Elegía: Tercera parte

La Invasión

Por Christie Golden

Los primeros han caído,
la vanguardia de esta batalla
nos precede
en el reino de los fuegos fatuos y las sombras.
Aún tenemos sangre que derramar.
La suya. La nuestra.
Tal es el precio
para poder salvar nuestra ciudad radiante
acunada en un árbol de sueños y luz de estrellas.

Anduin Wrynn, Tyrande Susurravientos, Velen y Genn Cringrís se encontraban en el monumento conmemorativo del Reposo del León. Anduin sentía un nudo en el pecho, como siempre que contemplaba la imagen labrada en piedra de su padre. Incluso a esas alturas, meses más tarde, resultaba difícil creer que había muerto. A veces, cuando iba allí al crepúsculo, en esa pausa entre el día y la noche, casi se convencía de que su padre seguía presente, aunque no pudiera verlo.

—Este lugar rebosa paz —dijo Tyrande—. Me alegro de ver que es así.

Ella y los demás líderes de la Alianza habían acudido poco después de la muerte de Varian para velar un ataúd simbólico pero vacío. Al igual que la tumba; no había quedado nada de Varian que pudieran enterrar. Aun así, Anduin se sentía más cerca de él allí que en ningún otro sitio.

—Los ciudadanos de Ventormenta son muy comprensivos —dijo Anduin—. Cuando vengo aquí, nadie me molesta. En la parte de atrás, hay unas vistas muy bonitas del puerto.

Estaban bajando los peldaños cuando uno de los guardias de Ventormenta acudió corriendo hacia ellos. Anduin descendió con rapidez el tramo que faltaba para encontrase con él.

Los demás lo siguieron.

—¿Qué sucede? —preguntó.

El guardia cogió aliento, pero, cuando habló no se dirigió a su rey.

—Lady Tyrande… Ha habido un ataque… Empiezan… las evacuaciones… Están llegando refugiados… por los portales.

Tyrande se quedó muy quieta. Por un momento, pareció una estatua, más bella incluso que la de Haidene en el Templo de la Luna. Solo la vena que le latía rápidamente en el cuello rompía la ilusión.

—Llévame hasta ellos.

Cuando los cuatro líderes llegaron al Sagrario del Mago, ya había una docena de refugiados allí reunidos. El archimago Malin mantenía los portales abiertos para que entraran todavía más. Eran civiles: herreros, sastres, panaderos… Solo los acompañaba una centinela que, al ver a Tyrande, anduvo rápidamente hacia ella, se arrodilló y le tendió un pergamino.

Anduin reconoció el sello. Era el de Malfurion Tempestira. Tyrande abrió los ojos de par en par mientras leía y sus labios se fruncieron en una línea adusta. Pese a la naturaleza de los debates que mantenían en la sala de mapas, Anduin había disfrutado de su visita. Pero ahora, como si estuviera viendo una transformación tan sutil pero tan absoluta como la de Genn cuando adoptaba su forma de huargen, contempló cómo la líder de los kaldorei pasaba de sacerdotisa a guerrera.

La elfa levantó la cabeza y, cuando habló, lo hizo con voz sosegada y firme:

—La Horda está atacando Vallefresno.

—¿Vallefresno? —repitió Anduin, atónito.

—Pero si Silithus está. —empezó a decir Genn.

Y quedaron en silencio al unísono al caer en la terrible cuenta. La noticia sacudió a Anduin con tanta brutalidad como un puñetazo en el estómago. El gigantesco ejército de la Horda reunido por Colmillosauro nunca había tenido la intención de ir a Silithus. Vallefresno no tenía poder para hacer frente a una hueste tan enorme como la que habían visto los espías de Anduin.

Y Vallefresno era todo cuanto se interponía entre la Horda y Darnassus.

Estaba enfadado, dolido de que, pese a todos sus esfuerzos, Sylvanas Brisaveloz hubiera vuelto a jugar con él —con todos ellos—. Pero esta vez, el precio que pagarían sería la sangre de la Alianza.

Genn se pegó un puñetazo en la palma de la mano que rompió el inmovilismo reinante.

Le ardía la cara y sus ojos resplandecían de furia.

—¡Sylvanas nos ha engañado! Esos inútiles de los espías de Shaw.

—Informaron de lo que vieron —dijo Anduin con gravedad, desgarrado por su propia culpa—. Que es lo que hacen los espías. No podemos reprochárselo. Tanto Colmillosauro como Sylvanas son unos estrategas brillantes y duchos en la guerra. —Inspiró profundamente—. El fallo ha sido mío.

Debí imaginar que la Horda actuaría en cuanto viera una oportunidad.

—Cabezas más ancianas que la tuya han cometido el mismo error de juicio —lo tranquilizó Velen.

Pero, pese a sus palabras de consuelo, sus cejas estaban unidas en un nudo de preocupación.

—Ya tendremos tiempo para culparnos… y muchas culpas que repartir más adelante —dijo Tyrande. Su voz, entrecortada y controlada, respondía al fogoso estallido de Genn con una ira fría y una mente preclara—. De momento, escuchad.

Siguió contándoles una versión resumida de lo que leía:

—Ha habido un ataque coordinado contra varios puestos de avanzada y patrullas, incluidos el Refugio Brisa de Plata, Astranaar, la Torre del Polvo Estelar y la Empalizada Mor’shan.

Su voz no tembló en ningún momento. Anduin estaba maravillado. Para él, cada nombre fue como un golpe.

—De momento, es probable que la Horda esté estancada. Malfurion cree que la actual comandante de Vallefresno. —Tyrande abrió un poco los ojos y luego continuó—, Delaryn Luna de Verano, intentará contenerlos en el río Falfarren. Es una barrera natural y, después de las recientes lluvias, bajará crecido.

Anduin volvió a pensar en los informes de los espías. Aunque del todo imprecisos en lo referente al destino del ejército, habían registrado con diligencia el armamento que llevaba.

—La Horda tiene máquinas de asedio. Les será muy difícil cruzar.

Tyrande asintió.

—Malfurion ha ordenado la vuelta de la armada que se dirigía a Feralas. Retrasar a la Horda en Falfarren podría proporcionarnos un tiempo muy valioso.

Pero ¿bastaría con ello? Nadie se atrevió a preguntarlo. Anduin observó los rostros asustados de los refugiados. Si la Horda llegaba a Darnassus con ese armamento.

Tragó saliva y tomó una gran bocanada de aire mientras le pedía a la Luz que lo ayudara a ver con claridad y a centrarse.

—Ventormenta enviará refuerzos de inmediato —declaró.

