Elegía: Quinta parte

Conflagración

Por Christie Golden

El árbol tiene fuego por hojas
y esqueletos por ramas,
y sus raíces solo se alimentan
de las cenizas de los muertos.
Los vientos que suspiran por él son ahora los gritos de los moribundos,
y esta canción,
este lamento
por los horrores inenarrables,
por la crueldad inimaginable,
por la vida, la belleza y la gracia que una vez fueron
y nunca más volverán a ser.

La noche de Ventormenta estaba sumida en un caos controlado. Incluso en medio de la evacuación, cuando habría sido comprensible que los elfos de la noche estuvieran aterrorizados y fuera de control, no había gritos, no había violencia, no había cuerpos atropellándose en una estampida hacia la salvación.

La catedral no podía albergar más refugiados, ni tan siquiera en los rincones más oscuros de sus extensas catacumbas. En las posadas se alojaban entre diez y quince de ellos por habitación. Hasta algunas zonas de la fortaleza estaban repletas de kaldorei callados y estoicos. El aluvión parecía extenderse por toda la ciudad, además de bajar por el Valle de los Héroes y cubrir gran parte del camino hasta Villadorada.

Malfurion descansaba cómodamente. Tyrande se había mostrado poco dispuesta a dejarlo solo, pero, cuando el druida se sumió en un verdadero sueño reparador, se levantó para acompañar a Anduin en los portales de la torre de los magos, donde montaba guardia.

Los magi llevaban días sin dormir para mantener los portales abiertos. Subsistían gracias a la comida y bebida que conjuraban y a las continuas bendiciones de las sacerdotisas.

Genn tampoco había dormido.

Anduin había observado con preocupación cómo la brusquedad habitual de Genn ganaba en hostilidad por la inquietud. Evidentemente, Mia ya lo había previsto, y le había enviado cartas con los refugiados, que se prestaban a llevarlas de buen grado. Los kaldorei respetaban a Genn, pero a Mia la adoraban. Sin embargo, a medida que las multitudes aumentaban, la frecuencia de las cartas había ido disminuyendo. Y, cuando Tyrande regresó con el malherido Malfurion e informó de la situación a Anduin, Genn quedó tan afligido y furioso que perdió el control y empezó transformarse en huargen. Solo consiguió detener la transformación con un esfuerzo palpable.

««Se encuentra muy cerca de un portal —le había dicho Tyrande—. Vendrá cuando esté preparada. — Había puesto una mano amable sobre el brazo de Genn—. Está haciendo mucho bien».

«También puede hacer mucho bien aquí —había rezongado Genn—. Debería ir yo mismo y traerla».

Pero no lo había hecho. Aún no. Aunque si Mia no aparecía pronto, sin duda cumpliría su palabra. Y Anduin no podría reprochárselo.

Velen había sacado a Genn del Sagrario del Mago, con la excusa de que los magi necesitaban espacio para los refugiados. En ese momento se encontraban en la salida de la torre, dirigiendo el creciente aluvión de confundidos y aterrorizados elfos de la noche. Anduin le había prometido a Genn que, en el mismo instante en que llegara Mia, la enviaría donde la aguardaba su esposo tan ansiosamente.

Solo esperaba que no faltase mucho.

♦ ♦ ♦

La primera andanada de las máquinas de asedio dio en el blanco.

La aldea Rut’theran, con sus muelles atestados de elfos de la noche, fue la primera en quedar consumida por las llamas. Los que no murieron directamente se precipitaron al agua salada, donde gritaron de agonía al ver que no les brindaba alivio, sino más consternación… y luego la muerte.

Los proyectiles arcanos, grandes como árboles cada uno de ellos, se estrellaron contra las ramas de Teldrassil. El fuego prendió con rapidez. Desde la Costa Oscura, los chamanes conjuraron vientos para avivar las llamas. Las chispas bailaban de rama en rama como diablillos despiadados, sin dejar más que un chisporroteo ámbar y carmesí a su paso.

