Elegía: Segunda parte

La llamada al combate

Por Christie Golden

¡Ha sonado el cuerno de la Cazadora!
Ya nos llama a combatir,
a defender todo cuanto amamos:
esta ciudad,
esta poza de la luna,
este suave canto de la brisa del atardecer.
Nos llama,
y respondemos.

Cordressa caminaba al lado del archidruida Malfurion Tempestira por los jardines del templo. Tyrande había optado por quedarse en Ventormenta, ayudando a Velen, Anduin Wrynn y Genn Cringrís a diseñar estrategias bélicas a largo plazo. La suma sacerdotisa había ordenado a Cordressa que regresara a Darnassus para informar a Malfurion del último giro de los acontecimientos.

Aunque el gran archidruida ya llevaba unos cuantos años con su gente después de su estancia en el Sueño Esmeralda, aún costaba acostumbrarse a su presencia.

Malfurion Tempestira era único: el mayor druida de la historia de los elfos de la noche. Tan grande era su afinidad con la naturaleza que su propio cuerpo evidenciaba estos lazos. Las astas de un ciervo adornaban su cabeza, unas plumas cubrían sus brazos musculosos como si fueran alas y sus pies eran como los de un gran felino.

Igual que la propia naturaleza, el poderoso shan’do —honorable maestro— era a la vez cordial y fiero. Pero, como correspondía a un ser inteligente con una mente poderosa y una voluntad fuerte, siempre controlaba por completo qué aspecto de él se manifestaba.

En aquel momento hablaba con voz suave mientras paseaban juntos, recogiendo hierbas.

—Has vuelto hace poco de Silithus.

Se inclinó sobre un arbusto hojaplata, arrancó una hojita, la aplastó entre sus dedos e inhaló su aroma limpio y revitalizador. Mientras lo hacía, frotó la planta con la otra mano, murmurando su agradecimiento. Tres hojas brotaron del tronco; Malfurion había recompensado a la planta por triplicado por su sacrificio.

Cordressa también aplastó una hoja, aspiró el perfume y sonrió mientras la calma y la claridad la invadían. Los centinelas disfrutaban de una vida que las llevaba por todo Azeroth, pero Cordressa rara vez había salido de Darnassus, y lo prefería así. Nunca eludía su deber ni rehuía un combate y, en varias ocasiones, había estado destinada muy lejos de su gente durante años enteros. Pero su hogar estaba allí, con Tyrande y Malfurion, en Darnassus. Cuando se encontraba lejos, anhelaba la paz del templo y sus jardines.

Arrancó una flor de marregal y contempló su tonalidad intensamente rosácea mientras hablaba.

—Como les he dicho a mi señora y a todos los demás en Ventormenta, no he visto nada que garantice el interés de la Horda por Silithus, y menos algo que explique la disposición de Colmillosauro a presionar a su jefa de guerra. Lo único que he visto son goblins, un buen número de ellos, decididos a extraer la azerita y a acabar con todos los intrusos.

—¿No ha habido un aumento repentino del número de goblins?

—No que yo haya constatado. Atacan, claro, pero lo hacen con cobardía, y no he visto un aumento importante de su armamento ni de sus efectivos. Nada que indique que la Horda vaya a enviar un ejército ahí. Evidentemente, si mi señora y el rey de Ventormenta tienen razón en que la Horda ha aprendido a forjar armas con azerita, ese movimiento sería del todo lógico.

Malfurion se detuvo delante de un parterre de flor de paz y contempló sus blancos pétalos.

—Me encargaré de que se cumplan las órdenes de enviar soldados a Silithus. A tal efecto, retiraré muchas centinelas y gente de armas de sus cometidos locales para engrosar las filas del ejército.

—Entendido, shan’do.

—Tú te encuentras entre las reasignadas, centinela Brezoguja —añadió el druida con una sonrisa de tristeza—. Me temo que debo pedirte que vuelvas a Silithus. Necesitamos que las tropas vayan acompañadas por gente que conozca la zona.

«Qué estancia tan breve».

—Por supuesto —contestó Cordressa—. ¿Cuándo quieres que parta?

—En el primer barco.

Ella asintió. Entonces se le ocurrió una idea.

—He luchado junto a la centinela Luna de Verano muchas veces. Estaría encantada de volver a tenerla a mi lado. ¿Puedo preguntar si a ella también vas a reasignarla?

—Así es -dijo el gran archidruida—, pero no a Silithus. Cuando zarpen los barcos, quedarán muchos puestos vacantes en Vallefresno, y les pediré a la centinela Luna de Verano y a varias más que los ocupen.

«Apenas he podido verla —pensó Cordressa, y entonces se resignó—. Así es la vida de una centinela».

—¿Tengo tiempo para despedirme de los miembros de la Liga de Expedicionarios?

—Por supuesto, pero no te demores mucho —dijo Malfurion.

Era más de lo que Cordressa había esperado. Inclinó la cabeza, agradecida.

—Gracias, shan’do.

—Pregúntales a tus amigos enanos si están dispuestos a pasar por Ventormenta antes de dirigirse a Forjaz —le dijo Malfurion mientras le tendía un portapergaminos de cuero—. Podrían hacerme el favor de llevarles estas misivas a Tyrande y a Anduin. Gracias, centinela. Que las bendiciones de Elune te acompañen.

«Que nos acompañen a todos —pensó Cordressa— si es que estamos a punto de entrar en guerra con la Horda».

♦ ♦ ♦

Las dos centinelas caminaban en silencio hacia una zona verde y apartada que había junto al templo, donde habitaban los elfos Altonato de la ciudad, los únicos que practicaban la magia arcana en Darnassus. Los portales eran unos dones preciosos, y la admisión reciente y cautelosa de los kaldorei por parte de los hermanos Altonato significaba que los grupos pequeños —como los supervivientes del equipo de la Liga de Expedicionarios, que ya habían sufrido demasiado— podían ahorrarse viajes interminables por mar.

También significaba que la información importante se podía transmitir con rapidez. Algo que, en tiempos de guerra, podía suponer una enorme diferencia.