Tyrande asintió de nuevo. Ella sabía, como todos, que era imposible transportar ejércitos enteros por los portales como se hacía con un puñado de personas. Podía enviar todos los refuerzos de Azeroth y, al igual que el ejército de la Alianza que con tanta suficiencia habían reunido con aquel propósito, llegarían demasiado tarde para servir de algo.

O quizá no. Quizá Elune —la Luz— los ayudara.

—Es el territorio de tu pueblo, lady Tyrande. Sé que los kaldorei harán que la Horda pague muy caro cada palmo conquistado. El terreno está de vuestro lado, no del de ellos… y conocéis cada uno de sus secretos. Estas armas pesadas podrían representar la perdición del ejército.

»El shan’do Malfurion ha hecho lo correcto —le dijo a la centinela—. Hazle saber lo que has oído aquí. y que Ventormenta está preparada para acoger a los evacuados. Todos los que puedan venir encontrarán refugio entre nosotros. Tenéis mi palabra.

Se volvió hacia Velen.

—Te confío el cuidado de los refugiados —dijo—. ¿Puedes escoltarlos hasta la catedral y velar por sus necesidades?

—Por supuesto —respondió el profeta—. Será un honor. Por favor —les dijo a los refugiados—, venid conmigo, amigos

Inclinó la cabeza en dirección a Tyrande, que consiguió esbozar una sonrisa tensa.

—Aún quedan muchos gilneanos en Darnassus —dijo Genn a Anduin mientras el grupo de refugiados seguía a Velen y bajaba por la rampa alfombrada—. Me gustaría ir y traerlos aquí.

Mi pueblo tiene que ver que su líder no los ha abandonado.

Anduin negó con la cabeza.

—En este momento necesito tu experiencia y tus consejos. por si se confirman nuestros peores temores.

—No te preocupes —lo tranquilizó Tyrande—. Mi gente se asegurará de poner a salvo a la tuya.

—Te lo agradezco, pero no puedo abandonarlos sin más. ¡Necesitan ver una cara conocida!

Anduin lo entendía. Aunque los elfos de la noche sentían un gran aprecio por los gilneanos, el pueblo de Genn se sentiría asustado y perdido si no se hacía cargo de ellos alguien a quien conocieran y en quien confiaran.

—¿Tess, quizá? —sugirió.

—La enviaría a ella si supiera dónde anda —gruñó Genn.

Hizo una pausa, pensativo mientras en los portales, con un zumbido, seguían apareciendo más elfos de la noche.

—Mia —dijo—. Nadie sabe transmitir tranquilidad a la gente mejor que ella. Además, se pasa media vida ahí.

En efecto, la reina Mia Cringrís visitaba con frecuencia el campamento del Roble Quejumbroso en Darnassus. Anduin le profesaba un gran cariño y tuvo que admitir que la pequeña pero voluntariosa Mia, con su rapidez de ingenio y su gran corazón, era la elección perfecta.

—¿Rey Anduin? —Era la centinela… Eriadnar, creía Anduin que se llamaba—. Esto es solo el principio. El shan’do Malfurion ha ordenado una evacuación completa. No solo de la ciudad, sino también de todos los alrededores de la Costa Oscura.

«Entonces, cree que ya no hay esperanza». Nadie lo dijo, pero vio que todos los presentes compartían sus pensamientos.

Su mente trabajaba a toda prisa, recorrida por varios pensamientos: para empezar, debía evaluar dónde alojar a los elfos de la noche cuando la catedral ya no pudiera acoger más; no eran tan numerosos, pero Darnassus era una ciudad importante. Y también se preguntaba el impacto que tendría en ellos como pueblo, como cultura. Y cómo diablos iba a hacerles llegar a los combatientes todo lo que necesitaban —armas, soldados, más suministros— en el tiempo de que disponían.

—Enviaré a una unidad de guardias de Ventormenta para ayudar con la evacuación del Roble Quejumbroso y los demás sitios de Darnassus. Archimago Malin, envía un mensaje a Dalaran. Explícales la situación y pregúntales si estarían dispuestos a unirse a nosotros en Ventormenta. para traer más refugiados por los portales.

Malin asintió.

—En cuanto a Vallefresno, enviaré todas las fuerzas que pueda de inmediato. Velen tendrá todo cuanto necesite y todos los espacios públicos que encontremos para alojar a los refugiados. Enviaré a alguien al Templo de la Luz Abisal y les pediré a los sacerdotes del Cónclave que nos ayuden. Seguro que el arzobispo Faol estará encantado de ayudar.

Tyrande llevaba un rato callada. En ese momento se dirigió a la centinela Eriadnar:

—Volveré contigo. Me uniré a Malfurion en la batalla por nuestra ciudad.

La centinela se puso de rodillas. Habló en darnassiano, no en lengua común, y por ello Anduin apenas entendió nada de lo que decía. Fuera lo que fuese, estaba claro que hablaba con el corazón y que lo que dijo conmovió a Tyrande profundamente. Se arrodilló y abrazó a Eriadnar durante un largo instante. Luego se levantó y se fue a ver a los refugiados. Estos alargaron las manos para tocarla, tímidos pero ansiosos a la vez, y Anduin vio la preocupación en sus rostros.

Tyrande pasó un brazo alrededor de una madre que llevaba a una criatura en brazos. Cuando habló, su voz tembló por primera vez desde el comienzo de aquel terrible trance:

—Anhelo regresar y luchar al lado de mi esposo, pero mi gente necesita saber que habrá alguien aquí cuando crucen el portal. Y por ello… me quedaré.

Sus ojos centellearon.

—Por ahora.

♦ ♦ ♦

La reina Mia Cringrís ya se estaba preparando para salir hacia Darnassus antes de que su marido hubiera terminado de pedírselo, tal como él esperaba. Llevaban juntos tanto tiempo y habían superado tantas adversidades que ya no necesitaban hablar para saber lo que pensaba el otro. Aun así, Genn no pudo evitar recordarle que entrara y saliera lo más rápido posible. Mia le prometió que volvería en pocas horas.

Tras un beso intenso y cargado de amor para su esposo y un abrazo largo y compasivo para Tyrande —Mia sabía mejor que nadie el precio que pagaba la suma sacerdotisa por su decisión de quedarse en Ventormenta—, cruzó el portal solo media hora después de la llegada de la centinela Eriadnar a la ciudad. Con la seguridad de que los guardias de Ventormenta las seguirían poco después con provisiones y botiquines, Eriadnar y ella aparecieron en uno de los lugares de Azeroth que más amaba la reina: el Templo de la Luna.

