Capítulo II: El Nuevo Mundo de Azeroth

Quel'Thalas

Quel’Thalas

6.800 años antes de la Primera Guerra de Azeroth entre humanos y orcos, los Altonatos exiliados de Kalimdor, liderados por Dath’Remar Caminante del Sol, llegaron a un continente que más tarde sería bautizado como Reinos del Este.

Los elfos se asentaron en Los Claros de Tirisfal. Tras unos años, empezaron a darse casos de locura entre algunos elfos. Los sacerdotes supusieron que algo maligno dominaba esa parte del mundo. Los Altos Elfos se movilizaron hacia el norte, donde había otra zona rica en energías. Su viaje se fue complicando poco a poco. Desde que perdieron el contacto con el Pozo de la Eternidad, habían estado enfermando y envejeciendo. Se volvieron más pequeños de lo que eran, su piel se volvió blanca y sus cabellos pasaron a ser rubios. Encontraron criaturas que nunca vieron, como humanos, que vivían en tribus. Pero el mayor reto fue el de los trolls de Zul’Aman. Estos trolls formaron el imperio Amani y tenían la cualidad de regenerarse de las más terribles heridas y probaron ser una raza bárbara y hostil hacia todo aquel que pisase su territorio. Los elfos desarrollaron un profundo rechazo hacia los trolls, y los mataban allí donde los encontraban. Para los trolls, la llegada de los elfos era un insulto para sus ancestros.

Después de muchos años, los elfos encontraron un bosque que fuera parte remanente de Kalimdor. En las profundidades del bosque fundaron Quel’Thalas y se pusieron a crear un imperio que superase al de los Kaldorei. Pero no fue fácil, porque eran tierras sagradas para los trolls y estos se lanzaron en masa a atacar el nuevo territorio elfo. Los Altos Elfos atacaron a los trolls con su magia, pero muchos, temerosos de las prevenciones del pasado, temían que pudieran llamar la atención de la Legión Ardiente. Para evitar esto, se construyeron monolitos rúnicos alrededor de Quel’Thalas. Estos monolitos establecerían una barrera mágica que ocultaría el uso de la magia élfica a otras dimensiones y de paso, ahuyentaba a los supersticiosos trolls.

Quel’Thalas acabó convirtiéndose en un monumento al progreso de los Altos Elfos. Se fundó el consejo de Lunargenta (Silvermoon) para gobernar la región, pero la dinastía de los Caminantes del Sol siempre llevaría las riendas de Quel’Thalas. El consejo, compuesto por siete sabios, hacía respetar las leyes y las tierras del imperio. Protegidos por la barrera, los Altos Elfos olvidaron las advertencias de los Kaldorei y continuaron empleando magia para casi todo. En el centro de Lunargenta crearon el Pozo del Sol, con aguas provenientes del Pozo de la Eternidad. Durante mucho tiempo, los Altos Elfos vivieron en calma, hasta que un día, los trolls se reagruparon y atacaron la ciudad.

El Hombre y las Guerras Troll

Los trolls eran en verdad una amenaza, y las tribus nómadas de hombres, que hasta el momento luchaban unas contra otras, se unieron bajo la gran tribu Arathi, para enfrentarse con valor y determinación a los trolls y establecer su propio territorio tribal. Para ello, los Arathi fueron derrotando a las tribus humanas rivales, y ofreciéndoles paz e igualdad si se unían a ellos. Así, las filas de los Arathi no tardaron en ser inmensas. Para evitar un ataque de los trolls que acabara con sus gente, los Arathi decidieron construir una ciudad-fortaleza, al sureste de Lordaeron. La nación se llamó Arathor, y la ciudad-fortaleza, Stromgarde en la ciudad de Strom. Bajo el mismo estandarte, los humanos crearon una fuerte cultura. El rey Thoradin, sabía de la existencia de los Altos Elfos del norte y del constante asedio que sufrían por parte de los trolls. Sin embargo, no podía hacer nada por ellos si con ello descuidaba la defensa de su pueblo. Mucho tiempo pasó hasta que llegaron rumores de la caída de los reclusivos Altos Elfos de Quel’Thalas, y no fue hasta que los embajadores de Quel’Thalas llegaron a Strom que Thoradin decidió enfrentarse a ellos.

Los Altos Elfos, desesperados, prometieron enseñar magia a unos pocos humanos para que pudieran hacer frente a los trolls. Los Altos Elfos descubrieron que algunos humanos tenían una facilidad innata para dominar la magia. Cien hombres fueron los instruidos en las artes mágicas de los elfos, no más de los necesarios para hacer frente a los trolls. Los elfos, acompañados de sus aliados humanos, partieron hacia el norte.