El infierno trepó con avidez y las llamas se propagaron. La superficie del lago Al’Ameth refulgía con los colores reflejados de un cielo negro y escarlata. La conflagración se extendió por el norte hasta Dolanaar, al este hacia la aldea Brisa Estelar y al oeste hasta las tierras de los Tuercepinos.

Y de ahí a Darnassus.

Los edificios de madera del Bancal de los Mercaderes ardieron con rapidez, pero el implacable fuego se vio frustrado, aunque solo durante un rato, por la piedra y el agua del corazón de la gran ciudad, el Templo de la Luna.

Pero entonces, las llamas saltaron a los Jardines del Templo y las ramas que se inclinaban sobre el edificio prendieron también.

♦ ♦ ♦

El horrible hedor de la carne y la madera ardiendo golpeó a Mia como si fuera algo físico. Se dobló sobre sí, tosiendo, con los ojos llorosos y los oídos ensordecidos por el clamor de los aullidos que llegaban del exterior —y el interior— del templo. En medio de aquella algarabía de terror, oyó un estruendo amortiguado.

A su lado, Astarii, Lariia y las demás sacerdotisas se habían quedado paralizadas de puro horror. Sus sentidos eran, con mucho, más agudos que los de Mia. Unos dedos fríos aferraron su corazón y lo estrujaron. No quiso saber qué habían oído.

Pero el momento de ignorancia se esfumó enseguida.

—¡Nos atacan! —gritó una voz desde la entrada del templo—. ¡El Árbol se está quemando!

♦ ♦ ♦

«¿Quéhe hecho?»

Teldrassil.

La Corona de la Tierra.

La iluminación de sus enormes ramas, un santuario hasta entonces, cubría el agua y la tierra de un brillo ambarino y sombras grotescas.

«Ahora lo comprenderás», le había susurrado la Reina alma en pena a Delaryn antes de hacer lo impensable. Antes de…

Pero la Dama Oscura se equivocaba. «No comprendo nada».

La congoja y la culpabilidad de Delaryn ardían con tanta ferocidad como el mismo fuego.

En una demostración final de malicia tan insondable como sus propios motivos, Sylvanas Brisaveloz había vuelto la cabeza de Delaryn para que la moribunda kaldorei pudiera contemplar con claridad la destrucción de todo lo que amaba, de todas las cosas por las que había luchado, en las que había creído

y por las que había derramado su sangre. Todo aquello por lo que había vivido… y por lo que estaba a punto de morir.

El Árbol se había convertido en una trampa mortal y pronto sería el escenario de la mayor cremación de la historia de Azeroth.

—Cierra los ojos —le dijo Ferryn.

Se estiró cuan largo era ante ella, en un intento de protegerla del tormento de aquel brillo infernal. Pero su forma fantasmal era traslúcida. Le nublaba la vista, pero no se la tapaba.

«No puedo cerrar los ojos —pensó ella, aunque no pudo decirlo. Ya no era capaz de hablar y la vida se le escapaba por momentos—. Tengo que ver esto».

Si había alguna piedad en el mundo, aquel atroz espectáculo le quemaría los ojos hasta dejarla ciega, pero, en un nuevo alarde de crueldad, hasta este consuelo se le negó. Sus sentidos estaban en su apogeo, aullando. No tendría que haber podido oír los gemidos chasqueantes de las ramas del Árbol del Mundo, pero el sonido se entremezclaba con los chillidos de los que habían quedado abandonados en la Costa Oscura.

Por una extraña perversidad, Delaryn solo sentía frío ante aquel fuego abrasador.

«La muerte es fría —pensó—. Incluso para aquellos que arden».

«Aquellos a los que les he fallado».

—Despréndete de tu odio y de tu miedo —le dijo Ferryn con suavidad y dulzura—. Todo eso ha quedado atrás. Ven conmigo.

«No eres real —pensó Delaryn con una mezcla de rabia y angustia—. Solo eres una sombra melancólica que promete paz».

