Elegía: Cuarta parte

La resistencia final

Por Christie Golden

Los cobardes están a punto de tomar
la joya de nuestra ciudad.
Una última vez, plantaremos cara.
En el último acto de la función,
bajo la luz de las lunas,
entre los destellos de nuestras espadas
y el cantar de nuestras flechas,
triunfaremos…
o caeremos.

«Regresa ya. La Horda ha invadido Vallefresno y se dirige al Árbol del Mundo. Vuelve antes de que te sea imposible».

Mia le dio las gracias al correo, que tenía cometidos mucho más importantes que llevar cartas de Genn Cringrís a su esposa. Dobló la misiva y se la guardó al lado del corazón. Las palabras eran francas y directas. A cualquier otra le habrían parecido frías o incluso autoritarias, pero, tras décadas de matrimonio, Mia sabía exactamente qué significaba aquella carta tan escueta. Que su marido estaba preocupadísimo por ella.

Y hacía bien en estarlo.

Pero ella también hacía bien en quedarse allí todo cuanto pudiera.

No le había costado más de un par de horas enviar a todos los gilneanos a Ventormenta, pero amaba a las gentes de Darnassus y se quedaría hasta el último momento. Se había convertido en la embajadora de Ventormenta, a falta de otra. Permanecía al borde del Templo de la Luna para que pudieran verla, y dirigía el cada vez más consternado torrente de elfos de la noche, asegurándoles que encontrarían ayuda y refugio en el reino de los humanos.

Astarii fue a verla durante uno de esos momentos de calma que cada vez eran más raros.

—Tengo el corazón dividido —dijo la sacerdotisa—. Me gustaría que estuvieras en Ventormenta, pero a la vez me alegro de que estés aquí. Ellos confían en lo que les dices… y tu pueblo y tú os habéis ganado esa confianza. Si dices que estaremos a salvo en Ventormenta, es que es verdad.

Las amables palabras produjeron unas lágrimas inesperadas en los ojos de Mia.

—Mi esposo está al otro lado, esperando para recibirlos. Sacaremos a todo el mundo.

«De un modo u otro», pensó, aunque sin llegar a decirlo.

—No digas eso —respondió Astarii en voz baja para que solo la oyera Mia—. Esa parte, al menos, no es cierta.

El corazón de Mia se estremeció al oír esas palabras porque sabía que decían la verdad.

—Haces que me avergüence, amiga mía.

—No era mi intención.

—Lo sé, tienes razón.

Se volvió para contemplar de nuevo la multitud.

—Encontraremos refugio para todos los que lleguen a Ventormenta. Y enviaremos soldados para liberar a quienes no lo consigan.

Levantó la barbilla, desafiante.

—Y mi marido encabezará la carga.

Astarii volvió a sonreír con calidez.

—Eso sí me lo creo —dijo.

♦ ♦ ♦

Ferryn no se encontraba entre los druidas que había reunido Tavar.

El miedo cerró una mano helada alrededor del corazón de Delaryn, pero lo alejó a la fuerza.

Si seguía vivo, estaría luchando por su gente en cualquier sitio. Si lo habían matado, ella ya no podía hacer nada. Muchos otros habían muerto. Y más se unirían a ellos muy pronto, quizás ella misma. Había aceptado esa posibilidad hacía tiempo, al convertirse en centinela. Proteger a los kaldorei era la misión de su vida y, en ese momento, hacía cuanto estaba en su mano para darles tiempo.

En cuanto a los muertos… Estaban en el seno de Elune. Sus cuerpos volverían a la tierra. Seguirían existiendo, aunque fuera de una forma distinta.

El plan que propuso fue recibido con horror, tal como esperaba.

—¡Son nuestros amigos! ¡Nuestras familias! —le dijo Mareela, una de las cazadoras de Astranaar, con un rugido escandalizado—. ¡Ya lo han dado todo!

—Sus espíritus ya se han ido —replicó Delaryn—. Y sí, claro que deberíamos devolver sus cuerpos a la tierra con reverencia, pero ahora no tenemos tiempo para ello… Al menos, si queremos salvar a los miles que intentan huir desesperadamente. Los muertos, muertos están, Mareela. Se han sacrificado por salvar vidas inocentes. Y lo harán de nuevo. una última vez.

Delaryn no quería convertirlo en una orden explícita. La idea la destrozaba por dentro, como a todos los que estaban bajo su mano. ¿Habría podido hacer lo mismo de haber sido Cordressa la que yacía allí?

¿O Ferryn?

Y la respuesta se le apareció con tanta claridad como los cadáveres que tenía al lado. Sí, sí que habría podido., porque cada elfo de la noche haría todo lo posible para impedir que la Horda contaminara su resplandeciente ciudad.

—Honraremos su recuerdo —dijo mientras los demás, pese a sus muecas de dolor, obedecían y se marchaban.

Había sacado la macabra idea de las historias de cuando la Horda ocupó el Refugio Brisa de Plata, años antes: aquella vez, dieron caza a los que huyeron y dejaron que sus cuerpos se pudrieran al aire como aviso.

Los elfos de la noche eligieron los cuerpos con cuidado, entre los que habían caído en combate cerca de Astranaar. Examinaron los cadáveres, muchos de los cuales habían sido amigos suyos, para ver si podían disimular sus heridas con espadas, capas u otros ropajes.

Delaryn ordenó también que peinaran las zonas más recónditas del bosque, con la esperanza de recuperar a los que habían caído a manos de los pícaros salidos de las sombras. ¿Cuántos días hacía? Había perdido la cuenta. Demasiados, dedicados solo a luchar, robar unos minutos de sueño y unos bocados de comida cuando era posible, intentando ir un paso por delante de las dos mentes más brillantes de la Horda y de un ejército que superaba a los elfos de la noche en una proporción de ocho a uno. O más, a esas alturas.

Se centró en aquella tarea desoladora. Por alguna extraña razón, había guardado el arma del Renegado que había matado a Anaris. La sacó del cinto y la examinó para cerciorarse de que la letal toxina aún perduraba. Seguía allí, aunque oscurecida por la sangre seca de la antigua comandante de Vallefresno. Se acercó a una centinela que había caído abatida por la flecha de un forestal, se arrodilló junto a la elfa de la noche, le arrancó el astil. y hundió la hoja envenenada en la herida.

Algunos dieron un grito ahogado tras ella, y a la elfa se le encogió el corazón. «Perdóname. Rezo para que salves más vidas hoy».

Al retirar la hoja, la torció para que la mancha negra como el carbón que dejaba el veneno fuera visible en la entrada. Luego pasó al cadáver siguiente. Al cabo de unos instantes, el resto de centinelas la imitaron. Al verlo, sintió que la embargaba un profundo amor porque sabía exactamente lo mucho que les costaba… y la confianza que mostraban en su liderato con aquel gesto.

Tavar le había conseguido varios frascos de veneno para la aciaga tarea. Delaryn le dio las gracias al joven picaro, mientras se odiaba por lo que iba a pedirle.

—Eres muy hábil y tienes mucho talento —le dijo.

El color de las mejillas del elfo se intensificó e hizo una reverencia.

—Me honra que pienses eso.

—Pues debería preocuparte —replicó Delaryn—. Estoy a punto de pedirte algo que probablemente te cueste la vida.

Tavar recobró la compostura e hizo un ademán hacia los cadáveres que lo rodeaban.

—En tal caso, será un honor unirme a ellos.

El valor que demostraba casi hizo llorar a la elfa. Pero no podía permitirse ese lujo. Elune sabía que habría tiempo para las lágrimas, y para entonar elegías en honor de los caídos, si alguno sobrevivía para llorar o cantar.

—Te mueves bien en las sombras. ¿Qué tal se te da matar?

El chico sonrió casi con crueldad y, por un momento, dejó de parecer tan joven.

—Muy bien.

—¿Y disfrazarte?

—Como a nadie.

—Casi se diría que no hay nada que no puedas hacer, Tavar —dijo ella, a punto de reírse—.

No respondas solo para impresionarme —añadió con más seriedad—. Hazlo con sinceridad. Ya no podemos permitirnos el lujo de fallar.