—Tenía la esperanza de pasar más tiempo contigo, vieja amiga —le dijo Cordressa a Delaryn mientras caminaban—, pero parece ser que nuestros líderes tienen otros planes.

—Vamos allá donde mejor podamos servir —respondió Delaryn encogiéndose de hombros.

Los enanos no se habían aburrido durante la espera. El arqueólogo jefe Mostachogris, miembro de la Liga de Expedicionarios, mantenía una conversación animada con sus colegas mientras tres magi

—Tarelvir, Dyrhara y Maelir— los observaban y sonreían con indulgencia. Cordressa quedó complacida al ver la expresión serena de los enanos.

—Gavvin Brazorrecio, Inge Puño de Hierro y Arwis Piedranegra —dijo—, siempre lamentaré no haber sido capaz de traer a vuestros compañeros a casa. Os pido perdón por mi fracaso.

Gavvin la miró con ojos amables.

—Zagala —le dijo con dulzura—, el mundo es muy duro. Los dos lo sabemos. Y todo el que entra en la Liga de Expedicionarios también lo sabe. Si no quisiéramos enfrentarnos al peligro, nos quedaríamos en casita, sentados junto al fuego, con una pinta de cerveza en la mano. Ellos conocían el riesgo. Y sin vosotras, las centinelas, quizá habríamos perecido todos en esas horribles arenas.

—Te lo agradezco. Esperaba escoltaros de vuelta a vuestra hermosa ciudad y verla con mis propios ojos, pero me han ordenado que regrese cuanto antes a Silithus. Esperamos que vuestro grupo sea el último en sufrir allí a manos de la Horda.

—¿Ya te envían de vuelta? —Gavvin parecía atónito—. Visto y no visto, ¿eh?

—Hay unos cuantos goblins a los que se les debe recordar que con la Alianza no se juega — dijo Delaryn, y Gavvin sonrió.

—Tengo que pedirte un favor, si no te importa —añadió Cordressa.

—Lo que tú quieras, querida —respondió Gavvin.

Cordressa le entregó al líder de los enanos el portapergaminos que le había dado el archidruida.

—Nuestro shan’do, Malfurion Tempestira, ha preguntado si podríais llevar estas cartas a Ventormenta antes de regresar a Forjaz. Son para lady Tyrande y el rey Anduin, que posiblemente tengan información que querrán compartir con los Tres Martillos.

Gavvin observó los pergaminos con atención.

—Será un honor hacer de correo para personajes tan importantes.

La miró desde detrás de sus celdas pobladas y carraspeó.

—Bueno —se estiró y le dio unas palmadas en el hombro con cierta torpeza—. Cuídate mucho, valiente zagala. Y acuérdate de darles a esos goblins uno o dos puñetazos de parte de Gavvin Brazorrecio.

Cordressa sonrió.

—Has mostrado un gran coraje. Ha sido un honor luchar a tu lado.

Se llevó el puño al hombro en gesto de saludo.

La esbelta maga Dyrhara movió las manos con habilidad y, como respuesta, apareció un círculo de luz. Una imagen de Ventormenta rielaba en su interior.

—Que Elune ilumine tu camino —le dijo Cordressa.

—Que nunca te quedes sin cerveza —respondió Gavvin.

Cordressa dejó escapar una risita de sorpresa y Gavvin le guiñó un ojo. Uno por uno, los enanos se adentraron en el portal y desaparecieron.

—Gracias —le dijo Cordressa a la maga, y luego sonrió al arqueólogo Mostachogris, que ladeó el sombrero.

La elfa asintió a Delaryn y, juntas, salieron a la piedra blanca que serpenteaba por la gran ciudad.

—¿Cuándo partes? —preguntó Delaryn.

—Las dos tenemos que salir dentro de unas horas —respondió Cordressa con una sonrisa triste—. Yo me reuniré con mis compañeros de viaje en el puerto para zarpar hacia Feralas… Y tú te encontrarás con los tuyos para partir hacia la Costa Oscura y de ahí a Vallefresno.

La joven elfa de la noche adoptó una expresión taciturna.

—Comprendo. Deja que lo adivine. Han pedido que las centinelas de mayor rango se presenten en Silithus, y el resto de nosotras ocuparemos los puestos que dejen.

—Exacto.

—Te envidio, Cordressa —dijo Delaryn con un suspiro.

—Pues no lo hagas, Silithus no es un lugar agradable.

—Al menos tú vas a hacer algo. Vallefresno es prácticamente el exilio.

Cordressa sonrió.

—Es bonito y pacífico.

—Y aburrido.

—Recuerda que ahora Anaris Aireleña está al mando de esa zona —dijo Cordressa—.

Tendrás la posibilidad de aprender de la mejor.

El rostro de Delaryn se iluminó al oír el nombre. Anaris Aireleña era una experimentada heroína de guerra que había luchado durante el Cataclismo. El Refugio Brisa de Plata, uno de los principales puestos de avanzada de Vallefresno junto con Astranaar, había sido en tiempos un lugar acogedor con una posada relativamente lujosa. Pero la alteración del orden natural provocada por el Cataclismo —y la afluencia de los orcos— lo había cambiado todo.

Los orcos mataron tanto a centinelas como a civiles. Cordressa no lo había visto con sus propios ojos, pero, al parecer, habían dado caza a todos cuantos pretendieron huir y dejaron que sus cuerpos se pudrieran en el camino como brutal aviso para quienes intentaran reconquistar el Refugio Brisa de Plata.

No fue hasta la llegada de Anaris, con un pequeño ejército de centinelas, que los elfos de la noche retomaron el Refugio Brisa de Plata. Ahora, una vez más, era el centro de sus actividades en Vallefresno.

—Anaris Aireleña —murmuró Delaryn, con un hilo de voz cargado de respeto—. No sabía que se hubiera quedado después de la victoria. Seguro que tiene mucho que enseñarme. Aun así, me mataré a entrenar mientras no estás, Cordressa. Quizá, cuando zarpe el último barco hacia Feralas, el archidruida y la suma sacerdotisa me consideren digna de ir en él. ¡Aún puede que combatamos juntas!