Normalmente, el templo era un lugar tranquilo y espacioso. Pero en aquel momento estaba abarrotado, aunque de una manera todavía ordenada, y el rumor de un sinfín de voces quedas pero ansiosas ahogaba el tranquilizador borboteo de la fuente.

—¡Reina Mia! —exclamó el mago que había mantenido el portal abierto para que Eriadnar y ella pasaran—. ¡No os esperábamos!

—No pongas esa cara de sorpresa —replicó Mia, mientras se apartaba para que los elfos de la noche que esperaban con paciencia pudieran cruzar hacia Ventormenta.

Les hizo un gesto tranquilizador con la cabeza, rebosante de su habitual confianza y jovialidad.

—A mí no me sorprende —dijo Astarii Buscaestelar mientras se acercaba a ella con una cálida sonrisa—. Cómo no ibas a venir.

Las dos mujeres se abrazaron. A la reina no le gustaba tener «favoritos», pero la sacerdotisa de voz suave y cabello verde tenía algo especial. Siempre habían congeniado.

—¿Qué tal están todos? —le preguntó discretamente.

—Somos kaldorei —se limitó a decir Astarii.

A Mia se le hizo un nudo en la garganta. Rara vez Genn le ocultaba secretos, y las noticias que le había contado eran aterradoras. Le había pedido que se asegurara de que todos los gilneanos de Darnassus llegaban a salvo a Ventormenta… y que volviera una vez cumplida la tarea. Pero en ese momento tomó una decisión. No era la primera vez que Mia Cringrís hacía lo que le dictaba el corazón, con independencia de lo que quisieran los demás, incluido su esposo.

—Estaré aquí un tiempo —dijo—. Una vez que mi gente esté a salvo, me quedaré a ayudaros.

—Reina Mia, no creo que al rey Genn.

Mia le impuso silencio con un ademán.

—Tú déjame a Genn a mí.

Pese a la tensión reinante, los labios de Astarii esbozaron el fantasma de una sonrisa.

—Vos lo conocéis mejor, majestad.

—Así es. Bueno. —Se volvió hacia el mago—. Maelir, ¿verdad?

—Sí, majestad.

—¿Me harás el favor de ir al Roble Quejumbroso para colaborar en la evacuación?

—Por supuesto —dijo él—. Será un gran honor ayudar a los gilneanos.

♦ ♦ ♦

La ayuda continuó llegando poco a poco al Refugio Brisa de Plata. Delaryn no esperaba que recibieran refuerzos suficientes a tiempo para poder derrotar a la Horda en ese lugar. De hecho, ni siquiera esperaba que pudieran llegar. Pero el Falfarren era el lugar perfecto para frenar su avance y enviar a algunos orcos, trols y demás miembros de la Horda con sus antepasados.

Llegó un druida, exhausto tras volar desde Darnassus sin descanso, con una carta de Malfurion. Eriadnar se había puesto en contacto con él, le dijo a Delaryn. Tyrande estaba con el rey Anduin, que se había comprometido a ayudar con la evacuación y enviar refuerzos. Por su parte, Malfurion había enviado varios grupos de druidas a ayudar a Delaryn.

—Llegarán en breve —dijo el druida intentando tranquilizarla, a pesar de su agotamiento—. Los bosques y las aguas son nuestros amigos. Cuanto más podamos cooperar con la naturaleza que tanto nos ha nutrido, mayor será la desesperación de nuestros enemigos.

—Gracias —le dijo Delaryn—. Vuestras habilidades nos serán muy valiosas aquí. Vallefresno está en deuda con vosotros. y yo también.

Ordenó que le llevaran bebida y comida al agotado druida. Luego desdobló la carta. Era bueno que empezaran las evacuaciones, pero estaba preocupada. Al igual que los enanos de la Liga de Expedicionarios, la mayoría de viajeros atravesaba los portales de uno en uno… Como mucho, de dos en dos o de tres en tres. Para una persona era una manera maravillosa de viajar con rapidez de un lugar a otro, pero no servía para evacuar una ciudad entera.

Ni para transportar un ejército.

««Contendremos a la Horda todo lo que podamos —les había dicho a sus tropas—. Cada paso que den en nuestra tierra les costará muy caro».

Esperaba fervientemente que Malfurion le explicara en su carta cómo convertir en realidad esa afirmación.

«Le he enviado un mensaje a la general Plumaluna —escribía el archidruida—. La flota que transporta a los soldados de la general regresará de inmediato. También he autorizado a los magi a que te ayuden y yo mismo me dirigiré en breve a Vallefresno.

Ten valor, comandante Luna de Verano. No estás sola.

Elune estará con nosotros».

En ese momento, con un remolino, se abrió un portal y los elfos de la noche —tan reservados de ordinario— prorrumpieron en vítores. Los magi que habían cruzado, que hasta entonces siempre se habían encontrado con bienvenidas discretas en Darnassus, sonrieron sorprendidos. Los vítores se redoblaron con cada portal que abrían y llegaron a su apogeo cuando, en el transcurso de varios minutos —y con no pocas interrupciones—, apareció por ellos una docena de osos, aves y sables de la noche.

«Gracias, shan’do ».

—Necesitaremos vuestro fuego —les dijo Delaryn a dos de los magi, que se habían presentado como Sarvonis y Ralara—. Tenemos cosas que quemar.

Los puentes que salvaban el río Falfarren —arcos de madera tallada y piedra labrada con exquisita pericia— serían los primeros en caer, por supuesto. Delaryn había enviado soldados a cruzarlos, en grupos de diez a veinte.

También ellos tenían órdenes relativas al fuego.

Ferryn había informado de que la Horda contaba con máquinas de asedio. Si el ejército invasor lograba llevarlas desde la Empalizada Mor’shan hasta el río, provocarían grandes daños. Y, si cruzaban el río.

La mera idea de ver a la Horda en Darnassus, arrastrándose por sus hermosas pasarelas de piedra blanca, profanando su templo, saqueando sus preciosos artefactos, hasta pisoteando los espacios de vegetación que se entretejían con tanto primor por toda la ciudad… Delaryn no podía ni concebirla. Cuantas más máquinas de asedio y armamento pudieran sabotear ahora, menos llegarían a las arenas de la Costa Oscura, a atacar su hogar.

Todos aquellos capaces de caminar habían sido movilizados. Hasta los que normalmente tenían consideración de civiles —sastres, vendedores de comida, posaderos— habían aprendido con los siglos a luchar lo bastante bien como para defenderse. A los pocos que no podían hacerlo —madres con niños pequeños, heridos— ya se los habían llevado a Ventormenta a través de los portales al llegar los magi.