—Soy capaz de matar, y lo he hecho —repuso el elfo, muy serio también—. Y soy un maestro con los disfraces.

—Demuéstralo.

—¿Ahora? —preguntó Tavar, dubitativo.

—Ya habrá tiempo luego de prepararte con la ropa adecuada. De momento, enséñame el cuadro que sabes pintar utilizándote a ti mismo como paleta de colores.

Una vez más, el elfo titubeó. Delaryn, irritada, se dio la vuelta… y entonces se detuvo al sentir que una mano la cogía del brazo. Era regordeta, al contrario que la de un elfo de la noche: los dedos más cortos, la palma más ancha. Al volverse, se encontró con la cara de un humano de finos rasgos que la miraba desde más abajo.

—Es lo mejor que puedo hacer de momento —dijo Tavar con el marcado acento de un nativo de Ventormenta.

Y solo entonces, con un sobresalto, reparó Delaryn en sus largas orejas de kaldorei. De alguna manera, por increíble que parezca, sus ojos no se habían fijado en ellas.

—Vuelve a adoptar tu forma —dijo mientras hacía un gesto de cabeza.

El elfo se puso derecho y la sombra engañosa que lo había envuelto se esfumó.

Delaryn caviló un instante.

—¿Y qué tal se te da hacerte pasar por un Renegado?

Tavar esbozó una sonrisa.

♦ ♦ ♦

Todo dependía de una artimaña y aquello no era el fuerte de Delaryn. Pero era la única opción que le quedaba, aparte de luchar y morir aplastada por las máquinas de asedio en la implacable marcha de la Horda hacia Teldrassil.

Cuando los batidores volvieron con la noticia de que los exploradores de la Horda se encontraban a pocas horas de distancia, la compañía de Delaryn se fundió con las sombras del bosque que rodeaba Astranaar. La elfa, apostada en un árbol, pensaba en lo fácil que le habría resultado a Ferryn trepar por él. Casi podía verlo en la rama más alta, moviendo la cola con gesto juguetón mientras esperaba a que ella lo atrapara.

Debería aceptar que había muerto. Pero, si lo hacía, tendría que llorarlo; y era algo que no se podía permitir. Aún no. Así que se dijo que el elfo estaría combatiendo en algún otro lugar; Elune sabía que había abundantes oportunidades de matar a los de la Horda. «Y él disfrutaba con una buena pelea».

»Disfruta con una buena pelea».

La primera prueba llegó con los exploradores de la Horda. ¿Notarían algo raro? «Parecen cansados», pensó Delaryn. Y, en efecto, tras una batida superficial por el perímetro del lago de Astranaar (durante la cual no encontraron rastro alguno de los elfos que se escondían tan solo a unos cientos de metros de distancia), uno de ellos —un elfo de sangre— encajó la punta de la bota bajo un cadáver y lo levantó para inspeccionarlo.

—La hoja de un picaro —dijo.

—Aquí también —contestó un trol. Olisqueó un segundo cuerpo—. Sangre.

Delaryn se puso tensa. ¿Investigaría más el trol? ¿Levantaría la capa y descubriría la enorme herida de espada que ocultaba? De ser asi, no les quedaría más remedio que matar a los exploradores y dejar la zona en manos de la Horda.

—Poh huele a veneno —continuó el trol.

—Los que no han muerto habrán huido, imagino —dijo el elfo de sangre—. Cobardes.

—Esoh «cobardeh» han matado a muchoh de los nuehtroh —respondió el trol.

El otro explorador se encogió de hombros.

Delaryn, exhausta como estaba, habría sido capaz de gritar de alegría.

Pasaron las horas. La infantería de la Horda llegó y montó un campamento en aquella isla tan defendible…, tal y como Delaryn había pretendido.

Llegaron carros y caravanas con un estruendo sordo. Delaryn tenía los músculos doloridos por la inmovilidad, pero se puso tensa al ver que el alto señor supremo Colmillosauro bajaba de un carromato. Era más astuto y más cuidadoso que todos los que había visto en aquel ejército. ¿Notaría él lo que se les había escapado a los demás?

No lo hizo. Se limitó a preguntar por un combate que no había tenido lugar y gruñó de aprobación cuando una orco sugirió que los pícaros habían matado a los elfos de la noche.

Colmillosauro pasó al alcance de las flechas de Delaryn, pero la elfa no disparó, ni nadie.

En silencio, agradeció a Elune el autocontrol y la disciplina que habían demostrado todos, ella incluida. Una hora más tarde llegaron las odiosas máquinas de asedio y se detuvieron en el camino principal de Astranaar.

Delaryn se dejó resbalar un poco por el tronco y reanudó su vigilancia desde una rama más baja. Era lo bastante larga para ofrecerle una vista excelente del interior de la posada, así como de una de las entradas. Estableció contacto visual con Tavar, que estaba en otro árbol, y asintió.

El elfo le devolvió el gesto con la cabeza. y desapareció. Media hora más tarde, un Renegado más alto que la mayoría, con la armadura y el emblema de la guardia personal de Sylvanas Brisaveloz, se acercó a la posada. A la elfa le costó varios segundos darse cuenta de que se trataba del joven Tavar. «Elune te ha bendecido con un don, por oscuro que sea —pensó—. Que sus bendiciones te acompañen».

Tavar entró en la posada con andares confiados. Aquella era la prueba final, de la que dependía todo. Si lo conseguía…

El elfo se detuvo en la entrada. Delaryn se inclinó hacia delante, estiró el cuello para oír mejor, y quedó maravillada ante el extraño y sepulcral timbre de voz del Renegado. Era muy bueno.

—¿Alto señor supremo Colmillosauro? Fuera, vamos.

Colmillosauro, sin embargo, no estaba de humor para cooperar. Lanzó una mirada a Tavar y luego devolvió su atención a los mapas. Dijo algo que Delaryn no alcanzó a oír. La elfa trató de aguzar aún más el oído.

—La jefa de guerra te aguarda —insistió Tavar—. ¿Es que no sigues sus órdenes, alto señor supremo?

Delaryn frunció el ceño. «Ten cuidado, Tavar».

Por suerte, no parecía que Colmillosauro hubiera reparado en nada raro, porque hizo ademán de dirigirse a la puerta. Y entonces se detuvo.

«¿Lo habrá.?».

No lo había descubierto. Colmillosauro solo se había dejado el hacha encima de la mesa, y la recogió.

Pero otra orco había reparado en lo que no viera su comandante. El corazón de Delaryn se desbocó al ver que se interponía entre Colmillosauro y Tavar y decía algo que no llegó a entender.

—Soy el emisario de la reina —dijo Tavar—. Eso debería bastar para los de vuestra calaña.

La elfa captó un atisbo de pánico en su voz y rezó a Elune para que el enemigo no hubiera hecho lo mismo.

Colmillosauro aferró el hacha y pronunció más palabras inaudibles para ella.

—Tienes tus órdenes. Sal, alto señor supremo. ¿Cuánto tiempo más piensas desobedecer a la jefa de guerra? —Tavar se había repuesto un poco y su voz sonaba casi aburrida.

Pero ya era demasiado tarde. Delaryn lo comprendió, al igual que, sospechaba, el joven elfo.

Colmillosauro se acercó a grandes zancadas y, esta vez, Delaryn sí pudo oír al viejo orco.

—Creo que a ti te importa bien poco la jefa de guerra. Dime, elfo de la noche, ¿por qué nombre te llama Malfurion?

«No, por favor… Elune».

—¡Saca tus armas, asesino, o muere huyendo!

Delaryn no podía hacer nada. Impotente, afligida y enojada, contempló cómo se abalanzaba Colmillosauro sobre él, al tiempo que Tavar, tan joven, tan prometedor y lleno de talento, desenfundaba las dagas y atacaba al señor supremo de la Horda. Sin dar en el blanco.

Al contrario que Colmillosauro, cuya hacha segó cruelmente el cuello del joven.

El disfraz se desvaneció mientras el elfo caía sobre los tablones del suelo y, a través de la luz trémula de unas lágrimas fútiles, Delaryn vio sus verdaderas facciones por última vez. El orco también lo hizo, y su verdoso rostro se arrugó de sorpresa al constatar la juventud de su oponente.

