WoW Crónicas I – La Traición de Sargeras

Los guardianes continuaron con sus obligaciones en Azeroth sin saber que un nuevo peligro tomaba forma en las profundidades más remotas de la Gran Oscuridad.

Sargeras, que había roto sus lazos con el Panteón, meditaba en soledad sobre el destino del universo. Su miedo a que los señores del Vacío hubiesen corrompido otras almas-mundo lo consumía, A medida que la duda y la desesperación anidaban en su mente, el titán se reafirmaba en su opinión de que toda la creación era inherentemente defectuosa. Finalmente, Sargeras llegó a la conclusión de que el único modo de salvar el universo era purgarlo con fuego. Así empezaría su gran Cruzada Ardiente.

Mardum, el Plano del Destierro

Mardum, el Plano del Destierro

Para lograr su objetivo, Sargeras necesitaba un ejército enorme de indomable furia, y solo conocía un lugar que albergara semejante poder: Mardum, el Plano del Destierro.

 

Con el paso de las eras, la prisión se había llenado de magia vil y demonios vengativos. Su presencia distorsionó Mardum, convirtiendo la prisión en un reino de pesadilla. Torrentes de energía vil bombardeaban de forma constante las paredes de la prisión, bañando a sus ocupantes en un bullente océano de magia volátil.

Sargeras transformado

Sargeras transformado

Sargeras acalló sus últimas dudas y derrumbó los muros de la prisión, liberando a sus rabiosos ocupantes a la Gran Oscuridad del Más Allá. La explosión de magia vil subsiguiente fue más potente de lo que el titán caído había imaginado. Sargeras se vio envuelto por violentas energías que fluían por sus venas y quemaban su misma alma. Sus ojos estallaron en brotes de fuego esmeralda. Su figura, antaño noble, se cubrió de volcanes de energía vil que rasgaban su piel, revelando un horno incandescente de odio infinito.

A pesar de estos monstruosos cambios físicos, la mente de Sargeras se mantenía fija en su objetivo genocida. Para impedir que los señores del Vacío se apoderaran de la creación, la vida misma debía extinguirse.

Al destruir la prisión, Sargeras fracturó la frontera entre la Gran Oscuridad y El Vacío Abisal. Unas enormes fauces celestiales, trazadas en una tormenta de llamas esmeralda, desgarraron el tejido de la realidad. Esta gigantesca herida se convertiría en una cicatriz en la creación misma, una prueba incandescente y eterna de la locura de Sargeras.

Demonios de todas las formas y tamaños accedieron al universo físico a través de la brecha, celebrando su liberación con alaridos triunfales. Sargeras imbuyó a la voraz masa de demonios con sus poderes, uniéndolos a todos en un estallido de magia vil. Aunque anteriormente muchos demonios habían experimentado las volátiles energías del Vacío, ninguno conocía la rabia y el poder puros que encerraba la vileza de Sargeras, Algunas de las criaturas aumentaron de tamaño y estatura, mientras que otras descubrieron una nueva inteligencia y astucia en sus mentes.

Para entonces, Sargeras había aprendido mucho sobre la naturaleza de los demonios, incluyendo cómo destruir permanentemente sus espíritus. A cambio del poder que otorgó a los demonios, Sargeras les ofreció un simple acuerdo: luchar para él o ser extinguidos. No fue una elección difícil.

Legión Ardiente

Legión Ardiente

Para detener a los señores del vacío, Sargeras envió a su nuevo ejército, su Legión Ardiente, a incontables mundos de la Gran Oscuridad. Nunca antes las fuerzas del mal se habían unido de tal forma. Sargeras esgrimía tanto poder que la desobediencia era impensable. Nadie soñaría con enfrentarse a él, pero más importante aún era que sus esbirros se deleitaban en su papel de agentes de la extinción.

La Legión Ardiente cayó sobre su primer mundo. Aunque no contenía un titán durmiente, era un mundo que había sido ordenado por el Panteón en tiempos pasados. Las tropas de Sargeras incineraron las civilizaciones mortales que lo habitaban, extinguiendo docenas de especies semientes. Cuando el constelar encargado de la vigilancia del mundo por el Panteón apareció, Sargeras en persona aniquiló al ente celestial.

Aggramar fue el primero en saber del fallecimiento del constelar y, tras recibir más y más nuevas de las atrocidades de la Legión Ardiente, decidió dar caza al ejército demoníaco. Aggramar llegó justo a tiempo para presenciar la destrucción de otro mundo a manos de la Legión y contempló horrorizado a la criatura deforme y envuelta en llamas que la lideraba: su mentor y mejor amigo, Sargeras.