Con una punzada de desdicha, Delaryn observó cómo aquellos a quienes la habían mandado a proteger se unían a sus hermanas centinelas en carreras silenciosas por los puentes, armados con arcos y dagas.

Sin oírlo, percibió la llegada de Ferryn por detrás. El druida le puso en el hombro una mano cálida y fuerte, y, durante un brevísimo instante, Delaryn sintió que lo habría dado todo por volver a estar acostada con él, como aquella mañana, antes de que la quietud del bosque se rompiese en mil pedazos. O, mejor aún, por pasear con él por una Darnassus a salvo y tranquila.

Los magi aguardaban la orden.

Delaryn respiró profundamente.

—Quemadlos.

Sarvonis ahuecó las manos y movió una alrededor de la otra. Por alguna jugarreta de la memoria, Delaryn recordó un momento en el que armó una bola de nieve en la cima de una montaña y se la lanzó a un sorprendido Ferryn. El recuerdo hizo que aflorara a sus labios la sombra de una sonrisa.

En la palma de la mano del mago apareció un tenue parpadeo de luz que se convirtió en una pequeña esfera de llamas naranjas. La bola salió disparada hacia el puente trazando un arco desde las manos de Sarvonis. La hermosa construcción estalló en llamas e inundó la noche con un chisporroteo estruendoso y furioso.

El ruido de unos gritos casi imperceptibles llegó hasta los oídos de Delaryn y un fino penacho de humo ascendió a los cielos desde los árboles lejanos. Una máquina de asedio había quedado destruida. Una máquina menos que ya no haría llover piedras sobre una ciudad que tanto había soportado durante su breve existencia.

Y entonces empezaron a batir los tambores.

La centinela se puso tensa bajo la mano de Ferryn.

—Dime qué necesitas que haga —dijo este.

«Sobrevivir» —pensó ella. Pero lo que respondió fue:

—¿Has trabajado antes con esos druidas, los que han venido por los portales?

—Sí, con algunos. Formamos un buen equipo.

—Pues llévatelos y haz que la Horda piense que somos más de los que esperaban.

Ferryn contempló el río, que ahora arrastraba trocitos de madera carbonizada. Su mirada siguió los fragmentos ennegrecidos corriente abajo, y luego fue en dirección contraria. Entornó los ojos.

—Creo que podemos hacerlo —dijo.

Atrajo a Delaryn con los brazos y la besó, esta vez con delicadeza, antes de apoyarle los labios sobre la frente.

—Sé que tienes miedo —le susurró al oído—. Y sé que es por nuestra gente, no por ti. Pero no desesperes, aún no estamos vencidos. Y haremos que cada muerte cuente.

Le acarició la mejilla y se marchó.

Delaryn volvió la vista atrás y contempló el río. Apretó los labios con fuerza.

—Ven —le dijo a la centinela Vannara—. Vamos a hostigarlos como no se imaginan.

«Destruiremos todas las armas que podamos. Les haremos creer que somos más de los que pensaban. Los acribillaremos a flechazos, los aplastaremos y los estrangularemos con los propios árboles de estos bosques. Les mostraremos una ferocidad que los dejará consternados y conmocionados.

»Mantendremos la posición».

♦ ♦ ♦

Habían pasado años desde la última vez que Ferryn estuvo en Vallefresno por última vez, pero lo recordaba bien. El río Falfarren estaba ahora de su parte, pero solo les valdría para ganar tiempo.

El gigantesco ejército que había visto acabaría por cruzarlo, aunque fuera sobre las espaldas de sus propios muertos.

«Lo cual —pensó en un acceso de macabro regocijo— no me importaría lo más mínimo».

No sabía hasta qué punto conocía el enemigo el terreno de Vallefresno, pero no tenía intención de subestimar a Colmillosauro ni a la Dama Oscura. La Horda ya había invadido —y ocupado— en el pasado algunos de sus confines. El orco sabía tan bien como Ferryn que el punto más estrecho del Falfarren se encontraba al norte, justo debajo de las ruinas de Xavian. La Horda se dirigiría hacia allí.

El plan de Ferryn era muy sencillo. Tal como le había ordenado su comandante, llamó a todos los druidas y se lo explicó con rapidez.

—Nos superan en número, y lo saben. Nuestro cometido consiste en hacerles dudar de ello. Pronto traerán sus máquinas de asedio para buscar la forma de cruzar. La comandante Luna de Verano atacará por el otro extremo del río, mientras que otros grupos patrullarán para impedir que la Horda lo cruce. Tocarán los cuernos cada vez que avancen sus fuerzas.

»Los esperaremos en las pozas que hay cerca de Xavian y también en otros sitios… Estaremos donde nos necesiten, cuando nos necesiten.

Los druidas se miraron entre sí, confundidos.

—¿Y cómo vamos a hacerlo? —preguntó uno de ellos.

Ferryn esbozó una sonrisa burlona y, como única respuesta, señaló hacia arriba.

♦ ♦ ♦

Tras la primera oleada de sabotajes contra las máquinas de asedio de la Horda, Delaryn replegó sus fuerzas hasta la orilla occidental del Falfarren. Habían hecho cuanto habían podido, pero ahora la Horda se estaba acercando. Y Delaryn se lo permitió.

Los elfos de la noche iban equipados con cuernos. Cada vez que la Horda se concentraba en el lado opuesto del río y empezaba a cruzarlo a nado, los kaldorei disparaban sus flechas y llenaban el río de cadáveres de la Horda. Cuando el enemigo conseguía llegar a la otra orilla, los elfos de la noche caían sobre el grupo en cuestión, lo rodeaban y hacían pedazos, antes de recuperar sus flechas y volverse contra los siguientes miembros de la Horda que habían tenido la desgracia de quedar rezagados.

El plan de Ferryn —tener grupos de druidas que se desplazaban entre los árboles cada vez que oían una llamada a las armas— estaba funcionando de un modo brillante, pero no podía durar mucho. Los cuernos parecían tocar sus notas, paradójicamente dulces, a cada momento.

Delaryn no había buscado el cargo de comandante, pero tampoco lo eludiría. Saltaba a la refriega y luchaba con furia al lado de sus camaradas; usaba el arco para matar a larga distancia y la guja lunar para el combate cuerpo a cuerpo.

Un grupo de seis —tres trols, dos tauren y un elfo de sangre— llegó hasta la orilla. Sus guerreros, los tauren y dos de los trols, habían formado una muralla de escudos y estaban desviando la peor parte de las lluvias de flechas. Delaryn relajó la respiración, apuntó y aguardó.

