WoW Crónicas I – Cataratas del Trueno

Mientras Lei Shen consolidaba su imperio, los guardianes tol’vir de Uldum se esforzaba por superar la maldición de la carne. La enfermedad se había extendido por sus filas, debilitando lentamente a los forjados por los titanes. Sin embargo, los tol’vir aguardaron pacientemente noticias del Alto Guardián Ra o de sus servidores mogu del este.

Al final, los tol’vir fueron convocados por un líder mogu que se hacía llamar el Rey del Trueno. No sabían nada del ascenso del imperio mogu. Presos por la curiosidad, los tol’vir enviaron embajadores al este. Cuando estos alcanzaron las fronteras de los dominios del Rey del Trueno, contemplaron maravillados el progreso que sus primos raciales mogu habían alcanzado. En algunos casos, los mogu incluso habían conseguido revertir la maldición de la carne.

Lei Shen recibió a los tol’vir con gran cariño y les mostró las maravillas de su imperio, desde la gigantesca Espina de la Serpiente a los dorados palacios imperiales del valle. Los tol’vir se horrorizaron ante el deplorable trato que los mogu dispensaban a las razas mortales que habían esclavizado, pero aun así no hicieron nada al respecto. Su única preocupación era proteger la maquinaria de Uldum, forjada por los guardianes.

El Rey del Trueno estaba completamente de acuerdo. Las obras de los guardianes, como la Forja de la Creación situada en Uldum, eran de gran importancia… y por tanto Lei Shen anunció que las reclamaba como parte de su reino.

Entonces reveló que había derrotado a Ra-den y le había robado su poder, lo que otorgaba dominio a Lei Shen sobre los instrumentos de los guardianes. Con el Motor de Nalak’sha y la Forja de la Creación bajo su control, podía reformar Azeroth a su voluntad. Como forjados por los titanes afines, los tol’vir ascenderían a una posición de honor en el Imperio mogu, pero Lei Shen ocuparía la cúspide, ahora y siempre.

Al descubrir que Lei Shen había traicionado al Alto Guardián Ra, los tol’vir montaron en cólera. Rechazaron la oferta del Rey del Trueno, jurando no servir jamás a un traidor, y abandonaron airadamente su tiránico imperio. Lei Shen permitió marchar a los embajadores, pero les advirtió de que tomaría lo que deseaba por la fuerza. Sus ejércitos no eran rival para los del Rey del Trueno.

Tal era la confianza del Rey del Trueno que invitó a Zulathra a presenciar lo que él predecía como la mayor victoria del imperio mogu hasta la fecha. El anciano líder Zandalari aceptó. Lei Shen había extendido la vida del trol de forma artificial, pero cuando las construcciones de los guardianes estuvieran bajo control de los mogu, les revelarían los secretos de la inmortalidad. La mayoría de los Zandalari de alto rango acompañaron a Zulathra como su guardia de honor, con la esperanza de regresar a su capital, Zuldazar, con el don de la vida eterna.

Lei Shen condujo a sus hordas mogu y a los trols hacia el oeste. Los Zandalari conocían historias sobre las tierras cercanas a Uldum, pero era la primera vez que contemplaban con sus propios ojos las luctuosas selvas de la región, salpicadas de lagos cristalinos y cataratas. Era un paraíso vibrante de vida desconocida y maravillas que llegaban hasta donde alcanzaba la vista.

Uldum, la fortaleza de los forjados

Uldum, la fortaleza de los forjados

Las hordas del imperio de Lei Shen arrasaron la tierra, deteniéndose solo ante las monolíticas pirámides que componían el bastión de los guardianes en Uldum. Solo un pequeño número de tol’vir emergieron de la fortaleza para resistir los envites de los mogu. Lei Shen se burló de su número, pues sabía que él solo podría aplastarlos.

Ciertamente, los tol’vir eran conscientes de que sería imposible derrotar en combate a los ejércitos del Rey del Trueno. Mientras Lei Shen marchaba hacia Uldum, los forjados por los titanes habían preparado una última defensa: la Forja de la Creación guardada en la fortaleza. En vez de activarla a máxima potencia —lo que erradicaría toda la vida de Azeroth— los tol’vir configuraron la Forja de la Creación para que arrasara solo las tierras cercanas.

Al mismo tiempo que Leí Shen lideraba la carga, vanagloriándose de su inevitable victoria, los tol’vir activaron el arma. En las profundidades de la tierra, la máquina cobro vida con un rugido. La tierra se estremeció, retorciéndose ante la intensidad de las oleadas de energía surgidas de Uldum, bañando las tierras colindantes con las energías de la anticreación. Aquel día, los defensores tol’vir y casi todas las criaturas sobre la superficie de Uldum fallecieron al instante.

Las criaturas de toda Kalimdor vieron el resplandor en el horizonte meridional. Cuando se apagó, Lei Shen y sus aliados habían dejado de existir. La potencia de la descarga también purgó las zonas cercanas a Uldum de casi toda vida, dejando un desierto yermo y quebrado a su paso. Con los milenios, pequeños reductos de flora y fauna regresarían lentamente, pero la gigantesca selva ya jamás recuperaría su vitalidad.

Los tol’vir de Uldum supervivientes trabajaron para que nunca más nadie tratara de hacerse con semejante poder. Los tol’vir envolvieron los pocos pasos de montaña qué conducían a la región con magia, sellando Uldum a ojos de los mortales.

El noble sacrificio de los tol’vir impidió que la Forja de la Creación cayera en manos de Lei Shen y evitó que ningún otro emperador mogu siguiera sus pasos. Las muertes de Lei Shen y de la casta dominante de los Zandalari abrieron gigantescas brechas de poder en ambos imperios. Antes de que los tol’vir envolvieran Uldum en su gran ilusión, un puñado de lealistas del Rey del Trueno se llevaron el cadáver de Lei Shen de la región. Lo trajeron de vuelta al imperio y lo enterraron en la Tumba de los Conquistadores, pero con gran parte de los líderes Zandalari muertos, nadie podía resucitar al Rey del Trueno.

Una retahíla de emperadores siguieron a Lei Shen, pero ninguno alcanzó las cotas de poder que él ostentó. Los Zandalari también tardaron generaciones en recuperarse de las pérdidas sufridas en Uldum. El catastrófico acontecimiento supuso un golpe mortal para ambos imperios, y ninguno recobraría nunca su esplendor pasado. Y, con el tiempo, ambos imperios caerían.

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