Cordressa sonrió ante el entusiasmo de su amiga, pero su alegría se esfumó con rapidez.

—Puede que no tardemos tanto en necesitarte. Es posible que Silithus sea el primer frente de una nueva guerra.

—El rebrote de una antigua guerra, querrás decir —la corrigió Delaryn, tan lúgubre como su amiga—. Cuídate.

Se abrazaron con fuerza durante un momento y luego Cordressa se apartó un paso.

—Tengo poco equipaje que hacer —dijo—. Creo que cogeré el camino largo para ir al muelle. Si debo enfrentarme otra vez a ese horrible desierto, quiero hacerlo con el recuerdo aún fresco del verdor, el discurrir del agua y la tranquilidad.

Con un último asentimiento, Cordressa se dio la vuelta y se dirigió al Bancal de los Mercaderes, en vez de ir directamente a la maestra de hipogrifos.

♦ ♦ ♦

D elaryn contempló a Cordressa mientras se iba.

Eran centinelas, veteranas curtidas en más batallas e incluso guerras de las que recordaban la mayoría de las razas jóvenes. Algunos miembros de la Alianza y la Horda pensaban que la muerte carecía de importancia para los kaldorei, debido a su longevidad. Como si una pudiera «cansarse» de la vida, de la alegría, del amor, de los rituales y las maravillas. O, simplemente, de ser kaldorei.

La respuesta era que no, por supuesto. Y, por eso, cada batalla y cada golpe eran todavía más importantes. Porque, al final, ni los elfos estaban a salvo de la amenaza de la muerte. Cada golpe que no se cobraba la vida de un soldado estaba un paso más cerca del que sí acabaría por hacerlo.

Pero hasta en la vida de un soldado había momentos de alegría, de amistad con los camaradas de armas. De amor, o de sucedáneos de este, con aquellos que se cruzaban en el camino una noche, un año o una década…, pero rara vez para siempre.

Y de héroes a los que admirar e imitar.

Delaryn Luna de Verano estaba a punto de conocer a una de ellos.

♦ ♦ ♦

«Amor mío:

Aunque os echo de menos a ti y los aromas, las vistas y los sonidos de nuestra amada ciudad, doy por bien invertido mi tiempo en Ventormenta.

Por primera vez en muchísimo tiempo, se diría, estamos de acuerdo con nuestros compañeros de la Alianza en cómo proceder. La azerita es demasiado valiosa, y nuestro mundo demasiado precioso, como para titubear a la hora de defenderlos. ¿De qué horrores son capaces Sylvanas y sus Renegados? ¿Qué terribles armas podrían ingeniar los goblins o crear los orcos y los trols? Me alegro de que el último convoy de tropas haya partido hacia Feralas y de que nuestro ejército esté listo para actuar de inmediato si llega el caso.

Pese a que respetaba profundamente al último rey, Varian, debo confesarte que albergaba mis dudas respecto al joven Anduin. Me complace contarte que, día tras día, está demostrando ser un digno sucesor de su padre. Es aún tan joven. Claro que, es lo que nos parecen muchos de ellos a nosotros, ¿verdad? Y aun así, es un hombre sabio o se muestra dispuesto a escuchar la sabiduría de otros, lo cual es incluso más importante. Es maravilloso pensar que tanto nosotros como los humanos, los draenei y los enanos tenemos sacerdotes en puestos importantes.

Sin embargo, Anduin sigue albergando la esperanza de una paz duradera, incluso mientras nos preparamos para una guerra. La pérdida de la inocencia siempre es amarga, pero solo podemos mostrarles el camino a los demás si mantenemos los ojos bien abiertos.

Me alegro de estar aquí para enseñarle lo que debo, y me alegro de que me esté escuchando.

Hasta la próxima vez que nos abracemos, Malfurion mío».

♦ ♦ ♦

«Una nunca debería conocer a sus héroes», pensó Delaryn mientras caminaba al amparo de los árboles de Vallefresno.

El día anterior, la centinela Vannara le había dicho en voz baja: «Recuerdo que alguien dijo que Anaris es tan buena como Shandris Plumaluna a la hora de disparar y tan mala como un sátiro a la hora de inspirar».

«Quienquiera que dijera eso, estaba siendo generoso», había replicado Delaryn. Aunque era indudable que el título de comandante de Vallefresno era un honor, en el pasado Delaryn se había preguntado por qué nunca enviaban a Anaris Aireleña a luchar a otro sitio. No había acudido a la Costa Abrupta a combatir a la Legión ni se había adentrado en el territorio de la Horda. Incluso en ese momento, con todo lo que estaba ocurriendo, no la enviaban a Silithus. ¿Por qué?

Ahora lo entendía.

Sin duda, la comandante Aireleña daba la talla. Era una de las centinelas más altas y más fuertes con las que jamás se había encontrado. Tenía el cabello de color púrpura y una piel azul pálido, pero su rasgo más llamativo era su cara.

Las elfas de la noche solían marcarse los rostros cuando habían superado algún rito de tránsito importante. Lo más habitual eran unas marcas de garras estilizadas, pero a Anaris Aireleña no le hacían ninguna falta. Para eso tenía las cicatrices que le había dejado el raptor de un trol. El zarpazo le recorría toda la cara, desde la base del cabello hasta la barbilla. Por la gracia de Elune, la bestia no le había arrancado un ojo. Anaris había decidido conservarlas y ahora exhibía con orgullo lo que ella llamaba «mi verdadera marca del alma».

Lo que le faltaba en belleza, lo suplía con ferocidad y, en opinión de Delaryn, con su actitud hacia los demás.

Delaryn había cometido el error de quedarse mirando aquellas cicatrices arrugadas, fruto del intento del raptor por arrancarle la cabeza. Delaryn ya conocía la historia, pero era asombroso —y perturbador— verlas en carne y hueso. Antes de tener tiempo de ocultar su reacción, había puesto los ojos como platos y había emitido un gemido compasivo. A juzgar por la mirada que les había dirigido la comandante, no había sido la única.

