalizan el odio de manera lamentable».

Los kaldorei sabían que eran muchos menos. Sabían que su hogar estaba perdido. Tal vez unos cuantos supieran en su fuero interno, igual que ella, que Darnassus acabaría reducida a cenizas. Enfurecidos, lo único que estaba en su mano era hacer sufrir a aquellos desgraciados.

Habían usado su poder no para ganar una batalla ni para ganar tiempo en la evacuación de su gente, sino para causar dolor y nada más. Su furia les había arrebatado toda pretensión de civilización, toda apariencia de honor, y habían mostrado su auténtica cara.

Eso es lo que hacía la guerra: les daba permiso a los seres civilizados para hacer lo impensable. Solo entonces se podía lograr lo imposible.

Sylvanas lo había aprendido por las malas. Probablemente, muchos otros jamás lo conseguirían.

Malfurion… Pese a la cólera por lo inevitable, no perdía la compostura. Tal vez no pudiera.

«Y por eso caerá».

¿Llegaría Colmillosauro a entenderlo? Había vislumbrado el mismo abismo que ella. Su hijo, Dranosh, era un dechado de honor, pero eso importó un bledo cuando la muerte fue a buscarlo. Colmillosauro había visto bailar a su hijo como una marioneta movida por el Rey Exánime. Aquel día hizo mella en el alma de Colmillosauro. Incluso él creía que lo había destrozado.

Sylvanas había sospechado en privado que jamás volvería a combatir, pero sí lo hizo. La herida no se había cerrado; sencillamente había aprendido a vivir con ella. Parecía pensar que el honor lo sostendría hasta el final de sus días.

El honor era lo único que le quedaba. El honor y la Horda. Sylvanas no sabía lo que haría si le arrebatasen alguno de los dos.

«Se convertiría en enemigo mío, un enemigo terrible».

Por suerte para él, lo que ella necesitaba ahora mismo era honor y moderación. Quizá Colmillosauro encontrara una muerte gloriosa en el campo de batalla antes de tener que afrontar una decisión que lo destruiría.

«O quizá el viejo orco me sorprenda», pensó. «Quizá le plante cara al mundo tal como es y decida seguir luchando a mi lado. Si no lo hace, bueno…».

«Ya llegaremos a eso».

Malfurion había estado un tiempo en la frontera norte de Vallefresno y luego había viajado al sur. Sylvanas estaba segura. Por algún motivo, no había pasado por la arboleda. ¿Qué le había llamado la atención?

No había muchas posibilidades. No había ruido de lucha al sur. Astranaar estaba por allí.

Debía haber sido zona de guerra. Si no lo había sido, era adrede.

Salió de la arboleda y se dirigió hacia el sur. Su intuición la empujaba hacia Astranaar.

♦ ♦ ♦

La batalla tocaba a su fin, y Colmillosauro lo sabía. La Horda lo sabía. Los elfos de la noche parecían saberlo, pues luchaban más a la desesperada que nunca.

Colmillosauro se reclinó sobre la mesa más grande de la sala común de la posada y estudió atentamente el mapa de Vallefresno con los estrategas. Sus subordinados ya habían marcado en el mapa los movimientos más recientes de la Horda y las fuerzas de la Alianza que habían avistado. La línea del frente se había adelantado en el extremo sur, pero el flanco norte se acercaba rápidamente. Malfurion había vapuleado a la Horda en el norte, pero habían llegado refuerzos para reponer las bajas. En el mapa, parecía que los últimos focos de resistencia de los elfos de la noche en Vallefresno se desmoronaban bajo una avalancha de marcas de cera.

No había noticias de que quedaran fortalezas de los elfos de la noche, al menos desde los Baldíos del Norte a Astranaar. Los kaldorei contaban con exploradores móviles que aprovechaban cualquier oportunidad para sembrar el caos tras las líneas de la Horda, pero no les preocupaba. Las rutas de suministros estaban bien protegidas y la vanguardia contaba con pertrechos suficientes para llegar a Darnassus.

«Hemos conquistado Vallefresno». No lo dijo en voz alta. Convenía no tentar al destino, sobre todo cuando él tampoco lo tenía tan claro. Había sido una victoria muy fácil.

Y, en cualquier caso, Vallefresno no era el objetivo final; solo era la pieza más grande del rompecabezas.

Los dedos de Colmillosauro perfilaron la línea de la costa, desde la frontera de Vallefresno a la Costa Oscura, donde la Horda lanzaría el ataque sobre Darnassus.

—Hay que empezar con los preparativos para la ofensiva final —dijo.

—¿No pararemos hasta la Costa Oscura? —preguntó un orco.

—Tomaremos posiciones en la costa, al sur.

Colmillosauro tocó una posición no muy alejada. La avanzada de Zoram’gar. Desde la destitución de Grito Infernal, la Horda no la había usado mucho. Era un buen lugar para reorganizarse.

—Hay un claro desde Vallefresno hasta la playa. Los elfos de la noche no nos desafiarán a campo abierto. Tomaremos la costa con facilidad.

—Es posible que la flota de los elfos de la noche vuelva pronto —dijo un elfo de sangre—. Con suerte estarán a varios días, pero podrían volver desde Feralas esta misma tarde. En la playa podríamos ser vulnerables a sus ataques.

—Si la flota nos bombardea en lugar de evacuar al resto de los ciudadanos…

Colmillosauro no terminó la frase. Eso era lo que haría la flota, ¿no? Los barcos podían evacuar a muchos elfos de la noche del Árbol del Mundo, pero no tendrían tiempo para subirlos a bordo. Si la flota retrasaba a la Horda en lugar de ayudar con la evacuación, escaparían más civiles.

—Tienes razón. ¿Cuántas máquinas de asedio nos quedan?

Aquello suscitó cierto debate. Después de que los estrategas compararan sus datos, informaron de que los elfos de la noche habían conseguido destruir o dañar la mitad de las que tenía la Horda. Más de las que le habrían gustado a Colmillosauro, pero no un desastre. Al fin y al cabo, eran el objetivo más importante para los elfos de la noche. Si la Horda no instalaba máquinas de asedio en la Costa Oscura, no habría fuego de cobertura en el asalto al Árbol del Mundo.

«Pero aún tenemos suficientes. De sobra». Continuó con las órdenes: —Situad aquí las armas de asedio. Estarán a salvo hasta que tomemos la costa.

Durante la hora siguiente, las máquinas y sus dotaciones entraron en la población y aparcaron en el camino que atravesaba Astranaar. Colmillosauro no se percató porque seguía con la mirada clavada en la mesa, donde sus subordinados reflejaban datos nuevos en los mapas. Alguien desenrolló el mapa de los mares entre Kalimdor y los Reinos del Este y marcó el avance de los refuerzos de la Alianza. Su flota seguía a varios días. Demasiado lejos como para influir en la situación.

A la Horda aún le quedaba un largo trecho por delante, se recordó Colmillosauro. Muy largo. Aún habría que matar y morir mucho, pero la estrategia que los había llevado hasta allí les permitiría llegar a la costa occidental.

Los combates habían cobrado un ritmo que los elfos de la noche no podían parar. Los ejércitos de Colmillosauro avanzaban en grupos reducidos hasta que encontraban resistencia, y entonces se mantenían firmes. Solo había suficientes elfos de la noche para contenerlos en una o dos posiciones; Malfurion era un bastión por sí solo, pero Sylvanas le pisaba los talones y si descansaba demasiado, acabaría alcanzándolo. En las demás posiciones, la ofensiva seguía. Si los elfos de la noche retrocedían, los exploradores de la Horda los hostigaban. Si resistían, no tardaban en acorralarlos. A la Horda no le hacía falta irrumpir en las defensas de los elfos de la noche, no si podía rodearlas.

Todo parecía limpio y fácil, pero la guerra no era ninguna de las dos cosas.

En muchos casos, el avance de los soldados de la Horda les había metido en una emboscada. Malfurion sembraba la destrucción en las líneas de la Horda y mataba a aquellos necios que le plantaban cara. Cuando se hiciera el recuento final de bajas, habría más muertos de la Horda que kaldorei.

Sin embargo, Colmillosauro contaba con ello. No le gustaba, pero si amenazabas el hogar de un enemigo e invadías su territorio, tenías que pagar un precio.

«Si es lo que hace falta para acabar con la próxima guerra antes de que estalle, merece la pena».

Un mensajero llegó a la posada; un Renegado con la marca de la guardia de honor personal de la jefa de guerra. —¿Alto señor supremo Colmillosauro? Fuera, vamos.

Colmillosauro le lanzó una mirada feroz y fugaz. «Este tiene que aprender respeto». Luego centró su atención en los mapas.

—Entrégame el mensaje y lárgate.

—La jefa de guerra te aguarda. ¿Es que no sigues sus órdenes, alto señor supremo? — preguntó el no-muerto.

Si Colmillosauro le hubiera hablado así a su primer jefe de guerra, Puño Negro, le habría cortado la cabeza. Pero obedeció. «No merece la pena que lo mate». Dio tres pasos hacia la puerta y entonces se acordó de su hacha, que seguía sobre la mesa. El cansancio empezaba a afectarle. Con un gruñido, volvió a por ella.

Morka, la guardia, pasó por delante de Colmillosauro con la mirada fija en el mensajero.

—¿Cómo te llamas, recadero?

—Soy el emisario de la reina —dijo el mensajero—. Eso debería bastar para los de vuestra calaña.

La mano de Colmillosauro se cerró sobre el mango del hacha.

—Te ha hecho una pregunta —gruñó—. ¿Cómo te llamas?

—Tienes tus órdenes. Sal, alto señor supremo. ¿Cuánto tiempo más piensas desobedecer a la jefa de guerra? —preguntó el Renegado con voz anodina.

Colmillosauro apretó la mandíbula. Echó una ojeada a Morka y se adelantó un paso.

—Creo que a ti te importa bien poco la jefa de guerra —dijo Colmillosauro.

Ni el Renegado más fanático actuaría así. Pero alguien que intentara imitar a uno…

—Dime, elfo de la noche, ¿por qué nombre te llama Malfurion?

La expresión del mensajero no cambió, pero sus dedos se movieron nerviosamente.

Hacia la cintura.

Aquello fue suficiente. Colmillosauro alzó el hacha y rugió.

—¡Saca tus armas, asesino, o muere huyendo!

Entonces atacó.