Colmillosauro dijo algo con voz casi afable. Tavar escupió en las botas del señor supremo antes de morir.

Y entonces, demasiado tarde ya para Tavar, Colmillosauro salió con decisión de la posada. Delaryn había creído que ya estaba a salvo de la tristeza, pero se equivocaba. Sus manos se aferraron a las ramas. «Lo has conseguido, Tavar. Ve en paz».

—¡Escuchad bien! ¿Necesita la Horda que se le recuerde que estamos en guerra? —resopló Colmillosauro, irradiando furia—. ¿Necesita la Horda.?

Se interrumpió.

«No» —gritó Delaryn para sus adentros.

Cansado por los combates y la falta de sueño, el anciano guerrero casi —casi— había bajado la guardia lo suficiente para que la emboscada funcionase.

«Aún funcionará», se dijo la centinela.

El alto señor supremo de la Horda corrió a la supuesta seguridad de la posada de Astranaar, pero el suelo empezó a estremecerse bajo sus pies, como una fiera que se dispusiera a atacar. Delaryn sintió el aire denso y pesado, y se permitió dibujar una sonrisa fiera, casi cruel, cuando el pelo se le puso de punta. Se tapó las orejas. El brutal estruendo, casi como el de una roca al estrellarse desde un acantilado, estuvo a punto de ensordecerla mientras la tierra se sacudía por el impacto.

Malfurion Tempestira, lleno de furia, gracia y poder, aterrizó allí donde Colmillosauro había estado apenas un segundo antes.

—¡Lok’Narash! —gritó Colmillosauro.

«Sí, a las armas», pensó Delaryn.

«Ahora». Por Tavar y Vannara y Marua, y hasta por Anaris. Por Ferryn, por todos los que habían muerto. Delaryn no creía en la venganza, pero sí en la justicia. Y aquello… aquello era justicia.

Con desgarradores gritos de guerra, la compañía de elfos se dejó caer de los árboles donde se ocultaba y se unió a su querido shan’do en combate.

Había desaparecido aquel shan’do amable y protector que hablaba en voz baja y cuyos movimientos eran tan delicados que apenas parecían dañar la hierba que hollaba con sus pasos felinos. En su lugar se encontraba una encarnación de la naturaleza iracunda. ¿Se había vuelto más alto, incluso? Parecía erguirse amenazador sobre la Horda, que empezaba a huir. Hasta los tauren parecían débiles y frágiles en comparación. Delaryn se estremeció de fiera alegría al acariciar ya la victoria. y la muerte de Colmillosauro.

La emboscada había cogido a la Horda casi completamente por sorpresa, lo cual los convertía en blancos fáciles mientras intentaban recobrarse. Los acorralados kaldorei, en gran inferioridad numérica, fueron capaces de compensar esa desventaja durante los primeros momentos.

Delaryn aprestaba sus flechas, disparaba y volvía cargar una y otra vez. Siete soldados de la Horda cayeron con saetas en los ojos y gargantas antes de haber podido discernir siquiera de dónde venía el peligro. Los druidas que había entre ellos eran como depredadores en busca de presas, y los guerreros. Sus armas partían a los enemigos en dos, cercenaban cabezas y perforaban armaduras. Los soldados de la Horda caían como moscas.

Malfurion había perseguido a Colmillosauro hasta la posada. Unos gritos de agonía brotaron del interior, junto con un resoplido desafiante del señor supremo. Delaryn no pudo dedicarle mucha atención, pero captó una palabra entre aquella algarabía: «mak’gora». El viejo orco estaba desafiando a Malfurion Tempestira a un duelo de honor.

Casi. casi resultaba gracioso. Más tarde podría reírse con un vaso de vino en la mano, mientras brindaba con Ferryn en la Darnassus que habrían salvado.

Pero en ese momento debía seguir matando.

No oyó la respuesta de Malfurion al desafío, pero sí los gruñidos y los crujidos. Entonces vio cómo brotaban las raíces del suelo con explosiva violencia y recorrían las paredes de la posada agarrando con sus zarcillos la piedra sólida y destrozándola. El ruido era ensordecedor, y los valientes guerreros de la Horda vacilaron.

Eso les costó caro. Muchos de ellos cayeron ante los kaldorei.

Y entonces el tejado se desplomó con Colmillosauro todavía dentro.

Elune les sonreía.

Pero entonces… Un estremecimiento repentino se apoderó de Delaryn. Un instinto más viejo que el tiempo la hizo retroceder. Los pelos de los brazos se le pusieron de punta otra vez, pero no por la presencia de Malfurion y de su casi divino poder sobre la naturaleza, sino a causa de otra cosa. Algo retorcido, perverso y antinatural.

La flecha, con una estela fantasmal y oscura de humo violeta enroscada cual serpiente alrededor del astil, no estaba dirigida a ella, pero pasó a un dedo de su mejilla. Unos metros más allá, Malfurion cruzó los brazos delante de su rostro y las plumas que los recubrían ondearon por el gesto. La flecha explotó delante de él y el druida apareció envuelto en una luz verde esmeralda, el color de la naturaleza. El color del desafío de los kaldorei.

—¡No! —exclamó Delaryn con un grito de protesta angustiada y colérica que le desgarró la garganta.

«¡Los teníamos! ¡Esto debía haber terminado aquí!».

Su grito llamó la atención de la Reina alma en pena. Ya había cargado y disparado una segunda flecha, pero se detuvo y se dio la vuelta. En aquel instante, otro temblor sacudió la tierra y lo que quedaba de la posada se vino abajo.

Unos ojos rojos y refulgentes se encontraron con los de Delaryn y unos labios oscuros se curvaron en una sonrisa sádica. La mirada atravesó a Delaryn como la propia flecha. Y entonces Sylvanas Brisaveloz dirigió toda su atención hacia un adversario más digno.

Delaryn habría tenido que sentirse afortunada. Pocos habían sobrevivido tras ser blanco de esa mirada. Pero lo único que podía sentir —mientras Malfurion gritaba desafiante y la verde energía de la vida chocaba con la miasma de muerte desolada de Sylvanas— era amargura. Amargura y frialdad.

Una ovación desenfrenada brotó de la Horda. La aparición de Malfurion los había dejado perplejos y el derrumbamiento de la posada sobre su alto señor supremo, atónitos. Pero esta inquietud se vio sustituida por una furia renovada ante la presencia de su jefa de guerra.

Malfurion había previsto la llegada de Sylvanas Brisaveloz y había enviado instrucciones a Delaryn sobre lo que debía hacer si ocurría: «Si Elune quiere, Colmillosauro morirá y el resto de sus fuerzas quedarán desmoralizadas antes de que ella llegue. Y, aunque no sea así, debes retirarte hacia el norte —le había escrito—. Si puedo, me reuniré con vosotros en la frontera entre Vallefresno y la Costa Oscura».

Retirarse al norte por si, por algún milagro, la flota que se dirigía hacia Feralas había recibido el mensaje de Malfurion y había llegado a tiempo.

«Hemos estado muy cerca».

Delaryn se llevó el cuerno a los labios y tocó a retirada.

Astranaar había sido una buena elección para una apuesta peligrosa, una apuesta que había salido bien, al menos en parte. No obstante, el terreno septentrional de Vallefresno, con el océano a un lado y una escarpada cordillera al otro, era más favorable todavía a los elfos de la noche. Si la Horda quería cobrarse su premio, se vería obligada a cruzar el bosque por un camino muy angosto.

Y había algo más que ayudaría a los elfos de la noche, algo que quizá no hubiera previsto el enemigo.

♦ ♦ ♦

Libre del hostigamiento de los kaldorei, la Horda cruzó la zona noroeste de Vallefresno a un ritmo sorprendente. Ya saboreaban la victoria y eso les daba alas.

«No deis esa pieza aún por cobrada —pensó Delaryn—. Os plantaremos cara mientras uno de nosotros siga respirando… e incluso después».