El labio destrozado de la mujer se había arrugado con desdén. «Acabamos de llegar de Darnassus, ¿eh?».

Delaryn y las demás habían intercambiado miradas, sorprendidas por aquella actitud. «Sí, pero muchas hemos servido antes en otros lugares…», había empezado Delaryn.

Anaris la había cortado con un gesto de irritación. «El archidruida te ha elegido, así que serás capaz de luchar. Nadie se convierte en centinela sin derramar sangre en combate». Su tono, no obstante, expresaba una opinión clara: las que habían servido en la comodidad y la belleza de Darnassus no estaban a la altura de las que no—. «Tú, teniente Delaryn Luna de Verano. Se ve que eres mi segunda al mando».

«He servido con…».

«Lo único que importa es que ahora sirves conmigo. Me obedecerás y mantendrás a raya a tus subalternas». Anaris las había mirado a todas. «Esta misión va a ser más dura de lo que creíais. Las órdenes que nos han enviado desde Darnassus han recortado a la mitad el número de centinelas asignadas a Vallefresno.

Eso envalentonará a quienes no nos quieren bien. Los ladrones y los asesinos verán la oportunidad de atacar a los viajeros solitarios por la carretera. Estamos aquí para protegerlos. Todo civil es nuestra responsabilidad. Debo confiar en que estéis a la altura de este cometido».

En ese momento incómodo y difícil, Delaryn había intentado rememorar la paz del templo, pero en vano.

Tampoco tuvo más suerte luego. Las noches y los días se sucedían con lentitud, entre pruebas, ejercicios y prácticas interminables y humillantes. A las centinelas de Darnassus —guerreras que habían jurado proteger el mismísimo corazón y el alma de los kaldorei— las trataban allí como si fueran reclutas sin la menor experiencia.

Era ridículo. Los mensajes que llevaban corriendo de un sitio a otro eran triviales. Así se lo decían sus destinatarios. Hasta los civiles a los que debían proteger miraban a las recién llegadas con lástima, y eso era algo que Delaryn no podía soportar.

Pero tenía que hacerlo, porque una centinela era un soldado, y los soldados obedecen sus órdenes. De lo contrario, corrían el peligro de provocar el caos. Delaryn pensaba con añoranza en su primer entrenamiento, en sus primeros combates, en Cordressa, Shandris y Tyrande. Luego se mordía la lengua y hacía lo que le pedían.

Volvía a paso vivo al Refugio Brisa de Plata desde la Torre del Polvo Estelar. Caía una lluvia intensa y sus botas se hundían un poco en el barro a cada paso que daba. Llevaba el cabello azul oscuro pegado al cráneo y su cuerpo tiritaba sin remedio, anhelando algo caliente para beber. Abrigado cerca de su corazón, a resguardo del diluvio que se estaba cebando con ella, se encontraba un informe completamente anodino que no detallaba nada de interés.

Oyó un gruñido quedo y una especie de resoplido tras ella. Se quedó inmóvil.

Normalmente, los elfos de la noche eran capaces de coexistir con los animales mal llamados salvajes, y por ello Delaryn habló de manera tranquilizadora y respetuosa mientras se daba la vuelta.

—Hermano oso, te saludo. No… ¿Ferryn?

El oso se recostó sobre las ancas y emitió un extraño sonido, casi un gimoteo: era una risa inconfundible. Su forma comenzó a cambiar y, al cabo de un instante, lo que había allí sentado era un elfo de la noche alto y azul pálido con un cabello largo y alborotado de color musgo.

Empapado, también.

—Ay, Del —dijo Ferryn con una voz cálida y sonora mientras la miraba con ojos brillantes e inquietos—, siempre picas.

Delaryn suspiró, molesta.

—Uno de estos días voy a disparar primero.

—¿Tú? —dijo él mientras la observaba con fingido espanto—. ¿Saltarte el protocolo? Nunca.

Delaryn dio media vuelta y continuó el camino hacia el Refugio Brisa de Plata. Ferryn echó a andar con presteza tras ella. Permanecieron en silencio en todos los sentidos: ni hablaban ni se oían sus pisadas, amortiguadas por el barro y la hierba. «Qué fácil es caminar a su lado, aunque hayan pasado años».

Pero siempre había sido así entre ellos.

Notó el roce tanteador de los dedos de él contra los suyos, listos para retirarse si no respondía. Pero respondió. Vaya si lo hizo. Delaryn era incapaz de imaginarse un momento en el que no lo hiciera. Sus deberes —y, la verdad sea dicha, su naturaleza— los mantenían separados, pero Elune siempre se encargaba de que volvieran a encontrarse.

Así que entrelazó su mano enguantada con la de él y caminaron juntos.

—¿Qué te trae por aquí? —preguntó.

—Yo podría preguntarte lo mismo —respondió Ferryn.

—Me han reasignado —dijo, sin saber muy bien cuánto sabía él ni cuánto podía contarle.

—A mí también. Me han hecho venir desde Frondavil. Muchos hermanos y hermanas se dirigen al sur. —La miró de reojo—. A un lugar arenoso.

Delaryn se relajó. Así que lo sabía.

—Ah —dijo—. A mí no me gusta la arena.

—Ni a mí. Se me mete en el pelo y en las plumas.

—Y en la armadura.

—¿Estás decepcionada?

Por Elune, la conocía demasiado bien.

—Cordressa ha ido. A mí, por desgracia, me han destinado aquí.

—Al principio, yo también estaba descontento con mis órdenes. Pero ahora, por lo que a mí respecta…, resulta que tampoco ha sido tanta desgracia.

¿Cuánto hacía desde que Ferryn la había ayudado a combatir contra las energías viles que corrompían una parte antaño hermosa de Vallefresno? ¿Diez años? ¿Doce? Una década al menos, desde que se habían despedido con un beso por centésima o milésima vez.

La tensión de Delaryn disminuyó por primera vez su llegada. Ferryn tenía razón. No había sido tanta desgracia, al fin y al cabo.

♦ ♦ ♦

Varios días después, Delaryn y Ferryn dormitaban con languidez, abrazados, en un rincón recluido que habían encontrado, mientras el sol se filtraba entre los árboles.