La criatura disfrazada de Renegado sacó sus dagas ocultas. Las puntas de las hojas dejaban finas estelas de humo negro en el aire. Un rasguño seguramente sería mortal. Mientras Colmillosauro ondeaba el hacha, el asesino hincó una rodilla y lanzó un tajo a las piernas del orco.

«Debe de ser joven», pensó Colmillosauro. Los combatientes más veteranos sabían que no debían desperdiciar su única posibilidad de sobrevivir con un ataque complicado.

Antes de que los cuchillos lo alcanzaran, su bota golpeó al asesino bajo la barbilla y lo levantó. El hacha hizo blanco: le partió el cuello y se detuvo al llegar a la columna vertebral.

El disfraz se desvaneció y Colmillosauro miró a los ojos al elfo de la noche que había intentado matarlo. Era joven, poco más que un niño entre los de su raza. El alto señor supremo sacó el hacha y dejó caer el cuerpo de su enemigo. El muchacho chocó contra el suelo con estrépito y las tablas de madera se empaparon de sangre. Sus ojos seguían fijos en el rostro de Colmillosauro.

Colmillosauro recordaría su expresión. Era una de las terribles certezas de la guerra: los jóvenes morían y los supervivientes estaban condenados a recordar cómo había ocurrido.

—Descansa —le dijo—. Has muerto con honor. Nadie puede pedir más.

El rostro del elfo se retorció y, por un momento, Colmillosauro creyó que estaba a punto de llorar. Pero no: con su último aliento, el pícaro moribundo le escupió en las botas, dejándole un rastro de sangre y saliva en la armadura. Luego se quedó quieto.

Morka se puso al lado de su comandante con una hachuela en cada mano. Todo había acabado muy deprisa y no había podido usarlas.

—Desafiante hasta el fin —apuntó—. Su pueblo estaría orgulloso.

Colmillosauro estaba de acuerdo. «Cuánto brío. Y ni siquiera he averiguado cómo se llamaba».

—Acertaste al detectar al asesino —le dijo Colmillosauro—. Pero nunca debería haber llegado hasta aquí.

Salió dando zancadas y gruñendo. Había dotaciones de asedio, guardias y soldados por todas partes. Astranaar rebosaba de miembros de la Horda, y ninguno de ellos había identificado al extraño que caminaba entre ellos. Nadie le había dado el alto.

Disfrutaría explicándoselo con todo lujo de detalles.

—¡Escuchad bien! —comenzó.

Las cabezas se volvieron hacia él. Los ojos repararon en la sangre en el hacha y la armadura.

—¿Necesita la Horda que se le recuerde que estamos en guerra? ¿Necesita la Horda…?

No acabó la frase. Tuvo la sensación de que sus latidos siguientes duraban una eternidad. Su fatigada mente por fin se había puesto a la altura de su bien ganado instinto de supervivencia. Al muchacho no lo habían enviado allí para matarlo.

Había intentado sacar a Colmillosauro al exterior.

En su afán por sermonear a sus guardias, Colmillosauro había hecho exactamente lo que el muchacho quería. «Acabas de matarte, viejo estúpido». Se dio la vuelta y se lanzó hacia la posada. Un instante después, el suelo tembló cuando Malfurion Tempestira aterrizó justo donde había estado.

—¡Lok’Narash! —gritó. «A las armas».

Sus consejeros y estrategas ya formaban una línea en la sala común, preparados después de ponerlo a salvo tras ella. Como muchos edificios de los elfos de la noche, en este había ventanas en tres de las paredes, con lo que todos veían el caos del exterior. Las dotaciones de asedio se alejaban de Malfurion solo para caer con la espalda atravesada por flechas y espadas.

Malfurion no estaba solo. Era la batalla final de los kaldorei en Vallefresno, un intento de decapitar al comandante enemigo. Y Colmillosauro se había dejado atraer con toda facilidad. Astranaar era una isla de acceso limitado. Fácilmente defendible.

E imposible de evacuar.

Y Colmillosauro acababa de refugiarse en un edificio con pocas paredes. Para luchar contra un archidruida.

«Es el fin».

Mientras del exterior llegaba un estrépito caótico, la oscuridad se cernía sobre la posada. Malfurion Tempestira cruzó el umbral con la vista puesta en Colmillosauro. Tres de los asesores del alto señor supremo lo atacaron.

—¡Alto! —gritó Colmillosauro.

Malfurion se movió y las garras metálicas que llevaba atadas a las muñecas despacharon rápidamente a los dos orcos y al elfo de sangre. Pasó por encima de los cadáveres.

Morka cogió del hombro a Colmillosauro.

No era cierto. Apenas le darían un instante. Era hora de morir con honor.

—Coge los mapas —susurró él—. Llévaselos a la jefa de guerra.

Los ojos de Morka se abrieron de par en par, pero Colmillosauro se apartó y rugió:

—¡Malfurion Tempestira! ¡Te desafío a mak’gora!

Las palabras le sonaron extrañas incluso a él mismo. ¿Qué podía importarle un duelo a muerte orco a un elfo de la noche? Daba igual. Malfurion estaba allí por él. No perseguiría a unos cuantos consejeros.

Colmillosauro miró a los demás soldados de la Horda de la posada. Al ver su confusión, alzó aún más la voz.

—¡Tempestira es mío, pandilla de cobardes! ¡Si no salís de la posada en cinco segundos, os mataré yo mismo!

Morka parecía furiosa, pero obedeció. Agarró el cartucho de los mapas y salió corriendo del edificio. El resto la siguió enseguida.

Los ojos de Malfurion no se apartaban de Colmillosauro.

—¿Un duelo, Colmillosauro? —preguntó con voz serena como el ojo de un huracán, como la tierra recién cavada de una tumba.

El archidruida avanzó tranquilamente hacia donde lo esperaba Colmillosauro.

— ¿Piensas que me interesan los duelos?

—Huye si tienes miedo —dijo Colmillosauro.

Estaba ganando tiempo, nada más. La única victoria a la que podía aspirar era que los últimos movimientos de tropas de la Horda llegaran a manos de Sylvanas para que la batalla continuara.

—O pelea conmigo y comprueba si caigo.

Malfurion no dijo nada. Alzó los brazos y la posada tembló. El suelo y el techo de madera crujieron y gimieron.

Los labios de Colmillosauro se contrajeron en un gruñido. El poder de la naturaleza no aparecía en un puñetazo o una estocada; aparecía cuando el fuego reducía a cenizas un bosque, pero este regresaba pocos años después; aparecía cuando una ciudad imponente era invadida por la maleza tras una década de abandono; aparecía en mil generaciones de depredadores y presas, que vivían y cazaban siguiendo el instinto de sus antepasados.

En las manos de un druida, ese poder de siglos podía concentrarse en un minuto. En las manos de Malfurion…

La posada y todo lo que contenía volverían a la tierra en cuestión de segundos.

Colmillosauro saltó hacia delante con el hacha en alto mientras las enredaderas y las raíces destrozaban la posada. Malfurion esquivó el golpe sin ningún esfuerzo y las garras de metal que llevaba atadas a las manos buscaron la cabeza de Colmillosauro. El orco las apartó golpeándolas con la empuñadura del hacha. Por poco.

Colmillosauro rugió, su hacha silbó y el segundo ataque de Malfurion se coló como una serpiente por un hueco en la armadura del hombro.

La sangre goteó en el suelo. Raíces, innumerables raíces, un bosque de raíces trató de enredar los tobillos de Colmillosauro. Saltó para esquivarlas, cortando las plantas cada vez que intentaban atraparlo.

Cuando los pedazos de la posada empezaron a caer alrededor de la cabeza del orco, aceptó su muerte. Contra una criatura como Tempestira, el fracaso no era deshonroso. Bastaba con afrontar el fin sin rendirse.

Una explosión repentina lo tiró al suelo y lo aturdió. Colmillosauro cerró los ojos. «Se acabó». Sintió que se le dormían las manos, con un hormigueo provocado por el poder oscuro que retumbaba en las ruinas de la posada…

«¿Poder oscuro?».

Colmillosauro abrió los ojos. Malfurion no lo miraba a él. Una flecha, envuelta en humo purpúreo, explotó delante de los brazos cruzados con los que se cubría la cara. Una luz esmeralda se alzó contra la oscuridad y Malfurion se dispuso a atacar a Sylvanas Brisaveloz, que tenía otra flecha lista y lo apuntaba a bocajarro.

Colmillosauro se habría puesto en pie de un salto, pero sus piernas no lo obedecieron.

Entonces, la posada se desplomó encima de él y se vio rodeado de oscuridad y dolor. Pero no había muerto. Aún no.

Se suponía que la muerte no dolía tanto.

♦ ♦ ♦

«Lo más irritante de los elfos de la noche», masculló Nathanos para sí, «es que son inquebrantables».

Casi todas las criaturas perdían el paso cuando las mandíbulas de una derrota inminente se cerraban a su alrededor. Un animal asustado huía con velocidad antinatural, pero cuando se imponía la inevitabilidad de la muerte, frenaba. El último y modesto consuelo que se concedía era no morir cansado. Sin embargo, los kaldorei no lo veían así, y Nathanos se veía obligado a perseguir a cada uno de ellos hasta el final.

Hacía mucho que ya no resultaba divertido.

Volvió a Astranaar recriminándoselo a sí mismo. Decenas de elfos de la noche, Malfurion Tempestira incluido, habían escapado del pueblo después del ataque. Nathanos solo había rastreado a dos, y no creía que el resto hubiera encontrado a ninguno más. Puede que hasta Sylvanas volviera con las manos vacías.

Claro que, ella iba tras la presa más importante. Él no tenía excusa.

El caos había cesado en Astranaar. Se atendía a los muertos, se hacía el recuento de bajas y los vivos habían vuelto a centrarse en la guerra, aunque un tanto afectados. No había nada parecido a enfrentarse a una criatura que llevaba más de diez mil años dominando la naturaleza.

«Como mínimo, las masas ingratas de la Horda por fin tributarán a la jefa de guerra el respeto que se ha ganado». Una y otra vez, Malfurion había acudido para aplastar grupos de la Horda y ella había intervenido. Gracias a ella se habían salvado cientos, quizá miles, de vidas.

Siempre se había merecido su devoción absoluta, pero ahora también tendría su respeto.

«Ya era hora».

Varios soldados cavaban a la desesperada entre los escombros de la posada del pueblo, donde se suponía que había caído Colmillosauro. Si los rumores eran ciertos, había perecido en duelo con Tempestira. El rescate lo supervisaba una orco que Nathanos reconoció. «Me quitó la daga», pensó divertido.