Tal y como prometiera, Malfurion se reunió con las fuerzas de Delaryn en la frontera. Con él iba alguien a quien la comandante había temido no volver a ver: Eriadnar. Las dos se abrazaron con fuerza mientras Delaryn daba las gracias a Elune por la supervivencia de su amiga. Eriadnar, el archidruida, Delaryn y los restos de la compañía aguardaron, terriblemente diezmados desde aquel primer momento terrible en el que Ferryn había acabado en el árbol con el asesino que había intentado matarlos. Los elfos de la noche contrarrestaban su odio, sus ganas de actuar, con la paciencia de quienes han tenido una vida muy larga.

Enviaron a Delaryn al sur, a vigilar y seguir al enemigo. La Horda había levantado un campamento provisional en la orilla, cerca de las ruinas del puesto de avanzada de Zoram’gar, al descubierto, donde sabían que no se aventurarían los elfos de la noche. La jefa de guerra estaba ahí, una figura esbelta y ágil que destacaba entre los trols, tauren y orcos, más voluminosos. La centinela sintió una punzada de decepción al ver que Colmillosauro había sobrevivido a su encuentro con Malfurion.

El orco se encontraba demasiado lejos para entender lo que decía, pero estaba gritando y varios soldados se adelantaron en medio de una ovación. Pedía voluntarios. Cerca de un centenar de tropas de la Horda, armadas hasta los dientes, abandonaron la playa y se encaminaron hacia las sombras del bosque.

«Sigue avanzando, Colmillosauro. Te estamos esperando. Todos lo hacemos».

La habían entrenado para respetar a los rivales dignos. Aun así, mientras los seguía durante varias horas, sin dejarse ver, se regocijó con fiereza al ver cómo avanzaban, paso a paso, más nerviosos a cada momento al ver que no los atacaban. A veces, la paciencia era algo delicioso.

«Espectáculo», le había escrito Malfurion en sus instrucciones. Delaryn no había entendido entonces a qué se refería. Pero ahora sí. Estaban a punto de representar una obra de teatro letal que dependía de la ilusión, de la verdad a medias y del misterio.

Así que aguardó. El bosque estaba iluminado por unos orbes brillantes e insustanciales que se movían con rapidez o quedaban suspendidos en el aire. A quienes no comprendían lo que eran les parecían bonitos, y ligeramente cautivadores. Los demás los contemplaban con respeto, reverencia, gratitud… o miedo. Eran los fuegos fatuos, los espíritus de los kaldorei que habían muerto. Por un momento, Delaryn se preguntó si alguno de los caídos aquel día, tal vez el propio Ferryn, estaría ya entre ellos, pero desterró la idea. Más que nunca, no había tiempo para distracciones.

Un trol agitó una mano gruesa de tres dedos, molesto por unos fuegos fatuos que lo sobrevolaban como saetas. Un tauren meneó la cola y contrajo las orejas, como si esas luces, no más grandes que la cabeza de un kaldorei, fueran solo insectos zumbantes.

«Necios —pensó Delaryn—. Seguid avanzando.».

A Colmillosauro le costó varios minutos más darse cuenta del peligro. En la lengua horrible y gutural de los orcos, gritó la orden de retirarse. El miedo teñía su voz.

Y no sin razón. En grupos pequeños, los espíritus de los muertos eran inocuos, ciertamente. Pero en gran número podían acabar con un señor de los demonios. y lo habían hecho.

Y en aquel momento. Malfurion Tempestira llamó a los actores principales de la obra para que subieran al escenario. Su voz retumbó como un trueno:

—¡Ash karath! —gritó—. ¡Adelante!

Sus palabras fueron tanto una orden para los espíritus como un desafío provocador para la Horda. Estos últimos se retiraron a toda prisa. Al menos, los más sensatos entre ellos, que habían hecho caso a Colmillosauro.

Las tinieblas se iluminaron en cuanto los fuegos fatuos obedecieron al shan’do. Las fuerzas de la Horda que se habían aventurado entre las sombras de los árboles comprendieron demasiado tarde lo que sucedía. Los fuegos fatuos cayeron formando una lámina sólida de luz sobre los necios o confundidos que no habían huido con su comandante y los hicieron desaparecer., pero no los acallaron. Sus alaridos de tormento resonaron por todo el bosque. Para regocijo de Delaryn.

Los soldados restantes huyeron frenética e inútilmente. Un orco enorme y cargado de armas tropezó con una de las raíces que serpenteaban por decenas por el suelo y cayó de bruces sobre el duro suelo. Una nube blanca y silbante descendió sobre él. Un momento después, la nube se alzó y se dirigió hacia la siguiente víctima de la cólera de los fuegos fatuos, sin dejar tras de sí más que un esqueleto carbonizado y un puñado de cenizas.

—¡A mí! —gritó el shan’do.

Era el turno de los elfos de participar en aquella obra de vida y muerte. Surgieron de la maleza o saltaron de las ramas donde se habían escondido para unirse a su líder en pos del enemigo. Los fuegos fatuos zumbaban enfurecidos, hostigando a los miembros de la Horda que huían a todo correr por donde habían venido.

Delaryn estimaba que más de un centenar habían acompañado al alto señor supremo. Solo un puñado de ellos —apenas una docena— consiguió volver a la costa, cerca del puesto de avanzada de Zoram’gar. El resto había sido pasto de los fuegos fatuos.

Cuando sus soldados llegaron a las lindes del bosque, Malfurion les dio la orden de detenerse con un grito. Levantó sus brazos musculosos y, en un enjambre de luz, los fuegos fatuos volaron hacia él y formaron un muro que ocultaba a sus hermanos vivos.

Unos momentos más tarde, obedeciendo de nuevo su mandato silencioso, la muralla de fuegos fatuos se abrió como un telón y detrás apareció Malfurion Tempestira. Estaba de pie sobre un pequeño promontorio, con todos sus soldados formados delante para parecer más numerosos. Entre ellos se movían las ramas de los árboles, aferrando solo el aire… de momento.

—Esto se ha terminado.

La voz del archidruida, fuerte y resonante, llevó el mensaje por el aire inmóvil hasta la Horda que se apiñaba en la orilla.

—La Horda no dará ni un solo paso más por nuestra tierra, al menos sin pagarlo con la vida. Lo juro.

El telón de luz viviente volvió a cerrarse.

Espectáculo.

Le tocaba a la Horda mover ficha.

Delaryn estaba ligeramente encorvada, pero sonreía.

—Shan’do —dijo—, ¿cómo sabías que esto saldría bien?

Malfurion sonrió también. Normalmente, esta expresión suavizaba su rastro, pero en aquel momento no hizo otra cosa que reforzar su ferocidad. Hizo una gran reverencia ante las luces que habían respondido a su llamada.

—El miedo es una herramienta muy útil cuando se usa con astucia. La Horda es poderosa — dijo, con voz vibrante de resolución— y en sus filas hay mentes muy astutas. Pero muchos de ellos son supersticiosos. Sabía que los espíritus protectores no solo destruirían a quienes alcanzaran, sino que además aterrorizarían a los que consiguieran escapar. Este miedo se extenderá al resto de su ejército.

No podrán avanzar sin enfrentarse a los fuegos fatuos, a nuestras flechas y a la cólera del bosque.

Recorrió con la mirada las caras vueltas hacia arriba.

—Esta es nuestra tierra, nuestro hogar. No vencerán. Lucharemos hasta el último aliento si es necesario. Resistiremos aquí cuanto sea…

El gran druida se interrumpió al notar algo. Alzó la mirada hacia el cielo. Delaryn también levantó los ojos. Al principio no vio nada. y entonces divisó un cuervo de tormenta. El ave aleteó hasta llegar ante el shan’do y se transformó en una joven kaldorei. Se arrodilló ante él, al parecer demasiado nerviosa para mirarlo a la cara.

—Gran shan’do —dijo—. Me envía la general Shandris Plumaluna. ¡Ha llegado la flota!

—¡Elune ha escuchado nuestras plegarias! —exclamó Malfurion, y a su alrededor estalló una ovación.

El ruido de unos cañonazos confirmó las palabras de la joven druida. Delaryn no alcanzaba a ver más allá de la radiante barrera de fuegos fatuos, pero sintió que su corazón se henchía.

