Elegía: Primera parte

En la torre de marfil

Por Christie Golden

Todas las cosas nacen puras.
El árbol más antiguo fue antaño un tierno brote,
y hasta las estrellas fueron jóvenes.
Ay, dama Elune,
derrama las lágrimas más dulces
al pensar en la inocencia
que una vez albergamos.

¡Clanc!

La marcial música de un combate de espadas repicó al encontrarse las dos hojas.

Los contendientes se apartaron de un salto y empezaron a dar vueltas, tanteándose. El mayor de ellos, de cabello y barba tan blancos como la luz de la luna, hizo una finta y luego trazó con la espada un arco ascendente y envolvente. Pero el más joven era rápido y bloqueó el ataque con destreza. Saltaron chispas y las hojas relumbraron a la luz del sol mientras chocaban.

— Muy bien hecho —gruñó Genn Cringrís mientras volvía a atacar. Una vez más, el joven paró la acometida—. Pero uno de estos días, vas a tener que pasar al…

Cringrís consiguió a duras penas levantar la espada a tiempo de detener el golpe del rey Anduin Wrynn.

—¿Ataque? —inquirió este con sorna.

Empujó con el arma y notó la tensión de la hoja del anciano. Se le había soltado la melena, luminosa como el sol, e hizo una mueca al ver que Cringrís se había percatado de que le caía sobre los ojos.

El rey gilneano retrocedió repentinamente, lo que pilló a contrapié a Anduin, que trastabilló hacia delante. Cringrís lanzó un tajo casi tan rápido como el del joven rey, aunque giró la mano en el último segundo para asegurarse de que solo diera con la parte plana en el cuerpo de Anduin. Con un gruñido, este logró parar el golpe con Shalamayne, la espada de su padre, pero la fuerza del impacto le estremeció toda la mano. Shalamayne cayó sobre la hierba de los jardines del castillo de Ventormenta.

—Antes de que digas nada —añadió Anduin, resollando mientras se inclinaba para recoger la espada—, en el campo de batalla llevaré un yelmo.

—En circunstancias ideales, sí —dijo Cringrís. Esbozó una sonrisa de satisfacción. A Anduin, con las mejillas coloradas tanto de vergüenza como de extenuación, no le importó que se regodeara un poco—. Hasta entonces —prosiguió Genn—, yo te recomendaría un buen corte de pelo.

Ya hay bastantes cosas de las que preocuparse en combate, como para que termines cegado por esos rizos dorados.

Anduin se echó a reír.

—No me pasará nada —le dijo—. Me lo recogeré la próxima vez que entrenemos.

—Los Wrynn y vuestra predilección por el cabello largo —dijo Cringrís sacudiendo la cabeza—. Nunca la he entendido.

Un guardia de Ventormenta se acercó a ellos y saludó con presteza.

—Majestad —dijo—. El maestro de espías Shaw ha vuelto. Trae noticias.

Anduin se puso tenso y miró de reojo a Cringrís. Para los dos, había pocas noticias más serias que oír que Mathias Shaw esperaba una audiencia.

—¿Es algo urgente? —preguntó Anduin.

—Tanto como considere su majestad —respondió el guardia.

—Es un alivio —dijo el joven rey, relajándose un poco—. Dale algún refrigerio y dile que el rey Cringrís y yo nos reuniremos con él en la sala de mapas en breve.

♦ ♦ ♦

Genn y Anduin, con ropa limpia y oliendo mejor que media hora antes, entraron con paso decidido en la sala donde Mathias Shaw contemplaba el gran mapa de Ventormenta con mirada experta.

Anduin celebraba allí todas sus reuniones. De chico, solía colarse en la estancia y jugar con las figuras que representaban unidades de soldados, suministros y armas. Pero ahora la sala simbolizaba el más pesado de los deberes de un rey: la creación de estrategias para la guerra.

Shaw se dio la vuelta e hizo una reverencia cuando los dos entraron.

—Es un placer verte cuando no eres portador de malas noticias —dijo Anduin a modo de broma.

Genn gruñó, divertido, pero Shaw ni tan siquiera esbozó una sonrisa.

—Es agradable, para variar —se limitó a decir el maestro de espías—. Tal como ordenasteis, majestad, prácticamente he llenado Orgrimmar de agentes.

Tras el reciente encuentro de Anduin con Sylvanas Brisaveloz en las Tierras Altas de Arathi, al constatar hasta dónde estaba dispuesta a llegar para lograr sus fines, el monarca se había sentido traicionado y furioso. Les había dicho a Genn y Mathias que, aunque no empezaría una guerra sin provocación, ya no estaba dispuesto a darle el beneficio de la duda a la líder de la Horda.

