WoW Crónicas I – Capítulo II: Azeroth Primordial

El Reinado de los Elementos

Durante largo tiempo, el Panteón continuó escudriñando el cosmos en busca de nuevos titanes, trayendo así el orden a incontables mundos en el proceso. Pero, a pesar de sus esfuerzos, no encontraron a ninguno más de su especie. A veces, los titanes del Panteón temían que su búsqueda fuera en vano, pero siempre se obligaban a continuar. Sabían en sus corazones que existían más almas-mundo, y esta esperanza les concedía un propósito.

El Panteón no lo sabía, pero su intuición era correcta. Un milagroso y nuevo mundo estaba tomando forma en un lugar recóndito de la Gran Oscuridad. Y en las profundidades de su núcleo, el espíritu de un noble y poderoso titán se agitaba y tomaba vida.

Algún día recibiría el nombre de Azeroth.

A medida que el joven titán se desarrollaba, los espíritus elementales vagaban por la superficie del mundo. A lo largo de los eones, estas criaturas se volvieron cada vez más erráticas y destructivas. La floreciente alma-mundo era tan grande que había absorbido y consumido una gran cantidad del quinto elemento, el Espíritu. Sin esta fuerza primordial para conservar el equilibrio, los espíritus elementales de Azeroth se sumieron en el caos.

 

Elementales de agua, viento, tierra y fuego

Fuego, tierra, aire y agua. Estas eras las cuatro fuerzas que gobernaban este mundo naciente. Se deleitaban en su constante lucha, que mantenía la superficie de Azeroth en un flujo elemental perpetuo. Cuatro señores elementales, poderosos más allá de lacomprensión de cualquier mortal, gobernaban a los incontables espíritus menores.

De los cuatro señores elementales, ninguno podía compararse al astuto y despiadado Al’Akir, Señor del Viento, A menudo, enviaba a sus esquivos esbirros tempestuosos a espiar a sus enemigos y a sembrar la discordia en sus filas. Recurría a tretas y artimañas para enfrentar entre sí a los otros elementales, y luego descargaba todas sus fuerzas sobre sus agotados rivales. Los vientos aullaban y los tempestuosos cielos se oscurecían a su paso. Mientras los relámpagos aporreaban la superficie del mundo, los elementales- torbellino de Al’Akir descendían bramando desde los cielos, envolviendo a sus enemigas en monstruosos ciclones.

Ragnaros, Señor del Fuego despreciaba las cobardes tácticas de Al’Akir. Impulsivo y temerario, el Señor del Fuego abrazaba la fuerza bruta como medio para aniquilar a sus enemigos. Allá donde iba, de la tierra emergían volcanes que vomitaban ríos de fuego y destrucción. Ragnaros solo deseaba hervir los mares, reducir las montañas a escombros y saturar los cielos de cenizas y ascuas. El resto de señores elementales albergaban un profundo odio hacia Ragnaros por sus constantes afrentas y ataques.

Therazane, la Madre Pétrea, era la más reclusa de entre los señores elementales. Protectora de sus hijos, levantaba cadenas montañosas enteras para guarecerse de los ataques de sus enemigos. Solo cuando estos se agotaban chocando contra sus inexpugnables fortificaciones, emergía la Madre Pétrea, abriendo grandes simas en la tierra que consumían ejércitos elementales enteros. Los supervivientes hallaban su final a manos de los sirvientes más poderosos de Therazane: montañas andantes de implacable cristal y roca.

El sabio Neptulon Cazamareas se cuidaba mucho de caer en las artimañas de Al’Akir, ni de malgastar sus esbirros en ataques inútiles contra las ciudadelas de Therazane. Mientras los ejércitos del fuego, el aire y la tierra entablaban combates por todo Azeroth, el Cazamareas y sus elementales dividían y vencían a sus rivales de forma brillante. Cuando sus enemigos huían, Neptulon los aplastaba con olas gigantescas que empequeñecían incluso los picos más altos de las montañas de Therazane.

Las apocalípticas batallas entre los señores elementales se perpetuaron durante incontables milenios. El dominio de Azeroth cambiaba constantemente de una facción a otra, las cuales deseaban reformar el mundo a su imagen. Pero, para los elementales, la victoria era menos importante que la contienda en sí. Para ellos, el calamitoso estado del mundo era sublime, y su único deseo era continuar su inacabable ciclo de caos.

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