Entre el tronar de las armas de los navíos kaldorei, Delaryn y los demás oyeron las órdenes de retirada que lanzaba Colmillosauro. Ya no había manera de que pudieran llevar las máquinas de asedio hasta la orilla. Si lo intentaban, las grandes armas acabarían convertidas en astillas.

El ejército de la Horda estaba atrapado, acorralado entre la furia de los fantasmas de los elfos y la fuerza de sus barcos. Aún podían ganar. Tenían los efectivos necesarios para conseguirlo, pero tendrían que obligar a los fuegos fatuos a retroceder paso a paso, y cada palmo de terreno les saldría muy caro en bajas. Sería un avance lento, sin duda, y tendrían que realizarlo bajo una lluvia de cañonazos. Les llevaría semanas. y los refuerzos de la Alianza habían zarpado hacía días.

«Podemos ganar», pensó Delaryn y estuvo a punto de tambalearse ante la fuerza de esa revelación.

Teshara había regresado junto a Shandris con buenas noticias y una sonrisa feroz, aunque ella y las tripulaciones de la flota ya habían avistado la luz trémula de los fuegos fatuos. Habían expulsado a la Horda de su cómoda posición en la costa hacia las lindes del bosque, donde los aguardaba Malfurion Tempestira.

—El shan’do ha llamado a los fuegos fatuos para que defiendan nuestra patria —dijo—. Nuestras fuerzas se han visto mermadas, pero todos los supervivientes le cortan el paso a la Horda hacia Teldrassil. El enemigo no tiene adónde huir.

Lo dijo con el convencimiento que solo tienen los jóvenes, pero era totalmente cierto, y Cordressa lo sabía. Con esta esperanza renovada, no pudo resistir la tentación de tomarle un poco el pelo a la joven elfa.

—Ah, sí que tienen adónde huir —dijo—. Pueden volverse a casa con el rabo entre las piernas.

La muerte acechaba a la Horda por todos lados si no se retiraba. La flota los cañoneaba desde el oeste; Malfurion y los soldados kaldorei, tanto vivos como muertos, les impedían continuar hacia el norte; y al este se encontraban Frondavil y unas montañas infranqueables.

—No lo celebremos aún —les advirtió Shandris mientras bajaba el catalejo—. Han abandonado la costa, pero si aumentamos el alcance de nuestras armas, corremos el peligro de destruir a los fuegos fatuos.

Aquello fue como un jarro de agua fría para Teshara y Cordressa.

—Pero aún los tenemos acorralados, a menos que se retiren.

—Sí, y podemos contenerlos aquí hasta que lleguen las naves de Ventormenta.

—¿No podemos atacar ya? —preguntó Teshara—. ¿En la playa?

—No han llegado todos nuestros barcos, pequeña, y no tenemos fuerzas suficientes para lograr una victoria decisiva en un combate cara a cara. No, el tiempo está de nuestra parte. De momento tenemos ventaja. Si intentan dispararnos, será la ocasión de destruir sus máquinas de asedio. Esperaremos.

»Y dispararemos de vez en cuando, aunque solo sea para recordarles dónde estamos —añadió con una sonrisa.

♦ ♦ ♦

Las horas pasaron lentamente mientras las unidades de la flota seguían llegando. Algunos dormían a bordo de los barcos. Otros jugaban para matar el tiempo. El crepúsculo tiñó el cielo y

luego cayó la noche. Teshara regresó de un vuelo de exploración para informar de que habían enviado centenares de soldados de la Horda a buscar un camino a la Costa Oscura a través de las montañas de Frondavil. La noticia hizo que Shandris ahogara una risa.

—Sabrán que es una empresa desesperada… —dijo.

Cordressa asintió.

—Menos enemigos de los que preocuparse.

Más tarde, la joven druida se quejó de que se aburría y Cordressa se rio, le despeinó la verde y corta melena, y le dijo que diera gracias por ello.

Todos estaban deseando entrar en acción. Haber llegado tan lejos con tanta rapidez para quedarse ahora sin luchar era frustrante.

Poco después, su deseo se vio cumplido.

La Horda puso en movimiento sus máquinas de asedio. Las tripulaciones pasaron a la acción de inmediato y cañonearon las enormes armas. Varias quedaron destruidas en las primeras andanadas, pero las demás.

No lanzaban piedras contra las naves, lanzaban fuego: proyectiles inestables, mejorados por medios arcanos que prendían en sus objetivos casi al instante. Los barcos más cercanos a la costa fueron las primeras víctimas, y Cordressa contempló con horror e impotencia cómo uno de ellos ardía como la yesca.

—¡Seguid disparando contra las máquinas de asedio! —ordenó Shandris, con las facciones sombrías y tensas por el dolor y la furia.

Las naves kaldorei siguieron escupiendo balas de cañón y gujas, en un intento de destruir los sistemas de disparo de aquellos proyectiles tan mortíferos como antinaturales.

Sobre la superficie del agua se extendían charcos de llamas en busca de más blancos. Tres barcos —no, ya eran cuatro— ardían sin remedio. Los que estaban a bordo saltaron al agua y nadaron frenéticamente hacia las naves restantes.

Algo llamó la atención de Cordressa. Era un movimiento en el agua, pero no era la forma familiar de un elfo de la noche. Era un orco. ¿Qué locura estaba.?

Y entonces lo comprendió.

—¡Intentan abordarnos! —exclamó.

—¡Seguid disparando! —gritó Shandris.

Ambas cargaron los arcos y empezaron a disparar contra las cabezas de la Horda que rompían la superficie del agua.

En cuestión de pocos minutos, la flota había pasado del aburrimiento al caos, de una seguridad casi completa a una destrucción inminente.

Otro barco estalló en llamas. Cordressa siguió disparando.

No podía hacer otra cosa.

♦ ♦ ♦

No sabía muy bien si la Horda había rezado a los dioses, a los loa o sus ancestros, pero, fueran quienes fuesen, habían respondido.

El plan de Malfurion tendría que haber salido bien. Pero si los fuegos fatuos no podían ofrecer un frente compacto, eran tan inofensivos como las gotas de lluvia. Las montañas eran infranqueables… o no tanto. ¿Qué clase de paso desconocido había encontrado la Horda que los elfos de la noche, que llevaban tanto tiempo viviendo allí, habían pasado por alto?

La batalla había pasado a librarse en dos frentes: por delante y por detrás de su posición. Sus enemigos estaban dispersando a los fuegos fatuos. y matándolos.

Percibió su presencia. Estaba cerca. Había atraído a la Reina alma en pena en una persecución, pero el tiempo de la huida había terminado.

Así acabaría todo: no con la flota de Ventormenta acudiendo en su ayuda ni con los fuegos fatuos destruyendo al enemigo, sino en el caos, destrozados por la misma trampa que, a primera vista y a tenor de la lógica, tendría que haber funcionado.

«Mi pueblo es el que está atrapado ahora —pensó Malfurion—. No puedo salvarlos, pero al menos puedo mitigar el desastre».

No había tiempo para escribir una carta, pero tampoco podía dejar de hacerlo. La joven druida, Teshara, cogió la misiva con una mano temblorosa. Sus grandes ojos estaban cubiertos de lágrimas.

—Ve a Darnassus —le dijo a la chica-. Haz que te envíen a Ventormenta por un portal. Entrega esto a mi señora.

—¡Quiero luchar! ¡Oigo el ruido de la batalla!

—Nos harás un mejor servicio a tu gente y a mí si obedeces mis órdenes.

Ya habría tiempo de sobra para luchar. La batalla por recuperar el Árbol del Mundo sería encarnizada y quizás entonces se arrepintiese de sus palabras.

Teshara tragó saliva e hincó una rodilla en el suelo.

—Ha sido un honor servirte, shan’do —dijo con la voz cargada por la emoción.

Luego se levantó de manera vacilante, saltó y se transformó en un cuervo de tormenta.

Delaryn llegó corriendo hasta el druida, con la respiración entrecortada. Tenía la armadura salpicada de sangre, aunque no parecía suya.

—No podemos contenerlos más —dijo.

