WoW Crónicas I – La Traición de Loken

Mientras tanto, sin que Sargeras lo supiera, las últimas ascuas del poder del Panteón se aferraban a la vida. Aunque Sargeras había destruido los cuerpos físicos de los titanes, el gran hechizo de Norgannon había preservado sus almas. Sus espíritus incorpóreos se precipitaban a través de la Gran Oscuridad hacia el mundo de Azeroth y sus guardianes. Allí, el Panteón esperaba encontrar formas físicas que ocupar. De no encontrarlas, los titanes temían que sus debilitados espíritus se desvanecieran en el olvido.

A su llegada a Azeroth, sus agotados espíritus se estrellaron contra los guardianes, que fueron creados por obra del Panteón. Los guardianes se sintieron inmediatamente abrumados cuando los poderes de los titanes inundaron sus mentes. Se vieron asaltados por recuerdos de mundos lejanos, de vidas que no habían vivido y de maravillas que nunca habían presenciado. Pero, tan rápidamente como había empezado, el flujo de poder se desvaneció.

Los guardianes, que aún conservaban sus personalidades, no sabían interpretar el extraño fenómeno. Sabían que habían recibido un fragmento del poder del Panteón, pero desconocían que ahora los últimos remanentes de sus estimados creadores formaban parte de ellos. Desconcertados, suplicaron respuestas al Panteón, pero no recibieron respuesta. El silencio preocupó profundamente a los guardianes, y se sumieron en un largo periodo de confusión e intranquilidad.

Yogg-Saron

Yogg-Saron

El dios antiguo Yogg-Saron, encerrado bajo Ulduar, sintió sus agitadas emociones. En los eones desde el Ordenamiento de Azeroth, una aguda inteligencia había despertado en la criatura.

Yogg-Saron había desarrollado un plan para debilitar a sus captores y escapar de su cautiverio. Su intención era corromper la Forja de los Deseos y contaminar su matriz de creación con una extraña enfermedad llamada la maldición de la carne. Así, todo forjado por los titanes que naciera de la Forja de los Deseos sufriría esta aflicción. Algunos incluso la contagiarían a generaciones anteriores de forjados. La maldición de la carne transformaría gradualmente a muchas de estas criaturas en seres mortales de carne y hueso… y por tanto, seres fáciles de matar.

Sif

Sif

Para implementar su plan, Yogg-Saron recurrió al Guardián Loken. De todos los guardianes de Ulduar, Loken era el que mostraba mayor aflicción y confusión por el silencio del Panteón. Yogg- Saron asoló a Loken con sueños febriles y avivó las llamas de su desesperación. Pero incluso en su estado perturbado, Loken resistió los susurros del dios antiguo que trataban de contaminar su mente. Al final, el artífice de su caída sería otro.

A medida que su desesperación crecía, Loken buscó consuelo en una vrykul llamada Sif, consorte de su hermano Thorim. Loken a menudo se reunía con ella a escondidas y le confiaba sus miedos más oscuros. Con el tiempo, un amor prohibido floreció entre los dos forjados.

Yogg-Saron se aferró al amor que sentía Loken por Sif y lo retorció hasta convertirlo en una obsesión peligrosa. La relación pronto se tornó amarga debido al comportamiento cada vez más errático e impulsivo de Loken. Con frecuencia creciente, hablaba de profesarse el amor que sentían de forma abierta, a lo que Sif se oponía con vehemencia, pues sabía que si Thorim descubría su infidelidad, la unidad de los guardianes se quebraría.

Al final, Sif rompió sus lazos con Loken, exigiéndole que se alejara de ella. La idea de perder a Sif empujó a Loken a la locura y, en un arrebato de furia y celos, arremetió contra su amor y la mató. Aunque la culpa lo atormentaba, Loken no se atrevió a confesar a su hermano lo que había hecho y trató de ocultar su crimen a la desesperada. Fue entonces, en su momento de mayor necesidad, cuando el espíritu de Sif se le apareció.

Thorim al descubrir el cuerpo de Sif

Thorim al descubrir el cuerpo de Sif

Para su sorpresa, la imagen de Sif le perdonó. También le advirtió de la necesidad de actuar con presteza antes de que Thorim descubriera la verdad, porque si no los forjados por los titanes entrarían en una guerra civil y se romperían todos los juramentos que Loken hizo al Panteón.

A oídos de Loken, la sugerencia de Sif parecía un tanto maliciosa, una característica desconocida en Sif. Loken percibió algo extraño en su espíritu, una oscuridad invisible, sutil pero discernible. No obstante, el miedo nubló su juicio e hizo caso omiso a su intuición. Guiado por Sif, Loken arrastró su cuerpo a los fríos páramos de las Cumbres Tormentosas. Informó a Thorim de la muerte de su mujer y convenció al guardián de que el culpable era Arngrim, rey de los gigantes de hielo. El desconsolado Thorim desató su furia sobre ellos, matando a Arngrim y a muchos de sus seguidores. Sus actos provocaron una catastrófica guerra entre los gigantes de las tormentas de Thorim y los gigantes de hielo. El espíritu de Sif continuó guiando a Loken mientras el conflicto hacía estragos. Sus consejos se volvieron más extremos y preocupantes, pero Loken no cejó en su empeño, impertérrito. Sif le convenció para que se creara un ejército propio usando la Forja de los Deseos, uno lo bastante grande como para proteger Ulduar de los peligros de los belicosos los gigantes.

Arngrim

Arngrim

Incluso le persuadió para que castigara a su hermano por iniciar la guerra. Reprendió a Thorim por haberse dejado gobernar por sus emociones y por haber originado un cisma terrible entre los forjados por los titanes. Además, Loken dijo que Sif se sentiría avergonzada de conocer los actos que su marido había cometido en su nombre. Esta terrible condena sumió a Thorim en una profunda depresión y, sobrecogido por el remordimiento, abandonó Ulduar para languidecer en solitario.

Con Thorim aislado, el nuevo ejército de Loken avasalló a los gigantes y terminó con el conflicto. Todo aquel que se oponía a su voluntad era encerrado en una cámara de estasis.

Pero mientras las batallas se sucedían, Loken percibió algo perturbador en sus guerreros. Una oscura aflicción impregnaba sus espíritus. Loken llamó a Sif de nuevo para pedirle consejo, pero esta vez la dama permaneció en silencio. El horror se apoderó de Loken cuando comprendió que su espíritu jamás había existido. Era una ilusión creada por Yogg-Saron.

Aunque Loken no lo sabía, el falso espíritu de Sif también había corrompido la Forja de los Deseos mientras el guardián fabricaba su ejército. La maldición de la carne creada por Yogg-Saron infectó el corazón de la matriz de creación de la máquina. En su ceguera y egoísmo, Loken había permitido que Yogg-Saron le manipulara como a un mero peón.

Este descubrimiento destrozó los últimos vestigios de nobleza que aún permanecían en el corazón de Loken. Se obsesionó con ocultar sus transgresiones al resto de los guardianes, incluso si para ello debía abrazar el oscuro poder de Yogg-Saron. Con semejante fuerza a su disposición, Loken se sabía capaz de derrotar a los guardianes restantes y destruir todas las pruebas de sus crímenes.

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