«Quiero que se ponga bajo vigilancia constante a Sylvanas, al Clamañublo y a Colmillosauro… A todos cuantos sean importantes o tengan un cargo en Orgrimmar. Y quiero que lo sepan —había dicho—. Quiero que sepan que no podrán pedir una cerveza en una taberna sin que la Alianza se entere del color».

Shaw había arqueado una ceja. «Unplanteamiento interesante», había contestado, aunque sin poner reparo alguno.

—¿Ya tenemos resultados? —preguntó Anduin, volviendo de sus recuerdos.

—Mis espías están… disfrutando del reto —dijo Shaw, en un tono que indicaba que a él no le pasaba lo mismo.

—¿Bajas?

—Muchas menos de las esperadas.

—Bien —dijo Anduin—. Envía más.

Genn asintió con su blanca cabeza.

Las pobladas y rojas cejas de Shaw se juntaron en un gesto de desaprobación.

—Si envío más espías, nadie podrá caminar por las calles de Orgrimmar sin tener que abrirse paso a empujones entre una docena de ellos.

—Pues que lo hagan —dijo Anduin—. Supongo que siguen proporcionándonos información útil, ¿no?

—Así es. Los últimos informes indican que la jefa de guerra Sylvanas y su alto señor supremo están enfrentados. y el Clamañublo no se lo está tomando muy bien.

Genn y Anduin intercambiaron una mirada.

—Esas podrían ser unas noticias excelentes para nosotros —dijo Anduin—. Mi padre hablaba muy bien de Varok Colmillosauro, y yo mismo lo vi testificar en el juicio de Garrosh Grito Infernal. Hace mucho que tiene fama de honorable. Puede que esté empezando a ver a Sylvanas como nosotros.

—Se preguntó si alguien habría informado a Colmillosauro de las innobles decisiones que había tomado Sylvanas en las Tierras Altas de Arathi y, de ser así, si aquello había molestado al alto señor supremo. Esperaba que sí.

—No es tonto —prosiguió con voz dura—, y la Reina alma en pena cree en el poder antes que en el honor.

—No idealicemos demasiado al viejo orco —le advirtió Shaw—. Es un veterano de la Primera Guerra, cuando saquearon Ventormenta y asesinaron a vuestro abuelo.

—Tienes razón. —Anduin inclinó la cabeza—. Sin embargo, prefiero a un orco con honor que a un alma en pena sin él. Y, si es verdad que Colmillosauro y Nathanos Clamañublo están enfrentados, no seré yo el que se queje.

—¿Y qué es lo que tanto corroe al ya más que corroído Clamañublo? —preguntó Genn a Shaw.

—Planes de guerra.

—¿Qué planes?

—Unos que cambian constantemente —contestó el espía—. De ahí el encontronazo entre la jefa de guerra y su alto señor supremo. Pero se ha filtrado una palabra.

—¿Y qué palabra es esa? —inquirió Anduin arqueando una ceja rubia.

—Silithus —respondió Shaw, torvo.

♦ ♦ ♦

C uando Cordressa Brezoguja, seguida por otros dos centinelas y tres enanos, posó al fin la mirada sobre el Templo de la Luna, estuvo a punto de echarse a llorar. La capitana, recién ascendida, había enviado un mensajero por delante, y Tyrande Susurravientos había dejado instrucciones de que se les dispensara una bienvenida de héroes a la centinela y a la gente a la que escoltaba.

—Caramba —dijo Gavvin Brazorrecio, líder del equipo de la Liga de Expedicionarios, mientras avanzaban hacia el templo—. Es un trabajo de la piedra casi tan primoroso como el de Forjaz.

Cordressa sonrió, cansada. Durante las últimas semanas, les había cogido cariño a los enanos. Magni Barbabronce, Portavoz de Azeroth, había avisado a los líderes de la Alianza de que el mundo suplicaba curación. La Liga de Expedicionarios había respondido a la llamada enviando un grupo a Silithus para estudiar un material nuevo y extraño conocido como azerita. Esta sustancia, la propia esencia de Azeroth, había salido a la superficie después de que Sargeras, el titán caído, lo hiriera brutalmente con una espada colosal. La azerita poseía propiedades extraordinarias que la Alianza apenas había estudiado hasta la fecha. Con el peligro que entrañaban los goblins del lugar, Tyrande había encomendado a Cordressa y otros centinelas la protección del grupo.