—¿Murió con honor? —preguntó Nathanos.

Morka levantó la vista de los escombros con irritación.

—La última vez que lo vi seguía vivo. ¿Nos echas una mano?

Se notaba cierta crispación en su voz.

Nathanos empezó a quitar escombros sin decir palabra. Con independencia de que Colmillosauro estuviera vivo o muerto, la Horda tenía que seguir adelante y a los más sentimentales les costaría hacerlo hasta que se supiera qué suerte había corrido el alto señor supremo.

Diez minutos después, alguien gritó: «¡Está vivo!». Un aluvión de manos descendió para quitar de encima del comandante orco las últimas vigas y tablas, y pusieron en pie a Colmillosauro entre los emocionados vítores de todos los soldados de Astranaar. El orco estaba ensangrentado y agotado, pero a todas luces vivo.

«Bien. Detestaría perderme la muerte de un orco tan cabezota». Nathanos esperó a que los sanadores examinaran las heridas —unos cuantos tajos, algunas costillas rotas y un puñado de moratones, todos curados rápidamente— antes de acercarse al alto señor supremo. Colmillosauro estaba sentado sobre los escombros, recuperando el aliento y con la mirada clavada en el suelo.

—¿Has descansado bien? —dijo Nathanos.

El orco tosió y resopló.

—Hacía días que no dormía tan bien. ¿Qué tal va la batalla?

—Cuéntamelo tú, alto señor supremo —dijo el Renegado—. ¿Qué hacemos a continuación?

—¿Tempestira se os ha vuelto a escapar? —replicó el comandante orco mientras le dirigía una mirada vacía.

Nathanos refrenó un arrebato de cólera.

—Después de que se te escapara a ti, sí.

Colmillosauro escupió.

—En ese caso, continuamos según lo previsto. ¿Qué nos cuentan los exploradores? ¿Hacia dónde se retiran los elfos de la noche?

—Se marchan de Vallefresno —intervino Morka. Creemos que abandonan estas tierras.

Un murmullo creció entre los miembros de la Horda reunidos. Los soldados del camino central se hicieron a un lado. Sylvanas Brisaveloz había vuelto y se acercaba a Nathanos a grandes zancadas.

Lamentablemente, no llevaba la cabeza de Malfurion en las manos.

Colmillosauro alzó la voz: —¿Es cierto, jefa de guerra? ¿Han abandonado la región?

Sylvanas asintió. Se dirigió a la multitud.

—Vallefresno pertenece a la Horda.

Estalló un rugido que se propagó rápidamente. Los soldados levantaron puños y armas mientras lanzaban gritos de victoria. Nathanos no sonreía. Aún no se había ganado la guerra.

Sylvanas se volvió hacia Colmillosauro. Su voz se deslizó por debajo del estruendo para que solo Colmillosauro y Nathanos la oyeran.

Colmillosauro se golpeó la armadura con la parte plana del hacha.

—Estoy listo, jefa de guerra. Conquistemos Darnassus para la Horda.

♦ ♦ ♦

Los elfos de la noche se habían retirado por completo de Vallefresno. En cuanto la Horda se percató de que ya no había emboscadas, trampas ni enemigos, apretó el paso. Todos querían ocupar la vanguardia cuando llegara el momento de atacar el Árbol del Mundo. La promesa de gloria rondaba la imaginación de los soldados y Colmillosauro lo sabía.

La vanguardia del ejército llegó a la costa occidental de Kalimdor pocas horas después. Colmillosauro estudió rápidamente el terreno. El camino desde los bosques encantados de Vallefresno torcía hacia el norte y se adentraba en otro bosquecillo. Ese camino llevaba directo a la Costa Oscura.

La resistencia sería feroz. Los elfos de la noche habían renunciado a Vallefresno porque ya no les ofrecía más posiciones para resistir. Allí, a lo largo de la costa, las cordilleras impenetrables constreñían el bosque a una franja estrecha de terreno. Sin duda, la última y desesperada defensa de Darnassus tendría lugar allí.

Malfurion estaría al mando. Cuanto más se retrasase la Horda, más tiempo tendría el archidruida para prepararse.

Colmillosauro ordenó al ejército que instalase una base temporal de operaciones en la costa, cerca de las ruinas de la Avanzada de Zoram’gar. Los elfos de la noche no abandonarían el cobijo de los árboles para atacar a campo abierto, con lo que la Horda podía reparar su equipo, comer, beber, descansar y ocuparse de sus achaques sin miedo a represalias.

—Estamos cerca, Horda —dijo Colmillosauro—. Esta es la última oportunidad de descansar. Preparaos. Tomaremos el Árbol del Mundo antes de que anochezca.

Sylvanas y él se inclinaron sobre el mapa para planificar las maniobras finales. Ambos convenían en que no era necesario complicarse: avanzar, encontrar a los enemigos y lidiar con ellos de la mejor manera posible.

—Yo encabezaré el asalto —dijo Colmillosauro—. Tú deberías quedarte atrás.

La jefa de guerra respondió enarcando una ceja.

—Malfurion estará allí, alto señor supremo —dijo.

—Necesito que no se reserve. Tempestira quiere mi cabeza. No se contendrá. A partir de ahí, veremos el alcance de sus defensas y podremos planear cómo superarlas.

Las comisuras de los labios de Sylvanas se contrajeron.

—Me quedaré en la linde del bosque, si quieres.

Estaba claro que no esperaba que él sobreviviera.

No la culpaba.

No escasearon los voluntarios para acompañar a Colmillosauro. En menos de diez minutos, acompañado por más de cien soldados de la Horda, el comandante orco se adentró en el bosque del norte. Guardaban cierta distancia entre sí, pero sin alejarse tanto como para no combatir juntos en caso necesario. Colmillosauro agarraba el hacha con fuerza mientras escudriñaba los árboles y esperaba a que Tempestira se dejara ver.

Pasaron varios minutos. La Horda avanzaba paso a paso, en un silencio roto solo por las pisadas sobre la tierra y las hojas. El terreno no era llano, pero tampoco difícil de atravesar. Varios riachuelos cruzaban el bosque y, cada vez que Colmillosauro vadeaba uno, se preparaba para que silbaran unas flechas hacia su cabeza o unas raíces lo agarraran de los tobillos y lo arrastraran bajo el agua. No pasó nada de eso. Unos cuantos fuegos fatuos revolotearon, pero eran inofensivos en pequeñas cantidades. La mayoría se mantenía en lo alto de las ramas.

El bosque estaba tranquilo. Sereno. Vacío. Los soldados de la Horda seguían levantando la mirada para escudriñar los árboles, pero las copas no eran tan tupidas como en Vallefresno. Además, el brillo de los fuegos fatuos disolvía las sombras. Allí, los elfos de la noche no podrían tenderles una emboscada.

«No es posible que hayan abandonado este lugar», pensó Colmillosauro. Pero lo parecía.

No tardó mucho en vislumbrar entre los árboles las playas de arena de la Costa Oscura. El enemigo seguía sin aparecer. Captó algo de movimiento: unos elfos de la noche que evacuaban el Árbol del Mundo. Algunos de ellos señalaron a Colmillosauro y a la Horda, mientras daban la alarma a gritos.

«¿Malfurion espera a que anochezca?». El sol se acercaba al horizonte, pero la Horda tomaría la Costa Oscura mucho antes del anochecer si no encontraban resistencia.

A Colmillosauro se le puso la piel de gallina. El instinto le decía que se estaba metiendo en una trampa, pero no conseguiría nada si se retiraba antes de que saltara. Siguió avanzando. «Hay que conseguir que Malfurion dé la cara».

Un fuego fatuo pasó por delante de los ojos de Colmillosauro, que agitó distraídamente la mano izquierda para espantarlo. Le escoció; parecía que el fuego fatuo le hubiese picado en la palma expuesta. Salió disparado y luego se le posó en la coronilla y le cubrió la cabeza.

Colmillosauro gruñó al notar que el fuego fatuo volvía a golpearle la piel con su poder. Lo apartó de un fuerte manotazo. Entre los árboles flotaban más fuegos fatuos, con movimientos inquietos y convulsos. Colmillosauro supuso que no les había gustado lo que había hecho.

Otros gruñidos y maldiciones lanzados en voz baja captaron su atención. Había más miembros de la Horda espantándose los fuegos fatuos. Colmillosauro se quedó quieto. No era raro que los fuegos fatuos se reunieran y juguetearan antes del ocaso, pero no eran agresivos. No solían serlo.

Pero ya había visto algo así, ¿verdad?

En lo alto del Monte Hyjal, un señor demoníaco había avanzado hacia Nordrassil con la intención de reclamar su poder para la Legión Ardiente. Colmillosauro había luchado en aquella batalla, y había contenido a la desesperada la oleada de demonios…

… mientras Malfurion Tempestira pedía ayuda a sus ancestros…

… y miles, no, millones de fuegos fatuos habían respondido a la llamada…

En pequeñas cantidades, los fuegos fatuos eran inofensivos.

En gran número…

—¡Retirada! —bramó—. ¡Horda, retirada! ¡Corred!

La mayoría de los soldados de la Horda obedeció la orden, pero muchos no reconocieron el peligro y tardaron en huir.

Una voz atronó en el bosque, prometiendo venganza:

—Ash karath —dijo Malfurion Tempestira.

Los fuegos fatuos descendieron de las ramas como un muro macizo, brillante y tembloroso. Rodearon a los rezagados y a los más lentos y los envolvieron en un capullo luminoso del que solo escapaban gritos de dolor.

—¡¡Corred!! —volvió a gritar Colmillosauro, y esta vez ya no hubo dudas.

La Horda huyó, soltando armas, escudos y armaduras para ponerse a salvo. Ninguno de ellos había estado aquel día en el Monte Hyjal, pero conocían la historia.

Los fuegos fatuos trataban de desgarrar la armadura del alto señor supremo. Se tapó la cabeza con los brazos y corrió a la desesperada. El calor de la furia de los fuegos fatuos —la ira de los

antepasados de los kaldorei— intentaba atravesar su armadura, abrasar la carne de debajo, penetrar en los huesos y entrañas y hacerlo pedazos.

Si el poder de los fuegos fatuos había sido capaz de matar a un señor demoníaco, a los mortales de la Horda los masacraría.

Las botas blindadas de Colmillosauro pesaban mucho y amenazaban con engancharse con piedras y raíces. Si perdía pie, moriría, pero siguió corriendo hasta que escapó del bosque y salió a la costa. Jadeando, se volvió para ver cuántos más sobrevivirían.