El archidruida levantó los ojos hacia el cuervo de tormenta y lo siguió con la mirada hasta que desapareció en el cielo.

—Sylvanas me busca de nuevo —le dijo con calma—. Esta vez, acudiré a su encuentro y la retrasaré tanto como Elune me permita.

Delaryn se había mostrado valerosa y resuelta, y había obedecido sus órdenes, aunque también había sabido improvisar cuando no había tenido más remedio. Había sido fuerte, había mantenido la fe. Tanto ella como aquellos bajo su mando habían luchado sin descanso y habían sacrificado mucho. Pero el ejército de la Horda era simplemente demasiado grande. La mera superioridad numérica les había permitido imponerse a todo cuanto les habían lanzado los kaldorei.

La superioridad numérica, las tácticas de Colmillosauro… y la maligna voluntad de la Dama Oscura.

Unas lágrimas surcaron el rostro de Delaryn. Malfurion se las enjugó con dulzura. Por un momento, la centinela apoyó la mejilla en la gran mano del druida, en busca de consuelo, y respiró hondo. Lo sabía. La Horda tomaría Darnassus. En aquel momento, lo importante era salvar todas las vidas posibles.

—¿Qué me ordenas, shan’do? —preguntó con voz serena.

«Qué valiente. Como todos —pensó Malfurion—. Se merecen más que esto. Ojalá pudiera ofrecérselo, pero lo único que puedo dar es mi vida».

—Lleva tus tropas al norte, hasta el Cabo de la Niebla —contestó—. Cuando estéis ahí., haced cuanto podáis. —Hizo una pausa—. Comandante Luna de Verano. Lo has hecho bien.

Que Elune esté contigo.

La centinela se enderezó, saludó con presteza y se fue corriendo.

Malfurion Tempestira cambió de forma e inclinó su cabeza astada de ciervo mientras sus pezuñas volaban sobre piedra y hierba. Siguió el horrible crepitar de la energía oscura que flotaba por el aire. Si conseguía matarla, la ciudad caería igualmente..pero sería más fácil reconquistarla con la Horda desorganizada.

Y una parte de él quería que ella pagara por lo que había hecho.

Volvió a adoptar la forma de elfo, dio órdenes a las rocas y las raíces, al suelo y a las hojas, y aguardó. Y, cuando ella apareció, tras percibirlo como él la había percibido, elegante incluso en su no-vida, el archidruida descubrió que esa unión con seres mucho más grandes que él se había llevado su furia sin dejar otra cosa que una gran tristeza: por su gente, por su amada e incluso por Sylvanas Brisaveloz.

—No habrá perdón por esto, Sylvanas.

—Lo sé.

♦ ♦ ♦

Anduin había pensado que estaba listo para aquello. Pero, a medida que pasaban los días, con cada nuevo horror, descubrió que nadie podría estar realmente preparado para algo tan devastador.

Los refugiados no dejaban de llegar. Había ordenado que los portales permanecieran abiertos de manera constante por toda la ciudad, pero los magi tenían que comer y dormir, al igual que los refugiados, que se mantenían estoicos a pesar de su desolación. La catedral ya estaba llena a rebosar, y los sacerdotes recorrían Ventormenta ocupándose de las personas hambrientas, cansadas y asustadas como mejor podían. Anduin había abierto las arcas reales para pagar mantas, alojamiento y comida.

Y los posaderos, e incluso los ciudadanos de a pie, habían ofrecido generosamente sus casas y sus establecimientos.

El joven rey sabía que se había salvado de lo peor de la crisis. Velen estaba preparado para regresar a la Isla Bruma Azur si era necesario, pero, hasta la fecha, la Horda parecía obsesionada con marchar sobre Darnassus y los draenei no corrían peligro.

Cuando una joven druida kaldorei, esbelta y con una mata de pelo corto y verde, apareció por un portal con un par de cartas e insistió en que debía entregárselas a Genn y a Tyrande de inmediato, la llevaron en el acto ante la suma sacerdotisa, la cual —junto a Anduin, Genn y Velen— estaba ayudando a los heridos. La mensajera le tendió una misiva a Genn, que miró a la elfa por un momento y luego leyó la nota con rapidez. Suspiró aliviado.

Después de que Tyrande se incorporara y se diera la vuelta, la druida rompió a llorar de repente. Le entregó la carta a la dama y empezó a hablar entrecortadamente en darnassiano. La suma sacerdotisa se puso lívida a medida que leía.

«No —pensó Anduin—. Luz, por favor..

Tyrande acogió a la asolada chica entre sus brazos y la consoló, aunque estaba claro que ella misma acababa de recibir un golpe terrible.

—Lady Tyrande —dijo Anduin—, ¿qué ha sucedido?

La suma sacerdotisa levantó la cabeza lentamente.

—Es la despedida de Malfurion Tempestira.

Los refugiados que la oyeron se quedaron boquiabiertos. Algunos de ellos rompieron a llorar. Velen y Genn parecían perplejos. Y Anduin era incapaz de respirar.

Tyrande prosiguió con una compostura sobrecogedora mientras la chica se aferraba a ella:

—La Horda ha atacado por la espalda a sus soldados y a él, y han dispersado a los fuegos fatuos. Ahora, mi amado se dispone a enfrentarse a Sylvanas Brisaveloz para dar tiempo a los kaldorei a escapar de una ciudad que pronto se convertirá en prisión.

Se enderezó con rigidez.

—Me voy con él.

—Tyrande, no puedes —dijo Anduin.

Tyrande pareció volver a la vida de repente, giró la cabeza y le clavó la mirada al rey. La joven druida, sobresaltada, se apartó un paso.

—¿Estás seguro de que deseas decirme eso? —preguntó Tyrande con la voz temblorosa.

—Dejarías a tu gente sin líder en un momento en que lo necesitan más que nunca —repuso el rey con calma, mientras señalaba a los centenares de elfos de la noche que se hacinaban en la catedral—. Genn, Velen y yo ya nos hemos comprometido a ayudar a los kaldorei a recuperar el Árbol del Mundo. Si mueres ahora, les proporcionarás unas cuantas horas. Si vives, un futuro.

Como única respuesta, Tyrande se puso todavía más derecha y permaneció callada.

—O sea, que vas a ir. —dijo Genn. Tyrande asintió. Él también—. Dile a mi Mia que vuelva. Ya.

Las comisuras de los labios de Tyrande se contrajeron un poco ante la brusquedad de Genn, aunque su sonrisa se esfumó rápidamente.

Anduin comprendió que no podría hacerle cambiar de idea, pero quizá sí ayudarla de otra manera.

—Cuando yo era más joven —dijo—, mi padre y yo nos las teníamos con bastante frecuencia. Jaina me dio esto… para que pudiera escaparme de la fortaleza de vez en cuando.

Rebuscó dentro de su abrigo y sacó una piedrecita. Era plana y gris, y tenía engarzada una espiral azul brillante.

—Es una piedra de hogar —dijo—. La usaba para transportarme a Theramore e ir a verla.

Sonrió con tristeza. Los recuerdos de aquellas visitas eran agridulces.

—Desde entonces, he hecho que la armonizaran con Ventormenta.

Se la tendió a Tyrande.

—Llévatela, sobrevive, encuentra a Malfurion y tráelo de vuelta. Y entonces, juntos, lideraréis a vuestro pueblo y recuperaréis el Árbol. con Ventormenta de vuestro lado.

La elfa contempló la piedra de hogar durante un momento y alargó lentamente el brazo para cogerla. Entonces, Tyrande Susurravientos le dedicó una sonrisa suave y luminosa al rey.

—Haré lo que me dices, rey Anduin Wrynn. Y recordaremos este momento como el principio de esa batalla.

Se inclinó y lo besó con delicadeza en la mejilla. Y luego cruzó el portal hacia Darnassus.

♦ ♦ ♦

Tyrande apareció en medio del caos.

Los elfos de la noche formaban colas compactas, esperando para escapar de la ciudad por el único medio del que disponían, los portales. Los magi que los manejaban parecían exhaustos y sus brazos temblaban para mantenerlos abiertos. Las sacerdotisas, igual de cansadas, intentaban evitar que se descontrolara la muchedumbre. En la poza de la luna, varios kaldorei rogaban a Elune que los protegiera. Los niños, sensibles a la ansiedad de los mayores, lloraban aferrados a los pechos de sus padres.