Cordressa había oído descripciones de los enanos, por supuesto: que eran unos bocazas bajitos y borrachines, de acento duro y cabeza aún más dura, que no hacían más que desenterrar cosas que era mejor dejar enterradas y que solo levantaban la mirada hacia el sol o las lunas cuando no les quedaba más remedio. Pero, tras conocerlos, se dio cuenta enseguida de lo absurdos que eran esos prejuicios.

Para eterno remordimiento de la centinela, todos —ella incluida— habían subestimado el número, la ferocidad y la osadía de los goblins que había cerca de la espada gigantesca. En una sola noche, las centinelas y la expedición habían sufrido varias bajas. Reconcomida por la culpa, Cordressa se había jurado poner a salvo al resto.

El comentario de Gavvin sobre el gran templo de los elfos de la noche podría haber sonado despectivo a oídos de otro, pero no a los de Cordressa. Ella percibió el respeto y la admiración en la atronadora voz de Gavvin, y sonrió.

—Seguro que Forjaz es gloriosa —dijo—, pero aquí tenemos algo que a vosotros os falta.

Y me parece que os va a encantar.

—¿Sí? ¿Y de qué se trata? —preguntó Inge Puño de Hierro.

—De las pozas de la luna.

—Yo visité una poza de la luna en la Arboleda del Guardaverde —saltó Arwis Piedranegra—. ¡Muy bonita y reconstituyente!

Las pozas de la luna eran maravillas sagradas cuyas aguas, bendecidas por sacerdotisas, poseían propiedades curativas. En efecto, eran todas «muy bonitas», pero la de Darnassus no tenía igual. Cordressa se moría de ganas de ver la reacción de los enanos.

Al entrar en el Templo de la Luna, estos enmudecieron. Tras el paisaje brutal y casi despojado de toda vida de Silithus, el verdor del templo resultaba chocante. Los boquiabiertos enanos miraron en derredor y contemplaron, extasiados, la gigantesca estatua que ocupaba el centro del templo.

—Esa es Haidene —les explicó Cordressa—, la primera suma sacerdotisa de Elune.

Casi todos los que visitaban por primera vez el Templo de la Luna pensaban que la estatua blanca y reluciente de una elfa de la noche que les tendía una pileta rebosante de agua era la propia Elune. En algunos rincones del templo, varios bardos elfos tocaban una música tan suave como la luz de Elune y tan relajante como el delicado sonido del agua al caer.

Una de las sacerdotisas, Astarii Buscaestelar, se acercó a Cordressa y la abrazó.

—Nos avisaron de que venías —dijo. Volvió su afable semblante hacia los enanos, que la miraban estupefactos—. Vuestro viaje ha sido largo y peligroso. Además, lamentamos vuestras pérdidas. Por favor, permitidnos hacer cuanto podamos por sanaros y refrescaros. Aquí tenemos comida en abundancia, además de agua de la poza de la luna. Pero creemos que, para que las aguas sagradas sean más eficaces, lo mejor es bañarse en ellas. Tenemos algunos albornoces para que os cambiéis, si os place.

Gavvin frunció el ceño.

—Bueno, mirad, no es que me avergüence de mi figura, pero no quisiera ofender a unas damas tan encantadoras.

Sus mejillas, ya de por sí sonrosadas, cobraron un rubor que Cordressa no había visto hasta entonces.

—Hay habitaciones privadas para cambiarse —dijo Astarii con una sonrisa.

—Esto… Ah —dijo Gavvin con un carraspeo, mientras se ponía aún más colorado—.

Bueno, en tal caso, gracias.

E n la poza del templo había espacio para todos ellos. Para Cordressa, sentir cómo las frías aguas se llevaban su dolor, cansancio y pesar estaba bien, pero era todavía mejor contemplar el asombro en las caras de sus amigos. «Sí. Amigos. Ya no son mis protegidos». Se soltó el pelo y se sumergió en el agua murmurando una plegaria de gratitud. Sus trenzas, del color azul de la medianoche, desaparecieron tras ella.

El agua amortiguaba los sonidos, pero la centinela oyó igualmente que alguien la llamaba por su nombre. Abrió los ojos a regañadientes. Un rostro familiar le dirigió una sonrisa desde lo alto.

—¡Delaryn! —exclamó Cordressa mientras se incorporaba en el agua.

La teniente Delaryn Luna de Verano estaba sentada en uno de los muretes de la poza. Era también centinela, aunque más joven y de menor rango que Cordressa. Esta había sido su mentora desde que el Cataclismo arrasara Azeroth, y se habían vuelto grandes amigas. La piel rosada de Delaryn brillaba bajo su cabello azul oscuro; aún no había escogido sus marcas faciales. «Séque no siempre marcan un rito de tránsito —le había dicho a Cordressa una vez—. Pero creo que deberían hacerlo. Y aún no hay nada que me haya marcado lo suficiente para que escoja qué forma deben tener».