Presa de la sorpresa, Aggramar exigió una explicación a Sargeras. Pero el antiguo campeón del Panteón no le ofreció explicación alguna y se limitó a afirmar que su Cruzada Ardiente era la única forma de purificar el universo. Además, añadió que todo aquel que se opusiera a sus designios ardería en las llamas de su Legión.

Consciente de que no podría convencer a su antiguo maestro con palabras, Aggramar le retó a un duelo. Ante la mirada de las hordas de demonios, los dos guerreros más poderosos de la historia del universo se enfrentaron cara a cara.

Aggramar se vio rápidamente superado por su rival. Como todos los titanes, era muy susceptible a la magia vil. Los feroces ataques de Sargeras quebraron la defensa de Aggramar y lo dejaron tambaleándose y agónico. En un último contraataque desesperado, Aggramar hizo acopio de todo su poder y atacó a Sargeras.

Ambos cruzaron sus espadas, provocando una gigantesca explosión de poder vil y arcano. Cuando el torrente de energías antagónicas se dispersó, Sargeras y Aggramar comprobaron que sus armas se habían quebrado.

Malherido por la detonación, Aggramar se retiró de la batalla y regresó junto al resto del Panteón. Cuando contó lo sucedido, sus hermanos no podían creerlo. La idea que su guerrero más noble y poderoso había caído en la oscuridad sacudió sus más fuertes convicciones. El Panteón desconocía la forma de detener tal amenaza, solo sabían que debían actuar. El Panteón se preparó para la guerra y se enfrentó a Sargeras y a su legión impía en las proximidades de un mundo llamado Nihilam.

Aman’Thul intentó razonar con Sargeras y le rogó que abandonara su demente cruzada. Le habló de Azeroth, una incipiente alma- mundo con un potencial superior al de cualquier otra alma-mundo que hubieran encontrado hasta la fecha, tan poderoso que en un futuro podría derrotar a los señores del vacío. Sargeras escuchó atentamente, pero Aman’Thul no logró convencerle.

A pesar de su combate con Sargeras, Aggramar creía que aún quedaba un resquicio de nobleza en el corazón del antiguo campeón. Como último recurso, depuso sus armas y se acercó al titán caído. Aggramar relató las historias de las gloriosas batallas que ambos libraron contra los demonios en tiempos pasados y le recordó que ambos juraron defender la creación, pero Sargeras estaba decidido. Nada de lo que el Panteón pudiera decir o hacer, ni siquiera las súplicas de su querido discípulo, le convencería.

Con un aullido de rabia y dolor, Sargeras ajustició a su discípulo con su hoja vil quebrada, partiendo al titán por la mitad.

Enfurecidos por la atrocidad que acababan de presenciar, el Panteón atacó sin reservas a Sargeras y a su Legión Ardiente. Las estrellas se marchitaban y morían a medida que la batalla sacudía el cosmos, desgarrando amplias regiones de la realidad. Nihilam, que a partir de aquel día recibiría el nombre de Mundo de la Perdición, quedó deformado y retorcido por el apocalíptico conflicto. Los titanes del Panteón comandaban fuerzas incomprensibles para la mente mortal, pero aun así no eran rival para la magia vil de Sargeras.

El titán caído diezmó a los miembros del Panteón con llamaradas de fuego vil hasta extinguir las ansias de batalla de sus enemigos. Para sellar su perdición, Sargeras convocó una enorme tormenta de vileza que consumiría sus cuerpos y almas por igual. Pero, mientras las oleadas de energía maligna recubrían a los titanes derrotados, Norgannon realizó un último esfuerzo para escapar al olvido.

Norgannon plegó las energías puras del universo a su voluntad, tejiendo una crisálida protectora alrededor del espíritu de cada uno de los titanes del Panteón y lanzándolos a la Gran Oscuridad. Mientras las almas incorpóreas de los titanes cruzaban el cosmos a toda velocidad, la tormenta vil de Sargeras destruía lo que quedaba de sus cuerpos.

Sin saber que los espíritus de sus rivales habían sobrevivido, Sargeras declaró vencedora a su Legión Ardiente. El Panteón ya no existía. Además, Sargeras había obtenido pistas muy tentadoras sobre la existencia de un alma-mundo de gran poder: Azeroth. Sin embargo, aunque Sargeras conocía su nombre, su ubicación continuaba siendo un misterio. Aun así, sin el Panteón para plantarle cara, sabía que encontrar el alma-mundo era solo cuestión de tiempo.

Y también sabía que debía encontrarla antes que los señores del Vacío.

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