WoW Crónicas I – Los Discos de Norgannon

Tras la derrota de los Inbjerskorn, el Guardián Tyr pudo por fin centrar su atención en Loken. Mientras Ulduar permaneciera sellada y los forjados por los titanes continuaran divididos, nacerían nuevos conflictos. Tyr llegó a la funesta conclusión de que, a menos que detuviera a Loken, Azeroth se vería sumido en un abismo de guerra y caos.

Pero derrocar a Loken requeriría años de preparativos. Tyr y sus aliados, Archaedas y Hierraya, decidieron que primero necesitaban indagar sobre Loken y sus actividades. Para tal fin, formularon un plan para robar los Discos de Norgannon de las profundidades de Ulduar. Las reliquias registraban todo lo que sucedía en Azeroth, incluyendo la traición de Loken. Si existía alguna esperanza de remediar todo el daño que había causado Loken, sería mediante el cuidadoso estudio de sus actos.

En cuanto idearon una estratagema para obtener los discos, Tyr se desplazó hasta las puertas de Ulduar. Allí, llamó a Loken y le conminó a renunciar a Ulduar por el bien de Azeroth, amenazándole con severas repercusiones si se negaba. Loken emergió de la fortaleza e intentó convencer a Tyr de que no serían necesarias acciones drásticas. Los dos guardianes discutieron con fiereza, tal y como Tyr esperaba. Mientras Loken estaba distraído, Archaedas y Hierraya se infiltraron en Ulduar y robaron los Discos de Norgannon.

Una vez obtuvieron los artefactos, Tyr y sus compañeros huyeron de nuevo hacia los gélidos riscos y barrancos de las Cumbres Tormentosas. Conscientes de que Loken los perseguiría, se prepararon para viajar al sur, donde esperaban encontrar un refugio para planear su siguiente movimiento. Antes de partir, Tyr y sus aliados reunieron a un gran número de los forjados por los titanes que vivían en los alrededores de Ulduar. Muchos vrykul pacíficos afligidos por la maldición de la carne, la mayoría de los terráneos que sobrevivieron a la guerra y gran parte de los mecagnomos decidieron acompañarles en su viaje. Tyr, Archaedas y Hierraya veían a estos forjados como víctimas inocentes de la perfidia de Loken, y prometieron conducirlos a un santuario antes de liberar Ulduar. Los refugiados viajaron durante muchas semanas, convencidos de que habían eludido a Loken.

Zakajz

Zakajz

Cuando Loken descubrió que los Discos de Norgannon habían desaparecido, el pánico se apoderó de él. Si Tyr y sus aliados presentaban los artefactos al Panteón o a Algalon, sería su final. Empujado por la desesperación, Loken recurrió a las únicas criaturas lo bastante fuertes como para detener al poderoso Tyr y recuperar los discos: dos antiguas monstruosidades C’Thraxxi conocidas como Zakajz y Kith’ix.

Zakajz y Kith’ix fueron los dos generales más astutos y despiadados del Imperio Negro. Milenios atrás, los guardianes los sepultaron en cámaras subterráneas junto a muchos otros n’raqi y a los propios dioses antiguos. Con un esfuerzo considerable, Loken excavó las tumbas de los dos C’Thraxxi y reanimó a Zakajz y Kith’ix. Loken ordenó a los dos enormes monstruos que mataran a Tyr y a todos sus acompañantes. Los monstruos sintieron la influencia de Yogg- Saron en su mente y obedecieron.

Kith'ix

Kith’ix

Muy al sur, en un tranquilo claro en el bosque, Zakajz y Kith’ix alcanzaron al guardián y sus seguidores. Temiendo por las vidas de sus aliados, Tyr ordenó a Archaedas y a Hierraya que continuaran hacia el sur junto al resto de los forjados por los titanes. Él se quedaría atrás y contendría a los C’thraxxi cuanto le fuera posible. El anciano cuerpo de hierro de Tyr apenas conservaba un atisbo del poder de Aggramar, pero el noble espíritu del titán permanecía intacto. Tyr no retrocedería, no mientras hubiera vidas inocentes en peligro.

Durante su enfrentamiento contra los C’Thraxxi, los torrentes de energía arcana y sombría arrasaron el hasta entonces apacible claro. El violento combate entre el guardián y sus enemigos duro seis días y seis noches. En todo este tiempo, Tyr jamás cedió un paso… pero sus adversarios tampoco. Cuando la fatiga empezó a hacer mella, Tyr decidió sacrificarse para proteger a sus amigos. Descargó todo el poder que le quedaba sobre los C’Thraxxi, consumiendo su energía vital en una cegadora explosión de energía arcana que sacudió los cimientos del mundo.