—Me he enterado de que habías vuelto —dijo Delaryn.

Volvió su sonrisa radiante hacia los enanos que estaban sentados dentro de la poza, totalmente sumergidos a excepción de la cabeza y con expresión de dicha en el rostro.

—Me alegro de que los hayas traído a casa.

—Yo estaría alegre si los hubiera traído a todos —replicó Cordressa. El dolor embargó su corazón pese a estar en las aguas de la poza de la luna—. Le he enviado una carta a lady Tyrande en la que le cuento todos los detalles.

Delaryn no insistió. En su lugar, se limitó a decir:

—Nuestra señora ha pedido que la informes en persona.

—Entonces iré a verla ahora.

Cordressa hizo ademán de levantarse.

Su amiga le puso una mano en el hombro y con delicadeza pero con firmeza, la obligó a volver al agua.

—Cuando estés recuperada —dijo—. Así lo ha ordenado expresamente.

—Acudo siempre en cuanto me llaman —contestó Cordressa—. Pero debo confesar que… es muy agradable disponer de unos momentitos más.

♦ ♦ ♦

Poco después, Cordressa y Delaryn les dieron gracias a las sacerdotisas y se despidieron. Cordressa las envidiaba: la senda de sus hermanas más delicadas las había conducido a un templo en lugar de a un campo de batalla. Al contrario que a ella o a Delaryn.

Tyrande Susurravientos, suma sacerdotisa de Elune y fundadora de los centinelas, trabajaba en una salita privada, en otro piso del templo. Estaba escribiendo una misiva cuando llegaron las dos elfas. En el mismo momento en que entraron, levantó la mirada.

—Lady Tyrande —la saludó Cordressa—, he venido, tal como pediste. Asumo toda la responsabilidad de mi fracaso en Silithus.

La suma sacerdotisa no dijo nada. Se levantó, fue hasta su amiga y la abrazó. Tyrande se separó un poco y contempló a Cordressa con un gesto lleno de bondad.

—Centinela Cordressa —dijo con voz cálida—, he revisado tu informe. Comprendo tus sentimientos. Es difícil perder a aquellos que nos han sido confiados, pero está claro que todos nosotros, yo misma, Malfurion, el rey Anduin y sus consejeros, hemos subestimado la amenaza goblin en Silithus. Es fácil tomárselos demasiado a la ligera y lo hemos pagado caro. Por lo que se refiere a tu papel en esto, has traído a los supervivientes de vuelta a casa y, además, nos has proporcionado una información muy valiosa. Yo no lo llamaría un fracaso.

Tocó la mejilla de Cordressa, sonriendo, y luego dio un paso hacia atrás.

—Estoy terminando de escribirle una respuesta al rey Anduin en relación con una información muy preocupante que han obtenido sus espías.

—¿Me retiro entonces, mi señora? —preguntó Delaryn.

—Puedes quedarte, centinela —dijo Tyrande—. Dentro de poco, esto dejará de ser un secreto.

Delaryn inclinó la cabeza.

Tyrande regresó a su asiento.

—Después de la tragedia en las Tierras Altas de Arathi, el rey Anduin aumentó el número de ojos que vigilan a los líderes de la Horda en su capital. Parece ser que la jefa de guerra y su favorito, Nathanos Clamañublo, no están de acuerdo con el alto señor supremo Colmillosauro con respecto al movimiento de tropas. —Miró a Cordressa—. Tu encuentro con los goblins en Silithus es de por sí bastante preocupante. Pero ahora parece ser que Colmillosauro quiere enviar allí varios centenares de soldados de la Horda.

—¿Puedo hablar con entera libertad? —preguntó Cordressa con el ceño fruncido.

—Siempre.

—Unos centenares no es algo de lo que preocuparse.

—Sí que lo es cuando constituyen un mero grupo de exploración que se envía para allanar el camino a un futuro ejército —respondió Tyrande con expresión grave—. El rey Anduin cree, igual que yo, que la Horda ha encontrado una manera de usar la azerita con fines peligrosos y que Colmillosauro pretende impedir que la Alianza acceda a ella. Esto podría trastocar por completo el equilibrio de poderes a su favor.