«No habrá paz. No para mí».

La forma fantasmal del elfo de la noche despareció. Aunque, claro, nunca había estado ahí.

Por encima de la bóveda del bosque, por encima del gran árbol en llamas, por encima de todos los avatares y tormentos de ese mundo, colgaban las dos lunas: la Dama Blanca y el Niño Azul. Madre e Hija, Elune y su pueblo. En su tiempo, el firmamento nocturno le había ofrecido consuelo y bálsamo. Pero ahora se veía frío allí, y las estrellas parecían tan duras como el diamante al que se asemejaban.

«¿Dónde estás, Elune? ¿Cómo has podido abandonar a tus hijos al fuego? Hemos dado todo lo que teníamos. ¿Por qué?».

Era afortunada. Las flechas se cobrarían su vida. Pero los niños cuyas cunas habían sido las ramas del Árbol del Mundo morirían en agonía y, peor aún, en total inocencia.

«Desvía tu rostro de Azeroth con vergüenza, Elune». Sus pensamientos eran como dagas.

«Nos has abandonado. Nos hemos esforzado tanto… Creíamos en tu amor, en tu protección…».

Tenía la boca demasiado seca y el cuerpo demasiado débil como para escupir siquiera de desprecio.

Su dolor fue creciendo al mismo tiempo que el frío se adueñaba de su corazón.

«Pronto no te dolerá nada», le había asegurado la forma fantasmal de su amado.

¿Le seguiría doliendo cuando se sumiera en el olvido?

Pero Ferryn ya no estaba ahí para responderle.

♦ ♦ ♦

Salía humo de los portales, y Tyrande Susurravientos desesperaba.

Finalmente, toda semblanza de calma se había roto en mil pedazos. El pánico era patente en las caras de los elfos de la noche que atravesaban los portales corriendo para entrar en el Sagrario del Mago, intentando escapar del incendio que había estallado en Darnassus de manera inexplicable.

—¡Despejad la zona! ¡Debemos liberar espacio, ya! —gritó Anduin.

Los guardias de Ventormenta obedecieron con presteza. Recogieron a los hijos de los elfos y bajaron corriendo la rampa junto a sus padres hasta llegar a terreno abierto.

Pero disponer de más espacio no supondría diferencia alguna. El incendio era demasiado grande, demasiado rápido. No se trataba de llamas normales. Apestaba a una magia dirigida a una tarea tan cruel, tan absolutamente carente de cualquier brizna de compasión que Tyrande era incapaz hasta de concebirla. «¿Acaso he tentado al destino con mi arrogancia, Elune? ¿Tanto escapa Sylvanas Brisaveloz a tu Luz que sería capaz de incendiar Darnassus?».

En los portales, los kaldorei se abrían paso como podían, arañando y dando empujones.

Tyrande, Anduin, los guardias de Ventormenta y las centinelas ponían a salvo a los refugiados, que no paraban de toser, los enviaban hacia la rampa y luego corrían a los portales a por más. El humo, negro y asfixiante, era cada vez más denso, y ya casi no se podía ver a los que estaban al otro lado.

El calor abofeteó a Tyrande en el rostro y evaporó una lágrima que había derramado la sacerdotisa sin darse cuenta. Desoyendo su instinto, retrocedió para que otro ocupara su lugar y se obligó a serenarse. En un momento así, en el que cada segundo contaba, podía encontrar un modo mejor de ayudar.

«Elune..por favor, déjame ayudarlos.».

Y entonces notó que se restañaba el daño de sus pulmones y podía volver a respirar con normalidad.

♦ ♦ ♦

Las lágrimas, fruto del humo y del pesar, surcaban el rostro de Astarii.

¿Cómo podía estar pasando aquello? ¿Cómo había podido llegar tan lejos la Horda? Y, por la bendita Elune, ¿por qué habían decidido quemar el Árbol del Mundo? Aquello era más que un acto de guerra, más que mera crueldad. Era una locura, un genocidio y un odio tan grandes que Astarii no alcanzaba a entenderlo.