Lo tenía: un espacio de apenas tres dedos. Dejó volar la flecha.

Vio un remolino violeta por el rabillo del ojo. Vannara, que había estado a su lado, se desplomó sobre el suelo. Una saeta flechada con plumas rayadas y de astil esbelto, adornado con aros de metal y cuentas, le salía de la garganta.

Solo el instinto de Delaryn y los siglos de entrenamiento con que contaba la salvaron: impulsada por el instinto, saltó a un lado justo a tiempo. Una segunda flecha pasó a su lado con un silbido de frustración y fue a clavarse en el tronco de un árbol.

La centinela dio un salto y se volvió al tiempo que disparaba. Al tiempo que tocaba el suelo, dos puntitos rojos centellearon a la sombra de los árboles, al otro lado del río: una cara oculta en parte por una capucha roja.

El rostro tenía un tono azul grisáceo, pero no el saludable de la piel de los bendecidos por Elune, los elfos de la noche. Los matices de verde de aquella cara recordaban a todo el que la viera la podredumbre que contenía. Las marcas que lucía eran negras y sus ojos, de un brillante carmesí.

Sylvanas Brisaveloz.

La Dama Oscura, jefa de guerra de la Horda, carnicera de miles. Todo lo que era anatema para los elfos de la noche —desprecio por la naturaleza, odio por la vida, acciones irresponsables— se encarnaba en aquella alma en pena monstruosa. Y estaba ahí.

Si su líder caía, el ejército se sumiría en el caos. Si cortas la cabeza, se desplomará el cuerpo.

En el lapso de medio latido de corazón, Delaryn había cargado y disparado.

Pero Sylvanas ya había desaparecido.

—¡No! —La centinela fue incapaz de contener un grito breve y estridente.

«Podría haber terminado con todo, aquí mismo…».

Una nueva andanada de flechas cayó con silbidos agudos. Delaryn contuvo la desesperación que la paralizaba. Aquello solo serviría para dar alas al enemigo. No renunciaría a la esperanza.

«Elune, protege a tus hijos. Protégelos de estos monstruos. Danos fuerzas para librar esta batalla y mantener a salvo a nuestra gente».

Y, como si respondieran a esa plegaria, varios sables de la noche rugieron tras ella. Las cazadoras de Astranaar habían llegado para unirse a la batalla. Los cansados combatientes las aclamaron.

Una cazadora se acercó a Delaryn. La comandante siguió disparando, pero aguzó el oído para oír las nuevas que traía.

—¡Viene el shan’do!

Malfurion Tempestira estaba a punto de llegar, como había prometido. Era el momento de replegarse y pasar a la siguiente fase de su plan.

—Tráeme a un druida —le ordenó a la cazadora—. El shan’do ha de saber que la jefa de guerra está aquí.

♦ ♦ ♦

Al sur, el sonido de los cuernos anunció que una nueva oleada de siervos de la Horda se había prestado voluntaria para morir sin saberlo. El hocico de un sable de la noche no estaba pensado para reír, pero, aun así, una intensa satisfacción frunció los músculos que rodeaban los grandes colmillos de Ferryn.

El plan había resultado brillante. Cada vez que caían desde lo alto, en forma de sables de la noche o de grandes aves, los miembros de la Horda quedaban estupefactos mientras la muerte descendía sobre ellos… si es que llegaban a levantar la mirada, lo cual no era frecuente. Los dieciséis druidas que recorrían las copas de Vallefresno eran rápidos, silenciosos y cuidadosos. Con tantos de ellos en las ramas, era fácil que alguna cediera. Pero la «manada» de Ferryn, pues eso es lo que era, tenía siglos de experiencia con aquellas formas y calculaba los riesgos con tal rapidez que ni siquiera se daban cuenta de ello.

Saltaban de rama en rama, silenciosos como la muerte, moviéndose con un ritmo perfecto, acompasado por su respiración y el latir de sus corazones. En un momento dado, un ruido hizo provocó que una de las orejas de Ferryn se desviara en su dirección. Volvió su enorme cabeza y husmeó el aire, pero no captó ningún olor ni vio nada. Acababa de aterrizar en otra rama cuando, tras él, dos de las grandes aves profirieron un grito de agonía. Una cayó en picado sobre la suave hierba que había debajo, mientras la otra se estrellaba contra un árbol con fuerza brutal.

Cuando los siguientes shurikens cortaron el aire, Ferryn los oyó y saltó hacia un lado con una sacudida del cuerpo felino, mientras cambiaba de dirección con sus hermanos restantes para hacer frente al asesino. Uno de ellos no tuvo tanta suerte y se desplomó de la rama entre aullidos.

El viento cruel que había impedido que olfateara al elfo de sangre cambió de sentido y el hedor llenó los orificios nasales de Ferryn. Pero no pudo precisar dónde se encontraba el pícaro. Hasta que fue capaz de verlo. El imprudente sin’dorei se había delatado al saltar a través de un pálido rayo de luna y aterrizar en la rama de un árbol antes de impulsarse a la siguiente. Ferryn y los demás fueron tras él.

El pícaro eludía la línea de batalla de manera deliberada, eso era indudable. Pero lo que no acababa de comprender era que se encontraba en el mundo de los elfos, no en su reluciente capital de rojo y oro. Hasta las raíces y ramas obedecían al druida que había adoptado forma de kaldorei y le permitían desatar la cólera del bosque profanado.

Los árboles despertaron, con un estremecimiento de las hojas, y se prepararon para atrapar al intruso.

Dos shurikens cortaron el aire con un silbido. Ferryn y los demás se revolvieron para esquivarlos y solo el dominio de sus formas les permitió aterrizar sobre las ramas o escapar volando al cielo abierto. Shenda, esbelta, gris azulada y furiosa, saltó sobre el elfo de sangre. Con las garras extendidas y sus larguísimos colmillos al aire…

Y Ferryn contempló horrorizado cómo de repente se abría su garganta y la sangre manaba como un río mientras la elfa caía en picado hacia el suelo.

Más allá, un grupo de hermanos y hermanas de Ferryn, demasiado concentrados en su burlona presa, aterrizaron a la vez en una misma rama. Pero el pícaro ya no estaba ahí. La rama cedió con un chasquido terrible, aumentado por los gritos lanzados por los sables de la noche antes de que se estrellaran contra el suelo con un golpe devastador.

Era demasiado tarde. Ferryn lo supo en cuanto cayeron. El pícaro los mataría antes de que pudieran recuperarse para defenderse. Los druidas que seguían en los árboles alzaron el vuelo o saltaron de rama en rama para ayudar. Ferryn intentó serenarse y continuar.