Los ejércitos de elfos y humanos irrumpieron fuertemente contra los trolls en las montañas de Alterac. Los elfos dejaron caer todo su poder mágico sobre los trolls y los humanos atacaron con todas sus fuerzas. Dejaron caer el fuego de los cielos sobre los trolls, que no dejaba que sus heridas curasen. Por su parte, elfos y humanos se aliaron y juraron lealtad y amistad eterna.

Guardianes de Tirisfal

Con el paso de los años, el rey Thoradin murió de vejez y dejó libertad a sus sucesores para que expandieran el reino más allá de la ciudad de Strom. Los cien magos originales estudiaron sus habilidades y las perfeccionaron. Estos magos eran cuidadosos y responsables con el uso de su magia, pero al pasar estos conocimientos a generaciones venideras, los secretos mágicos comenzaron a emplearse sin cuidado y a medida que los magos crecían en poder, se aislaban de la sociedad.

Se fundó una nueva ciudad, Dalaran, al norte de Strom. Muchos magos viajaron allí, donde se sumergieron en el estudio de la magia. Los magos humanos aprendieron a convocar ventiscas y lluvias, así como a teletransportarse de un sitio a otro, a volverse invisibles, a cambiar la forma de los animales, e incluso fueron capaces de liberar a los elementales de agua y emplearlos como aliados. Dalaran creció aceptando el poder de los magos, pero un poder oculto acechaba a los humanos.

Los agentes de la Legión Ardiente, expulsados tras la implosión del Pozo de la Eternidad, fueron atraídos por los constantes hechizos de Dalaran, que habían roto las efímeras barreras entre el mundo físico y los mundos etéreos. Estos demonios no suponían una gran amenaza, pero alteraban el orden en las calles de la ciudad. Los magos ocultaron la existencia de los demonios al público.

La gente comenzó a sospechar que los magos ocultaban la verdad. Posesiones, apariciones de criaturas demoníacas y asesinatos provocaron el pánico entre los habitantes. Los magos, temiendo una revolución, pidieron ayuda a los Altos Elfos. Ellos determinaron que se trataba sólo de unos demonios perdidos por el mundo, pero sí advirtieron que si los hombres de Dalaran continuaban empleando magia a ese ritmo, la Legión Ardiente podría volver. Los elfos informaron a los magos humanos sobre la historia pasada de Kalimdor y la Legión Ardiente. Se propusieron crear un grupo de expertos, y dar poder a un campeón mortal, un guardián que se enfrentaría en una cruzada secreta contra la Legión. Creando un grupo de apoyo para el guardián, los elfos redimirían sus pecados pasados.

Se establecieron reuniones en ¡Tirisfal’¡’ y se creó la secta de Guardianes de Tirisfal. Los Guardianes escogidos serían imbuidos con poderes mágicos de magos elfos y humanos. Solo habría un Guardián a la vez, pero tendría un vasto poder para luchar contra la Legión. Cuando un guardián envejecía demasiado se elegía un nuevo Guardián. Durante generaciones, los Guardianes defendieron las tierras de Quel’Thalas y Arathor, mientras el uso de la magia engrandecía el imperio humano.

Forjaz y los Enanos

Tras la partida de los Titanes, los Titánides continuaron con su tarea de formar las entrañas del mundo. Los Titánides jamás se preocuparon por los asuntos de las razas de la superficie, y sólo se ocuparon de los problemas que concernían a los oscuros abismos de la tierra. Tras la implosión del Pozo de la Eternidad, los Titánides se vieron afectados. Sufrieron mucho dolor, y se unieron a las rocas de las que fueron hechos. Uldaman, Uldum y Ulduar fueron las ciudades de los Titánides, en las que estos durmieron en paz durante 8.000 años.

No está claro porqué despertaron los Titánides, pero mientras dormían sus cuerpos cambiaron. La roca de sus cuerpos se volvió carne, y sus poderes sobre la roca desaparecieron, se habían vuelto mortales.

Los Titánides dejaron atrás las cuevas de Uldaman y se aventuraron a la superficie. Construyeron una ciudad bajo la más alta de las montañas, llamaron a su tierra Khaz Modan y fundaron una poderosa forja dentro de la montaña. A la ciudad que surgió alrededor de la forja la llamaron Forjaz (Ironforge). Desde entonces dejaron de ser Titánides para ser enanos. Los enanos, fascinados en sus tareas de minería no se preocuparon por los problemas de sus vecinos.