Ferryn oyó el chasquido de una rama sobre ellos. Con un mero pensamiento se transformó en un sable de la noche. Su aguzado sentido del olfato lo llevó a saltar directamente tras el hedor de un goblin, tan intenso que casi hizo que le lloraran los ojos.

El ser verde y rechoncho llevaba una pequeña armadura e iba sin camisa. Estaba claro que esperaba que el tono de su piel lo camuflara entre el denso follaje. Una decisión osada, pero que no le sirvió de nada. Ferryn apartó las espadas gemelas del asesino con un zarpazo casi indolente y le desgarró la garganta con sus dos largos colmillos frontales.

Al mismo tiempo, una flecha de Delaryn se hundió en el cráneo del goblin. Ferryn se preguntó quién de los dos habría matado antes al pobre diablo. El druida saltó al suelo y siguió a Delaryn, que ya había echado a correr hacia el Refugio Brisa de Plata. Orientó una oreja hacia el ruido sordo que hizo el goblin doblemente muerto al caer al suelo. Miró de reojo a Delaryn cuando consiguió alcanzarla y sus ojos se encontraron durante una fracción de segundo. El rostro de la centinela mostraba el mismo horror que atenazaba su corazón.

Habían recorrido la mitad del camino cuando oyeron el sonido inquietante y argénteo de un cuerno.

Llegaban demasiado tarde. Ya estaban atacando el refugio.

Primero se encontraron con los cuerpos de grandes sables de la noche —hermosas criaturas que servían a los kaldorei como monturas devotas— diseminados sobre la hierba carbonizada. Y, más cerca del refugio, con cadáveres de kaldorei. y de la Horda.

Delaryn contuvo la respiración con un sonido ahogado: muchos de los muertos eran amigos suyos. La mayoría de los cuerpos de los elfos de la noche no mostraban señales visibles de heridas, pero las espadas que aún aferraban quienes los habían matado —algunas de ellas ennegrecidas de veneno— contaban la terrible historia.

El goblin al que había matado Ferryn no había venido solo.

♦ ♦ ♦

Juntos, Delaryn y Ferryn corrieron a la posada. Había más cuerpos tirados por el suelo. Algunos aún se retorcían mientras los sanadores los atendían frenéticamente. En una verja había posado un cuervo de tormenta negriazul.

Delaryn se puso tensa al ver que Vannara se acercaba con expresión lúgubre.

—Este druida trae un mensaje del Refugio de la Algaba —dijo Vannara mientras hacía un gesto con la cabeza hacia el cuervo—. También los han atacado. Y en Polvo Estelar. Los asesinos de la Horda han actuado a la vez, pero, desde que los hemos derrotado, todo ha estado en calma. Fuera lo que fuese, parece que se ha acabado.

La elfa titubeó.

—Del…, ¿qué está pasando?

—No lo sé —dijo Delaryn, tan desconcertada y dolorida como Vannara—. ¿Dónde está la comandante?

—En una patrulla de entrenamiento, con una docena de centinelas.

—¿Cuánto hace que están fuera?

—Desde medianoche.

Sus miradas se encontraron. Una súbita oleada de odio se apoderó de Delaryn. Las patrullas de rutina solían estar formadas por un puñado de centinelas, cuatro o cinco. Si Anaris Aireleña no hubiera estado tan empeñada en humillar a las centinelas de Darnassus, quizás hubieran sido suficientes allí para salvar más vidas. Se mordió la lengua para no soltar una retahíla de duras palabras. Eso no les devolvería a los muertos.

—¿Adónde?

—No lo dijo.

La cabeza felina de Ferryn dio unos suaves golpecitos contra el brazo de Delaryn. Claro.

Él podía rastrear a Anaris.

La centinela le dedicó una mirada agradecida.

—Permaneced alerta por si hay una segunda oleada de ataques. Seguid atendiendo a los heridos. Ferryn y yo la encontraremos.

Corrió a las dependencias de la comandante y agarró una blusa de lino. El druida captó el olor, se agazapó y miró a la elfa. Durante un instante, Delaryn dudó. Los druidas no eran animales. Normalmente no permitían que los montaran como si fueran bestias. Pero los dos sabían que los asesinos habían matado a los sables de la noche para que los supervivientes solo pudieran ir a pie…, y no podían permitirse ese lujo.

—Gracias —dijo Delaryn con humildad, antes de subir a lomos del felino negriazul.

Se agarró con fuerza mientras Ferryn, con las orejas pegadas al cráneo por la furia, seguía el rastro de la comandante Anaris Aireleña.

Encontraron al grupo a varias leguas del campamento. Para gran asombro de Delaryn, ni siquiera estaban patrullando. Anaris les gritaba órdenes para que marcharan con perfecta sincronización. En condiciones físicas óptimas, las centinelas eran soldados consumados, pero saltaba a la vista que aquellas estaban agotadas y no se les había permitido descansar. «Se ha llevado a las mejores guerreras y no las ha dejado en paz hasta agotarlas, mientras que aquellos a los que juró proteger morían agonizando».

—¡Comandante! —gritó Delaryn—. ¡Comandante! ¡Nos han atacado!

Anaris se giró con rapidez y su rostro mutilado se oscureció de rabia. Su mirada saltó a Ferryn.

—Explícate.

Las centinelas se detuvieron, mientras su fatiga se desvanecía ante un peligro real para su gente, y escucharon con atención el relato de Delaryn.

—Pícaros de la Horda —dijo Delaryn—, varios de ellos. Han matado primero a los sables de la noche para impedir que se propagara la noticia. Muchos han muerto. Vannara dice que han llegado informes de otros puestos de avanzada de Vallefresno donde ha sucedido lo mismo.

Por un momento, Anaris se limitó a contemplarla y luego se volvió bruscamente hacia las centinelas.

—¿Qué hacéis ahí paradas? Vosotras, ¡corred al Claro Ala de Plata! A ver si.

Ferryn profirió un gruñido gutural y furioso, pero llegó demasiado tarde. Al sentir la tensión del druida, Delaryn desmontó de un salto, pero un Renegado ya se había dejado caer desde una rama que había encima de ellos.