En el bosque habían entrado más de cien soldados de la Horda. Menos de una docena salieron a la costa cerca de la Avanzada de Zoram’gar. En la linde del bosque, los fuegos fatuos zumbaban con furia mientras revoloteaban en trayectorias erráticas, esperando a que la Horda volviera a estar a su alcance. Se estiraron formando una pared maciza desde la costa a las montañas. Todo el bosque del norte quedó protegido.

Sylvanas permanecía inmóvil a campo abierto, observándolo todo con expresión impenetrable.

Los fuegos fatuos se separaron en el centro del bosque, solo un poco, y los soldados de la Horda pudieron ver lo que había entre los árboles. Allí, sobre un pequeño montículo, se encontraban Malfurion Tempestira y muchos otros elfos de la noche.

—Esto se ha terminado —dijo Malfurion. Su voz atravesó el bosque y llegó hasta la costa expuesta—. La Horda no dará ni un solo paso más por nuestra tierra, al menos sin pagarlo con la vida. Lo juro.

Los fuegos fatuos cerraron filas y Malfurion desapareció.

Sylvanas no apartó la mirada del lugar que había ocupado.

Colmillosauro permaneció un rato allí, ordenando sus pensamientos. El terror había pasado. Ahora pensaba en las opciones tácticas. Los fuegos fatuos no iban a desaparecer. Caerían sobre cualquier enemigo que se acercase.

«No podemos cruzar esa línea. Al menos fácilmente». Podía lanzar a todo el ejército a esa trampa mortal, pero no sabía si la Horda se impondría. Podía ordenar a los magos que incendiaran los árboles, pero no tenía claro si prenderían. Los fuegos fatuos podían rodear el fuego y disipar el calor.

Máquinas de asedio. Ahí estaba la respuesta: ataques a distancia contra los árboles desde una distancia segura hasta que Malfurion y sus aliados se vieran obligados a retirarse. La Horda ya controlaba la costa. Colmillosauro solo tenía que…

—¡La Alianza! ¡Barcos de la Alianza! ¡Al sudoeste!

El grito penetró en sus pensamientos y Colmillosauro sintió que se le caía el alma a los pies. En el mar ondearon los fogonazos de los disparos. Las gujas y las balas de cañón sobrevolaron las aguas y las explosiones retumbaron en la orilla expuesta y abrieron grandes huecos en las filas de la Horda.

La flota de los elfos de la noche había vuelto. Puede que los barcos hubieran estado esperando —ocultos más allá de la línea de la costa— a que la Horda cayera en la trampa de Malfurion. Ahora podían disparar a placer contra el ejército de la Horda.

«Los elfos de la noche han encontrado su milagro». La Horda no podía defender la costa. Si no se retiraban, sería una matanza.

—¡Volvemos a los árboles! ¡Volvemos a Vallefresno! —gritó Colmillosauro.

Sus subordinados repitieron la orden y, al poco tiempo, la Horda estaba en movimiento. Los disparos de la Alianza los persiguieron hasta que se pusieron a cubierto en los bosques, al este.

Sylvanas no se movió. Apenas le echó una ojeada al mar. Colmillosauro y sus guardias seguían cerca de ella en el lindero del bosque del norte. La flota no les dispararía, al menos allí, tan cerca de sus antepasados fallecidos.

—Los elfos de la noche nos han ganado la partida, alto señor supremo —dijo Sylvanas.

Parecía molesta.

—Sí, así es.

—No podemos adentrarnos en el bosque ni instalar las armas de asedio en la costa sin perderlas —dijo ella—. Los refuerzos de la Alianza llegarán antes de que podamos abrirnos paso. ¿Me equivoco?

—No, jefa de guerra.

A Colmillosauro no se le ocurría una solución que funcionara. Y sí, si intentaban abrirse paso, tardarían demasiado, si es que lo conseguían. Tal vez —solo tal vez—, si coordinaban a los magi, los brujos y el chamán, la Horda podría hacer que los fuegos fatuos fueran retirándose de árbol en árbol para luego destruir el árbol y eliminar su cobertura centímetro a centímetro. Pero ¿lograrlo mientras les atacaban desde el agua? Harían falta semanas. Entretanto llegarían los refuerzos de la Alianza e impedirían que se cruzase el mar desde la Costa Oscura.

Tal como estaban las cosas, los elfos de la noche ganarían la batalla.

Ahora era la Horda la que necesitaba un milagro.

Sylvanas se acercó a los fuegos fatuos y los observó con calma. Colmillosauro apretó los dientes, pero no dijo nada. La jefa de guerra clavaba la mirada en el muro de luces enjambradas como si fuera el mismísimo Malfurion. Y quizá no estuviera equivocada.

Sylvanas se dio la vuelta.

—Estoy dispuesta a batirme en solitario con Malfurion.

Colmillosauro no sabía si había oído una idea peor, al menos en circunstancias tan adversas.

—Jefa de guerra…

—Ya —lo interrumpió—. Me enfrentaría a él, al resto de su ejército y también a los espíritus de sus antepasados. Será… difícil vencer —dijo con sequedad—. Pero casi los tenemos. No me retiraré.

Los barcos de los elfos de la noche volvieron a disparar. Los proyectiles cayeron cerca y las explosiones levantaron géiseres de arena. Unos cuantos guardias de Colmillosauro se estremecieron. Sylvanas no. Ni Colmillosauro. «Están haciendo pruebas de alcance», observó.

—Los fuegos fatuos solo son peligrosos en gran número —dijo Colmillosauro—. ¿Puedes… matarlos, jefa de guerra? ¿A los suficientes?

Sylvanas miró un instante a los fuegos fatuos y negó con la cabeza.

—No, pero podemos dispersarlos. Llévate a quienes necesites, Colmillosauro, y ve a Frondavil. Busca un camino a la Costa Oscura por las montañas y adéntrate en este bosque por detrás. Cuando oiga que empieza el asalto, lanzaré un ataque frontal con el resto de la Horda. Acorralaremos a Malfurion. Caerá hoy.

—Jefa de guerra, no hay ninguna ruta a través de Frondavil —dijo Colmillosauro.

—Búscala o ábrela —respondió ella con frialdad—. Deja las armas de asedio bajo mi mando, junto con los guardias que sepan nadar.

—¿Que sepan nadar? —preguntó Colmillosauro.

—Los necesitaré para ocuparme de la flota —dijo ella.

♦ ♦ ♦

—¿A cuántos contrabandistas conoces? —preguntó Colmillosauro.

Nathanos entornó los ojos.

—¿Cómo dices?

—La jefa de guerra nos ha ordenado que encontremos una ruta en Frondavil por las montañas.

Colmillosauro se quitó la armadura y se remojó la cara antes de beberse un odre de agua entero. Iba a ser un trayecto difícil.

—Allí arriba hay un camino que lleva a Cuna del Invierno. A menos que me crea que los traficantes pasan toda su mercancía por Azshara —«aunque, con Gallywix al mando, no me extrañaría»—, tiene que haber una ruta escondida en Frondavil, algún lugar para acceder a la Costa Oscura lejos de las miradas de los kaldorei.

—Los contrabandistas no suelen darse a conocer —dijo Nathanos—, y no querrán llamar la atención del alto señor supremo.

—Lo ordena la jefa de guerra, Clamañublo —gruñó Colmillosauro—. Solo necesitamos un contrabandista más leal a la Horda que a sus ganancias. ¿No conoces a nadie que pueda ayudarnos?

—Conozco a alguien —dijo bruscamente Nathanos.

—Encuéntralo y tráelo.

Colmillosauro se volvió hacia sus guardias.

—¿Quién de vosotros sabe nadar bien?

Casi todos levantaron la mano.

Morka tomó la palabra:

—Yo quiero acompañarte, alto señor supremo.

Colmillosauro sacudió la cabeza y volvió a enfundarse la armadura.

—Necesito velocidad, no protección. Y la jefa de guerra necesita nadadores. Obedeced sus órdenes y os veré a todos cuando acabe la batalla.

Se subió de un salto a la silla de un lobo gris y cogió las riendas. Muchos otros jinetes corrieron a prepararse para el viaje.

—Frondavil no nos recibirá con cordialidad —les dijo—. Pero si no lo conseguimos, la Horda será derrotada. ¡En marcha!

Hundió los talones en el costillar del lobo. La bestia, con una sacudida brusca, echó a correr hacia Vallefresno. Nathanos blasfemó, furioso por quedarse atrás.

Colmillosauro no sintió ni un ápice de compasión. «Ya me alcanzará». Nathanos jamás decepcionaría a su jefa de guerra, eso seguro.

La hilera de jinetes se extendió detrás de Colmillosauro. El polvo que levantaban oscureció el sol poniente.

♦ ♦ ♦

Llegó el ocaso. Sylvanas se quedó cerca del bosque, a unos pasos del enjambre de fuegos fatuos que temblaban y giraban entre los árboles, nerviosos por su presencia. Notaba su odio, su cólera. Hasta los delicados espíritus de los kaldorei caídos aborrecían a Sylvanas por lo que era.

Dejó que su odio la inundara. Saber que la despreciaban era tan dulce como el néctar. Les encantaría hacerla pedazos, pero para ello tendrían que salir a campo abierto y eso los volvería vulnerables. Aun después de la muerte, aquellas criaturas se aferraban a la existencia.

Comprendía por completo aquel impulso.

Uno de los fuegos fatuos giraba con nerviosismo, temblando de furia. Sylvanas le dedicó una sonrisa.

—Detenme si puedes —susurró.

El fuego fatuo se lanzó en solitario y voló arremolinándose hacia la cabeza de la jefa de guerra. Sylvanas lo atrapó con las manos y el espíritu chilló aterrado, y titiló mientras se debatía y forcejeaba.

Sylvanas lo sostuvo ante sus ojos para examinarlo con atención.

—¿Quieres defender a los vivos? —preguntó.

La luz del fuego fatuo parpadeó de miedo.

—¿Es esa vuestra máxima aspiración? ¿Proteger a vuestros descendientes?

Ahuecó la otra mano y lo atrapó entre las palmas. El fuego fatuo rebotó contra las manos tratando de escapar.

—En vida os fue muy mal. ¿Por qué va a ser distinta la muerte?

Apretó y el poder del espíritu crepitó y desapareció. Cuando abrió las manos, no quedaba más que un polvo negro. Se limpió las palmas y dio la espalda al bosque.