Los Siete Reinos

A poco más de un milenio antes de la Primera Guerra de Azeroth, Strom continuó ejerciendo como capital de Arathor, pero con el tiempo aparecieron muchas nuevas ciudades-estado. Además de Dalaran, surgieron Gilneas, Alterac y Kul-Tiras

Bajo la vigilancia de la Orden de Tirisfal, Dalaran se convirtió en la ciudad de aprendizaje de los magos. Ellos crearon el Kirin Tor, una organización cuyo objetivo era dejar constancia y guardar información sobre todo hechizo, conjuro u objeto mágico que la humanidad hubiera conocido. Gilneas y Alterac se convirtieron en un fuerte apoyo militar y desarrollaron grandes ejércitos que exploraron Khaz Modan. Así, los hombres descubrieron a los enanos, y ambas razas descubrieron que tenían una singular afinidad.

Kul-Tiras, fundada sobre una isla al oeste de Lordaeron, se desarrolló a partir de la pesca y el mercado. Más adelante, Kul Tiras creó una gran fuerza naval que exploró los mares y tierras conocidos, en busca de bienes exóticos con los que comerciar. Mientras Arathor florecía, el distanciamiento entre sus reinos era cada vez mayor.

Con el tiempo, los señores de Strom decidieron cambiar sus asentamientos a las verdes tierras del norte, y dejar atrás las áridas tierras en que se ubicaban. Los nietos del rey Thoradin, últimos descendientes de los Arathi, no quisieron abandonar Strom, lo que supuso un descontento para muchos de los que estaban dispuestos a partir. Los grandes señores de Strom acabaron abandonando la ciudad, y construyeron la ciudad de Lordaeron, al norte de Dalaran, nombre que tomó el resto del continente. Lordaeron se convirtió en un reino religioso y un punto de paz para los desvalidos.

Los descendientes de la dinastía Arathi permanecieron en los territorios de Strom y viajaron hacia el sur, sobre las montañas de Khaz Modan. El viaje duró mucho tiempo, y acabaron asentándose al norte del continente que luego se llamó Azeroth. Allí en un valle, fundaron el poderoso reino de Ventormenta (Stormwind). Los pocos que se quedaron en Strom decidieron guardar los muros de la ciudad. Strom ya no era más la capital del imperio, formándose así la Nación de Stromgarde. Así, el imperio de Arathor se desintegró y cada nación forjó sus propias creencias y costumbres.

La Caza del Dragón y el Resurgir de Sargeras

Mientras los reinos humanos se separaban, los Guardianes permanecían en constante vigilancia. Hubo un Guardián que se distinguió como un gran luchador contra la sombra, Magna Aegwynn. Buscaba y daba caza a todos los demonios allí donde los encontrara, pero en ocasiones cuestionaba la autoridad del Concilio de Tirisfal, dominado por hombres. Aegwynn pensaba que los elfos y los ancianos del concilio no tenían madera para vencer a la sombra. Cansada por las largas discusiones y debates, Aegwynn demostraba un valor más allá del entendimiento en situaciones cruciales. Su dominio del poder de Tirisfal crecía y acabó descubriendo que un numeroso grupo de demonios estaba apareciendo en el continente helado de Rasganorte (Northrend).

Viajó hasta el continente gélido y encontró a los demonios entre las montañas. Descubrió que los demonios habían dado caza a uno de los últimos dragones supervivientes y habían absorbido su magia ancestral. Los poderosos hijos de Malygos el Tejedor de Hechizos, los dragones azules, habían decidido combatir los poderes de la Legión ellos mismos ante el aumento de las sociedades mortales del mundo. Aegwynn se enfrentó a los demonios, y con ayuda de los dragones, los derrotó. Pero tan pronto como el último demonio desapareció del mundo, una terrible magia demoníaca descontrolada sacudió los cielos del norte y Sargeras emergió sobre Rasganorte. Sargeras le dijo a Aegwynn que el tiempo de Azeroth se agotaba, y que el mundo llegaría a su fin, devorado por la Legión. Aegwynn lucho contra el antiguo Titán, y acabó con la forma física de Sargeras en una épica batalla, aunque éste no murió del todo. Tras esto, Aegwynn llevó el cuerpo del demonio a uno de los antiguos salones de las ruinas de la antigua ciudad élfica de Kalimdor, que se encontraba cerca del punto donde colapsó el Pozo de la Eternidad, en el centro del Gran Mar donde se construiría la Tumba de Sargeras, con el único fin de sellar su cuerpo.

La Guerra de los Tres Martillos

En Forjaz, los enanos vivieron en calma por muchos siglos. Mientras el rey Modimus Anvilmar gobernaba, tres facciones enanas fueron ganando en poder y popularidad. El Clan Barbabronce (Bronzebeard), defensores de Forjaz, liderados por el rey Madoran Barbabronce; el Clan Martillo Salvaje (Wildhammer), liderado por el rey Khardos Martillo Salvaje, poseía las minas y fuertes de la base de la montaña y ganaba poder poco a poco; y el Clan Hierro Negro (Dark Iron), liderados por el hechicero Thaurissan. Los enanos del clan Hierro Negro habitaban las sombras bajo las montañas y conspiraban contra los otros dos clanes.