Cayó directamente sobre la espalda de Anaris y la apuñaló con sus hojas gemelas aprovechando la caída. Mucho más rápido de lo que cabía esperar en un muerto, el asesino se puso de pie con una voltereta. Una de sus dagas trazó un corte ágil y veloz en la garganta de Marua que casi le separó la cabeza del cuerpo.

Con un alarido de rabia, Ferryn saltó hacia el Renegado mientras —con demasiada lentitud— Delaryn sacaba una flecha y la colocaba en el arco. Algo se movió a una velocidad inaudita y, de repente, apareció otro pícaro, un elfo de sangre, que empezó a repartir cuchilladas con su larga y dorada cabellera ondeando tras de sí como si de una capa se tratase. En apenas un abrir y cerrar de ojos, había ya media docena de elfas de la noche en el suelo del bosque, desangrándose o presas de terribles espasmos.

Al fin, las centinelas consiguieron reagruparse. El elfo de sangre se esfumó en ese mismo instante, pero no importaba. Lo cogerían mientras huía como el cobarde que era. Lanzaron una lluvia de flechas entre los árboles, pero sin suerte. El sin’dorei se les había escapado.

El Renegado no tuvo tanta suerte. Eriadnar se abalanzó sobre él con la espada desenvainada. Abrió un surco en el torso del asesino y le cercenó un brazo. Ferryn saltó encima de él, lo inmovilizó contra el suelo y, dando muestra de un autocontrol admirable, logró contenerse para no destrozarle la garganta.

Anaris Aireleña yacía en el suelo del bosque. Tenía los ojos abiertos, pero su brillo se había apagado.

—¿Comandante? —inquirió Eriadnar.

—Está muerta —contestó Delaryn con brusquedad; seguía furiosa con Aireleña, aunque la comandante ya estaba fuera del alcance de su ira.

—Delaryn —dijo Eriadnar discretamente—, ahora tú eres la comandante.

Era cierto, pero le sonaba extraño. Sacudió la cabeza y se plantó delante del prisionero. Sus ojos se posaron sobre las dagas que había dejado caer, cubiertas con la sangre de Anaris. Cogió una de ellas con cuidado e hizo un gesto a Ferryn con la cabeza. El druida dio un paso atrás al tiempo que lanzaba un gruñido amenazante al Renegado.

Delaryn bajó la mirada hacia él, y canalizó toda su furia y su dolor mientras le espetaba:

—Habla conmigo, Renegado, y quizá te perdone la vida.

—¿La «vida»? —gruñó el no-muerto en ese tono hueco y horrible tan propio de su raza—. Dejé de estar vivo hace tiempo, elfa.

—¿Te gustan los juegos de palabras? ¿Qué tal si, en vez de eso, jugamos a contar? —Hizo un gesto hacia él—. Tienes un brazo menos. Puedo hacer que sean dos. O, mejor aún, empezaré por lo más pequeño. Aún tienes cinco dedos. Dime algo que me sea útil, cadáver, o haré que sean cuatro.

Al ver que el Renegado no contestaba, la elfa se arrodilló, le cogió la mano por la muñeca y acercó el filo de su propia daga.

—¡Hablaré! —siseó él, rabioso.

«Así que la daga está envenenada… Aunque se está muriendo, no quiere padecer un dolor tan atroz».

—Dime cuáles eran vuestras órdenes.

Los labios muertos se retrajeron por delante de unos dientes amarillentos. El aliento pútrido que salió con su carcajada fue como un bofetón en la cara de Delaryn. El estómago de la elfa se rebeló, pero se obligó a permanecer impasible.

—Creo que son bastantes obvias —dijo—. ¿Es que las inteligentes han sido las primeras en morir? Ah, claro: no hay elfas de la noche inteligentes. Un trol le cortó las orejas a otra comandante, ¿sabes? Ahora las lleva colgadas.

Posiblemente era cierto, pero Delaryn no mordió el anzuelo.

—Si te clavo esto en el pescuezo, no hay val’kyr que te traiga de vuelta.

Miró de reojo la hoja.

—¿Qué veneno usáis? —preguntó de manera despreocupada—. Seguro que uno muy doloroso, a los Renegados os gustan así. Como no me digas pronto algo útil, concluiré que intentas ganar tiempo y que, por tanto, no tienes nada que contar —añadió con voz gélida—.

—¿Y qué prisionero no intentaría ganar tiempo? La existencia es algo precioso. Hasta nosotros lo sabemos.

Era cierto. Los elfos de la noche albergaban un gran respeto por la vida. No torturaban a los prisioneros ni se regodeaban en muertes innecesarias.

Pero las abominaciones que eran los Renegados tampoco les servían de nada.

Algo en su interior se volvió tan duro como la piedra. Delaryn acercó la cuchilla hasta rozar el dedo del Renegado.

—No-me-provoques.

El regocijo cruel se esfumó de los rasgos putrefactos del prisionero al comprender que la elfa no lo amenazaba en vano.

—No podéis ganar —dijo—. Estamos por todas partes. ¿Es que no comprendes que estamos atacando todos vuestros puestos de avanzada? Decenas como yo hemos caído sobre ellos con terribles resultados. Y vuestros astutos cazadores, vuestras tan cacareadas centinelas, vuestros escurridizos druidas… Ninguno tenía ni la más remota idea.

Delaryn pensó en el druida que había volado hasta el Refugio Brisa de Plata con el mensaje. Algunos puestos de avanzada sí que habían informado de un ataque por sorpresa. Pero había algo en las palabras del Renegado que le parecía forzado.

—Intentas embaucarme —repuso—. ¿Cuál es vuestro plan? La Horda marchaba hacia Silithus. ¿Para qué desviar la atención hacia Vallef.?

Y entonces la respuesta se le apareció por sí sola, tan cegadoramente obvia que fue como si le hubieran apuñalado en la garganta.

La flota de los elfos de la noche navegaba rumbo a Feralas.

Tyrande estaba en Ventormenta.

—Estáis despejando un camino —murmuró con espanto.

