WoW Crónicas I – La Edad de los Mil Reyes

15.000 Años Antes del Portal Oscuro

Aunque el Alto Guardián Ra llevaba milenios desaparecido, sus leales mogu continuaron vigilando el Valle de la Flor Eterna y rechazando valientemente los sucesivos enjambres mántide. Tenían fe en que un día el alto guardián regresaría, fortalecido tras siglos y siglos de duras pruebas.

Pero su fe se desvaneció cuando la maldición de la carne se manifestó en las filas de los mogu.

Por primera vez, los mogu se enfrentaban a la mortalidad. El miedo y la incerteza anidaron en sus corazones. Las pequeñas desavenencias se convertían rápidamente en conflictos que desembocaban en violencia y derramamiento de sangre. Las manadas de mogu se agruparon. Por doquier emergieron clanes y señores de la guerra para enzarzarse en brutales disputas por el poder. Los triunfadores no tardaban en caer ante nuevos rivales. Como consecuencia, su cultura y su idioma —e incluso su propósito y su identidad— empezaron a cambiar. Este periodo de conflicto y agitación recibió el nombre de la Edad de los Mil Reyes, en la que los mogu estuvieron peligrosamente cerca de destruirse a sí mismos.

Mogu defendiendo sus tierras de los mántide

Mogu defendiendo sus tierras de los mántide

Solo sus instintos más básicos evitaron la aniquilación. Con la llegada de cada nuevo enjambre mántide, los insignificantes conflictos entre los mogu desaparecían rápidamente. A regañadientes, los distintos clanes se unían para enfrentarse a la amenaza mántide. Pero, cuando el enjambre se retiraba, las hostilidades internas resurgían de nuevo.

Mientras los mogu combatían contra los mántide, nuevas razas aparecieron en la región. Muchas de estas criaturas se sentían atraídas por los poderes latentes que emanaban del Valle de la Flor Eterna. Entre estas maravillosas razas se encontraban los jinyu, místicos pisciformes que habitaban en ríos y lagos. Una atrevida y traviesa raza de monos conocidos como los hozen ocupó las espesas selvas que rodeaban gran parte del valle. Pero sin duda, los más inteligentes de los recién llegados eran los sabios pandaren.

La emergencia de tanta vida en las cercanías del valle atrajo el interés de cuatro dioses salvajes. Sus nombres eran Xuen, el Tigre Blanco; Yu’lon, la Serpiente de Jade; Chi-Ji, la Grulla Roja; y Niuzao, el Buey Negro.

  

Xuen, el Tigre Blanco; Niuzao, el Buey Negro y Chi-Ji, la Grulla Roja

Yu'lon, la Serpiente de Jade

Yu’lon, la Serpiente de Jade

Xuen y los demás dioses salvajes se reunieron en el valle para observar y guiar a la miríada de formas de vida que ahora poblaban la zona. Aunque las actividades bélicas de los mogu los perturbaban a menudo, los dioses salvajes se deleitaban con el progreso de las otras razas. En particular, Xuen y los demás semidioses establecieron un fuerte vínculo con los pandaren, en gran parte por su predilección por la paz.

Los pandaren consideraban a los dioses salvajes, a los que llamaban «Augustos Celestiales», deidades benévolas, y establecieron un sistema de adoración centrado en estos extraordinarios seres. A cambio, los dioses salvajes transmitieron conocimiento a los pandaren, cultivando sus vínculos con la filosofía y el mundo natural. Bajo la protección de los Augustos Celestiales, los pandaren erigieron una civilización que buscaba la paz y la armonía con su entorno.

Pero pronto un nuevo líder mogu se alzaría para desafiar estas filosofías. Se llamaba Lei Shen, y su mandato supondría una amenaza no solo para las razas mortales del valle, sino también para los Augustos Celestiales.

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