WoW Crónicas I – La Caída del Imperio Negro

Las victorias sobre los aqir y los elementales alentaron a los guardianes, pero eran conscientes de que sus batallas más importantes aún estaban por llegar. Todos a una, fijaron la vista sobre el corazón del Imperio Negro: la enorme ciudad-templo construida a la vera del dios antiguo Y’Shaarj. Los guardianes creían que destruyendo el bastión más poderoso de los n’raqi en Azeroth podrían derrotar a sus enemigos de un solo golpe.

Los guardianes y sus aliados vadearon oleada tras oleada de n’raqi en combate, acercándose poco a poco al montañoso cuerpo de Y’Shaarj. Para cuando los guardianes lograron abrir brecha en la ciudad y alcanzar al dios antiguo, los retorcidos y quebrados cadáveres de forjados y n’raqi por igual recubrían el paisaje.

Al iniciar el asalto, los guardianes se dieron cuenta de que Y’Shaarj era más poderoso de lo que esperaban. El dios antiguo envenenó las mentes de los forjados, hizo aflorar sus miedos y ensombreció sus pensamientos.

El Panteón tenía miedo de que el dios antiguo derrotara a sus siervos. A pesar del riesgo de dañar el mundo, los titanes intervinieron. Aman’Thul extendió su gigantesco brazo a través de los tormentosos cielos de Azeroth y agarró el cuerpo de Y’Shaarj, que no cesaba de retorcerse. Con un fuerte tirón, lo arrancó de la superficie del mundo. El gigantesco cuerpo de Y’Shaarj se hizo trizas. La inmensidad de sus estertores de muerte arrasó montañas enteras y destruyó a cientos de forjados en un parpadeo.

Y’Shaarj había muerto, pero sus tentáculos habían penetrado en las profundidades de Azeroth más de lo que Aman’Thul imaginaba. Al extirpar al dios antiguo del mundo, se abrió una enorme herida en su superficie. Volátiles energías arcanas, la sabia vital del titán adormecido, brotaron de la herida y se desperdigaron por la superficie de Azeroth.

Horrorizados por lo sucedido, el Panteón se dio cuenta de que no podía arriesgarse a destruir al resto de dioses antiguos del mismo modo, pues las criaturas malignas habían anidado hasta tal profundidad que se exponían a destruir Azeroth por completo.

Entonces supieron que el único camino posible era encerrar a los dioses antiguos sin moverlos de sitio y contener su maldad para siempre. Sería una tarea difícil, pero posible con la ayuda de los guardianes. A su petición, los forjados por los titanes idearon un plan para acabar por siempre con los últimos vestigios del Imperio Negro: se enfrentarían directamente a cada dios antiguo y, en cuanto la criatura estuviera lo bastante debilitada, Archaedas crearía una cámara subterránea para contenerla. Mientras, Mimiron desarrollaría unas enormes máquinas para encerrarla sin posibilidad de escapatoria. Una vez completadas estas tareas, Loken imbuiría cada prisión con un gran encantamiento que neutralizaría la maldad de los dioses antiguos.

Con sus planes formulados, los forjados por los titanes iniciaron su campaña. Grandes batallas estremecieron la tierra mientras los forjados avanzaban a sangre y fuego hacia el sureste, en dirección al bastión de N’Zoth. Tras derrotar al dios antiguo, los guardianes emplearon sus poderes para encerrar a la criatura en una prisión subterránea.

Después, los forjados marcharon al suroeste, hacia la extensa ciudad-templo construida junto al tercero de los dioses antiguos: C’Thun. Los guardianes y sus aliados purgaron enjambres de n’raqi antes de asaltar y derrotar al dios antiguo, y al igual que habían hecho con N’Zoth, lo sepultaron bajo tierra y construyeron a su alrededor una gran prisión.

Solo quedaba un dios antiguo, el atroz y astuto Yogg-Saron, y este no caería tan fácilmente. A medida que los forjados cercaban el bastión septentrional de Yogg-Saron y este cedía, el dios antiguo liberó a sus generales más poderosos: los C’Thraxxi.

Los C’Thraxxi eran guerreros monstruosos, más grandes y resistentes que otros n’raqi. Eran fuertes y brutalmente inteligentes, y con sus poderes oscuros y maldiciones podían sumir en la locura incluso a los forjados.

Los gigantescos C’Thraxxi, con sus rostros cubiertos de tentáculos, instigaron la furia de los remanentes del Imperio Negro. Como un enjambre, atacaron a los forjados desde todos lados, debilitándolos. Para cuando los guardianes alcanzaron a Yogg-Saron, sus fuerzas se habían reducido notablemente y les faltaban soldados para derrotar al dios antiguo. Yogg-Saron habría destruido a los forjados por completo de no ser por las heroicas hazañas de Odyn.

Herido y debilitado de tanto combatir, Odyn reunió la poca fuerza que le restaba para inspirar a los forjados y lanzar un contraataque. Ordenó a Loken que tejiera una gran ilusión para confundir a los C’Thraxxi, haciéndoles creer que sus compañeros e incluso Yogg- Saron eran enemigos. Cuando las fuerzas del Imperio Negro se volvieron contra ellas mismas, Odyn se lanzó sobre ellas para acabar con sus confusos oponentes. El resto de forjados le siguieron y entre todos lograron derrotar a Yogg-Saron. Como habían hecho con C’Thun y N’Zoth, los guardianes enterraron a la criatura bajo la tierra, encerrándola en una monolítica prisión encantada.

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