El Renegado no respondió, pero volvió a reírse. Delaryn levantó la daga, pero la risa del pícaro se convirtió en un silbido cargado de toses. Escupió un líquido pegajoso y luego se quedó inmóvil. La había engañado. Sus heridas se habían cobrado su no-vida antes de que pudiera hacerlo ella.

Delaryn no desperdició energía alguna en frustrarse por la última broma del Renegado ni por los valiosos minutos que había pasado interrogándolo. Ya había perdido bastante tiempo.

Se incorporó de un salto.

—Eriadnar, ¿estás herida?

—No, comandante.

—Entonces, corre, hermana —dijo—. Corre tan rápido como puedas hasta llegar a Darnassus. No pares, escóndete si debes hacerlo, pero lleva este mensaje: dile a Malfurion que se acerca un ejército.

Ferryn adoptó de nuevo su forma de kaldorei.

—Yo vuelo más rápido de lo que ella corre —se ofreció.

Delaryn negó con la cabeza.

—Tengo otra tarea para ti. Ve, Eriadnar. Que Elune guíe tus pasos.

La centinela asintió con los ojos muy abiertos y se apresuró a obedecerla, tan rápida como una flecha en vuelo.

Delaryn se volvió hacia Ferryn.

—Ve a los Baldíos. Se acerca la Horda. Hay que saber cuánto tiempo tenemos antes de que lleguen. Avanza hasta que los veas. No entres en combate a menos que sea indispensable. Sobrevive y vuelve para informar.

El elfo asintió. Se miraron un instante. No hacían falta palabras. Habían combatido incontables veces antes, a veces juntos, a veces solos. Y parecía que volvían a hacerlo.

Al unísono, alargaron las manos hacia el otro, se besaron apasionadamente y partieron a cumplir con sus deberes.

Ferryn no lo sabía, pero, cada vez que se separaban, Delaryn le rezaba a Elune para que lo protegiera. Volvió a pedirle el mismo favor, pero, por primera vez, tuvo la vaga corazonada de que en esta batalla era posible que la bella y amorosa diosa de la luna no respondiera a su plegaria.

♦ ♦ ♦

A Ferryn le gustaba luchar, se le daba bien. Pero Delaryn había dejado muy claro que no necesitaba más soldados para atacar: necesitaba información sobre cómo hacerlo.

Aun así, estaba dispuesto a combatir si se le presentaba la ocasión.

Se movió con rapidez en su forma favorita, la de un sable de la noche, saltando de rama en rama por las copas de los árboles hacia al sudeste del Refugio Brisa de Plata. Su corazón sentía una mezcla de rabia y asco al entrar en el Bosque Arrullanoche.

Tanto el Claro como la Avanzada Ala de Plata permanecieron en silencio mientras se acercaba, pero el olor de la sangre inundó su hocico. Abrió la boca en un gruñido mudo y siguió adelante.

La Empalizada Mor’shan —un antiguo puesto de avanzada orco que habían conquistado al morir el monstruoso Garrosh Grito Infernal—, también había caído. Ferryn ya se lo esperaba, pero, entremezclado con el olor a sangre de kaldorei, le llegó el hedor a goblin y orco. Aminoró el paso y avanzó con cautela, casi invisible. Un orco profirió una risotada y elevó la voz en un canto estentóreo. Ferryn se dejó caer a una rama más baja y observó con ojos escrutadores. Un orco y un goblin saqueaban los cuerpos en busca de armas y joyas. El goblin gruñía mientras intentaba arrancarle el anillo a un cazador con tirones tan fuertes que el cadáver se estremecía.

Solo eran dos. Podía acabar con ellos. Ferryn ardía de rabia, pero se negó a ceder a la tentación. Exploraría y volvería con la información. Esas eran las órdenes. Ahora, Delaryn era la comandante de Vallefresno, y él la obedecería.

«Suerte tenéis de que me importe tanto Del», pensó con amargura, antes de alejarse a hurtadillas sin acabar con aquella pareja de miserables.

El sentido del olfato de Ferryn era más agudo que el de ellos incluso cuando estaba en forma de elfo de la noche. Y en aquel momento, aún más. Sin embargo, podrían olerlo si no iba con cuidado. Se aseguró de estar a sotavento antes de dejar atrás las fortificaciones.

Una vez a campo abierto, adoptó la forma de un cuervo de tormenta. Sus fuertes alas batieron el aire y dejó que el viento lo levantara. Era mediodía. La Horda había atacado cuando sabía que los elfos de la noche serían más vulnerables. El sol pegaba con fuerza, implacable, y hacía relucir más todavía el inhóspito amarillo rojizo de aquellos Baldíos de nombre tan acertado. Lo que Ferryn vio bajo aquella luz lo dejó helado.

El corazón se le contrajo. Eran tantísimos… Miles… O decenas de miles… Demasiados para contarlos. Una mancha que se esparcía sobre la tierra. Las caravanas tiradas por kodos se apiñaban alrededor de uno de los pocos oasis que había en la zona para descansar y beber, en preparación para entrar en Vallefresno. Las máquinas de asedio presidían la escena por docenas, amenazadoras.

Se moverían con mucha más lentitud que un druida kaldorei. Ferryn meditó si debía arriesgarse a reunir más información. No le preocupaba tanto su vida como que la Horda pudiera darse cuenta de que el cuervo de tormenta que los sobrevolaba era un druida y supiera que los habían descubierto.

Aunque habían lanzado un ataque coordinado de asesinos. Ya tenían que saber que, a esas alturas, los kaldorei serían conscientes de la amenaza. Por tanto, decidió seguir adelante y remontó el vuelo todo lo posible sin perder de vista las figuras que había abajo. Era un ejército completo de la Horda. Aunque había orcos en abundancia, no solo estaba formado por las viles criaturas, sino que todas las razas estaban representadas.

Los espías de la Alianza habían informado de que Colmillosauro lideraba el ejército en persona. ¿Estaría allí también la jefa de guerra? ¿Sería ella quien dirigía el ejército y no Colmillosauro?