A Cordressa se le hizo un nudo en la garganta. Anduin Wrynn había visitado Darnassus hacía unos meses. Malfurion, Tyrande y él habían hablado de aquel mismo escenario. Los elfos de la noche y los draenei eran los únicos bastiones de la Alianza en el continente que podían responder con rapidez a una incursión de la Horda en Silithus, y los draenei se habían quedado casi sin recursos durante la guerra contra la Legión. Desde entonces, Tyrande había estado supervisando la formación lenta pero constante de un ejército, para poder enviarlo al lugar donde estaba la maligna espada de Sargeras en caso necesario.

—Comprendo —respondió Cordressa—. Por desgracia, he visto con mis propios ojos el peligro que afronta ya la Liga de Expedicionarios. Serían incapaces de resistir a un ejército…, al igual que nuestros sacerdotes y druidas.

—¿Las pozas de la luna están surtiendo algún efecto? —preguntó Delaryn.

En otros tiempos, en distintas zonas del mundo, los elfos de la noche habían creado pozas de la luna en lugares afectados por la magia vil o energías similares. Los druidas y sacerdotes cooperaban para encauzar el poder de la naturaleza y las bendiciones de Elune, y las aguas sagradas calmaban y purificaban con frecuencia la atribulada tierra. Habían enviado varios grupos a Silithus con la esperanza de que esta magia curativa también funcionara allí. Era un método más pacífico de combatir el daño infligido por la espada de Sargeras y la codicia de los goblins.

—Es demasiado pronto para decirlo —respondió Tyrande—. Nos hemos comprometido a ayudar a los sanadores en sus esfuerzos por cuidar de Azeroth. Si la Horda llega hasta la espada de Sargeras, los defenderemos. Debemos empezar los preparativos para ello.

Hizo un gesto hacia la carta que había escrito.

—Le he pedido a Shandris Plumaluna que tenga a sus soldados en alerta máxima. A lo largo de las semanas siguientes enviaré las tropas en grupos de uno o dos barcos para no llamar la atención. Cuando la flota se reúna en Feralas, estarán listos para marchar hacia la espada en cuanto dé la orden.

Shandris Plumaluna era casi tan legendaria como la propia Tyrande. Había quedado huérfana de adolescente, cuando la Legión Ardiente mató a toda su familia, y había encontrado una segunda madre en Tyrande. Era una de las primeras centinelas y seguía siendo su general. En aquel momento, supervisaba las fuerzas de elfos de la noche de la exuberante tierra de Feralas y de un lugar llamado Refugio Alblanco, donde trabajaba con cazadores de todas las razas.

—Si ese ejército de la Horda consigue el apoyo de la jefa de guerra —prosiguió Tyrande—, necesitará tiempo para prepararse. Y para llegar. Tendremos oportunidades de sobra para dispensarle al alto señor Supremo Colmillosauro un cálido recibimiento.

Tyrande Susurravientos sonrió.

♦ ♦ ♦

A veces, Renzik se cansaba de ser el miembro sobre el terreno del IV:7 en Orgrimmar. Comprendía los motivos. Prácticamente todos los demás miembros de la organización pertenecían a una raza de la Alianza que se podía reconocer con facilidad, lo cual significaba que el ochenta por ciento de las veces su trabajo consistía en impedir que los detectaran. En el veinte por ciento restante debían confiar en la magia o en disfraces muy logrados. Era evidente que sus oportunidades para infiltrarse eran bastante limitadas.

Renzik era el segundo al mando y era un goblin. Por eso Mathias Shaw no dejaba de asegurarle que confiaba más en él que en ningún otro para enterarse de lo que estaba pasando en realidad en el corazón del territorio de la Horda.

Todo eso estaba muy bien y era muy halagador, pero ya estaba un poco visto. Él era espía y picaro y, a decir verdad, no le gustaba mucho relacionarse con los demás. Sin embargo, la paga era buena y era uno de los pocos goblins que podía jactarse de ser respetado. También ayudaba el hecho de que despreciara en qué se habían convertido los goblins bajo el liderazgo, si es que se podía usar esa palabra, del príncipe mercante Jastor Gallywix.

Además, sentía una pequeñísima debilidad por la Alianza y su manera de ver las cosas…, algo que no confesaba a nadie, no fuera a manchar esa reputación que tanto le había costado granjearse.

Había estado en la capital de la Horda desde el primer día de la debacle de «la espada en la arena», haciéndose pasar por buhonero. Era a él a quien debían informar todos los espías de la Alianza. de manera indirecta, por supuesto. Solo unos cuantos sabían quién era realmente, y Renzik prefería que siguiera siendo así.