Paralizada por la consternación y el horror, se obligó a centrarse en el presente. Aún había portales abiertos. Aún quedaban vidas que salvar. si lograba que escucharan.

—¡Mantened la calma, por favor! —gritó—. ¡No os apiñéis en los portales o no cruzará nadie más!

Varios rostros se volvieron hacia ella, detenidos por un instante en su primaria búsqueda de seguridad. Sin embargo, la mayoría siguió empujando sin hacer caso a la súplica de Astarii. Cuando las familias conseguían ganar el templo, se alzaban gritos que pedían socorro. Algunos cargaban con sus seres queridos, quienes, horriblemente quemados, aullaban de dolor mientras se les caía a pedazos la piel ennegrecida y supurante. Otros ya estaban más allá de cualquier ayuda que pudieran prestarles las sacerdotisas.

El hedor de la muerte se entremezclaba con la peste del fuego y la carne calcinada. Algunos que se habían abierto paso a codazos ni tan siquiera se dirigían a los portales, sino que se arrojaban a la poza de la luna y se mojaban con las aguas sagradas, sollozando mientras rezaban a la diosa.

—¡Escuchad a vuestra sacerdotisa!

Quien gritaba era Mia, aún al borde de la poza de la luna, haciendo bocina con las manos.

La mirada de Astarii se encontró con la de Lariia y señaló hacia la entrada del templo. La elfa asintió al comprender. Se zambulló en la poza, rodeó los cuerpos apiñados de los afligidos suplicantes y tras emerger, chorreando, se abrió paso entre la muchedumbre y se perdió de vista.

Regresó al cabo de unos instantes, consternada.

—Está todo ardiendo —le dijo a Astarii—. Todos los árboles, toda la hierba. —Tosió—.

El fuego corta los caminos que llevan a la ciudad.

—Mia —gritó Astarii tratando de hacerse oír por encima de los gritos de los aterrorizados elfos—, es hora de que te vayas.

—Aún no —dijo la humana apretando la mandíbula.

Astarii tragó saliva. La reina de Gilneas tenía un marido y una hija. Y no eran kaldorei.

La sacerdotisa no iba a permitir que el fuego les arrebatara a Mia.

—Pronto será demasiado tarde —dijo—. Morir con nosotros no servirá de nada.

¡Nos ayudarás más si vives!

Se disponía a añadir algo más cuando llegó un crujido horrible desde lo alto. Con lentitud suficiente para que todo el mundo lo viera y comprendiera, pero demasiado rápido como para que pudieran escapar, una mole enorme y rojiambarina se precipitó sobre la cúpula de cristal que cubría el templo: una gigantesca rama de árbol, envuelta en lenguas de fuego.

Los elfos de la poza de la luna gritaron.

Durante un instante brevísimo, la gran rama se vio detenida por el cuenco de Haidene, y Astarii sintió que se le henchía el corazón. «Elune nos ha salv…».

Una grieta se abrió en zigzag en la pileta de piedra y el cuenco se partió en dos.

L as aguas sagradas se derramaron. El gran cuenco de piedra cayó rodando y la estatua de Haidene perdió ambos brazos. Un fragmento de la pileta segó el cuello de la estatua y la cabeza cayó sobre los aterrorizados elfos de la noche que habían buscado refugio en el estanque. La poza de la luna se rompió en mil pedazos y sus aguas sagradas se esparcieron sobre la hierba, enrojecida ya por la sangre de los inocentes.

Se alzaron más gritos. Los que aún podían moverse salieron en estampida como animales enloquecidos hacia el brutal abrazo de las llamas.

♦ ♦ ♦

El aluvión de supervivientes que llegaban tambaleantes por los portales, envueltos en humo negro y espoleados por las llamas parpadeantes, aminoró hasta convertirse en un goteo, hasta que finalmente. cesó.