Más al sur, Hierraya y Archaedas contemplaron la erupción mágica iluminar el horizonte. Cuando las volátiles fuerzas se aposentaron, los dos forjados por los titanes regresaron al lugar de la batalla. Allí, en el centro de un gigantesco cráter que desprendía chispazos de energía arcana, encontraron los cuerpos sin vida de Tyr y de Zakajz.

Contra todo pronóstico, el guardián de la justicia casi mató a ambos C’Thraxxi. El superviviente, Kith’ix, sobrevivió por poco al ataque final de Tyr, Terriblemente malherido, el C’Thraxxi huyó al oeste y desapareció durante miles de años.

La mano de plata de Tyr y sus guardianes vrykul

La mano de plata de Tyr y sus guardianes vrykul

Para honrar a su compañero caído, Hierraya bautizó el claro que rodeaba el cráter como «La Caída de Tyr», que en lengua vrykul se traducía a «Tirisfal». Junto a sus seguidores, enterró a Tyr y a su adversario en sus lechos de muerte. Al final, colocaron la gigantesca mano de plata de Tyr sobre su tumba como reconocimiento a su valiente sacrificio.

Aunque todos los refugiados contarían la historia del noble sacrificio de Tyr, los vrykul se sintieron compelidos a hacer algo más. Tan conmovidos estaban por la gesta de Tyr que decidieron establecerse en el emplazamiento de la batalla y guardar vigilia sobre su lugar de reposo hasta el fin de sus días. Archaedas y Hierraya honraron los deseos de los vrykul de ocupar las tierras de Tirisfal, El guardián y la gigante continuaron su viaje hacia el sur junto a los terráneos y los mecagnomos. Al final, se detuvieron en la bóveda más oriental de los forjados: Uldaman. Una vez allí, Archaedas y Hierraya expandieron la fortaleza, excavando nuevas cámaras para alojarlos Discos de Norgannon. Ambos juraron proteger la historia de Azeroth con sus vidas de ser necesario.

Con el paso de los años, algunos de los terráneos empezaron a mostrar síntomas de la maldición de la carne. Muchos de estos forjados por los titanes temían que los efectos empeoraran con el tiempo, por lo que solicitaron que los pusieran en hibernación hasta encontrar una cura, Archaedas aceptó su petición, prometiendo despertarlos en un futuro, y selló a sus seguidores en las vastas escancias subterráneas de Uldaman.

Los mecagnomos, no obstante, permanecieron despiertos. Aun sabiendo que algún día la maldición también haría mella en ellos, juraron heroicamente proteger Uldaman y mantener sus asombrosas máquinas.

En la lejana Ulduar, Loken se desesperó al descubrir que sus C’Thraxxi no habían logrado acabar con sus enemigos. Asumía que, ahora que el poderoso Tyr había muerto, Archaedas y Hierraya no se atreverían a lanzar un ataque directo contra Ulduar. Pero los Discos de Norgannon aún suponían una amenaza para él. Había perdido toda posibilidad de robar o destruir los artefactos, pues Archaedas y Hierraya podían sellar Uldaman fácilmente a cualquier intruso.

El Sacrificio de Tyr

Los mortales que un día ocuparían la región de Tirisfal se verían afectados por dos energías enfrentadas que manaban de la tierra: la esencia espiritual del Guardián Tyr y la de su enemigo, Zakajz. Algunos se imbuirían con la energía de Tyr, mientras otros sintonizarían con el aura oscura del C’Thrax.

Hierraya

Hierraya

Por ello, Loken intentó sustituir los discos con un archivo nuevo diseñado por él mismo, al que llamó el Tribunal de los Tiempos. Adecuó los acontecimientos históricos de su nuevo repositorio a su gusto y borró toda prueba de sus fechorías. Aunque creía haber tenido éxito, su archivo resultó defectuoso. Las historias de su interior estaban tan distorsionadas que superaban la propia comprensión de Loken.

Entonces, Loken recurrió a una última medida drástica para evitar que Hierraya y Archaedas se vengaran. Tenía la firme creencia de que algún día sus enemigos convocarían al constelar Algalon. Para impedirlo, Loken alteró los dispositivos de comunicación de los titanes en Ulduar, garantizando así que ninguna criatura viviente pudiera contactar con Algalon. Solo la muerte del mismo Loken podría atraer al constelar hasta Azeroth. El guardián caído creía que encontraría su final a manos de Archaedas y Hierraya. De ser así, confiaba en que Algalon ejecutaría su venganza aniquilando a toda forma de vida de Azeroth.

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