La tarea estaba siendo bastante aburrida, sobre todo si tenemos en cuenta que, haciéndose pasar por un mercader, las posibilidades de operar entre las sombras eran bastante exiguas. Como contrapartida, nadie oía tantas habladurías como un comerciante. La gente se despachaba a gusto con el forastero que vendía objetos bonitos, o bien se comportaba como si no existiera y hablaba delante de él.

Había montado un puesto ambulante cerca del Fuerte Grommash. Estaba lo bastante lejos como para que no lo consideraran peligroso, pero no tanto como para no poder ver quién entraba y salía. y qué aspecto tenía cuando se iba.

Resultaba particularmente satisfactorio contemplar el ritual diario de Varok Colmillosauro cuando se dirigía al bastión para su reunión con la jefa de guerra. Parecía frustrado cuando entraba y solía salir con el ceño fruncido. Pero era mejor todavía cuando a la jefa de guerra en persona le daba por salir de la fortaleza para cabalgar con su corcel esquelético. La Reina alma en pena no mostraba nunca el menor atisbo de emoción, así que, cuando entornaba los ojos, fruncía los labios y hablaba con dureza, era el equivalente a un ataque de furia para un orco.

En otras palabras. el trabajo se estaba poniendo interesante.

Ya casi era la hora. Y, en efecto, Colmillosauro surgió en ese momento de la oscuridad del Fuerte Grommash a la deslumbrante mañana de Durotar con una expresión que, a cada día que pasaba, resultaba más rutinaria.

Renzik se secó la calva sudorosa. Sus espías le habían informado de que Nathanos tampoco estaba contento con los planes del alto señor supremo ni con su actitud. «Cachorrito perdidamente enamorado» —pensó Renzik, mientras intentaba imaginarse a un remuerto —así llamaba él a los Renegados— enamorado.

Espeluznante.

Mientras pensaba en el campeón de la Dama Oscura, estalló una voz furiosa:

—¡Colmillosauro!

La voz parecía casi humana, pero no lo bastante. Igual que Nathanos, que incluso con su cuerpo nuevo y flamante, era casi humano, pero no lo bastante.

Colmillosauro ni pestañeó. Siguió caminado a grandes zancadas hacia el portón de Orgrimmar.

—¡Varok Colmillosauro! —Menudo enfado tenía Nathanos. La cosa se iba a poner interesante. No echó a correr al salir del bastión, pero sus intenciones eran indudables.

—¡Guardias! ¡Detenedlo!

Todo movimiento se interrumpió de repente. Todo el mundo tenía la vista clavada en la escena que se desplegaba ante ellos. Renzik ni siquiera habría tenido que vigilar el género, aunque lo hizo por costumbre.

Por un momento, los dos guardias no se movieron. Y entonces, aunque no pararon exactamente a Colmillosauro, dieron un paso —o más bien, titubearon, con aspecto furtivo y temeroso— hacia él. Sin levantar las armas.

«Uf, hoy no me gustaría estar en su pellejo. Hagan lo que hagan, van acabar a malas con alguien muy poderoso».

Colmillosauro aflojó el paso y se detuvo. Observó a un guardia y luego al otro. Ninguno se atrevió a aguantarle la mirada, y apartaron los ojos temblando de manera visible. El alto señor supremo se dio la vuelta con lentitud.

Los orcos eran mucho más grandes que los Renegados y mucho más duros. Y aquel orco en particular era muy alto y muy duro. Nathanos, en su nuevo traje humano, parecía un enano —«¡ja!»— al lado de la imponente figura verde.

—Nadie te ha dicho que pudieras irte —saltó Nathanos.

—Tú no estabas en la reunión.

Se hizo el silencio. Como fisgón redomado que era, Renzik sabía exactamente lo que significaba eso. Al parecer, Colmillosauro también, porque entornó los ojos y dejó escapar un gruñido que le retumbó en el pecho.

—No deberías interferir en asuntos que no te conciernen, Clamañublo. Eres el campeón de Sylvanas, no su alto señor supremo.

—En vida fui forestal —dijo Nathanos—. El único humano en recibir tal honor. Servía a lady Sylvanas entonces y le sirvo ahora. Y sé más cosas de las que posiblemente imaginas.

—Yo no confío en la imaginación. Confío en los hechos, en los números, en la estrategia. En las armas. Sé de estas cosas, Clamañublo, y ya estaba librando guerras mientras tú aún rebuznabas como un asno enamorado.

Si Nathanos aún hubiera sido humano, seguro que se habría puesto colorado, o blanco como la leche. En su forma actual, se limitó a quedarse allí de pie, inmóvil, con sus brillantes ojos carmesíes clavados en Colmillosauro.