Al reconocer los presentes a la recién llegada, estalló una ovación por toda la estancia.

—¡Lady Tyrande! —gritó una elfa de la noche mientras intentaba abrirse camino entre la multitud.

—¡Suma sacerdotisa! —chilló alguien más.

—¿Qué está pasando?

La voz era humana, y su dueña alcanzó a la elfa después de abrirse paso a codazos entre el gentío. Tyrande bajó la mirada hacia Mia Cringrís. La expresión de la reina era estoica, pero tenía los ojos muy abiertos y temblaba, aunque solo un poco. La suma sacerdotisa se inclinó para escuchar sus palabras.

—Hemos oído que la Horda ha destruido los fuegos fatuos, que todas las centinelas han muerto y que la Horda se acerca con fuego arcano para quemar el Árbol del Mundo.

—Nada de ello es cierto —dijo Tyrande—, excepto lo de que… la Horda se acerca. —Hizo una pausa, deseando no tener que pronunciar más palabras terribles—. Y van a tomar Darnassus.

Mia tomó aliento, enderezó los hombros y asintió.

—¿Has venido a ayudarnos con la evacuación?

—No puedo —dijo Tyrande con voz quebrada mientras recorría la escena con la mirada.

»Malfurion se dispone a luchar contra Sylvanas. Debo ayudarlo. Si gana ese combate, la Horda sufrirá un duro revés. Hasta es posible que queden desorganizados durante un tiempo, los cual permitiría escapar a más ciudadanos. —Hizo una pausa—. Tú deberías volver con tu esposo, reina Mia. Está muy preocupado.

—Aún no —dijo la mujer negando con la cabeza—. Estoy a pocos pasos de un portal. A Genn no le vendrá mal ejercitar la paciencia un poco más. Vete. Yo seguiré colaborando con las sacerdotisas para que las colas avancen y no cunda el pánico.

Y entonces la reina Mia se subió de un salto al murete de la poza de la Luna.

—¡Ciudadanos de Darnassus! ¡Honrad a vuestra suma sacerdotisa! ¡Va a unirse a Malfurion Tempestira en combate!

La muchedumbre enmudeció y le abrió paso a la sacerdotisa.

Conmovida, Tyrande alzó los brazos y le pidió a Elune que los bendijera. Su gente necesitaba esperanza, coraje y fuerza si quería sobrellevar la carga que iba a recaer sobre su espalda.

—Oh, pueblo mío. No estamos solos —gritó—. Malfurion y yo haremos lo que esté en nuestra mano para salvar a cuantos podamos. Y los que debáis quedaros, ¡no temáis! Si Teldrassil cae en manos de la Horda, la Alianza acudirá de inmediato. Tenemos amigos. Y tenemos nuestra fuerza de voluntad. ¡Somos kaldorei!

La aclamaron a medida que pasaba. Sabía que no bastaba con aquellas palabras, pero de momento eran lo único que tenía.

Era de noche. Montada en su hipogrifo, Tyrande contemplaba el tétrico panorama de los centenares de elfos de la noche que huían hacia Darnassus desde distintas partes del Árbol del Mundo, entraban en oleadas en la ciudad y cubrían hasta el último palmo de piedra blanca de sus calles y el verde de sus céspedes. Mientras las alas emplumadas de la gran bestia batían cadenciosas, Tyrande sintió que se le partía el corazón aún más.

A sus pies ardían por los cuatro costados varios barcos de la flota que zarpara hacia Silithus para defender a los inocentes en una batalla inexistente. Otras naves de los kaldorei se retiraban, de momento intactas. La lucha arreciaba en el Cabo de la Niebla. La luz de las lunas, tan hermosa y normalmente tan acogedora, brillaba sobre los combatientes e iluminaba un número aterrador de máquinas de asedio que apuntaban hacia el Árbol.

Y muchas de las formas élficas que se adivinaban en la orilla aún estaban demasiado lejos.

Durante un instante, sintió el casi irrefrenable deseo de bajar del hipogrifo para morir luchando junto a aquellos valientes kaldorei, que sabían que solo luchaban para llevarse algunos enemigos consigo. Pero Anduin estaba en lo cierto, no podía dejar a su pueblo sin líder. Malfurion y ella eran más necesarios que nunca.

—Perdonadme —les susurró a los soldados kaldorei mientras se estremecía por algo más que el azote del aire nocturno—, pero sabed que no se os olvidará.

Volvió su mirada tierra dentro y se preguntó dónde estaría librándose el duelo entre Malfurion y la odiosa Dama Oscura. Necesitaba dar con él rápidamente, pero ¿dónde estaba? A pesar de los milenios de saber que acumulaba, a pesar de todas las lecciones de paciencia que había impartido, no estaba preparada para localizar a un solo ser en el vasto bosque que tenía debajo. ¿Iba a fallarles a todos?

Las lágrimas enturbiaron su visión. Alzó el rostro en busca del beso de las lunas. «Lady Elune —rogó con el corazón sobrecogido por la emoción—, ilumina mi camino».

«Que Elune ilumine tu camino» era una bendición habitual entre su gente, que se solía pronunciar como despedida en tono amistoso, un deseo de buena suerte que intercambiaban amigos y desconocidos por igual. Pero en aquel momento, para la elfa era un rezo. Necesitaba un milagro, algo que diera esperanza a los elfos de la noche que se apiñaban como un pueblo exiliado, desanimado y aterrorizado, vivo solo gracias la generosidad de sus aliados.

Ahogó un grito.

Su diosa la había escuchado.

Un rayo de luz de luna cruzó el cielo nocturno, atravesó la bóveda forestal e iluminó el suelo durante un instante antes de desvanecerse.

Ahí. Su amado estaba ahí. La última esperanza para los elfos de la noche estaba ahí.

Y Elune le mostraba el camino.

—Gracias —dijo con un susurro que estaba a medio camino de un sollozo mientras hacía descender al hipogrifo y rezaba para que no llegara demasiado tarde.

Sobre el suelo forestal yacía su amado, moribundo. Su sangre relucía a la luz de las lunas.

Y de pie a su lado, con el hacha en alto, se encontraba el alto señor supremo Varok Colmillosauro.

Tyrande gritó y saltó del hipogrifo. La luz de Elune, blanca y ardiente, inundó la zona.

De espaldas a ella, Colmillosauro se quedó clavado en el sitio, atenazado por su hechizo como si se hubiera convertido en piedra. Cuando los pies de Tyrande tocaron el suelo, extendió una mano en el aire. El orco salió volando hacia un lado. Cayó al suelo con un golpe brutal, pero seguía vivo.

Tyrande estaba de pie junto a su amado mientras Colmillosauro la miraba desde abajo. La luz que había invocado se había convertido en unos haces radiantes y mortales que flotaban sobre la blanca cabeza del orco. Este, con los ojos entornados por la luz, resollaba, pero sin hacer ademán de atacar.

«Puedo fulminarlo con un mero pensamiento. Y, aun así, sigue mirándome a los ojos sin pedir piedad». El orco podía haber rematado a Malfurion fácilmente antes de que ella interviniera, pero no lo había hecho. ¿Por qué?

Sin apartar los ojos de los de Colmillosauro, se arrodilló y colocó una mano sobre el cuerpo de Malfurion, que aún respiraba. La oscuridad de Sylvanas había dejado su horrible impronta en el archidruida, pero era la enorme herida que tenía en el pecho la que la alcanzó como una lanzada en el corazón mientras sus dedos se hundían en un riachuelo de sangre.

«Elune, deja que lo cure. Deja que me lo lleve lejos y danos fuerzas para lo que debemos afrontar».

Una vez más, la luz de la diosa acudió a su llamada. El mismo brillo que había formado antes columna de luz envolvió el cuerpo de Malfurion y lo cubrió de arriba abajo hasta que el druida empezó a absorber la gloriosa energía curativa. Bajo su mano, ensangrentada pero benigna, notó cómo se soldaban los huesos, cómo se cerraban las heridas y cómo volvía a latir con fuerza aquel corazón tan grande.