Aun así, Anduin y Tyrande permanecieron en el Sagrario del Mago. Aguardando, rezando. Tosiendo y con los ojos entornados a causa del calor.

Una lengua de fuego lamió ansiosa la salida de uno de los portales, y Anduin se dio cuenta de que debía tomar la decisión más difícil de su vida.

Si quedaba alguien con vida al otro lado de los portales, estaba demasiado débil o herido para cruzarlos. Ya ni siquiera se oían gritos, solo el crepitar implacable de las llamas insaciables. No podrían salvar más familias, ni más niños. Ni más sacerdotisas.

Ni a Mia Cringrís.

Genn nunca le perdonaría la orden que estaba a punto de dar. Ni tampoco él mismo. Pero el espeso humo negro que estaba a un mundo de distancia, en Darnassus, acabaría asfixiando a los que se hallaban en Ventormenta si no pronunciaba aquella orden que se le atragantaba.

Desolado, con voz rasgada por el dolor, exclamó:

—¡Cerrad los…!

Un aullido terrible cortó como una cuchilla la cacofonía de la aterrada turba de elfos de la noche.

—¡Quitad de en medio!

La voz era profunda y colérica. El rey gilneano, en forma de huargen y a cuatro patas, cruzó como una exhalación el gentío que ocupaba el Sagrario del Mago. El humo ya llenaba la estancia y Genn Cringrís salió disparado hacia el portal principal.

Anduin arremetió sin pensárselo. Embistió a Genn y lo tiró al suelo. Genn se revolvió rápidamente, inmovilizó con facilidad a Anduin y, con un gruñido, levantó una garra cubierta de canas, casi consumido por la rabia que siempre lo acechaba cuando estaba en forma de bestia.

—¡Es demasiado peligroso! —dijo Anduin, tosiendo.

La cara salvaje de Genn estaba a unos dedos de la de Anduin. Sus labios se curvaron para mostrar unos dientes largos y afilados mientras dejaba escapar un gruñido feroz.

—Genn, ¡es demasiado tarde! —gritó Tyrande.

El huargen salió disparado hacia la elfa de la noche.

—¡Ella me arrebató mi reino! —resopló Genn—. ¡Me arrebató a mi hijo! ¡No va a arrebatarme a mi mujer!

Y, antes de que Anduin pudiera articular palabra, ya había saltado por el portal humeante.

♦ ♦ ♦

A Genn no le eran ajenas la guerra, la violencia, la crueldad o la aflicción. Pero nada de lo que hubiera visto lo había preparado para el horror que encontró al otro lado del portal.

Donde antes se levantara una hermosa estatua que ofrecía aguas curativas a los penitentes, ahora solo quedaban escombros, cuerpos desperdigados, barro ensangrentado y una rama gigantesca envuelta en llamas. El aire era casi irrespirable. El humo y el horrible hedor de la muerte asaltaron sus sentidos lupinos.

Se obligó a tomar aliento y gritó:

—¡Mia!

—¡Genn! ¡Aquí!

Era una voz áspera, pero reconocible: la sacerdotisa Astarii. Un mago y ella intentaban mover un escombro que tenía inmovilizada a una forma flácida.

«Mia…».

Mientras corría hacia ellos, su miedo y su furia se arremolinaron para formar un torbellino de fuerza inaudita para él. Levantó el enorme pedazo de piedra como si tratara de un mueble no más pesado que aquellas horribles mesitas auxiliares que tanto gustaban a Mia, las mismas que habían dejado en Gilneas al huir.

—¡Mia!

Estaba hecha un ovillo, para protegerse de.

No, no buscaba protegerse a sí misma con esa posición. Los brazos de su mujer, milagrosamente ilesos, envolvían a una pequeña elfa de la noche, una bebé. El olor a cobre de la sangre de su esposa inundó sus fosas nasales. Tenía las piernas dobladas en un ángulo imposible, como si fueran las de la muñeca que alguna niña airada hubiese roto en un ataque de rencor. El hueso asomaba por la piel, y había quemaduras.