«Pronto, Malfurion. Pronto».

Los barcos de los elfos de la noche volvieron a disparar, aunque a ningún objetivo concreto; los proyectiles alcanzaron zonas vacías de la costa y solo mataron a unos pocos reptadores. No era más que un acto de intimidación.

Los exploradores de la Horda habían usado sus catalejos para dar a Sylvanas la información que necesitaba. Los barcos llevaban las tripulaciones al completo, incluido un contingente de arqueros en algunos de ellos, y estaban bien pertrechados para una misión larga en el sur de Kalimdor.

Lo más sensato sería bombardearlos con artillería hasta que se retirasen. Por desgracia, perdería casi todas las armas de asedio que tenía a su cargo. Solo daría esa orden como último recurso.

Por el momento no hizo nada. Podían quedarse allí, disparando a la costa, y ella esperaría. Aprovecharía el tiempo para preparar la fase siguiente de la batalla; la fase final, en un sentido u otro.

Volvió al interior del bosque del este con el ejército.

—Soldados de la Horda, prestadme atención…

♦ ♦ ♦

—… Estaréis en inferioridad numérica e iréis peor armados. Si os descubren, os matarán a todos, y aunque no sea así, puede que vuestros compañeros de la Horda les hagan el trabajo y os maten por accidente —les había dicho Sylvanas. Luego les había sonreído—. Bueno…, ¿algún voluntario?

Todos los congregados ante ella habían levantado la mano, Morka incluida. «Esto se lo contaré a mis hijos», pensó. Aunque no sobreviviera, estaba segura de que se compondrían cantares sobre todos los que participaran en aquella incursión.

—Muy bien —había dicho Sylvanas—. Dotaciones de asedio, seguid a cubierto hasta que me veáis adentrarme en el bosque del norte. Solo entonces saldréis a la arena y empezaréis con el bombardeo. Asaltantes, empezad a nadar en cuanto Colmillosauro lance su ataque.

Siguiendo sus instrucciones, los voluntarios se habían organizado en grupos pequeños. Se desplegarían quince por barco. Contra una tripulación completa de kaldorei, cada grupo estaría en inferioridad numérica, pero el objetivo no era ganar en una pelea justa, ni mucho menos. Sylvanas había asignado magi a cada dotación de asedio. Cuando la Horda respondiera, lo haría con cargas explosivas inestables con un toque arcano, capaces de incendiar un barco entero.

Morka se quitó la armadura y solo se dejó un par de dagas pequeñas atadas al cinturón de cuero. Nadaría por debajo de las andanadas de artillería para eliminar los barcos que quedaran fuera del alcance de las máquinas de asedio de la Horda.

«O mejor aún», pensó Morka, «para tomar los barcos para la Horda».

Piratería aprobada por la jefa de guerra. ¿Había algo mejor?

♦ ♦ ♦

El enfado de Nathanos desapareció antes de alcanzar a Colmillosauro. El raptor Lanza Negra atravesaba Frondavil como una centella, con el Renegado agarrado a las riendas. La bestia resollaba con cada paso, pero había mantenido el ritmo por todo Vallefresno, aun con dos jinetes en el lomo.

El otro pasajero, un trol llamado Rejiji, no había dejado de mascullar durante todo el recorrido.

—Quiero máh acción —repetía sin parar.

Por fin, Nathanos vio por delante al gran grupo de soldados de Colmillosauro. El raptor patinó y paró de repente, y Rejiji salió disparado y se dio un porrazo contra el suelo.

Nathanos saltó ágilmente del raptor y fue a ver cómo estaba el trol. Solo les faltaba que la fuente de información de la Horda se partiera el cuello en un accidente estúpido, pero Rejiji se puso en pie de un salto, ruborizado por la vergüenza.

Colmillosauro fingió no haber visto el contratiempo.

—Nathanos, no hemos conseguido encontrar un camino. ¿Traes la solución a los problemas de la Horda?

—Sí —dijo Nathanos, señalando al trol—. Este ha hecho negocios con la tribu Rompelanzas.

Colmillosauro frunció el ceño.

—¿Con los Rompelanzas?

—Anteh vivían cerca de la Cohta Ohcura —dijo Rejiji mientras se sacudía la tierra de la capa—. Huyeron dehpuéh del Cataclihmo.

—¿Y hay algún camino que una Frondavil y la Costa Oscura? —preguntó Colmillosauro.

Rejiji alzó la barbilla.

—Eso creo. Muchoh lo usan pa huir. No eh un trayecto fácil, pero he oído que noh vale cualquier cosa.

—Has oído bien.

Colmillosauro miró con recelo a Nathanos.

—¿Tú nunca lo has recorrido?

—No, alto señor supremo —dijo el trol.

—¿Lo encontrarás?

El trol se encogió de hombros.

—Eh posible.

♦ ♦ ♦

A mediodía, Colmillosauro estaba agotado.

El trol no les había mentido sobre la dificultad del trayecto. Más que un camino, la ruta hasta la Costa Oscura era un precipicio. Sin embargo, las rocas y el terreno escarpado ofrecían suficientes asideros para que las tropas de la Horda escalaran la montaña y bajaran por la otra vertiente. Habían tenido que dejar sus monturas, pero eso ya se lo esperaban.

La mayoría de los soldados había salido indemne de la escalada. Varios se habían resbalado y tendrían que volver por Frondavil con huesos rotos.

Rejiji había escalado por la ruta como si ya lo hubiera hecho mil veces. «Probablemente sea así», pensó Colmillosauro. No le molestaba que le mintieran. Nathanos tenía razón; ningún contrabandista reconocería que lo era ante el alto señor supremo. Si el trol quería fingir que la información se la habían dado los refugiados Rompelanzas, Colmillosauro le seguiría la corriente, aunque el sistema de cuerdas y poleas repartido por el camino indicara que se trataba de una ruta de contrabandistas.

Cuando llegaron a la cima, el comandante orco pudo disfrutar por primera vez en mucho tiempo de una vista despejada de la Costa Oscura. Al norte, veía hasta el Árbol del Mundo y, al sur, casi hasta el punto donde estaba bloqueada la Horda.

Bajo las montañas, en la Costa Oscura, los elfos de la noche no combatientes se arremolinaban en las playas. Se habían hecho con barcos pequeños de Darnassus, y parecía que esperaban navíos de pasajeros más grandes para emprender un viaje más largo.

Colmillosauro señaló a Nathanos los barcos pequeños. Apenas había vigilancia. Los destruirían en cuanto los elfos de la noche pensaran que habían perdido la batalla.

—En cuanto lleguemos a la orilla, hazte con ellos —dijo en voz baja—. Serán útiles cuando tomemos el Árbol.

Casi esperaba que Nathanos le llevase la contraria, pero el Renegado estuvo de acuerdo.

—Quiero estar en el primer ataque a Darnassus —dijo.

—Bien —respondió Colmillosauro—. Esperaremos a que la jefa de guerra se una a nosotros.

Veía los restos del ejército de los elfos de la noche, dispersos entre los árboles, protegiendo a Malfurion Tempestira, que estaba en lo alto de una colina en el centro del bosque.

No había fuegos fatuos cerca. Todos estaban en la vanguardia, conteniendo al grueso de las fuerzas de la Horda.

Colmillosauro y los demás se arrastraron en silencio hasta los restos del campamento Rompelanzas, ocupado solo por una familia numerosa de zorros que se escondió en cuanto vio acercarse a la Horda.

—Ya sabéis qué hacer —les susurró a las tropas—. Conocéis el objetivo.

Se asomó al borde de la loma y observó a los desprevenidos kaldorei.

—Tomamos la costa, tomamos el bosque y luego tomamos Darnassus.

Coronó la colina de un salto y cargó. Nathanos y los demás, los cientos de soldados de la Horda que habían seguido al alto señor supremo por las montañas, lo siguieron haciéndose eco de su grito de guerra.

—¡Por la Horda!

♦ ♦ ♦

Sylvanas sonrió. Los fuegos fatuos parpadeaban. Parecían desconcertados, indecisos. Algunos dejaron el frente y volvieron a toda prisa a los árboles.

Un grito inconfundible resonó en el bosque: —¡Por la Horda!

El ataque de flanqueo había comenzado.

«Espléndido, Colmillosauro».

Era el momento. Se metió en una nube de fuegos fatuos. Extendió la mano, en busca de aquellas diminutas motas de vida que eran los espíritus de los antepasados de los kaldorei. Pero antes de que pudieran atacarla, liberó su poder. El dolor y el horror de los terroríficos dones que le había otorgado el Rey Exánime se escaparon de su boca en forma de chillido, y empezó a emanar un humo oscuro.

Los fuegos fatuos cayeron a su alrededor, centelleando débilmente un fútil intento de aferrarse a la vida, como copos de nieve atrapados por los rayos del amanecer. La Horda profería sus gritos de guerra y cargaba contra el bosque detrás de ella, con garrotes y espadas en ristre.

Preparó una flecha y avanzó a grandes zancadas por el bosque. Ningún otro fuego fatuo se le acercó. Los soldados de la Horda ondeaban los garrotes y la parte plana de sus espadas y los aplastaban en el aire. Unos cuantos centellearon y desaparecieron. Muchos sencillamente huyeron.

«Malfurion sabe que se acabó». Había decidido librar a sus antepasados de su inevitable fin a manos de la Horda.

No tardó en verlo, esperándola. Los demás soldados de la Horda evitaron el encuentro, pero ella fue directa hacia él y sin dudar.

Malfurion Tempestira parecía afligido.

—No habrá perdón por esto, Sylvanas.

—Lo sé -respondió ella.

Con esto, acabó el tiempo de hablar.

«Lok’tar ogar», pensó la jefa de guerra, incapaz de reprimir una sonrisa burlona.

Detrás de ella, en la costa, las armas de asedio dispararon sus cargas. Y comenzaron las explosiones, tanto en la orilla como mar adentro.

♦ ♦ ♦

Morka salió a respirar y emergió a un mundo cubierto de fuego.

«La jefa de guerra no bromeaba», pensó reprimiendo el pánico. «Igual alguien se hace daño».

Las máquinas de asedio de la Horda lanzaban andanadas abrasadoras al mar y sus cargas arcanas hacían que el fuego se propagara por la flota de los elfos de la noche. A cambio, los barcos disparaban descargas de balas de cañón y gujas sobre la costa.

