WoW Crónicas I – La Revolución de los Pandaren

12 000 años Antes del Portal Oscuro

La muerte del Rey del Trueno debilitó a los mogu, pero su civilización continuó dominando el valle. Los esclavos del imperio sufrieron largamente a manos de los bárbaros sucesores de Lei Shen, cada uno más cruel que el anterior.

El último emperador mogu, Lao-Fe, se ganó el título de «Ataesclavos» muy al principio de su mandato. Vivió una vida de decadencia, seguro de que su reserva de esclavos serviles jamás se agotaría. Para conseguir su obediencia, Lao-Fe destrozaba familias enteras de esclavos por las más nimias infracciones. Separaba a los padres de sus hijos y enviaba a los retoños a la Espina de la Serpiente para morir como carne de cañón ante el enjambre mántide.

Este fue el destino que aquejó a la familia de un maestro cervecero pandaren llamado Kang; su hijo fue enviado a combatir a los mántide y su esposa murió tratando de impedirlo. Después de que los mogu arruinaran su hogar y su vida, Kang casi sucumbió a la desesperación. Pero pronto sus pensamientos se centraron en una pregunta en concreto: ¿Por qué? ¿Por qué, los mogu infligían tanto dolor?

Kang meditó sobre la esclavitud de su pueblo y llegó a una conclusión extrema. La salvaje crueldad con la que trataban a sus esclavos no era una muestra de la fuerza de los mogu; era un síntoma de su debilidad. Dependían tanto de sus siervos que sin ellos, no eran nada.

Kang dedicó su vida a exponer la vulnerabilidad de los mogu. Aparte de los que eran enviados a la Espina de la Serpiente, a ningún esclavo se le permitía tocar un arma (un crimen castigado con la muerte). Por tanto, Kang aprendió a convertir su cuerpo en un arma. Para esquivar los siempre vigilantes ojos de los mogu, aprendió a disfrazar sus ataques bajo la apariencia de un baile.

Cuando dominó por fin sus técnicas, retó a sus compañeros esclavos a que le golpearan. Ninguno lo consiguió. Su «baile», sus movimientos fluidos, le mantenían libre de daño. Los esclavos suplicaron a Kang que les enseñara a luchar sin armas, Kang los entrenó y el rumor de su nueva y extraña técnica de combate se extendió como la pólvora entre los pueblos oprimidos del imperio mogu.

Cima Kun-Lai

Cima Kun-Lai

Cientos de esclavo adoptaron las enseñanzas de Kang y se entregaron al aprendizaje de este nuevo arte, que bautizaron como el camino del monje. Cuando los rumores de este nuevo movimiento llegaron a oídos de los mogu, Kang trasladó a sus seguidores a la Cima Kun-Lai, consciente de que sus aprendices no eran lo bastante fuertes como para derrotar a sus opresores. En secreto, los pandaren rebeldes construyeron un monasterio entre los picos azotados por el viento y continuaron entrenándose para convertirse en instrumentos de justicia.

En la Cima Kun-Lai, Kang encontró algo realmente inesperado: la prisión de Xuen, el Tigre Blanco. Kang entabló largas conversaciones con el Augusto Celestial y aprendió los secretos de la fuerza interior que reside en todos los corazones. El maestro pandaren transmitió los conocimientos de Xuen a sus seguidores. Al fin, los monjes pandaren estaban listos para la batalla.

Cámaras Mogu'shan

Cámaras Mogu’shan

Su primera gran victoria llegó en las Cámaras Mogu’shan, las bóvedas sagradas que albergaban el Motor de Nalak’sha. Allí, los rebeldes expulsaron a los mogu, privándolos de su capacidad de moldear la carne. El arrollador asalto de los pandaren evitó que los mogu continuaran creando nuevos soldados abominables.

Esta primera victoria no solo animó a los pandaren, sino que espoleó a otras razas a la rebelión. Los hozen, los jinyu, los grummles y una raza de fornidos bovinos conocidos como los yaungol se unieron a los pandaren en su lucha por derrotar al imperio mogu.

Poco a poco, la revolución fue creciendo. Kang tenía razón: los mogu dependían demasiado de sus esclavos y, a medida que se iban revelando, el imperio se sumió en el caos. Los grummles, auténticos maestros de las comunicaciones y el comercio, sabotearon las líneas de suministros de los mogu. Los poderosos yaungol sembraban la anarquía en el noroeste con sus grupos de asalto. Los astutos hozen excavaron túneles para infiltrarse en los bastiones mogu más fortificados. Los místicos jinyu comulgaron con las aguas de la tierra para predecir el futuro, indicando así a las tropas de Kang dónde atacar y cuándo huir.

Grummles, yaungol, hozen y jinyu 

Finalmente, las tropas de Lao-Fe se retiraron al Valle de la Flor Eterna, la capital real del Imperio mogu. Kang sabía que la tierra encantada les proporcionaría sustento ilimitado. Por tanto, para derrotar a los mogu, los rebeldes necesitaban revelar su presencia y asaltar el valle.

Kang no lo dudó un segundo. Lideró personalmente la carga hacia lo más hondo del valle. Combatió cuerpo a cuerpo con Lao-Fe y lo derrotó, pero a cambio el pandaren resultó herido de muerte.

El Ataesclavos y el esclavo libre murieron juntos.

Enardecidos por la victoria, algunos esclavos liberados pensaron en vengarse de los mogu supervivientes y masacrarlos como ellos masacraron a sus vasallos durante milenios. No obstante, uno de los alumnos aventajados de Kang calmó su sed de sangre. Como guardián secreto de la historia pandaren, el pupilo Song había memorizado muchos de los relatos del Maestro Kang y sus reflexiones filosóficas. Una y otra vez, Song contó las historias de

Sha de la ira

Sha de la ira

Los Sha

Cuando Y’Shaarj murió, sus marchitos restos quedaron repartidos por el Valle de la Flor Eterna y las regiones colindantes. Con el tiempo, la maldad del dios antiguo se filtró a la misma tierra.

Durante sus viajes, Song tomó conciencia del poder oscuro que acechaba en la tierra. La esencia latente de Y’Shaarj se aferraba a las emociones negativas y las amplificaba, dando vida a unos espíritus malévolos conocidos como los sha. Al difundir las enseñanzas de Kang Song esperaba ayudar a los pandaren y a las demos razas a rechazarla influencia del dios antiguo y neutralizar a los sha.

Kang a los esclavos libres, recordándoles su entrega a la verdadera justicia, no a la venganza. Durante el resto de su vida, Song recorrió el imperio caído de una punta a otra, compartiendo la sabiduría de Kang y conminando a todas las criaturas a encontrar el equilibrio emocional en su interior.

A medida que las historias de Kang se extendían, otros empezaron a seguir sus pasos. Cada vez más pandaren recorrían la tierra, contando historias y difundiendo la paz interior a todos los que encontraban. Estos «Eremitas», como terminarían por conocerlos, se convirtieron no solo en hábiles cuentacuentos sino también en mediadores expertos en desactivar situaciones tensas con alegorías y parábolas que inspiraban buen juicio a ambos bandos y los empujaba a buscar lugares comunes.

Así empezó una era de paz y prosperidad en el Valle de la Flor Eterna y sus alrededores. Los pandaren, junto a las demás razas que habitaban el valle, prosperaron. Un nuevo imperio, esta vez construido sobre los principios de la justicia, la sabiduría y la benevolencia, emergió para cuidar de una tierra arrasada por la guerra.

Regresar al índice de World of Warcraft: Crónicas Volumen I

Share

Deja una respuesta

Tu email nunca se publicará.