Acongojado e impotente, Genn se volvió hacia Astarii, pero la sacerdotisa ya murmuraba una plegaria con voz ronca por el humo. Una luz salida de la nada iluminó sus manos. Genn contempló cómo se enderezaban las piernas de su dulce Mia, cómo se soldaban sus huesos, y cómo su piel lacerada.

La mujer abrió los ojos con un parpadeo y la criatura que tenía en los brazos se removió.

Genn sintió nuevas lágrimas en los ojos, pero esta vez no a causa del humo.

—Elune aún nos escucha —dijo Astarii con el rostro suavizado por la dicha y el asombro, incluso en aquel momento y lugar.

Mia alargó la mano hacia su marido.

—Genn… El Árbol… Están quemando el Árbol… —Tosió violentamente, con los pulmones dañados por el aire candente—. La niña. Llévatela. A mí déjame.

—Ni hablar —gruñó él.

Habían presenciado muchos horrores juntos. Se habían enfrentado a la muerte cogidos de la mano. Mientras él respirara, ella también lo haría.

—¡Os venís las dos conmigo!

¿Podía hacer más? Aquellas personas eran sus amigos, y se estaban enfrentando a la peor muerte imaginable. El gran Árbol, hogar de miles, estaba en llamas. Morirían quemados, sabiendo que todo estaba perdido. Mientras envolvía a Mia entre sus brazos incluso, Genn vaciló. Nunca había llevado demasiado bien eso de huir.

—No los abandonaremos —dijo Astarii mientras hacía un gesto con la mano hacia los demás elfos de la noche.

Genn se dio cuenta de que la sacerdotisa entendía su conflicto. El tiempo del rescate se había agotado como la arena de un reloj. Ella se refería a que alguien debía quedarse con los moribundos, para ayudarlos en sus últimos momentos.

Bruscamente, sin saber qué otra cosa podía hacer o decir, respondió:

—Que Elune esté contigo.

Acunando a su adorada esposa y a aquella diminuta criatura, la última refugiada de los elfos de la noche, Genn Cringrís cruzó el último portal.

Las sacerdotisas sabían qué hacer. Astarii tendió los brazos hacia una madre y su joven hijo, que se encontraban entre los últimos que habían llegado al templo.

—No tengas miedo —le dijo al chico, que estaba mudo y tembloroso—. Ven aquí.

Con un brazo alrededor de la madre y otro alrededor del chico, Astarii se hundió en la tierra empapada.

Las tres últimas sacerdotisas de Elune en Teldrassil rezaron. Pero no pidieron sanación ni rescate.

Pidieron misericordia.

Y su diosa las escuchó mientras Astarii empezaba a cantar.

Bajo el brillo de las lunas, escuchad.

Junto al río, escuchad.

Abrazando a los que amáis, escuchad

el lamento de los moribundos,

el susurro del viento sobre la queda muerte…

E l sueño acarició la mente de Astarii, suave como una pluma, dulce como la miel. El dolor desapareció. La elfa dejó escapar un suspiro. Alrededor, oyó sonidos similares.

El fuego era implacable. El humo los mataría y las llamas devorarían su carne e incluso sus huesos. Solo quedarían cenizas. Pero no sentirían nada.

No había dolor a la luz de la Dama ni al amparo de su amor. Madre e hijo dormían, respirando suavemente pese al humo. Cumplido su deber, Astarii permitió que sus propios párpados se cerraran con un pestañeo.

«Algún día se hará justicia, pero no serán tus ojos los que lo vean».

La última cosa que oyó fue un chisporroteo, antes de sumirse en el sueño.

♦ ♦ ♦

¡ Ciérralo! —gritó Genn con voz ronca por el humo, el fuego y los horrores que había contemplado.

El mago, con la cara pálida y contraída de pesar, bajó las manos.

El último portal desapareció.