El grupo de asaltantes de Morka superó a nado la primera línea de la flota, sin salir a la superficie más que para coger algo de aire cada pocas brazadas. Pero hasta esto se volvió peligroso enseguida. Los proyectiles mágicos de las armas de asedio eran letales incluso en el agua, pues el fuego se propagaba hacia fuera y ardía obstinadamente como si el mar fuera tan inflamable como un bosque asolado por la sequía .

Los asaltantes se habían visto obligados a bucear bajo las llamas durante casi un minuto antes de encontrar una zona de agua despejada.

La partida de asalto de Morka salió a la superficie cerca de ella, casi sin aliento.

Morka hizo el recuento de cabeza. «Once…, doce…, catorce…». No faltaba nadie, lo que era prácticamente un milagro.

El último en emerger fue un tauren. Pareció escupir medio mar antes de recuperar la compostura. Le lanzó una mirada asesina.

—Nos hemos pasado la flota —gruñó.

—Puedes volver nadando —replicó la orco. Entonces se fijó en él—. ¿No nos conocemos?

El tauren resopló y, al hacerlo, inhaló sin querer un poco de agua. El ataque de tos le duró unos instantes.

—Compartimos unos odres en Orgrimmar no hace mucho.

—Ah. ¡Ah!

¿Cómo se llamaba? Lanagu, o algo así. Probó suerte: —¿Estás listo, Lanagas?

El tauren se quedó perplejo.

—Me llamo Hiamo.

—Se me dan fatal los nombres. ¿Listo?

Él asintió. Los demás se habían congregado a su alrededor. Morka dio las últimas brazadas para llegar hasta el barco de los elfos de la noche y escaló por la borda metiendo los dedos en los huecos en la tablazón hasta alcanzar las troneras.

Se asomó por una. Estaba en el costado orientado hacia el mar. Dentro, la tripulación de kaldorei cargaba y disparaba cañones y lanzadores de gujas. Al otro lado de las troneras que tenían delante se veían otros barcos ardiendo y hundiéndose. Sin embargo, aquel barco estaba intacto. Las máquinas de asedio de la Horda se habían centrado en los más próximos.

No había nadie en los cañones de su lado. Nadie les prestaba atención. Al fin y al cabo, ¿por qué iban a acercarse los atacantes desde el mar?

Hiamo se agarró a la misma tronera y echó un vistazo al interior.

—¿Qué te parece? —susurró.

Morka esperó a que se les unieran unos cuantos más. Se le estaba ocurriendo una idea.

—Veo un par de opciones. Podríamos provocar unos cuantos incendios, volver al agua de un salto y bucear bajo medio kilómetro de llamas hasta la orilla —dijo.

Un elfo de sangre enarcó una ceja.

—¿O?

—¿Os apetece navegar hasta la Costa Oscura?

Vio que todos los rostros de la Horda le devolvían una sonrisa.

♦ ♦ ♦

Colmillosauro cazaba al acecho en el bosque. Los kaldorei había intentado defender los dos frentes y su última posición se había desmoronado. Las líneas se habían roto y sus fuerzas se habían desbandado.

Ahora los supervivientes recurrían a la última y desesperada maniobra que podía llevar a cabo un ejército derrotado: juntarse en grupos pequeños y defenderse espalda contra espalda hasta caer.

Colmillosauro creía haber visto a uno de los oficiales de los elfos de la noche, una centinela, luchar pese a haber recibido varios flechazos. Valiente, honorable y desesperada.

El comandante orco combatía contra todos los que se interponían, pero cada vez quedaban menos elfos. Seguía el ruido de una batalla terrible. Cerca de la costa, dos criaturas poderosas libraban un combate monstruoso.

«La jefa de guerra lucha en solitario contra Tempestira».

Si Sylvanas caía, le tocaría a él rematar la faena, y no tenía claro que pudiera.

El duelo se libraba a más de cien metros de su posición. Se acercó con cautela mientras veía los destellos malva oscuro y verde esmeralda.

Hubo una tremenda explosión de oscuridad, seguida por el tronar creciente de unos árboles que caían. Mientras Colmillosauro se ponía a cubierto, un objeto llegó volando por los aires y rebotó en varios troncos antes de empotrarse en la tierra a unos diez metros.

El objeto levantó la cabeza. Era él.

Colmillosauro vio astas. Sin pensarlo, lanzó el hacha.

En cuanto salió de sus manos, quiso recuperarla. Era Malfurion Tempestira, vivo y dispuesto a reincorporarse al duelo contra la jefa de guerra.

El hacha avanzó girando sobre sí misma y cubriendo en un segundo la distancia que los separaba.

Malfurion no reparó en ella; no hasta que se le hundió en la espalda.

Malfurion se tambaleó, levantó la vista hasta el cielo nocturno y exhaló un suspiró. Se derrumbó. La empuñadura del hacha de Colmillosauro estaba empotrada en ángulo en la carne del elfo.

Colmillosauro no sintió júbilo, sino horror.

Era injusto. Era… una vergüenza.

La guerra era la guerra, pero él había perdido un duelo con Tempestira. Y ahora lo había atacado por la espalda.

«Ha sido un golpe deshonroso», pensó, aturdido. «Lleva diez mil años de guerra siendo un héroe. Una vez luché a su lado y ahora lo he derribado como un cobarde».

No quería mirar lo que había hecho, pero se obligó a hacerlo. Malfurion estaba tumbado boca abajo, desangrándose con la respiración entrecortada.

—Lo siento —le dijo el orco.

—No tienes por qué.

Colmillosauro se dio la vuelta. Sylvanas estaba a su lado, con una sonrisa de satisfacción.

—Bravo.

—No pretendía entrometerme —dijo el orco.

—Me estaba costando acabar con él. Me hacía perder el tiempo.

Sylvanas arrancó el hacha de Tempestira. El elfo de la noche gruñó de dolor y de su herida brotó un chorro de sangre, pero no hizo ningún ruido más.

—Remátalo y acaba de una vez —dijo Colmillosauro en voz baja.

Sylvanas sopesó el hacha y se lo planteó. Entonces miró al orco. Colmillosauro no fue capaz de interpretar su expresión, pero no le gustó.

La jefa de guerra le devolvió el hacha.

—Lo dejo en tus manos, alto señor supremo.

—El duelo era vuestro.

—La victoria es tuya —repuso ella mientras se alejaba—. Nada de esto, ni la batalla, ni la derrota de Malfurion, habría sucedido de no ser por ti. Te has ganado este honor. Tómate un momento, si quieres, y luego córtale la cabeza. Nos vemos en la Costa Oscura.

Y, dicho esto, desapareció por una loma en dirección al norte.

Colmillosauro se quedó paralizado. «Te has ganado este honor».

Volvió a mirar a Malfurion.

—Lo siento de veras.

El druida volvió la cabeza. Miró con un ojo a Colmillosauro y le espetó:

—Has liderado a la Horda al servicio de la muerte. Te arrepentirás de este día hasta que mueras.

—Has luchado bien, Malfurion —dijo Colmillosauro—. Descansa con honor. Te lo mereces.

Levantó el hacha. Y dudó. Pasaron unos segundos, luego minutos enteros, y Colmillosauro no fue capaz de asestar el golpe.

Se notó bañado por una luz y un calor procedentes de arriba. Había pena, esperanza y amor en ellos. Quizá fuera Elune, que daba la bienvenida a Malfurion a la otra vida. Quizá así aquello fuera más aceptable.

«Pero esta muerte no me corresponde».

Quizá lo más honorable fuera dejar vivo a Tempestira.

«¿Al cuidado de Sylvanas? Sería más piadoso acabar con él ahora».

Pero el hacha no se movió.

Y entonces, de repente, ya no pudo moverla.

Una luz brillante envolvió a Colmillosauro y lo dejó paralizado e incapaz de mover un músculo. Una fuerza inmensa lo golpeó en la cabeza y lo lanzó a varios pasos de distancia. Chocó contra el suelo. El aire salió de golpe de sus pulmones mientras rodaba hasta detenerse dolorosamente. Cuando alzó la vista, vio la luz de Elune con toda su furia y belleza.

Tyrande Susurravientos.

Estaba sobre su compañero, con los brazos alzados y el vestido blanco ondulado por la suave brisa. Sobre la cabeza de Colmillosauro flotaba una docena de puntos de luz de Elune, listos para dar el golpe de gracia.

El orco no se movió. La cabeza le zumbaba. Las dagas de luz temblaban sobre él.

¿Derribado por el poder de la justicia? Parecía adecuado.

Pero ella, como él, también dudó. Tyrande se arrodilló despacio, sin apartar los ojos de Colmillosauro mientras posaba una mano sobre Malfurion. El suelo pareció refulgir cuando usó su poder para cerrar la hemorragia, curar las heridas y alejarlo del borde de la muerte.

Al cabo de unos instantes, la elfa se levantó.

—No lo has matado. ¿Por qué?

Colmillosauro decidió decirle la verdad:

—Ataqué de manera deshonrosa. No merecía acabar con él.

La respuesta pareció enfurecerla.

—Toda esta guerra es deshonrosa. ¿Qué bicho os ha picado? ¡¿Cómo osáis derramar tanta sangre por nada?!

—Osamos porque es nuestro deber —respondió Colmillosauro—. Y nuestro deber es vencer.

El rostro de Tyrande se ensombreció. Los puntos de luz que rodeaban la cabeza de ella se quedaron quietos, apuntándole al cuello.

—Puede que la Horda gane esta batalla, Colmillosauro, pero recuperaremos nuestra tierra.

—Quizá —dijo Colmillosauro.

—Le has perdonado la vida a Malfurion, así que te dejaré elegir —dijo Tyrande—. Puedes morir intentando impedir que me lo lleve o puedes quedarte ahí, tirado en el suelo, y vivir.

Era justo. Colmillosauro gruñó.

—Te ofrezco la misma alternativa. Puedes llevártelo de vuelta a Darnassus, y los dos caeréis cuando la conquistemos; o puedes llevártelo muy lejos de aquí, y ambos viviréis.

Tyrande no dijo nada. En su mano libre apareció una piedra blanca con unas marcas azules y brillantes. Unos instantes después, Malfurion y ella se habían desvanecido.

Colmillosauro pestañeó. ¿Dónde se habían metido? Por su bien, esperaba que no fuera en Darnassus.

Se levantó y se sacudió la tierra de la armadura, haciendo caso omiso de molestias y dolores. Malfurion se recuperaría, y cuando volviera a combatir, la Horda lo pagaría con sangre. Colmillosauro estaba seguro de ello.