Un segundo más tarde resonó el estruendo de un disparo.

El pícaro tenía un amigo. Bien. Ferryn, presa de la pena y la rabia, estaba dispuesto a matar a más de.

—Vete —le llegó esta sola palabra susurrada.

Cualquier otro habría pensado que acababa de oír el viento cantando entre las hojas, y nada más, pero Ferryn sabía que aquella era la voz de su shan’do.

Malfurion Tempestira.

Ferryn no era capaz de ver a su maestro, pero Malfurion sí que podía verlo a él. Y no solo a él, sino también su corazón enfurecido y quebrantado. Como tantas veces antes, Malfurion había dicho exactamente lo que Ferryn no quería oír., pero necesitaba.

Se aferró al árbol con todas sus fuerzas como protesta. La furia le teñía la vista de rojo y sus tirantes músculos felinos pugnaban por desobedecer. Pero el shan’do tenía razón. El pícaro y el cazador no serían rivales para el archidruida, y Ferryn sobreviviría para seguir luchando.

Notó el roce de una energía sanadora que renovó sus extremidades y reavivó sus sentidos, aunque no calmó su espíritu. A sus pies, el pícaro, el cazador y la mascota de este estaban ejecutando a los compañeros de Ferryn. Oyó sus gritos y olió su sangre.

Pese a todo, tenía que irse.

Con un gruñido de angustia, reunió toda su serenidad, se volvió bruscamente y regresó al río.

De manera tan natural como si respirara, saltó de rama en rama, convirtiendo su rabia en movimiento. Mientras seguía el Falfarren hacia el sur, ya casi había llegado a la zona donde Delaryn estaba combatiendo cuando oyó un terrible sonido, a medio camino entre un chirrido y un gemido.

Había luchado en Rasganorte y conocía los sonidos del hielo y la nieve. Había visto cómo agrietaban los glaciares mientras, con un enorme estruendo, se desprendían y se hundían en las gélidas profundidades grandes fragmentos de agua marina helada, de todas las tonalidades verdiazules.

Y también conocía ese sonido. Era el ruido que hacía el hielo creado por medios mágicos.

Estaban helando el Falfarren.

«¿Por qué no fuimos capaces de prever esto?», pensó con desesperación mientras cruzaba como un rayo las gruesas ramas flexionando y distendiendo los músculos con renovada velocidad. Entornó los ojos al toparse de repente con un brillo anaranjado. Uno de los magi de la Horda había creado luz para sus camaradas. Ferryn hincó las garras en las ramas para no caerse, como les había pasado a los otros.

Estaban gritando, canturreando en uno de sus horrendos idiomas. Pasados unos segundos preciosos, el druida negó con la cabeza, abrió los ojos y reanudó su carrera por las ramas superiores.

Mientras Ferryn y su manada se desplazaban arriba y abajo del río, atacando a los soldados de la Horda que intentaban ganar la orilla, otros elfos de la noche se unieron al grupo. Les dijeron que habían caído todos los magi Altonato. Su ayuda había sido inconmensurable en las primeras fases para quemar puentes y máquinas de asedio, pero los arqueros de Sylvanas —y quizá la misma Dama Oscura en persona—, conscientes de su importancia, habían ido a por ellos. Así que ya no quedaban magi para fundir el hielo en el que se había convertido el río embravecido.

La iluminación mágica había desaparecido. La noche había caído de nuevo, y esa era la hora de los kaldorei. A casi todas las razas de la Horda les gustaba el sol, y el anochecer complicaba las cosas a unos ojos que estaban más acostumbrados al nítido brillo de los desiertos que a la sombra del bosque. Además, Ferryn contaba con la aguzada vista de la forma de gran felino que había adoptado.

Escrutó el hielo que había más allá del follaje, resplandeciente bajo los primeros rayos de la luz de la luna. La primera oleada de la Horda ya había conseguido ganar la orilla. Algunos de ellos resbalaron y cayeron en su afán por llegar hasta el odiado enemigo, pero la mayoría solo resultaron

heridos en su orgullo. Un número importante ya había cruzado en ese momento. Sin duda, más habrían vadeado el Falfarren en otros puntos a lo largo de su curso.

Y el alto señor supremo estaba entre ellos.

A Ferryn se le erizó el pelaje. Filtró las cacofonías del combate, el tintineo del entrechocar de los aceros y el chasquido los martillos que machacaban huesos, los vítores y los gritos de los moribundos… y el olor de la sangre, tan discordante en combinación con los fértiles aromas vegetales de Vallefresno. El elfo se centró por entero en el orco que corría.

«Si pudiera acabar con él ahora.».

Unas cuantas ramas más, otro salto. y el orco canoso, que empuñaba el hacha con la habilidad y la furia de un maestro, quedó solo a un brinco de distancia. Bajo aquella luz tenue, atento como estaba al fragor de la batalla, Colmillosauro nunca vería al druida.

Ni tan siquiera al morir.

Ferryn saltó, con las fauces abiertas, las garras extendidas y el corazón aporreándole el pecho.

Otro destello: de nuevo el hechizo de un mago.

Los ojos de Colmillosauro se encontraron con los de Ferryn.

El druida estaba demasiado lejos. Sintió el roce del aire desplazado por el hacha del orco al caer. Tan fuerte fue el golpe y tan afilada estaba el arma que, durante las milésimas de segundo siguientes, Ferryn no supo distinguir lo que veía su cabeza cercenada al dar vueltas en el aire.

Pero tuvo tiempo de entender que había fracasado antes de sumirse en la nada.

♦ ♦ ♦

De camino a Feralas, la flota se había encontrado con un tiempo peligroso. Las tormentas habían hecho perder el rumbo a varios veleros y ya iban retrasados. Aunque Cordressa había espoleado a la tripulación para ir a todo trapo, no tenía prisa alguna en sufrir el sol inclemente y las arenas ardientes de Silithus.

Shandris Plumaluna y ella se conocían, claro, consagradas como estaban a la causa de lady Tyrande. Pero Cordressa nunca había servido directamente a las órdenes de la general de los centinelas. Se había mostrado tranquila y centrada al hablar con Delaryn del destino que le habían asignado, feliz de que su joven amiga tuviera la oportunidad de servir con la comandante Aireleña. Pero Anaris Aireleña apenas era famosa. Shandris Plumaluna era una leyenda y, en secreto, Cordressa estaba hecha un manojo de nervios ante la perspectiva de reunirse con ella.

