WoW Crónicas I – Galakrond

En los milenios posteriores a la partida del Panteón, muchas formas de vida florecieron por todo Azeroth. La más feroz y astuta de todas ellas eran los protodragones, que moraban en los confines helados del norte de Kalimdor. Existían muchas especies de protodragones, cada una de ellas con distintas virtudes y habilidades. Algunos eran gigantescas criaturas aladas de increíble resistencia cuyos espíritus estaban ligados al mismo Azeroth. Otros habían absorbido las energías elementales latentes que permeaban el recién ordenado nuevo mundo.

Pero existía un protodragón cuya brutalidad y poder ridiculizaban a sus congéneres. Su nombre era Galakrond y era el protodragón más poderoso en surcar jamás los cielos de Azeroth. Era tan poderoso que el batir de sus alas devastaba bosques enteros. Y sin embargo, su fuerza no era su única arma, pues poseía una astucia preternatural que lo convertía en un cazador excepcional.

Con el tiempo, Galakrond llegó a dominar los territorios de caza más preciados del norte de Kalimdor. Compelido por un hambre insaciable, Galakrond devoraba cuanto hallaba en su camino. Su cuerpo se hinchó hasta alcanzar un tamaño gigantesco, pero nada podía saciarlo.

Tan terrible era su hambre que Galakrond empezó a alimentarse de otros protodragones e incluso de los cadáveres de los muertos. Devorar a otros protodragones caídos acabó corrompiendo la mente y el cuerpo de Galakrond con una aflicción necrótica. Le crecieron extremidades deformadas y docenas de ojos por todo el cuerpo y las energías necróticas manaban de su figura, reanimando la materia muerta. Estos poderes afectaban también a sus víctimas, que se alzaban después de muertas convertidas en abominaciones sin conciencia.

El número de despreciables esbirros de Galakrond aumentó sin cesar y pronto él y sus putrefactos seguidores aterrorizaban los cielos de Kalimdor, Los otros protodragones, divididos por antiguas rivalidades, no lograron unirse para hacer frente a esta nueva amenaza, Tyr, el más poderoso de los guardianes fue el primero de los suyos en darse cuenta del peligro que representaba Galakrond. Avisó a sus hermanos y hermanas de lo que había visto, pero no logró convencerlos para que actuaran. Aunque los guardianes habían jurado proteger Azeroth, la guerra contra los dioses antiguos y la ordenación del mundo desgastaron su fuerza y su voluntad colectiva. Se volvieron indiferentes al mundo exterior, preocupados únicamente por el cuidado de sus criptas y sus máquinas arcanas.

Pero la apatía de sus hermanos y hermanas no desalentó a Tyr, pues tenía la férrea voluntad de llevar la justicia y el orden al mundo. Tyr sabía que si nadie lo detenía, Galakrond devoraría la naturaleza entera y propagaría su enfermedad hasta los confines más remotos del mundo. Por ello, el guardián buscó un modo de destruir al gigantesco protodragón y a sus esbirros.

Tyr encontró la solución en cinco de los protodragones más poderosos e inteligentes que existían: Alexstrasza, Neltharion, Malygos, Ysera y Nozdormu. Casi todos ellos provenían de orígenes distintos y cada uno poseía poderes únicos. Incluso las dos hermanas Alexstrasza y Ysera mostraban habilidades diferentes.

Alexstrasza, tenaz y de buen corazón, escupía grandes llamaradas por sus fauces. El poderoso Neltharion poseía una fuerza increíble y un rugido tan potente que quebraba roca y hueso. El astuto Malygos encerraba a sus oponentes en bloques de hielo con su aliento de escarcha. El sabio Nozdormu atacaba a sus enemigos con cegadoras tormentas de arena. Y la esquiva Ysera empleaba su aliento para debilitar a sus enemigos, ya que les robaba su fuerza de voluntad y los sumía en un profundo trance.

Tyr imploró a los cinco protodragones que le ayudaran a derrotar a Galakrond. Aunque al principio recelaron de la extraña criatura que se presentó ante ellos, pronto juraron luchar a su lado. A pesar de sus diferencias, los cinco protodragones demostraron una voluntad sorprendente y una gran capacidad de cooperación.

Bajo la dirección de Tyr, Alexstrasza y sus compañeros atacaron a Galakrond y a sus fétidos esbirros. Sus furiosos combates se sucedieron en los cielos que observaban los picos rocosos y nevados del norte de Kalimdor. Inicialmente, el grueso pellejo de Galakrond detuvo los ataques de los cinco protodragones, pero a pesar de sentirse descorazonados por la fortaleza de su enemigo, los protodragones pronto encontraron su punto débil, Alexstrasza y sus aliados centraron sus ataques en sus muchos ojos y en la piel vulnerable de su garganta. Empleando sus poderes en armonía y confiando en sus compañeros, los cinco protodragones derrotaron a su gigantesco adversario. El cadáver inerte de Galakrond se precipitó contra la tierra y cayó en la tundra helada que más adelante recibiría el nombre de Cementerio de Dragones.

Los cinco protodragones triunfaron contra toda expectativa, pero si lo consiguieron fue gracias al trabajo en equipo. Ninguno de ellos pasó por alto la lección, y Alexstrasza y sus semejantes mantuvieron vivo este ideal de unidad y cooperación durante muchos milenios.

Tyr y La Mano de Plata

Tyr luchó junto a los protodragones pero Galakrond era demasiado poderoso incluso para el guardián de la justicia. En uno de sus enfrentamientos, la monstruosa criatura le arrancó la mano a Tyr de un mordisco, contaminándolo con energía necrótica. Aunque Tyr sobrevivió, su herida jamás llegó a curarse del todo. Muchos años después, Tyr sustituyó su mano perdida poruña mano de plata pura. Esta mano de plata se convirtió en un símbolo de sus creencias, según las cuales la justicia duradera exigía de sacrificio personal.

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