Renzik se fijó en un goblin con calzones, un chaleco y un gorro que, a poca distancia de allí, empezaba a recaudar oro mientras escribía boletos de apuestas. El pícaro ahogó una risa ronca. Si había una manera de ganar dinero rápidamente, un goblin siempre la encontraba. Mientras volvía la mirada hacia la cada vez más tensa discusión, se acercó discretamente unos pasos hacia el corredor de apuestas.

—Cien de oro por el Clamañublo —dijo.

A buen seguro, todos los demás apostarían por el orco. Pero Renzik había pasado suficiente tiempo en compañía de humanos para saber que solían sobreponerse a las mayores adversidades, en especial cuando su orgullo, o su corazón, estaban en juego. En el caso del Clamañublo, Renzik sospechaba que aún era lo bastante humano cuando se le tocaban las dos cosas.

—Te debo un cierto respeto, anciano —decía Nathanos—. Por eso me estoy conteniendo y te aviso: no vuelvas a irte de la presencia de mi señora sin su permiso… o responderás ante mí.

Colmillosauro hizo la cosa más provocadora que podía haber hecho en aquel momento. Se rio.

Y entonces empezó a aplaudir, lentamente.

—Yo también me estoy conteniendo, cachorrito —dijo—. Por eso no te arranco esa cabeza demasiado humana que aún tienes. Debes aprender una lección: el respeto se gana, y tú aún tienes que ganarte el mío.

—Quizá me lo gane cuando tu sangre convierta en fango las arenas de Orgrimmar.

Colmillosauro se estiró tanto como le permitió su curvo espinazo orco y separó los brazos como si fuera a abrazar al Renegado.

—¡Te invito a intentarlo! Si lo haces, la jefa de guerra tendrá que buscarse un nuevo juguete.

Nathanos Clamañublo profirió un inusitado rugido de furia que sorprendió —y llenó de esperanzas— a Renzik.

«Me voy a forrar con esto», pensó frotándose las manos con entusiasmo mientras el campeón Renegado se abalanzaba sobre el alto señor supremo.

♦ ♦ ♦

—Una pelea —repitió Tyrande, tan incrédula ante la noticia como Anduin. Su ayudante, la centinela Cordressa, consiguió mantener el rostro estoico. Más o menos.

—Una pelea —les aseguró Shaw—. El informe viene directamente de mi segundo al mando.

Anduin miró a los reunidos alrededor de la mesa en los jardines reales. Más tarde o más temprano, durante la visita oficial de la suma sacerdotisa Tyrande Susurravientos y Velen, el profeta draenei, era inevitable que se trasladaran a la sala de mapas del castillo de Ventormenta. Pero, de momento, discutirían el espantoso asunto de la estrategia de guerra a cielo abierto, rodeados de vegetación. Estaba seguro de que Tyrande y Cordressa agradecerían el gesto. Ardía en deseos de cumplir todas las obligaciones de un buen anfitrión y de un rey responsable, aunque nunca se habría imaginado que tales obligaciones incluirían hablar de una pelea a puñetazo limpio entre el alto señor supremo Colmillosauro y Nathanos Clamañublo.

La última vez que Anduin se reunió con Tyrande fue en Darnassus. Fue allí a agradecer a los elfos de la noche su ayuda contra la Legión… y a hablar de lo que debían hacer con la azerita que acababan de descubrir. Todos eran dolorosamente conscientes de que Teldrassil y el Exodar eran los últimos bastiones de la Alianza en el continente de Kalimdor, y tanto Velen como Tyrande se mostraron de acuerdo en que era necesario vigilar la espada de Sargeras y la sustancia que empezaba aflorar en aquella zona.

—¿Y quién ganó?

Quien lanzó la pregunta no fue otro que Genn Cringrís.

—Colmillosauro. Aunque, según mi agente, la cosa estuvo mucho más reñida de lo que cabía imaginar —dijo Shaw—. Por lo que cuenta, ambos participantes salieron de allí arrastrándose.

—¿Sabe tu agente si han castigado a Colmillosauro? —dijo Anduin.

—Todo lo contrario —respondió Shaw—. La reprimenda se la ha llevado Nathanos.

—Entonces, ya ha sucedido —dijo Anduin con voz queda.

Todas las cabezas se volvieron hacia él.

—¿El qué? —preguntó Genn.

El joven rey los miró uno por uno.