Tal preocupación resultó infundada. La gran amistad de Shandris con Tyrande estaba arraigada en sus similitudes, y la mítica arquera y general resultó ser una persona cálida y accesible. Shandris lideraba casi sin esfuerzo, premiando la eficiencia y la dedicación con elogios e inspirando a sus tropas a superarse. Había normas, claro, pero tenían sentido; había disciplina, pero nunca castigos, y hasta las amonestaciones eran poco más que palabras bien dirigidas.

Con mucha frecuencia, la general invitaba a Cordressa a compartir mesa en su camarote mientras las tormentas arreciaban fuera. Descorchaban botellas de vino, se contaban historias y cada día daba paso al siguiente.

Estaban hablando de las mejores remeras para flechas cuando Shandris avistó una forma en el cielo nocturno. Cordressa siguió la mirada de la general y sintió un escalofrío.

Era un pájaro más grande que una gaviota, y volaba de noche.

Un cuervo de tormenta.

Solo había una razón para su presencia. Cordressa y Shandris se levantaron de la silla mientras el cuervo de tormenta que no era tal aterrizaba en la cubierta y recuperaba su forma élfica. La druida temblaba de agotamiento. Parecía muy joven. «¿Dónde estarán los demás druidas, para que Malfurion se vea obligado a echar mano de jóvenes que apenas han acabado su entrenamiento?».

—No, hermanita —le dijo Shandris mientras la druida se esforzaba por levantarse—. No te canses más, pero dime. ¿Qué ha pasado?

Cordressa le sirvió a la chica un poco de agua en una copa y Shandris se arrodilló para ofrecérsela.

—La Horda —dijo la druida tras apurarla—. Su ejército… ha dado la vuelta. Se dirigen a Darnassus, no a Silithus. Me envía Malfurion. Tenéis que volver todos.

El horror cayó sobre Cordressa como un chorro de agua helada.

—No.

Tomó aliento. Darnassus no. No la ciudad por la que tanto habían sacrificado. Y Del.

Estaba justo en medio del camino del ejército.

Shandris, curtida en mil batallas, se recuperó con más rapidez que ella.

—Hay que reconocer que el plan era muy astuto —murmuró—. En cada uno de sus pasos —dijo con la mirada perdida, pensativa—, pero no han tenido en cuenta que navegaríamos con tanta lentitud. ¿Has venido a buscarme a mí primero?

—Sí, general —dijo la druida—. Debía contártelo a ti antes que a los demás.

—Lamento pedirte esto, pero… ¿tienes fuerzas suficientes para llevar este mensaje al resto de barcos? ¿Los que nos siguen?

Tyrande los había enviado de manera escalonada para confundir a la Horda., aunque en vano, comprendían ahora.

—Por supuesto —dijo la joven druida.

Cordressa no estaba tan segura, pero no les quedaba más remedio.

—Pues hazlo —le ordenó Shandris—. Diles que sus druidas ordenen a la naturaleza que traiga viento. Tenemos que regresar a la Costa Oscura de inmediato. ¿Comprendes?

La druida, pálida y ojerosa, asintió con el mejor de los ánimos.

Shandris sonrió y le estrechó el hombro con la mano.

—Solo te pedimos un esfuerzo más. Luego podrás descansar. ¿Cómo te llamas?

—Teshara.

—Teshara —dijo Shandris con gravedad—, puede que acabes de salvar a tu pueblo.

Pese a todo el agotamiento y el miedo que sentía, la expresión de la joven druida se iluminó.

♦ ♦ ♦

Delaryn no reconoció el extraño chirrido emitido por el río al helarse hasta que fue demasiado tarde; poco después vino acompañado del rugido de los soldados de la Horda, alzando vítores y sedientos de sangre, al ver que ya podían cruzar.

No había esperado detener a la Horda en el Falfarren, sino que su intención era retrasarla el tiempo suficiente para que pudieran huir el mayor número posible de inocentes y que se unieran a la batalla todos aquellos kaldorei capaces de esgrimir un arma. Aun así, aquello fue un duro revés. La Horda estaba un paso más cerca de su meta, después de todos los que murieron para tratar de detenerlos.

Entonces, un mensajero trajo una noticia que fue como música para sus oídos.

—Malfurion está al caer.

Los druidas le habían dicho al joven correo que habían visto al ciervo blanco reluciendo como Malorne, besado por las lunas.

—Ha ordenado que algunos se queden a ayudarlo, pero ha dicho que los demás debíamos retirarnos e ir a buscarte.

«Gracias, Elune».

—Sylvanas va en ese ejército —le dijo Delaryn al mensajero.

Los ojos de este se abrieron de par en par, pero no dijo nada.

«No debería habérselo contado. ¿Qué podría hacer él si viera a la Dama Oscura?

Aparte de morir…».

—¿Cómo te llamas? —le preguntó.

—Tavar.

—¿Qué eres capaz de hacer, Tavar?

La inseguridad del joven se esfumó de repente. Le dedicó una sonrisa fugaz, se sumió en las sombras. y desapareció.

La elfa no tenía tiempo para asombrarse, pero lo cierto es que lo estaba. El mensajero era muy bueno, a pesar de su juventud. Pensó en el Renegado que había matado a Anaris, en su rostro lascivo, en todos los que habían muerto a causa de las hojas envenenadas en un ataque que nadie se esperaba.

La ira se apoderó de ella. Y la aprovechó. Una idea incipiente comenzó a formarse en los recovecos de su mente.

—Necesito habilidades así. Busca a los druidas con los que has hablado y reúne un equipo. Luego tráelo, Tavar. Si Malfurion quiere que le consigamos tiempo, no debemos desobedecerlo.

Los sonidos del combate siguieron a la compañía de Delaryn mientras escapaban con pasos resueltos del bosque y la derrota en el Falfarren y se apresuraban hacia el objetivo siguiente. y una posible victoria.

♦ ♦ ♦

Anduin era incapaz de dormir. Desde que empezara la batalla en Vallefresno, solo había podido descansar durante momentos fugaces e intermitentes.

Se vistió a toda prisa, encendió una vela y entró silenciosamente en la sala de mapas. Allí prendió unos cuantos candelabros, dejó la vela con cuidado sobre la mesa y contempló el mundo que se extendía ante él.

Vallefresno.

Recordó las cada vez más terribles misivas que habían logrado llegar hasta Tyrande y él.

«Hemos perdido el Falfarren.

Sylvanas está aquí.

Pánico en Darnassus».

—Veo que tú tampoco puedes dormir.

Las facciones de Genn, por lo habitual duras, se veían suavizadas por la luz de la vela que llevaba.

El joven rey volvió a contemplar el mapa.

—¿Hay noticias de la reina?