Aun así, se había quitado un gran peso de encima. Que Malfurion hubiera sobrevivido parecía lo más justo. Lo más honorable.

♦ ♦ ♦

La dotación contaba con dos docenas de elfos de la noche. Aproximadamente la mitad había muerto en los combates iniciales y, según las cuentas de Morka, cinco habían saltado por la borda cuando empezó a complicarse la batalla.

Siete elfos de la noche se rindieron. La mayoría estaban heridos, y todos miraban con odio a los soldados de la Horda que celebraban la victoria en el barco.

—¿Qué vamos a hacer con ellos? —preguntó Hiamo mientras volteaba perezosamente en sus enormes manos una de las lanzas de los elfos de la noche.

Morka echó un vistazo rápido a los prisioneros… a sus prisioneros.

—Vayamos por partes. Primero les decimos a nuestros amigos que dejen de dispararnos —dijo ella—. ¡Que alguien arríe la bandera!

Un goblin fue corriendo al mástil y arrió la bandera de los kaldorei. No tenían una bandera de la Horda para sustituirla, pero el mensaje estaba claro. Oyeron unos vítores apagados procedentes de la costa.

Un catalejo rodó por la cubierta manchada de sangre y Morka lo recogió. Lo extendió al máximo y describió con él un arco por el campo de batalla, mirando a los demás barcos de los elfos de la noche.

—Unos cuantos barcos arden… Hemos capturado otro al sur… El resto se da a la fuga.

Cerró de un golpe el catalejo y sonrió a los demás.

—¡La victoria es nuestra!

—¡Por la Horda! —respondieron sus camaradas.

Morka se arrodilló junto a uno de los elfos de la noche heridos. Tenía un tajo en el antebrazo izquierdo y contenía la hemorragia con la mano derecha.

—Dime, kaldorei —le dijo—, ¿la herida te permite nadar?

—No —respondió él.

—En ese caso, supongo que tienes que quedarte en el barco —dijo con tono alegre—. Tus amigos y tú sabéis navegar, ¿verdad?

El elfo no respondió.

Morka asintió como si hubiera dicho que sí.

—Magnífica noticia, porque mis amigos y yo no sabemos. ¿Nos ayudáis a ir a Teldrassil?

Él escupió sobre la cubierta. Varios soldados de la Horda se rieron.

Morka se acercó inclinándose y le ofreció su sonrisa más hipócrita.

—En mi barco hay que ganarse el puesto siendo útil. Hiamo, ¿el mar sigue ardiendo? — preguntó sin apartar la mirada.

El tauren respondió con un bramido cantarín:

—Sí, mi capitana.

—Decídete, kaldorei. Haz algo útil o ponte a nadar. —Y añadió, alzando la voz—: Lo mismo se aplica a los demás.

Nadie eligió el mar.

En cuestión de unos minutos, el barco dio un bandazo hacia el norte. No fue una maniobra suave. Los elfos de la noche colaboraban de mala gana. Por el catalejo, Morka vio que las máquinas de asedio avanzaban hacia la Costa Oscura, y lo hacían más deprisa que el barco.

Le dio igual. Estaba al timón del barco y lo gobernaba con una sonrisa en el rostro. Podría acostumbrarse a aquello.

Y en breve tendría un asiento de primera fila en la mayor victoria de la Horda.

♦ ♦ ♦

Las centinelas no se rendían. Mientras la avalancha de la Horda inundaba la Costa Oscura, siguieron luchando, dando la vida para ofrecer una posibilidad de evacuación a los civiles de Teldrassil.

Sylvanas no tenía objeción alguna. ¿Más enemigos muertos? ¿Menos prisioneros? Le estaban haciendo un favor.

Se alejó del frente con el arco a la espalda. La batalla estaba ganada, pero aún no había acabado. Sus efectivos se extendieron por la playa con cautela. La victoria estaba a su alcance, al otro lado de un corto trecho de mar en calma. Nadie quería caer a esas alturas.

Nathanos se alejó de la refriega, detrás de la línea de frente. Sylvanas le llamó la atención y enarcó una ceja. Mientras se acercaba, limpió distraídamente la sangre de sus espadas cortas.

—¿Dónde está Colmillosauro?

—Cobrándose un trofeo de la presa más importante de la batalla -dijo ella.

Los ojos del Renegado se abrieron de par en par.

—¿Ha matado a Malfurion?

—¿Cómo crees que se lo tomarán los kaldorei? —preguntó Sylvanas—. Su líder legendario, quien los ha guiado durante diez mil años de tribulaciones y terrores, abatido por un orco con un hacha.

—Mal, supongo.

—Eso mismo pienso yo —dijo Sylvanas.

Nathanos miró detrás de ella y entornó los ojos.

—Ahí viene, jefa de guerra. Y no veo ningún trofeo.

Sylvanas se dio la vuelta. En efecto, Colmillosauro salía del bosque con la cabeza alta y las manos vacías. Sintió una punzada de irritación. Quizá hubiera cometido alguna estupidez, como quemar el cadáver para que no pudieran extraerse trofeos. Parecía demasiado satisfecho, teniendo en cuenta lo alterado que estaba antes.

—¿Dónde está la cabeza de Malfurion, alto señor supremo?

—La lleva pegada al cuerpo, si no me equivoco —fue la respuesta.

Una respuesta que no agradó a Sylvanas.

—¿Y dónde?

Colmillosauro le aguantó la mirada sin inmutarse.

—Diría que en Ventormenta. Tyrande intervino y se lo llevó.

Sylvanas no solía quedarse estupefacta a menudo.

No duró mucho.

—¿Malfurion sigue vivo? —gruñó—. ¿Has dejado que escapara?

El alto señor supremo no sonrió con los labios, sino con los ojos. Aquello le hacía feliz… ¡feliz!

—No pude detener a Tyrande. Tal vez tú habrías podido.

—Quizá me equivoqué al confiar en ti —replicó Sylvanas.

Sus manos se movieron nerviosamente hacia el arco. «No. Aún no», decidió.

Nathanos se puso junto a su señora y habló con palabras frías y mordaces:

—¿Cuántas vidas de la Horda se cobrará Tempestira como venganza, Colmillosauro? Esa sangre te manchará las manos.

—Ya me ocuparé de ello cuando suceda —dijo sencillamente el orco.

Nathanos dio un paso adelante hasta estar pegado a él.

—Tendrás que ocuparte de mí. A lo mejor me cobro cada gota de sangre que Malfurion derrame, aunque tenga que…

—Basta. A lo hecho, pecho —dijo Sylvanas—. La batalla no ha acabado.

Se alejó de ellos. Poco después, oyó unos pasos en la arena a su espalda. Su campeón y el alto señor supremo la seguían. En silencio, por ventura. Se imaginaba sus expresiones —Colmillosauro en paz, Nathanos furioso—, pero no quería que vieran la de ella. No hasta que se le hubiera pasado el enfado. Tenía que pensar.

«Malfurion sobrevivirá». Casi no podía creerlo.

Cogió el arco de su espalda, cargó una flecha y disparó. La flecha describió un arco sobre la Horda y se clavó en la espalda de una líder centinela. La elfa de la noche seguía luchando encarnizadamente, incluso con otras flechas clavadas en el cuerpo. El ataque de Sylvanas la hizo caer.

Así se desvaneció el último atisbo de resistencia en la Costa Oscura. La jefa de guerra volvió a colgarse el arco a la espalda.

No combatían por territorio, hasta Colmillosauro lo sabía. Tomar el Árbol del Mundo era una manera de infligir una herida incurable. La pérdida de sus hogares y de sus líderes habría acabado con los kaldorei como nación, si no como pueblo. Incluso la pérdida de un líder habría bastado para provocar una oleada de desesperación. Las heridas de aquella batalla habrían sangrado, supurado y habrían descompuesto y podrido a la Alianza por dentro. Anduin Wrynn habría arremetido en una guerra final a la desesperada en busca de un milagro, porque solo un milagro los salvaría.

Pero el milagro ya se había producido. Un milagro concedido por la mano honorable de un orco viejo y estúpido.

«Y una jefa de guerra confiada en exceso». Había que repartir bien las culpas. El error era tanto de ella como de Colmillosauro.

La conquista de Darnassus desconcertaría al pueblo kaldorei. Llorarían a sus muertos, temerían por la suerte de sus prisioneros y temblarían al pensar en la Horda saqueando sus hogares. Pero no desesperarían. Ya no. La supervivencia de Malfurion cuando todo parecía perdido les daría esperanza. Su herida se curaría.

«Incluso en esta época aciaga», dirían, «Elune sigue velando por nosotros».

Y más o menos era así, ¿no? Elune había intervenido. Quizá incluso hubiera detenido el golpe de gracia de Colmillosauro. Y no sería la única fuerza al margen de la Alianza en oponerse al verdadero objetivo de Sylvanas.

La cólera de Sylvanas se aplacó.

Ya sabía que aquello iba a suceder. Había llegado antes de lo que esperaba, eso era todo.

Caminó a grandes zancadas hacia la orilla, sin hacer caso a las últimas escaramuzas y a los lamentos de los desventurados kaldorei que no habían podido huir de la Costa Oscura. Escrutó la forma de Teldrassil, que descollaba sobre ella a la luz de la luna. En breve estaría en manos de la Horda.

—Asegurad la playa —dijo Sylvanas—. Preparaos para invadir el árbol.

«Una herida incurable». Sylvanas tenía que pensar en el modo de infligir otra. No había vuelta atrás.

—¿Por qué?

La voz desvió la atención de Sylvanas del Árbol. Pertenecía a una centinela mortalmente herida, la misma a la que había abatido minutos atrás. Tosía, débil y moribunda.

—¿Por qué? Ya habéis ganado —dijo la elfa de la noche con un esfuerzo enorme—. En el Árbol solo hay inocentes.

Si eso era cierto, se alegraba de saberlo. Sylvanas se arrodilló a su lado.

—Así es la guerra —dijo.

Colmillosauro y Nathanos ya estaban discutiendo sobre la logística de la siguiente fase de la batalla. Les dejó que hablaran. Ante ella estaba una elfa que moría por su pueblo.

Le recordó a ella misma.

♦ ♦ ♦

Colmillosauro cursó las órdenes con rapidez. Organizó a las dotaciones de las máquinas de asedio de la playa y se aseguró de que apuntaran a Teldrassil. Sin duda, había exploradores vigilando a la Horda desde la copa del Árbol del Mundo. Quería que informaran de que la Horda podía abrir fuego en cualquier momento.