Genn lo había conseguido. No solo había traído a Mina, sino también a una niña de los elfos de la noche. Anduin no alcanzaba a ver si alguno de los tres estaba herido, así que invocó la Luz. Le había pedido ayuda mil veces en los últimos días y, aun así, esta llegó, como siempre, y las heridas se curaron.

No, no todas las heridas. Genn cayó de rodillas al suelo, agarrando aún a una Mia exhausta. Tyrande cogió a la niña. El huargen tomó una gran bocanada de aire, exhaló y recuperó su forma humana. Levantó la mirada hacia Tyrande y la absoluta desolación de su expresión transmitió con más elocuencia que cualquier palabra la magnitud de lo ocurrido.

—El Árbol se está quemando —dijo con voz dura y rebosante de dolor.

—¿Te refieres a Darnassus? —preguntó Tyrande con un hilo de voz.

—El Árbol —repitió Genn—. Lo siento, suma sacerdotisa. La Horda ha prendido fuego al Árbol del Mundo. —Sus ojos, inyectados en sangre, se entrecerraron—. Pagarán por esto. Te lo juro…, ¡lo pagarán!

Anduin sintió un escalofrío. El Árbol estaba ardiendo. Teldrassil, con todos sus poblados y rincones y ciudades, sus colinas, sus valles y sus criaturas. Todos y todo serían pasto de las llamas.

Tyrande cerró los ojos.

—Dije que el Árbol no. —Se le quebró la voz.

Abrió los ojos y miró a la criatura que tenía entre sus brazos, cubierta de hollín, pero entera. Sana. Viva. Unas lágrimas le corrieron por las mejillas.

—¿Cómo se llama? —preguntó en voz baja.

Mia sacudió la cabeza débilmente.

—No lo sé —dijo.

—Entonces, pequeña, te llamarás Finel, «la última». Porque eres la última kaldorei que ha escapado con vida.

El Árbol del Mundo era más que una ciudad. Era una tierra entera, hogar de incontables inocentes. ¿Cuántos elfos de la noche había en otras partes de Azeroth? Muy pocos. Pero, en aquel momento, eran cuanto quedaban de su pueblo.

Sylvanas Brisaveloz había cometido un genocidio.

Anduin sabía que era egoísta. y arrogante también. Astuta, decidida. Pero nunca se habría esperado algo así. Con la mirada borrosa, vio la cara de Genn Cringrís mientras su mujer lo abrazaba y se dio cuenta de que, ni siquiera Genn, que odiaba a Sylvanas con todas sus fuerzas, podía creerlo. Nadie habría pensado que la jefa de guerra antepondría su crueldad a su astucia. La destrucción del Árbol no obedecía a un designio estratégico o una razón consciente. Más bien al contrario: con aquella decisión incomprensible, Sylvanas había unido a la Alianza como nadie habría podido.

Nada de todo aquello importaba ya. Habían tenido oportunidades de pararla, oportunidades de atacar antes que ella. Anduin había optado por rechazarlas. Desde aquel día, innumerables voces lo atormentarían en sueños hasta que lograra una simple cosa: detener a Sylvanas. Para siempre.

Sus ojos se encontraron con los de Tyrande por encima de la cabeza del bebé. Finel gimoteó, y Tyrande la acurrucó contra su pecho y la acunó. Y entonces, con tanta suavidad que Anduin apenas la oyó, la suma sacerdotisa de los elfos de la noche empezó a cantar.

Oh, pequeña, la última, escucha

el canto perpetuo de mi corazón roto

la historia del Árbol del Mundo

y la muerte de todos los sueños

que una vez acunara en sus fuertes ramas.

Anduin se pasó una manga ennegrecida por los ojos húmedos. Lo que tenía que hacer iba a partirle un corazón ya sangrante. Sereno, calmado, hizo acopio de determinación. Después lo ocurrido, no cabía otra cosa.

No había alternativa.

Ni dudas.

Ni arrepentimiento posible.

Era la guerra.

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