Los gilneanos del campamento del Roble Quejumbroso habían llegado poco después de que Mia partiera. Pero la reina se había quedado más tiempo para coordinar las cosas en Darnassus, algo que provocaba bastante inquietud a Anduin.

—Me envía cartas —dijo Genn—. Maldita cabezota… Hará salir hasta al último conejo antes de volver.

—¿Y quién de vosotros aprendió la cabezonería del otro? —inquirió Anduin, intentando sonreír.

—Llevamos tanto tiempo juntos que ni tan siquiera lo recuerdo —respondió Genn con un gruñido.

Fingía no estar preocupado, pero, en lo relativo a su familia, Genn Cringrís era más transparente de lo que le gustaba creer a él mismo.

—Y tú, ¿qué tal, chico?

Anduin se quedó callado un momento y señaló el mapa.

—Ni siquiera tenemos figuras suficientes para representar un ejército de ese tamaño —dijo con la voz quebrada—. Genn., van a perder Darnassus.

—Lo sé —dijo el anciano con voz serena mientras se ponía al lado de Anduin—. Es una estrategia brillante. Eso se lo reconozco a la Horda.

Anduin hizo una mueca.

—Primero Theramore y ahora Darnassus. Se van a apoderar de todo Kalimdor salvo Bruma Azur. Y, recuerda bien mis palabras, no tardaremos en evacuar a los draenei de allí.

Los draenei apenas estaban en posición de ayudar a los sufridos elfos de la noche, aunque algunos valientes habían ido a hacerlo. Cuando cayera Darnassus, la Horda volvería sin duda sus ojos codiciosos hacia Bruma Azur.

—Es posible.

—La estrategia es más brillante de lo que crees —dijo el joven rey frotándose los cansados ojos.

—¿Eh? —Genn frunció el ceño—. ¿Por qué lo dices?

—La Horda nunca conquistará a una Alianza que permanezca unida. Juntos, somos imparables, aunque carezcamos de armada —dijo, refiriéndose a la terrible derrota que habían sufrido los barcos de ambas facciones en la Costa Abrupta durante la primera fase de la guerra contra la Legión Ardiente—. Pero, si nos dividen, podrán acabar con nosotros uno a uno.

—Ese día nunca llegará.

Anduin miró al rudo guerrero que se había convertido en su mentor y amigo.

—¿Ah, no? —preguntó sin alzar la voz—. ¿Y qué pasará cuando los kaldorei pierdan su Árbol del Mundo?

—Tomaremos represalias. Marcharemos contra Entrañas.

—Mantendrán Darnassus como rehén para impedir que lo hagamos. Y, aunque lo intentáramos, nunca conseguiríamos llevar a todos por un portal antes de que la ciudad cayera.

Es imposible, no hay más. Si atacamos Entrañas o Lunargenta, la Horda destruirá el Árbol del Mundo y acabará con todos los prisioneros que haya hecho en esta batalla. ¿Crees que los elfos de la noche lo tolerarán?

Genn frunció aún más el ceño. No contestó.

—¿Y qué pasaría con Gilneas? —prosiguió Anduin, con la voz tan débil que apenas era poco más que un susurro—. ¿Qué me dirías si optara por ayudar primero a los kaldorei?

Cosa que haría, especialmente si la Horda amenazaba a miles de prisioneros. Y Genn lo sabía.

—Yo no puedo hacer nada si la Alianza está dividida —prosiguió Anduin—. Y eso es lo que pretenden, Genn. No solo tomar Darnassus, sino también usar esto contra nosotros, atacar el mismo corazón de lo que constituye la Alianza de nuestros reinos. Sylvanas quiere enfrentarnos unos contra otros. Ese es el gran plan.

Negó con la cabeza, con la vista posada sobre las figuritas que había sobre la mesa.

—He sido un necio por no haberlo visto antes.

Genn permaneció callado un largo rato.

—¿Cuándo has aprendido tanto sobre estrategia?

El joven rey rio sin ganas.

—Mientras leía en lugar de estar entrenando.

—Pues eres un necio.

Anduin se volvió para mirarlo, sorprendido por aquellas palabras.

—Eres un necio si piensas siquiera por un momento que te retiraría mi apoyo solo porque has decidido ayudar a los kaldorei. ¿Que si quiero recuperar mi reino? ¿Que mi pueblo regrese a sus hogares? ¡Pues claro! Pero ¿lo quiero tanto como para permitir que sufran elfos de la noche inocentes, cuando han ayudado con tanta generosidad a los gilneanos durante estos últimos años? ¿Cuándo han mitigado la maldición de los huargen para que pudiéramos aferrarnos a lo que queda de nosotros sin sumirnos en la locura? ¿Cuándo nos han dado de comer, nos han acogido y nos han ofrecido un hogar después de que nos quedáramos sin nada?

Genn emitió un sonido despectivo, a medio camino entre un jadeo y un gruñido.

—No, yo nunca traicionaría esa bondad dándoles la espalda. Eso es lo que Sylvanas no comprende de los vivos. Ni, desde luego, de la Alianza. Y le espera un despertar muy duro, escucha bien lo que te digo.

Durante un momento, Anduin lo contempló con asombro. Y luego, por primera vez en lo que se le antojaban eones, sonrió con verdadero placer. En medio de toda aquella desolación, ese miedo, aprensión y horror, encontraba algo bueno, sólido y auténtico a lo que agarrarse. Y había sido Genn Cringrís —con su mal genio y su cabezonería huraña, el mismo que se apartara de la Alianza y se recluyera tras una muralla para satisfacer su propio egoísmo— quien se lo había regalado.

—Te escucho, Genn Cringrís, y mi corazón se llena de dicha ante tus palabras. Son un faro en un momento de terrible oscuridad.

Ambos hombres se volvieron para mirar a Tyrande, que estaba de pie en el umbral de la puerta, aún vestida con la túnica de sacerdotisa. Aunque su rostro estaba marcado por el dolor, había una dulzura y una luminosidad en él que Anduin no había visto desde hacía días. Tyrande avanzó hacia ellos con un pergamino enrollado en la mano.

—Venía a traeros malas noticias. No sabía que, al hacerlo, oiría unas palabras que revivirían mi alma. Muchísimas gracias.

Levantó la mano y murmuró algo. Era imposible que Anduin notara el soplo de la brisa del bosque entre su cabello, pero lo hizo. Olió el verano y la vida, y el viento se llevó su cansancio como si fueran las semillas de una amapola silvestre.

—No nos dividirán. Aunque caiga mi ciudad. —Cerró los ojos, dolorida—. Han decidido resistir en Astranaar.

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