Cuando el anciano rey murió por su avanzada edad, las disputas por el poder estallaron y la guerra civil enana sacudió Forjaz durante mucho tiempo, pero los Barbabronce expulsaron a los Martillo Salvaje y los Hierro Negro fuera de la montaña. Los Martillo Salvaje viajaron al norte y construyeron su propio reino, Grim Batol. Los Hierro Negro no tuvieron tanta suerte y, humillados, juraron venganza contra Forjaz. Viajaron al sur y fundaron la ciudad de Thaurissan, llamada como su líder, bajo las Montañas de Crestagrana (Redridge Mountains). El paso de los años no apagó la rabia de los Hierro Negro y Thaurissan reclamó las tierras de Khaz Modan sólo para su clan, asaltando Forjaz mientras su esposa, Mogdud asaltaba Grim Batol. Los dos líderes de los Hierro Negro casi logran su objetivo, pero los Barbabronce finalmente rechazaron los ataques y éste tuvo que retirarse a su ciudad. Mogdud, por su parte, realizó un brutal asalto contra los Martillo Salvaje, pero murió a manos del rey Khardros. Con la reina bruja muerta, los Hierro Negro que asaltaron Grim Batol cayeron bajo la furia de los Martillo Salvaje. Con los dos ejércitos unidos, se lanzaron a destruir la ciudad de Tharissan y a los Hierro Negro que quedaban, pero el hechicero invocó a Ragnaros el Señor del Fuego, uno de los dioses elementales encerrados por los Titanes tiempo atrás. El resurgir del señor elemental sacudió los cimientos de las montañas de Crestagrana y creó un poderoso volcán, conocido como Cumbre Roca Negra (Blackrock Spire), región en la que reinaría desde entonces sometiendo a los Hierro Negro supervivientes a su voluntad.

Aterrados por el poder de Ragnaros, los ejércitos de Forjaz y Grim Batol se retiraron a sus reinos. Cuando los Martillo Salvaje llegaron a Grim Batol descubrieron que la muerte de Mogdud había tenido un efecto maligno sobre el reino y había quedado inhabitable. Ante esta situación, los Barbabronce ofrecieron cobijo a los Martillo Salvaje en Forjaz, cobijo que rechazaron. El pueblo de Khardros viajó hacia Lordaeron, al bosque de las Tierras del Interior (Hinterlands) y allí fundaron Pico Nidal (Aerie Peak), donde se dedicaron a domesticar a los grifos de la zona.

Ambos reinos mantuvieron relaciones comerciales y prosperaron. Cuando Khardros Martillo Salvaje y Madoran Barbabronce murieron, dos estatuas de sus figuras fueron levantadas en la frontera con las tierras gobernadas por Ragnaros, como advertencia del precio que los Hierro Negro pagaron por sus crímenes. Los Martillo Salvaje tomaron la decisión de vivir, desde entonces, en la superficie.

El Último de los Guardianes

Con Sargeras derrotado, Magna Aegwynn continuó protegiendo Azeroth cerca de novecientos años. Hasta que el Concilio de Tirisfal decidió que había terminado su papel como guardiana. Fue obligada a pasar sus poderes a un nuevo guardián, pero ella discrepaba, y decidió buscar personalmente al nuevo guardián. Aegwynn concibió entonces a un hijo al que llamó Medivh (guardián de los secretos en lengua del elfo nocturno), que fue hijo del mago Nielas Aran. La afinidad de su padre por la magia, marcó al niño ya desde antes de nacer.

Aegwynn creyó que Medivh se convertiría en el próximo guardián. Pero no conocía las verdaderas intenciones de Sargeras, quien se metió en el cuerpo de la Guardiana y poseyó el cuerpo de su hijo al concebir a este. Medivh estaba poseído en realidad por el gran enemigo de su madre. Aegwynn lo dejó a cargo de su padre para que se criara como mortal, mientras ella lo vigilaba para volver cuando considerara a Medivh, digno de convertirse en Guardián. Medivh creció sin problemas, estudiando las artes de la magia como su padre y en compañía de sus dos mejores amigos, Llane Wrynn (el príncipe de Azeroth) y Anduin Lothar, descendiente directo de los Arathi.

Pero al llegar a los 14 años de vida, el poder oculto de Sargeras despertó y la lucha de Medivh por el control de su alma lo dejó en coma. Al despertar, ya era adulto y Llane y Anduin era los gobernantes de Azeroth, y aunque Medivh quiso proteger Azeroth con sus poderes, el temible Sargeras se lo impidió y lo llevó a un terrible desenlace. Sargeras se había hecho con Medivh, y sus planes de dominación y conquista estaban en marcha y el último de los Guardianes le ayudaría en su demoníaca empresa.

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