Aquella idea se convirtió en una certeza. Pues claro que estaría ahí. Su arrogancia no admitiría que nadie más se llevara la gloria. Además, Sylvanas Brisaveloz era, posiblemente, el miembro más poderoso de la Horda.

«Cobarde y calculadora alma en pena —pensó—. Nunca te habrías atrevido a atacar de haber estado aquí nuestra señora y nuestro señor. Pero ella vendrá. Ella y el shan’do te harán pagar esta afrenta con tu cabeza».

No vio ni rastro de Sylvanas, pero sí a un orco enorme con trenzas largas y blancas que bajaba de un carro. Su armadura era de mejor calidad que las de los demás y todas las tropas entre las que

caminaba con paso decidido le mostraban un gran respeto. Pese a su avanzada edad, se movía con paso firme. La edad no había menguado sus fuerzas.

Durante un momento muy largo, el druida se mantuvo estacionario, batiendo las alas sin parar, absorbiendo todos los detalles posibles. Luego, con la pesadumbre de su corazón transformada en una necesidad ardiente de actuar, dio media vuelta y se dirigió hacia el norte tan rápido como lo impulsaron sus alas.

♦ ♦ ♦

En cuanto Malfurion se enteró de la llegada de la centinela, fue a la poza de la luna a verla.

Las sacerdotisas ya la habían atendido, y tres de ellas se habían congregado a su alrededor para ofrecerle comida, que aceptó con gratitud.

—Centinela Eriadnar —dijo Malfurion al acercarse.

La elfa estaba sentada al borde la poza. Su figura encorvada revelaba que seguía agotada de sus viajes, pero se puso en pie al oír estas palabras.

—No, centinela. Te has ganado el derecho a permanecer sentada. ¿Qué aciagas noticias traes?

La elfa volvió a sentarse, cansada.

—Vengo del Refugio Brisa de Plata. Casi todos los puestos de avanzada han sufrido un ataque coordinado de la Horda. Anaris Aireleña ha muerto. La ha sustituido Delaryn Luna de Verano.

Me envía a decirte que…

Durante un brevísimo instante, pareció que la centinela iba a ser incapaz de pronunciar las palabras. Luego se repuso y añadió, con voz rasgada:

—A decirte que se acerca un ejército.

Malfurion llevaba mucho tiempo esperando aquella noticia: la noticia de que la Horda se había alzado en armas y dirigía su cruel mirada hacia Darnassus. Y, finalmente, había sucedido.

Tyrande y él habían caído en una artimaña. Habían enviado la flota al sur, hacia Silithus, tal como la Horda quería. Los kaldorei nunca habían sido tan vulnerables.

Pero la Horda no ganaría. No sabían lo que habían despertado con su insolente ataque al territorio élfico. No comprendían que tendrían que enfrentarse contra algo más poderoso que los habitantes de Vallefresno. Gracias a las manos respetuosas pero imperiosas de Malfurion Tempestira y de los druidas a quienes había entrenado, la Horda sufriría el ataque del propio Vallefresno.

Era indudable que el guerrero Colmillosauro iba a estar preparado para la batalla. Él y sus fuerzas podían imponerse perfectamente a otros guerreros, pero no a lo que tenían bajo su protección.

Tomada la decisión, Malfurion pareció hacerse aún más grande, mientras su mente y su espíritu empezaban a prepararse para lo que estaba por venir.

L a centinela había percibido el cambio en el druida y parecía calmada y algo nerviosa a la vez.

—Gracias por darte tanta prisa —le dijo Malfurion con serenidad—. Cuando hayas descansado, tengo otra tarea para ti.

♦ ♦ ♦

Llegaron informes de más puestos de avanzada. No los habían atacado todos. Los que habían salido ilesos enviaron soldados al Refugio Brisa de Plata en cuanto recibieron el aviso de Delaryn.

Otros, como Astranaar, habían sufrido pérdidas, pero habían derrotado y matado a los pícaros. Y había otros que permanecían en un silencio que no presagiaba nada bueno.

La ayuda llegaba casi a cada minuto, y Delaryn intentaba mostrarse animada por ello.

—La mayoría hemos sobrevivido —decía a los recién llegados, antes de recordarles que sus enemigos habían perdido el factor sorpresa—. Están invadiendo nuestro hogar. Conocemos cada palmo de estos bosques y trabajamos en armonía con la tierra. La Horda no tiene ninguna ventaja. Nosotros somos la primera línea de defensa, y contamos con la ventaja del terreno…

Un cuervo de tormenta entró como una flecha en la posada del Refugio Brisa de Plata, donde estaban reunidas las lugartenientes de Delaryn. Ferryn cambió de forma en el aire y cayó de pie con agilidad, aunque con la respiración entrecortada por el cansancio.

Delaryn y los demás escucharon en perfecto silencio mientras les describía lo que había visto, a quién había visto. y quién creía que también se encontraba presente. La elfa se obligó a mantener una expresión neutral, pero cada palabra que pronunciaba el druida era como un flechazo en las tripas.

Ya era innegable. La Horda había enviado un ejército contra Darnassus, liderado por el alto señor supremo Varok Colmillosauro y, más que posiblemente, por la jefa de guerra. Habían traído el personal, las provisiones y el equipo necesario para hacer el trabajo.

—¿En qué proporción crees que nos superan? —preguntó en voz baja.

—Siete u ocho a uno —respondió Ferryn tras un momento de duda.

Un silencio pesado cayó como una manta sobre la estancia.

«Son muchos, demasiados. Sin la flota.».

No. Ni se permitiría pensar en ello.

Apartó la mirada y la dirigió hacia el lago Mystral. Las lluvias habían hecho subir el nivel de agua, de manera que al pequeño edificio que ocupaba el islote de su centro le faltaban unos palmos escasos para verse anegado.

—La lluvia —dijo de repente—. Van montados en kodos, traen caravanas y un equipo muy pesado. Los caminos siguen embarrados. Las caravanas se quedarán atascadas. Y un río picado y crecido será más difícil de cruzar.

Sus ojos centellearon de cólera.

—Sobre todo si quemamos los puentes.

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