—Han tomado una decisión. Sylvanas se ha puesto de parte de Colmillosauro, en detrimento de su campeón. No tardará en ponerse en marcha. A juzgar por lo que nos han contado tus espías, Shaw, Nathanos estaba en contra. Según él, sería un desperdicio de recursos. ¿No eran estas las palabras que utilizaste?

-Así es —le confirmó Shaw.

—Entonces, es probable que este fuera el último empujón que necesitaban. Las tropas de la Horda se dirigirán a Silithus.

—Esta urgencia tan repentina… —dijo Velen, ceñudo— no tiene sentido. Hace ya mucho que Magni nos informó sobre la azerita y su verdadera naturaleza. A la Horda y a la Alianza por igual. ¿Por qué actuar ahora? ¿Qué sabe Colmillosauro que nosotros desconozcamos?

—Puede ser algo tan simple como las ganas de combatir de un viejo guerrero —dijo Cringrís.

—No —respondió Tyrande—. Colmillosauro no es tonto y no derrocharía recursos ni soldados solo para satisfacer su ego. Si tanto se empeña es porque existe una buena razón.

—Seguro que han descubierto una manera de forjar armas con azerita —apuntó Cringrís.

—No apostaría contra ti, rey Cringrís. —Tyrande dirigió su brillante mirada a Anduin—. Tienes razón, rey Anduin. Las cosas están yendo a más. Cuando recibí tu última misiva, ordené a la general Plumaluna que se dispusiera a recibir soldados. Si estamos todos de acuerdo en ello, estoy dispuesta a enviarlos de inmediato. Pueden llegar a Silithus antes que la Horda.

Un escalofrío recorrió a Anduin y le dejó una sensación glacial en la boca del estómago. Pese a todo lo que había visto en su joven vida, todo lo que había soportado y perdido, nunca había estado en esa situación: al borde del estallido de una guerra a gran escala, con todo su abominable horror. Armamento, tropas, soldados, pícaros, bombas, veneno, matanzas. ya eran de por sí terribles, pero si añadías la azerita a la mezcla, ¿quién sabía qué horribles cambios podía provocar? Si estallaba esa guerra, los muertos se contarían por decenas de miles, si no centenares.

Anduin tragó saliva y se dio cuenta de que todas las miradas estaban puestas en él. No sabía si darle las gracias a Tyrande o maldecirla. Ella, una veterana de milenios de contiendas, no había pronunciado la horrible palabra de seis letras. «Estoy dispuesta a enviarlos de inmediato», acababa de decir y, con este circunloquio —que era tan preciso e intencionado como su puntería en combate— dejaba en sus manos la responsabilidad de dar los primeros pasos hacia una guerra palpable., porque Anduin no podía concebir una situación en la que Varok Colmillosauro marchara con sus tropas para no usarlas.

¿Sería por eso que el viejo orco y el campeón de la Dama Oscura habían llegado a las manos? ¿Porque Sylvanas no quería una guerra con la Alianza? Tan pronto como se le pasó esta idea por la cabeza, tuvo que descartarla como si fuera el anhelo esperanzado de un niño que ansiara la paz. Sylvanas Brisaveloz había demostrado una y otra vez, con una rotundidad que no dejaba lugar a dudas, que ardía en deseos de entrar en guerra con la Alianza.

Se pasó la lengua por los labios, resecos de repente, y tomó una gran bocanada de aire. «Luz, te lo ruego, guíame en esto».

—Traslada tus tropas, suma sacerdotisa —dijo a la líder de los elfos de la noche.

Para su sorpresa, su voz sonó fuerte y decidida. No había duda de que la Luz lo guiaba, y las palabras salían de sus labios con claridad y facilidad.

—Envíalas a proteger la Alianza. Si de verdad la Horda intenta apoderarse de Silithus, nosotros ya tendremos una punta de lanza allí. Confío en tu buen juicio para usarlas. Yo preferiría que solo fuera en tareas de reconocimiento y disuasión.

—Igual que yo, rey Anduin. La guerra es algo terrible.

La voz de Tyrande tembló al hablar. No de miedo, imposible en ella, sino por el conocimiento de unos horrores que Anduin, aunque viviera hasta los cien años, nunca alcanzaría a comprender del todo.

El rey se volvió para mirar a Velen, con una ceja del color del agua enarcada e inquisitiva.

Sentía pena por él. El draenei había visto muchísimas guerras, puede que más que la propia Tyrande.

—Esperaba un poco de paz después de derrotar a la Legión —dijo Velen con un suspiro—.

Pero estoy de acuerdo con los dos. Envía las tropas, suma sacerdotisa. Envíalas y recemos para que no tengamos que necesitarlas.

Así se hizo.

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