Echó un vistazo a la jefa de guerra. Sylvanas estaba arrodillada al lado de una comandante moribunda de los elfos de la noche. Un interrogatorio improvisado, supuso Colmillosauro. «Con suerte, le sacará algo útil».

Nathanos habló en voz baja con unos soldados que tenían cierta experiencia en el mar y les ordenó que peinaran la orilla en busca de todos los barcos y lanchas de los elfos de la noche que pudieran encontrar.

—Puedes unirte a la primera oleada, Nathanos —dijo Colmillosauro.

Los ojos del no-muerto brillaron bajo la capucha.

—No necesito tu permiso. La jefa de guerra me ha pasado una lista. Son sitios que quiero ver y gente a la que me gustaría conocer.

«Lo siento por ellos», pensó Colmillosauro sin hacer caso al latente desprecio de Nathanos.

Le llamó la atención un extraño espectáculo en el mar: dos barcos de los elfos de la noche navegaban cerca de la orilla.

—¿Qué es eso?

Nathanos miró de reojo.

—No llevan banderas de los elfos de la noche. Puede que los hayamos capturado. La jefa de guerra dijo que era posible.

Sí, Colmillosauro vio el perfil borroso de una orco de piel verde al timón de uno de ellos. Alzó el hacha por encima de la cabeza. La orco le devolvió el saludo. Colmillosauro disimuló una risotada.

—Podrían facilitarnos bastante la labor, Clamañublo —dijo—. ¿Cuántos te cabrán en cada barco?

Nathanos enseñó los dientes.

—Muchos.

—Busca a alguien que sepa navegar. Parece que van a necesitar ayuda. Luego elige al equipo de asalto.

Colmillosauro se imaginó el ataque. Aún había que hacer muchos preparativos. Necesitaba asaltantes al frente, fuerzas de apoyo a su espalda y quizá unos cuantos jinetes del viento para vigilar el cielo entre la Costa Oscura y Darnassus.

Algunos de sus mejores soldados estaban agotados tras la batalla en la Costa Oscura. Les desilusionaría quedarse atrás, pero en la esencial primera oleada serían más útiles las tropas frescas si los elfos de la noche ofrecían resistencia.

«Me pregunto si dispondrán de tiempo suficiente…».

—Quemadlo.

La palabra de la jefa de guerra se abrió paso por los pensamientos de Colmillosauro.

«Quemar… ¿El qué?».

Nathanos parecía igual de confundido. Intercambiaron una mirada. Sylvanas estaba frente a ellos y su expresión irradiaba cólera.

Volvió a gritar la orden, más allá de Colmillosauro.

—¡Quemadlo!

Nathanos se volvió sin decir nada e hizo una seña a las dotaciones de asedio.

Sucedió deprisa. Más deprisa de lo que podía asimilarlo Colmillosauro.

Un mago trol incendió las cargas, y con un tirón de la palanca de media docena de máquinas de asedio, la Horda lanzó muerte al aire.

—No —susurró Colmillosauro.

Bajo su mirada estupefacta, el fuego cruzó el mar describiendo un arco.

Todas las cargas alcanzaron su objetivo. Las llamas naranjas empezaron a propagarse por Teldrassil.

El silencio se cernió sobre la Horda. Hasta los gritos de los elfos de la noche capturados se desvanecieron. Todo el mundo contemplaba la escena sin dar crédito.

—No —volvió a susurrar Colmillosauro, más alto.

Una segunda andanada alzó el vuelo y aquello lo sacó de la conmoción que lo paralizaba.

—¡No! —rugió—. ¡Alto el fuego! ¡Alto!

Era demasiado tarde. La segunda descarga alcanzó el objetivo y, en unos instantes, la mitad inferior del Árbol del Mundo quedó envuelta en llamas. El fuego se movía como si estuviera vivo, trepando por el Árbol y avanzando hacia la ciudad engarzada en sus ramas.

—¿Por qué?… ¿Por qué?… —preguntó Colmillosauro con un hilo de voz.

Volvió a mirar a Nathanos. El orco jamás lo había visto con los ojos tan abiertos.

Sylvanas, de espaldas a Colmillosauro, contemplaba cómo se propagaba el fuego. El alto señor supremo intentó, a la desesperada, buscar una explicación que justificara esa orden.

«¿Le dijo algo aquella elfa moribunda? ¿Tenían pensado resistir? ¿La Alianza está a punto de llegar con refuerzos?».

Por su cabeza pasó a toda velocidad una docena de explicaciones distintas. Todas murieron rápidamente. No había velas en el horizonte. Un par de barcos kaldorei se alejaban frenéticamente del Árbol del Mundo mientras llovían ramas ardiendo sobre ellos. Incluso los barcos capturados trataban de quitarse de en medio con torpeza. No se lo esperaban.

Nadie se lo esperaba.

«¿Y Sylvanas?».

La idea dejó sin habla a Colmillosauro.

«¿Lo tenía planeado desde el principio?».

No, no podía ser. Tenía pensada una estrategia. Conquistar el Árbol del Mundo, tomarlo intacto, habría sido una maniobra brillante. Destruirlo era…

… una auténtica locura.

El árbol entero estaba envuelto en llamas. A medida que el fuego aumentaba de temperatura, surgían y se desvanecían destellos azules y blancos. El borde del incendio cercó el árbol. Y entonces, la ciudad de Darnassus empezó a arder.

Colmillosauro oyó gritos. El calor cruzaba el agua, junto con el terrible olor de un fuego descontrolado. Los elfos de la noche capturados en la Costa Oscura aullaban y gemían, rogando y suplicando a la Horda que corriera al Árbol para salvar de la muerte a sus familias.

Los sonidos se mezclaron en una sinfonía de horrores.

Hombres, mujeres, niños… El fuego no hacía distingos. El fuego no tenía honor ni razón, solo el deseo de consumir hasta que no quedara nada.

Todos los que seguían en Darnassus morirían.

Y con ellos, las esperanzas que tenía la Horda de ganar una guerra limpia a la Alianza. Se suponía que Teldrassil era la cuña que destruiría Ventormenta. Ahora, serviría de llamamiento para la Alianza hasta que todas las naciones de la Horda quedaran reducidas a cenizas.

Anduin Wrynn declararía la guerra de inmediato y todos sus aliados responderían a la llamada. La Alianza no se detendría ante nada en su búsqueda de venganza.

—¡No hay honor alguno en esto! —le rugió a Sylvanas.

Finalmente, la jefa de guerra apartó la mirada del Árbol del Mundo. Sus ojos transmitían calma; la cólera había desaparecido. ¿Qué había en su lugar? ¿Vacío? ¿Satisfacción? Colmillosauro no era capaz de interpretarlo. Quizá jamás pudiera.

—Ahora vendrán a por nosotros. ¡Todos! —dijo el orco.

—Lo sé.

Estaba tranquila, como si todo fuera bien.

—Atacarán Entrañas como represalia. Tendrás que planificar la defensa. Empieza por evacuar a mi pueblo.

El comandante orco no podía articular palabra. Por fin, el odio puro le hizo escupir una diatriba:

—Has condenado a la Horda durante mil generaciones. A todos nosotros. Y ¿para qué? ¿Para qué?

Sylvanas se mantuvo impasible.

—Esta era tu batalla. Tu estrategia. Y tu fracaso. Darnassus nunca fue el botín. Era una cuña que dividiría la Alianza. Era el arma que acabaría con sus esperanzas. Y tú, mi maestro estratega, renunciaste a eso al perdonar al enemigo al que habías derrotado. Yo lo he arreglado. Cuando vengan a por nosotros, lo harán dolidos, no triunfantes. Tal vez sea nuestra única posibilidad de victoria.

Sintió deseos de matarla. De declarar mak’gora y derramar su sangre delante de la Horda y la Alianza.

Pero tenía razón.

«Una herida incurable». El plan siempre había sido ese. Y Colmillosauro no había conseguido infligirla. La historia de la supervivencia milagrosa de Malfurion se habría propagado entre los ejércitos de la Alianza como prueba de que su causa estaba bendita.

La guerra habría estallado igualmente. Eso estaba claro desde el momento en que Colmillosauro había llevado a la Horda a Vallefresno. Y habría sucedido lo que más temía: una carnicería, el desperdicio de tantas vidas para lograr tan poco, un triunfo pequeño y pasajero, y condenar a las generaciones futuras a una guerra que no ganaría nadie. Una vez más, Sylvanas se le había anticipado.

Y por eso…

Les había mandado un mensaje. La guerra no terminaría en tablas. Ya no. La Alianza y la Horda entenderían que las únicas opciones eran la victoria o la muerte. Lok’tar ogar. Darnassus no sería la última ciudad que ardería. La pérdida de vidas en ambos bandos descollaría sobre esta atrocidad. Y todo recaería sobre los hombros de Colmillosauro. Cada instante sería una pesadilla.

Sylvanas se volvió hacia el Árbol del Mundo y contempló cómo ardía. Colmillosauro se obligó a mirar las llamas que consumían tanto la ciudad como a sus habitantes. No apartaría la vista para seguir deshonrándose.

Los gritos continuaron. Le recordaron a Shattrath. En aquella ocasión había disfrutado con el ruido.

El humo saturaba el aire, lo que le recordó a Ventormenta, a las carreras por las calles mientras los edificios ardían a su alrededor, a la búsqueda de humanos encogidos de miedo para masacrarlos mientras imploraban clemencia. Aquella matanza le había encantado.

Igual que esta guerra, ¿no?

Estuvo varias horas sin moverse, hasta que los gritos se desvanecieron y de las llamas no quedaron más que rescoldos. Delante de él se alzaban los restos humeantes de lo que en tiempos había sido una gran civilización. En su interior sentía desesperación y vergüenza. Y ahora no existía ningún tipo de corrupción que mitigase el horror.

Recordaría eternamente este momento en sus sueños. Rememoraría esta vergüenza y las que llegaran en el futuro, una y otra vez.

«Has liderado a la Horda al servicio de la muerte», había dicho Malfurion.

¿Cómo podía plantarse Colmillosauro ante los soldados que había llevado a la guerra? ¿Cómo les iba a explicar lo que había hecho?

No podía. Jamás sabría cómo.

Pero llevaría esa carga encima hasta el día de su muerte.

Mientras se alejaba de allí, ansió que ese día llegara pronto.

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