Tyrande dejó escapar un suspiro de alivio y se levantó para encararse con el monstruo que había estado a punto de matar a su esposo. Colmillosauro, sensatamente, no se había movido, y las dagas de luz seguían suspendidas sobre su cabeza, aguardando las instrucciones de la elfa.

—No lo has matado —señaló ella—. ¿Por qué?

Los ojos castaños del orco la estudiaron durante un momento, y entonces pareció tomar una decisión.

—Ataqué de manera deshonrosa —respondió. Reconocer aquello pareció costarle un esfuerzo casi doloroso—. No merecía acabar con él.

La ira recorrió a Tyrande y volvió su voz dura como la piedra y afilada como una cuchilla.

—Toda esta guerra es deshonrosa.

Pensó en los refugiados temblorosos y aterrorizados, en los cuerpos esparcidos por la costa, en las máquinas de asedio que se disponían a atacar su ciudad.

—¿Qué bicho os ha picado? ¡¿Cómo osáis derramar tanta sangre por nada?!

—Osamos porque es nuestro deber —respondió Colmillosauro, aún sin moverse ni apartar la mirada—. Y nuestro deber es vencer.

Los letales puñales de luz de Elune respondieron a la rabia de Tyrande con terrible y letal inmovilidad. Sus afiladas puntas seguían orientadas hacia la garganta del orco. La elfa ardía en deseos de dejarlas ir.

Pero no lo hizo. No había presenciado muchos actos honorables entre la Horda y creía que Colmillosauro estaba avergonzado. ¿Cuánto tiempo se había pasado ahí, sin dar el golpe de gracia, él, el alto señor supremo, un guerrero que había derramado sangre millares de veces?…

La Horda tomaría Darnassus. Cuando lo hiciera, era posible que un general que creía en el honor y que había sido perdonado se compadeciera a su vez de los prisioneros kaldorei.

Y ya había habido demasiadas muertes. Su corazón estaba harto, no albergaba deseo alguno de incrementar su número con su propia venganza.

—Puede que la Horda gane esta batalla, Colmillosauro, pero recuperaremos nuestra tierra.

—Quizá.

¿Acaso intentaba provocarla para que perdiera los nervios? No le daría ese placer.

—Le has perdonado la vida a Malfurion, así que te dejaré elegir. Puedes morir intentando impedir que me lo lleve o puedes quedarte ahí, tirado en el suelo, y vivir.

Pero el orco no estaba acabado.

—Te ofrezco la misma alternativa —replicó—. Puedes llevártelo de vuelta a Darnassus, y los dos caeréis cuando la conquistemos; o puedes llevártelo muy lejos de aquí, y ambos viviréis.

No había nada más que decir.

Tyrande se arrodilló al lado de Malfurion y le puso una mano en el torso. La respiración del druida era tranquila, rítmica. Lo había salvado.

Pero habían perdido su hogar. Tyrande sabía que, durante el resto de su vida, se preguntaría si podría haber cambiado algo de haberse quedado junto a su amado combatiendo a Sylvanas Brisaveloz y al alto señor supremo Colmillosauro. ¿Habrían ganado? ¿O ambos habrían regado la tierra con su sangre, juntos en la muerte como en la vida?

Después de todas las palabras valientes que había dirigido a los demás en el templo…, serían prisioneros. Orcos y trols, Renegados y tauren, goblins y elfos de sangre ocuparían el Árbol.

Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero no dejó que el orco las viera. Se permitió mirar por última vez los árboles majestuosos de Vallefresno. Su hogar.

«Perdonadme, mis kaldorei, pero volveremos. Lo juro».

Deslizó la otra mano dentro de una bolsa que llevaba a la cintura y la cerró alrededor del regalo de un espíritu joven y bondadoso que estaba madurando para convertirse en un aliado incondicional de la Luz. La pequeña piedra de hogar encajaba perfectamente en la palma de su mano. La sacó, la contempló durante un instante y, con un mero pensamiento, regresó con su amado a Ventormenta.

♦ ♦ ♦

A Delaryn le escocían los ojos y la garganta por el humo. Los elfos de la noche que habían conseguido escapar del Árbol del Mundo se agolpaban en Costa Oscura. Roto finalmente su estoicismo, aullaban aterrorizados, pidiendo a gritos y en vano que los rescataran los bajeles que aún podían navegar.

La centinela comprendía por qué estaban huyendo los barcos y rezaba para que Cordressa se encontrara a salvo en uno de ellos. La Horda ascendía por la orilla con sus mortíferas máquinas de asedio, capaces de escupir fuego. Todos los barcos que intentaban llegar hasta los frenéticos kaldorei que se encontraban en la playa se verían engullidos por las llamas antes de salvar a un solo elfo. Shandris Plumaluna hacía bien en zarpar. Debía sobrevivir y volver con refuerzos de la Alianza para liberar el Árbol de sus ocupantes. Pero esa lógica no ofrecía ningún consuelo a los que estaban a punto de convertirse en prisioneros.

Delaryn Luna de Verano no se contaría entre ellos. Su deber era luchar y seguiría haciéndolo hasta que no pudiera más.

La adrenalina y su determinación le permitieron ignorar las primeras flechas. Pero el cuerpo la traicionaba un poco más con cada una que le atravesaba la armadura y la carne. Al dar la última en el blanco, se tambaleó durante un momento y entonces se le doblaron las rodillas y se desplomó.

No podía seguir postergando lo inevitable.

Sintió frío, pero, extrañamente, al mismo tiempo, el dolor empezó a mitigarse.

—Pronto no te dolerá nada —dijo una voz cálida y familiar, una voz amada.

Ferryn estaba junto a ella en su forma favorita, la de sable de la noche. Por un momento, Delaryn se alegró. Pero entonces se dio cuenta de que el elfo estaba hablando cuando no podía hacerlo. Los felinos eran incapaces de articular palabras.

—No eres… real —murmuró, decepcionada.

—Soy tan real como quieras que sea.

Se moría y su mente estaba conjurando imágenes de consuelo. Pero estaba extrañamente en paz con la idea. Sabía una cosa, aunque no entendía cómo: que Ferryn estaba muerto. Y también estaba en paz con aquella idea porque, muy pronto, se reuniría con él.

—Descansa —dijo su amado.

Habría querido hacerlo, pero había algo que no la dejaba sumirse en el sueño final. Se debatió contra el sueño y mantuvo los ojos abiertos para ver cómo se acercaba la Horda.

—No puedo —dijo, y se dio cuenta de que había pronunciado esas dos palabras en voz alta, en un sollozo suave y discordante.

—Ya no puedes hacer nada —le susurró el elfo con dulzura.

¿Era el fantasma de Ferryn o solo un fruto de su imaginación?

Unas figuras se acercaron. Oyó los gritos aterrorizados de su gente, el chisporroteo de los barcos que seguían ardiendo y los ruidos rechinantes de las máquinas de asedio. Y, por encima de todo aquel estruendo, una voz fría y gutural, extrañamente clara y cercana, que daba una orden:

—Asegurad la playa. Preparaos para tomar el Árbol.

«Sylvanas».

Malfurion había fracasado.

«Yo he fracasado», pensó Delaryn con un escalofrío de desesperación. La antigua elfa noble y general de forestales estaba a punto de desatar la peor faceta de la Horda —saqueo y venganza— sobre una población que, a esas alturas, ya estaba compuesta solo por civiles. Su propio nombre, Sylvanas,

hablaba del amor por los bosques: por el verdor, por los seres vivos. ¿Quedaba algo de aquella elfa en el monstruo que se le acercaba con paso decidido?

Delaryn no iba a morir. Aún no. No sin intentar, con su último aliento, llegar hasta aquella criatura que tanto y tan poco se le parecía al mismo tiempo.

No sin comprender.

«Elune, guíame. Ayúdame a encontrar las palabras que lleguen a su corazón».

Sylvanas no la había visto. Pasó a grandes zancadas al lado mismo de la centinela moribunda. Delaryn tomó aliento para preguntar:

—¿Por qué?

La jefa de guerra se detuvo.

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